Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo
XXVI
Tanto las
yeguas como los caballos viejos olfateaban el camino de la querencia.
Yo también sentía contenidamente esa aproximación
a mis pagos, de donde tan desplumado y dolorido había salido, jurando
en mi interior no volver. Pago es patria chica y, por más que nos
independicemos, nos quedan metidas dentro cuñas de goce o de dolor,
ya hechas carne con el tiempo.
Sin querer apurar el galope, llegamos esa noche a Luján.
Al día siguiente partimos, y mis ojos empezaron a acostarse en
lo conocido como en un sueño evocado de intento. El olor particular
de los pastos y de algún arroyo se me metían en el pecho
como en su casa.
Hicimos noche en la pulpería de "La Blanqueada", ¡qué
de recuerdos!, donde el pulpero nos agasajó, sin dejar de decirme,
al fin, palmoteándome las espaldas:
-Y ahora estoy yo a tu disposición, pa que saqués de mi
casa lo que quieras, y me pagués en seguidita como yo te pagaba
los bagres.
¡Muy bien! ¿Me recibirían todos así, o me mostrarían
un respeto tan falso como repugnante?
Con gusto, pues, dormí esa noche en el patio de la pulpería.
Al día siguiente, como no íbamos a ver a Don Leandro sino
a la tarde, tuve ocasión de espiar qué intenciones había
en el trato de la gente.
El peluquero me saludó como si me hubiese presentado con el traje
que los príncipes usan en los cuentos de magia. Me llamó
"Señor" y "Don", hasta cansarse, y ni se acordó
de mi pasada indigencia, ni de mi actual ropa, ni de las propinitas con
que supo pagarme algún servicio menudo.
El platero me ofreció sus vidrieras; tampoco se acordó de
haberme errado un escobazo, un día en que, acompañado por
algunos vagos como yo, le había preguntado si la plata que empleaba
en sus trabajos ya había aprendido a andar sola, o si necesitaba
entreverarse con otros amigos.
Los copetudos, que tantas veces divertí con mis audacias de chico
perdido, se mostraron más cariñosos que nunca y colegí
que algunos me miraban como si me vieran la cara remendada con patacones.
Juré que ni el peluquero me cortaría el pelo, ni el platero
me vendería un pasador, ni los copetudos me pagarían una
copa. Por otra parte, hacía años les había hecho
la cruz y me quedaría en mis veinte.
A mediodía, comimos con Don Segundo en "La Blanqueada",
donde menudearon las bromas y los recuerdos y los proyectos. Don Pedro
era por cierto el pulpero más gaucho del mundo y, antes que hablarme
de riquezas, me hizo mil preguntas sobre mi larga ausencia, queriendo
saber si me había hecho jinete, qué tal era para el lazo,
cuántas mudanzas demalambo había aprendido y si sabía
descarnar bien las botas de potro.
De paso, me robó una tabaquerita bordada que llevaba, en el bolsillo
de la blusa y, después de concluir de comer, se fue a atender su
negocio, sin más cumplidos que el de pedirnos disculpas por no
tener dependiente en el despacho.
Un rato más tarde, tomábamos el callejón rumbo a
lo de Galván.
Como estuviéramos por llegar, comenzó a preocuparnos mi
vestuario. Nada había mudado de mis pilchas; sólo quise
renovar mi chiripá, mis botas, mi chambergo, una camisa y el pañuelo
del pescuezo, para estar paquete, eso sí, pero conservando mi traje
de paisano.
Olvidando el buen rato pasado con Don Pedro, volvió a acongojarme
mi situación.
Antes, es cierto, fui un gaucho, pero en aquel momento era un hijo natural,
escondido mucho tiempo como una vergüenza. En mi condición
anterior, nunca me ocupé de mi nacimiento; guacho y gaucho me parecían
lo mismo, porque entendía que ambas cosas significaban ser hijo
de Dios, del campo y de uno mismo. Así hubiese sido hijo legítimo,
el hecho de poder llevar un nombre que indicara un rasgo y una familia
me hubiera parecido siempre una reducción de libertad; algo así
como cambiar el destino de una nube por el de un árbol, esclavo
de la raíz prendida a unos metros de tierra.
Volví a pensar en que iba a ser un hombre rico y que yo era lo
que los ricos tienen por la deshonra de una familia.
¡Malhaya!
Nos apeamos en el palenque de los peones, entramos a la cocina donde no
había nadie. Un chico apareció, diciéndome que el
patrón me esperaba en el patio de los paraísos. Sabía
de antes el camino y lo encontré a Don Leandro como cuando le cebaba
mate.
-Arrímese, amigo -me dijo cuando me vio.
Me acerqué descubierto y tomé de lejos la mano que me ofrecía.
Me miró con un cariño que me turbaba.
-Te has puesto mozo y grande -me dijo-. No tengás vergüenza.
Me has conocido como patrón, pero ahora soy tu tutor y eso es casi
como quien dice un padre, cuando el tutor es lo que debe ser. Veo que
estás cansado -continuó, como haciendo que se equivocaba
sobre mi palidez-. No es cosa de aburrirte ahora con detalles, ni consejos.
Tenemos mucho tiempo por delante si Dios quiere.
Dejé de oírlo un momento. La voz continuó:
-Ya has corrido mundo y te has hecho hombre, mejor que hombre, gaucho.
El que sabe de los males de esta tierra, por haberlos vivido, se ha templado
para domarlos...
¿Qué significaban esas palabras oídas? Yo había
vivido aquello en un mundo liviano.
Cerca nuestro había un rosal florecido y un perro overo me husmeaba
las botas. Yo tenía el chambergo en la mano y estaba contento,
pero triste. ¿Por qué? Me habían sucedido cosas extraordinarias
y sentía casi como si fuera otro..., otro que había ganado
algo grande e indefinido, pero que tenía asimismo una sensación
de muerte.
-Te irás de aquí cuando quieras y no antes -siguió
la voz-. Allá te espera tu estancia y, cuando me necesites, estaré
cerca tuyo...
Dando la conversación por terminada, Don Leandro llamó hacia
el lado de la cocina de los peones:
-¡Raucho!
Me sentía bien a pesar de mi crisis moral. Tenía una extraña
sensación de existencia nueva.
Un muchachote, vestido a lo paisano, vino y se paró a mi lado.
Don Leandro le ordenó:
-Llévelo a este mozo a que largue su caballo y muéstrele
su cuarto, y acompáñelo en lo que necesite y a ver si se
hacen amigos.
-'stá bien, padre.
Mientras íbamos caminando para el lado del palenque, miré
a mi futuro amigo. Era más grande que yo, aunque no acusara más
edad; parecía curtido por la vida de campo; me daba una impresión
de fortaleza, de confianza en sí mismo y de alegre simpatía.
Tenía una linda cabeza de facciones finas y una expresión
de inteligencia franca. En conjunto un paisanito perfecto. No pude dejar
de preguntarle:
-¿Usté es hijo'el patrón?
Risueño me respondió:
-Así dicen y dice él.
Llegamos al palenque. Subió en un coloradito de rienda: un redomón.
Otra vez pregunté, como siguiendo mi interrogatorio reciente:
-¿Y usté mesmo se doma los caballos?
Tuteándome, como a veces se hace de primera intención entre
muchachos, respondió burlón:
-Hasta aura que has venido vos.
Le miré otra vez la cara simpática, el traje, el recado.
-¿Qué me'stás filiando? -preguntó a su vez.
Deseando devolverle su cordialidad bromista, le dije:
-¿Sabés lo que sos vos?
-Vos dirás.
-Uncajetilla agauchao.
-Iguales son las fortunas de un matrimonio moreno -rió-. Yo soy
un cajetilla agauchao y vos, dentro'e poco, vah'a ser un gaucho acajetillado.
Nos reímos.
Después de haberme mostrado su tropilla, volvimos para las casas,
desensillamos y largamos los caballos.
Me llevó para el que debía ser mi cuarto. Miré la
cama, las paredes empapeladas, el lavatorio, lo miré a Raucho.
-¿No te hallás? -me preguntó.
-Me parece -le dije- que me vi'a pasar la noche almirando las florcitas
del papel.
Le hablaba con confianza, fraternalmente, como no lo hubiera hecho con
ningún otro rico. Me propuso:
-Si querés tender el recao, allá por el galpón, yo
te acompaño.
-¡Lindo!
Por Raucho conseguí permiso para comer en la cocina de los peones.
Don Leandro debió comprender mi timidez y mandó a su hijo
a que me acompañara.
Tomamos unos mates con Don Segundo y con Valerio, que mostró gran
alegría de verme. Yo me encontraba conmovido con los recuerdos
y, como los modos y el traje de Raucho me hacían olvidar mi cambio
de situación, lo llevé por donde más podía
encontrarlos.
-Aquí dormí la primera noche. Estos chiqueros los barría
antes de la salida'el sol. ¿Vive entuavía el petiso Sapo?
¡Vierah'ermano, qué contento me puse cuando volví
de lo de Cuevas con el Cebrunito! ¿Está siempre Cuevas?
Me quedé suspenso, esperando la respuesta. Sentía la boca
seca.
-Hace mucho que no está.
Largas horas nos pasamos, esa noche, conversando con mi nuevo amigo. No
recordaba haber hablado nunca tanto y hasta me parecía que, por
primera vez, pensaba con detenimiento en los episodios de mi existencia.
Hasta entonces no tuve tiempo. ¿Cómo mirar para atrás
ni valorar pasados cuando el presente siempre me obligaba a una continua
acción atenta? ¡Muy fácil eso de pensar, cuando minuto
por minuto hay que resolver la vida misma! ¡Vaya uno a ser distraído
con un redomón arisco bajo el cuerpo y saque quien pueda la cuenta
de sus placeres y dolores, cuando de la claridad de la atención
dependen el cuero y la derrota! Cierto, había pensado mucho, mucho,
pero siempre enfocando las vicisitudes de cada segundo. Había pensado
como el hombre que pelea, con los ojos bien abiertos hacia el peligro,
y toda la energía pronta para ser empleada, allí mismo,
sin dilaciones ni mermas.
¡Qué distinto era eso de barajar imágenes de lo pasado!
Yo había vivido como en una eterna mañana, que lleva la
voluntad de llegar a su mediodía, y entonces, en aquel momento,
como la tarde, me dejaba ir hacia adentro de mí mismo, serenándome
en la revisión de lo que fue.
Como un arroyo que se encuentra con un remanso, daba vueltas y me sentía
profundo, lleno de una pesada quietud.
Me cansé de hablar y de removerme el alma. Callé un rato
largo.
Mi compañero se había dormido. Mejor. Ahí estaba
la noche, de quien me sentía imagen.
Morirme un rato...
Hasta que la raya de luz de la aurora, viniera a tajearme a lo largo de
los párpados.