Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo
XXVII
La laguna
hacía en la orilla unos flequitos cribados. Por la parte media,
en unos juncales ralos, gritaban los pájaros salvajes.
Una fatiga grande pesaba en mi cuerpo y en mis pensamientos, como un hastío
de seguir siempre en el mundo sembrando hechos inútiles.
Iba a pasar un momento triste, el momento que en mi vida representaría,
más que ningún otro, un desprendimiento.
Tres años habían transcurrido desde que llegué, como
un simple resero, a trocarme en patrón de mis heredades. ¡Mis
heredades! Podía mirar alrededor, en redondo, y decirme que todo
era mío. Esas palabras nada querían decir. ¿Cuándo,
en mi vida de gaucho, pensé andar por campos ajenos? ¿Quién
es más dueño de la pampa que un resero? Me sugería
una sonrisa el solo hecho de pensar en tantos dueños de estancia,
metidos en sus casas, corridos siempre por el frío o por el calor,
asustados por cualquier peligro que les impusiera un caballo arisco, un
toro embravecido o una tormenta de viento fuerte. ¿Dueños
de qué? Algunos parches de campo figurarían como suyos en
los planos, pero la pampa de Dios había sido bien mía, pues
sus cosas me fueron amigas por derecho de fuerza y baquía.
Está visto que en mi vida el agua es como un espejo en que desfilan
las imágenes del pasado. A orillas de un arroyo resumí antaño
mi niñez. Dando de beber a mi caballo en la picada de un río,
revisé cinco años de andanzas gauchas. Por último,
sentado sobre la pequeña barranca de una laguna, en mis posesiones,
consultaba mentalmente mi diario de patrón.
Si al recibir mi campo de manos de Don Leandro hubiera seguido mi sentir,
andaría aún dejando el rastro de mi tropilla por tierras
de eterna novedad. Dos cosas me decidieron entonces a cambiar de parecer:
los consejos de mi tutor, apoyados en claras razones, y el refuerzo que
de éstos me llegaban por boca de mi padrino. Más sólido
argumento fue recibir de Don Segundo la aceptación de quedarse
en el campo.
Casi de más está decir que los dos primeros años
viví en el rancho de mi padrino. Desde mi llegada, por cierto,
no miré a la casa principal como residencia de elección.
Conservaba yo muy vívido un instinto salvaje, que me hacía
tender cama afuera y escapar de todo encierro. También continué
levantándome al alba y acostándome a la caída del
sol como las gallinas.
La casa grande y vacía, poblada de muebles serios como mis tías,
no me veía más que de paso. Seguían sus vastos aposentos
siendo del otro hombre, cuya memoria no podía acostumbrarme a encarar
como la de un padre. Y, además, me parecía que también
ella se iba a morir, significando su presencia sólo un recuerdo
frío. De haberme atrevido, la hubiera hecho echar abajo, como se
degüella, por compasión, a un animal que sufre.
Como el potrero a cargo de Don Segundo quedaba lindando con el campo de
los Galván, nos reuníamos frecuentemente con Raucho. Nuestra
amistad se había sellado muy pronto, ofreciéndonos como
prenda de simpatía el gusto de intercambiar potros. El me dio los
primeros galopes a unos bayos que me regaló para entablar la tan
deseada tropilla de ese pelo. Yo le correspondí de igual modo y
en igual cantidad con unos alazanes. Mutuamente nos servimos de padrinos
durante la amansadura. Nuestro compañerismo, por cierto, no podía
haberse cimentado mejor, ni de modo más gaucho. Para dos muchachones
que andaban a caballo, de sol a sol, era una forma de estar siempre presentes
el uno para el otro.
Nuestro trato era frecuente en lo de Don Segundo, sin contar los días
en que Don Leandro nos llamaba a su lado, para enseñarnos el manejo
de un establecimiento. Pero en casa de mi padrino pasábamos los
mejores ratos, mano a mano con el mate o una guitarra por medio, mientras
el grande hombre nos contaba fantasías, relatos o episodios de
su vida, con una admirable limpidez y gracia que he tratado de evocar
en estos recuerdos.
Fue a raíz de estas charlas que Raucho entró a influenciarme
con aficiones suyas. Sabía una barbaridad en cuanto a lecturas
y libros. Prestándome algunos me hablaba largamente de ellos. Pero
¡qué diferencia! Mientras yo me veía limitado no sólo
por el idioma, sino por mi falta de costumbre, él leía con
extraordinaria facilidad lo mismo en francés, italiano y en inglés,
que en español. Al lado de esto, Raucho me parecía a veces
una criatura libre de dolores, sin verdadero bautismo de vida. Otro motivo
de su conversación era el de sus aventuras y diversiones. ¿Qué
creía que iba a encontrar? La vida, a mi entender, estaba tan llena,
que el querer meterle nuevas combinaciones se me antojaba lamentablemente
infantil. Mis argumentos simples nada podían contra su fantasía
y, al fin, lo dejaba desfogarse a su gusto. Mi nacimiento, por otra parte,
me impedía encarar ningún amorío como una diversión.
A todo esto, poco a poco, me iba formando un nuevo carácter y nuevas
aficiones. A mi andar cotidiano sumaba mis primeras inquietudes literarias.
Buscaba instruirme con tesón.
Pero no quiero hablar de todo eso en estas líneas de alma sencilla.
Baste decir que la educación que me daba Don Leandro, los libros
y algunos viajes a Buenos Aires con Raucho, fueron transformándome
exteriormente en lo que se llama un hombre culto. Nada, sin embargo, me
daba la satisfacción potente que encontraba en mi existencia rústica.
Aunque no me negara a los nuevos modos de vida y encontrara un acerbo
gusto en mi aprendizaje mental, algo inadaptado y huraño me quedaba
del pasado.
Y esa tarde iba a sufrir el peor golpe.
Miré el reloj. Eran las cinco. Monté a caballo y fui para
el lado del callejón, donde hallaría a mi padrino. Resultaba
ya imposible retenerlo, después de tanta insistencia inútil.
El estaba hecho para irse, siempre, y tres años de permanencia
en un lugar, lo habían saturado de inmovilidad. Demasiado sentía
yo en mí la sorbente sugestión de todo camino, para no comprender
que en Don Segundo huella y vida eran una sola cosa. ¡Y tenerme
que quedar!
Nos saludamos como siempre.
A la par, tranqueando, hicimos una legua por el callejón. Entramos
a un potrero, para cortar campo, y llegamos hasta la loma nombrada "del
Toro Pampa", donde habíamos convenido despedirnos. No hablábamos.
¿Para qué?
Bajo el tacto de su mano ruda, recibí un mandato de silencio. Tristeza
era cobardía. Volvimos a desearnos, con una sonrisa, la mejor de
las suertes. El caballo de Don Segundo dio el anca al mío y realicé,
en aquella divergencia de dirección, todo lo que iba a separar
nuestros destinos.
Lo vi alejarse al tranco. Mis ojos se dormían en lo familiar de
sus actitudes. Un rato ignoré si veía o evocaba. Sabía
cómo levantaría el rebenque, abriendo un poco la mano, y
cómo echaría el cuerpo, iniciando el envión del galope.
Así fue. El trote de transición le sacudió el cuerpo
como una alegría. Y fue el compás conocido de los cascos
trillando distancia: galopar es reducir lejanía. Llegar no es,
para un resero, más que un pretexto de partir.
Por el camino, que fingía un arroyo de tierra, caballo y jinete
repecharon la loma, difundidos en el cardal. Un momento la silueta doble
se perfiló nítida sobre el cielo, sesgado por un verdoso
rayo de atardecer. Aquello que se alejaba era más una idea que
un hombre. Y bruscamente desapareció, quedando mi meditación
separada de su motivo.
Me dije: "Ahora va a bajar por el lado de la cañada. Recién
cuando cruce el río, lo veré asomar en el segundo repecho".
El anochecer vencía lento, seguro, como quien no está turbado
por un resultado dudoso. Unas nubes tenues hacían largas estrías
de luz.
La silueta reducida de mi padrino apareció en la lomada. Pensé
que era muy pronto. Sin embargo, era él, lo sentía porque
a pesar de la distancia no estaba lejos. Mi vista se ceñía
enérgicamente sobre aquel pequeño movimiento en la pampa
somnoliente. Ya iba a llegar a lo alto del camino y desaparecer. Se fue
reduciendo como si lo cortaran de abajo en repetidos tajos. Sobre el punto
negro del chambergo, mis ojos se aferraron con afán de hacer perdurar
aquel rezago. Inútil, algo nublaba mi vista, tal vez el esfuerzo,
y una luz llena de pequeñas vibraciones se extendió sobre
la llanura. No sé que extraña sugestión me proponía
la presencia ilimitada de un alma.
"Sombra", me repetí. Después pensé casi
violentamente en mi padre adoptivo. ¿Rezar? ¿Dejar sencillamente
fluir mi tristeza? No sé cuántas cosas se amontonaron en
mi soledad. Pero eran cosas que un hombre jamás se confiesa.
Centrando mi voluntad en la ejecución de los pequeños hechos,
di vuelta a mi caballo y, lentamente, me fui para las casas.
Me fui, como quien se desangra.