Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo
XXV
Nos levantamos
medio tarde, a la salida del sol. Demetrio había dormido doce horas;
nosotros, ocho. Era suficiente para desentumirnos, y aunque nos enderezábamos
con gran disgusto del cuerpo, nos hallábamos, después de
matear, listos para otra patriada.
El inconveniente por mí previsto se agrandaba. Mis tres caballos
estaban más que cansados; el reservado, trasijado después
de nuestra lucha; el redomón no me parecía por demás
garifo. ¿Qué hacer? Que el capataz me entregara mis pesos,
dándome de baja, era una vergüenza. Mi padrino podría
prestarme uno de sus caballos o dos, pero quedaría entonces tan
desplumado como yo.
En tan malas cavilaciones me encontraba, cuando ya, alta la mañana,
pasamos por las quintas de Navarro.
Dejé mis tristezas para atender mis recuerdos. ¡Qué
curioso! Los mismos lugares que me veían abatido y pobre habían
presenciado mi más grande optimismo y mi mayor riqueza. Por allí
mismo pasé, orondo y ladino, sentado medio al sesgo sobre el bayo
Comadreja, que sabía "cortar chiquito", pulsando la suerte
que en las riñas de gallos me había llenado el tirador de
papeles de a diez.
¡Qué día aquel! ¡Qué gallo el bataraz
pico quebrado! ¡Cómo había peleado sin flojeras durante
una hora, esperando su momento, y cómo había sabido aprovecharlo
cuando vino! Me reía solo, evocando mi audacia para ofrecer y tomar
posturas. Mi fe en que no perdería, mi desfachatez de mocoso engreído
al recibir el pago de las apuestas. ¿No había creído
entonces que ése era mi destino y que la suerte me pertenecía?
Recordé también nuestro almuerzo en la fonda. Había
algunos gringos groserotes y charlatanes, ¿de qué nación?,
y un gallego hablaba de romerías.
Que un recuerdo traiga otro, es natural. Pero que un recuerdo traiga a
un hombre, es cosa extraordinaria. Alguien hablaba a mi padrino, y no
sé por qué supuse se trataba de mí. Era un conocido,
muy conocido. ¿Cómo no?, si era Pedro Barrales. Sin embargo,
no tenía yo la alegría que hubiera sido natural, y cuando,
aunque cohibido, me acerqué con cordialidad a estrechar la mano
del compañero, éste se tocó con incomprensible respeto
el ala del chambergo, agraciándome con un "¿cómo
le va?", que no entendí.
-¿Qué te pasa, hermano? -dije algo encrespado en mi incertidumbre-.
Si tenés algo contra mí, decilo, que no es güeno andarse
mezquinando la cara como las mujeres.
Pedro lo miró a Don Segundo, indeciso e interrogante. Mi padrino
intervino.
-Empezá por no enojarte ni andar atropellando, que más bien
necesitás de tu tranquilidá. Pedro te trai una noticia.
Ahí tenés un papel que te va a endilgar en lo cierto mejor
que muchas palabras. Graciah'a Dios no sos mujer ni te has criao a lo
niño pa andar espantándote por demás. Tomá,
ya estáh'alvertido.
El sobre decía:
"Señor Fabio Cáceres."
-¿Y qué tengo que ver? -grité casi.
-Abrí -me respondió mi padrino.
La carta estaba firmada por Don Leandro Galván, y decía:
"Estimado y joven amigo:
"No dudo de la sorpresa que le causarán estas líneas.
Tal vez le resulten un tanto bruscas, pero, a la verdad, no tenía
a mano ningún modo de comunicarme con usted.
"Su padre, Fabio Cáceres, ha muerto y deja..."
Vi muchas cosas de golpe: mis paseos, mis petisos, mis tías...
¡eran en verdad mis tías! Miré alrededor. Pedro y
mi padrino se habían alejado. La tropa también. Un extraño
sentimiento de soledad me apretaba el alma, como si hubiera querido limitarla
a algo chico, demasiado chico. Me bajé del caballo y, contra el
alambrado del callejón, seguí leyendo:
"Su padre, Fabio Cáceres, ha muerto y deja en mis manos la
difícil e ingrata tarea de llevar a cabo lo que él siempre
pensó..."
Saltié unas líneas: "... soy, pues, su tutor hasta
su mayoría de edad..."
Volví a montar a caballo. El campo, todo me parecía distinto.
Miraba desde adentro de otro individuo. Un extraño tropel de sentimientos,
en mí intactos, se me arremolinaban en la cabeza: ternura, tristeza.
Y de pronto, una ira ciega de hombre insultado de un modo rebajante, sin
razón. ¡Qué diablos! Tenía ganas de disparar
o de embestir contra cualquier cosa, para inferir sangre de carne por
la sangre de alma que sentía chorrear dentro mío.
Alcancé a Don Segundo y a Pedro. Mi padrino me dijo que, siendo
ya imposible para mí seguir con la tropa, había arreglado
con el capataz, proponiéndome reemplazarme por otro peón.
-¿Y usté? -interrumpí con brusquedad.
-Yo te acompaño -fue su contestación tranquila.
Sintiendo aquel cariño a mi lado, la rabia se me transformó
en congoja. Realicé que era un chico, un gaucho desamparado, y
que de golpe perdía algo a lo cual había vivido aferrado.
Me encaré con mi padrino:
-Don Segundo, hágame el favor de decirme que ese papelito miente.
Yo no soy hijo de nadie, y de nadie tengo que recibir consejos, ni plata,
ni un nombre tan siquiera.
La imagen de Don Fabio ocupó un momento toda mi atención
interrogante:
-¿Y cómo era ese finao mi padre mentao, que andaba de güen
mozo por los puestos, sin mucha vergüenza... ?
-Despacio, muchacho -interrumpió mi padrino-, despacio. Tu padre
ni andaba de florcita con las mozas, ni faltaba de vergüenza. Tu
padre era un hombre rico como todos los ricos, y no había mal en
él. Y no tengo otra cosa que decirte, sino que te queda mucho que
aprender, y sin ayuda de naides, sabrás como verdá lo que
aura te digo.
-¿Y mi mama?
-Como la finada mi madre, ánima bendita.
No pregunté más nada, pues me pareció que con lo
dicho mi madre no podía ser sino una mujer digna de admiración.
En cuanto a mi padre, no había más mal en él que
el de haber sido rico. ¿Qué mal era ése? ¿Quería
decir mi padrino que yo por mí mismo, con la nueva situación
que me esperaba, conocería ese mal? ¿Había un desprecio
en su augurio?
De pronto, como si me recuperara, me dio vergüenza haber cedido a
mis dudas infantiles y resolví callarme. Más vergüenza
me dio pensar que Pedro me miraba ya como a un extraño, y recordar
su tratamiento de "usté" volvió a hacerme perder
los estribos.
-¿Y vos -le dije, arrimando mi caballo al suyo- no tenés
más que hacer que tratarme de usté y tocarte el sombrero
porque soy un niño con unos cuantos pesos y tal vez pueda, con
mi plata, hacerte un favor o un daño?
Palideciendo al insulto, Pedro tomó el rebenque por la lonja para
asestarme por la cabeza el cabo. ¿Morir de una puñalada,
allí, en el callejón? Todo me parecía bien, salvo
el falso respeto y distanciamiento de mis amigos.
-Mejor, bajáte -le dije echando pie a tierra y mano a mi cuchillo.
Pero me encontré frente a mi padrino, que me tomó de un
brazo diciéndome:
-Si es que te has caído, yo te puedo ayudar a subir.
Comprendí que una resistencia de mi parte se encontraría
con una paliza, y me alegré de un modo que tal vez otros no hubieran
comprendido. Para Don Segundo yo seguía siendo el mismo gauchito
y quise significarle mi gratitud, dándole un título que
nunca, hasta entonces, se me había ocurrido:
-'stá bien, Tata.
-Si soy tu Tata, le vah'a pedir disculpas a ese hombre que has agraviao.
-¿Me perdonáh'ermano? -dije estirando la mano a Pedro, que
rió de buena gana, como declarándose vencido:
-No al ñudo te has criao como la biznaga.
Resueltos así mis primeros pleitos, correspondientes a la situación
que una vida nueva me creaba, me propuse callar con empeño, a fin
de pensar. Pero ¡qué pensar! ¿Acaso era dueño
de la tropelía que me arrebataba el juicio con variados disparates,
tan pronto aparecidos como reemplazados por otros? No encontraba, en mí,
razón ni palabra. Imágenes eran las que saltaban ante mi
esfuerzo, con increíble rapidez. Me veía frente a Don Leandro,
rehusando con altanería mi herencia. "Si en vida del finao
-decía yo- no ha sabido reconocerme como hijo, yo aura lo desconozco
como padre." Me encontraba en mis posesiones con un hombre de ley,
dictándole mis propósitos de hacer picadillo de aquellas
tierras, para repartirlas entre el pobrerío. Me imaginaba disparando
de mi nueva situación, como Martín Fierro ante la partida...
¿Qué diablos iba a sacar en limpio de todo ese bochinche?
Gracias a Dios, me cansé de tales ejercicios. Entonces mis ojos
cayeron sobre el tuse de mi caballo. Del tuse pasé al cogote tranquilo
del animal, distraído en su tranco. Del cogote a las orejas, atentas
a no sé qué ruido; detrás de las orejas miré
el fiador del bozal, las cabezadas; después el recado, mis ropas.
La rastra, apoyada entre mis ingles, era mi única prenda de riqueza.
¡Qué raídas por el trabajo, las lluvias y el sol estaban
mi blusita y mis bombachas! ¿Tiraría todo eso?
Parece mentira: en lugar de alegrarme por las riquezas que me caían
de manos del destino, me entristecía por las pobrezas que iba a
dejar. ¿Por qué? Porque detrás de ellas estaban todos
mis recuerdos de resero vagabundo y, más arriba, esa indefinida
voluntad de andar, que es como una sed de camino y un ansia de posesión,
cada día aumentada, de mundo.
A pedido mío, fuimos hasta donde estaba la tropa, a despedirnos
de los compañeros. En los sucesivos apretones de manos, era como
si me dijera adiós a mí mismo. Llegando al último,
sentí que me acababa. Por fin nos retiramos dándoles la
espalda. Todas las penas que me había dado para ser un resero de
ley, quedaban en mi imaginación como una montonera de huesitos
de difunto.
El mismo rancho, el mismo hombre que nos albergaron aquel día de
la riña, nos vieron llegar con el propósito de hacer noche.
Todo fue cordial, menos mi silencio. Por momentos, mientras adelantaba
la oscuridad, me iba perdiendo de lo demás, como si se me fuesen
quebrando una serie de dolorosas coyunturas que me unían al mundo.
En la misma charla de los tres hombres, me sentía ajeno.
Algo incomprensible pesaba sobre mi entendimiento.
Mi noche fue una sucesión de pesadillas y pensamientos que siempre
orilleaban las mismas imágenes de llegada a lo de Don Leandro,
de rechazo de mis mal heredados bienes, de huida. Cansado en mis ideas,
daba vuelta a la misma matraca, rompiéndome los oídos con
su bullanga, sin ver salida útil a tales desvaríos.
La madrugada me encontró flojo como una lonja mojada. Me levanté,
por dejar de sufrir sobre el recado, y empecé a ensillar para irme,
con la sensación de que dejaba el alma por detrás, perdida
campo afuera.
Don Segundo y Pedro también ensillaban. Hacíamos los mismos
ademanes y, sin embargo, éramos distintos. ¿Distintos? ¿Por
qué? De pronto había encontrado en esa comparación,
el fondo de mi tristeza: Yo había dejado de ser un gaucho . Esa
idea dejó mi pensamiento inmóvil. Concretaba en palabras
mi angustia y por esas palabras me sentía sujeto al centro de mi
dolor.
Concluí de ensillar. El sol salía. Fuimos a la cocina a
tomar unos verdes. Todo eso nada importaba.
Cuando silenciosos, desde hacía un rato, chupábamos por
turno la bombilla, dije como para mí:
-Así que aura galopiamos hasta lo de Don Leandro Galván.
Allí me saluda la gente como a un recién nacido. Después
me entregan mis bienes y mi plata... ¿no eh'así?
Sin comprender bien adónde iba a parar con mi discurso, Pedro asintió:
-Así es.
-Más tarde me hago cargo del establecimiento; me cambeo de ropa
pa vestirme como un señor; dentro a mandar a la gente y me hago
servir como un manate... ¿no eh'así?
-Ahá.
-Y eso quiere decir que ya no soy un gaucho, ¿verdad?
Mi padrino me miró fijo. Por primera vez me parecía verlo
sorprendido de verdad, o tal vez curioso.
-¿Qué más te da? -interrogó.
-Cierto es..., ¿qué más da?... Pero yo hubiera desiado
más bien que los caranchos me hicieran picadillo las carnes...
o entregar la osamenta a Dios en la orilla de una aguada, como cualquier
animal arisco... o perderme en la pampa a lo matrero. Más que las
lindezas con que hoy me agracia el destino, me valdría haber muerto
en la ley en que he vivido y me he criao, porque no tengo condición
de víbora p'andar mudando pelechos ni mejorando el traje.
Don Segundo se levantó en señal de partida. Sujetándolo
de un brazo le interrogué ansioso:
-¿Es verdad que no soy el de siempre y que esos malditos pesos
van a desmentir mi vida de paisano?
-Mirá -dijo mi padrino, apoyando sonriente su mano en mi hombro-.
Si sos gaucho en de veras, no has de mudar, porque andequiera que vayas,
irás con tu alma por delante como madrina'e tropilla.