Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo
XXIV
Largas cavilaciones
me atrajo el hecho brutal que había presenciado. Que un hombre
tranquilo y alegre como Antenor se hubiera visto obligado primero a pelear,
después a matar, me resultaba algo en verdad asustador. ¿No
se es dueño entonces de nada en la propia persona? ¿Un encuentro
inesperado puede presentarse, así, en forma de destino, para desbaratarlo
a uno en su propio modo de ser? ¿Somos como creemos, o vamos aceptando
los hechos a manera de indicaciones que nos revelan a nosotros mismos?
Revisaba mi vida, la de mi padrino, la de cuanta gente conocía.
Sólo Don Segundo me daba la impresión de escapar a esa ley
fatal que nos cacheteaba a antojo, haciéndonos bailar al compás
de su voluntad. ¿Qué hubiera sido de mí si en lugar
de cortarlo a Numa en la frente, acierto a degollarlo? ¿Y si Paula
acepta mis amores? Y allá más lejos, ¿si no paso
por una encrucijada de callejones, en mi pueblo, al mismo tiempo que Don
Segundo?
¡Suerte! ¡Suerte! ¡No hay más que mirarte en
la cara y aceptarte linda o fea, como se te dé la gana venir!
Por su bien, el resero tiene la vida demasiado cerca para poder perderse
en cavilaciones de índole acobardadora. La necesidad de luchar
continuamente no le da tiempo para atardarse en derrotas; o sigue, o afloja
del todo, cuando ya ni un poco de poder le queda para encarar la vida.
Dejarse ablandar por una pasajera amargura, lo expone a tomar el gran
trago de todo cimarrón que se acoquina: la muerte. Una medida grande
de fe le es necesaria, en cada momento, y tiene que sacarla de adentro,
cueste lo que cueste, porque la pampa es un callejón sin salida
para el flojo. La ley del fuerte es quedarse con la suya o irse definitivamente.
¿Por qué, sino por una absoluta confianza, era tan tranquilo
mi padrino en las peores emergencias? Sin inmutarse, por darla de antemano
toda perdida, sonreía con razón ante las dificultades.
"Del suelo no voy a pasar", suele decir el domador, respondiendo
a las bromas de los que pronostican un golpe, entendiendo con ello que
a todo hay un límite y que, al fin y al cabo, el poder está
en no asustarse ante él. "De la muerte no voy a pasar -parecía
ser el pensamiento de mi padrino-, y la muerte ni me asusta, ni me encuentra
arisco."
Cuando todos estaban de ida hacia la muerte, él venía de
vuelta. El dolor, según aprecié más de una vez, era
como su pan de cada día, y sólo la imposibilidad de mover
algún miembro herido o golpeado le sugería una protesta.
"La osamenta", como solía llamar a su cuerpo, no debía
"desnegarse" al empleo que se le quisiera dar.
Pero todos esos pensamientos míos no pasaban de ser más
que conjeturas. Verdad era su absoluta indiferencia ante los hechos, a
quienes oponía comentarios irónicos.
¡Quién fuera como él! Yo sufría por todo, como
un agua sensible al declive, al viento, al sol y a la hojita del sauce
llorón que le tajea el lomo. Y también tenía mis
mojarras en la cabeza, que a veces coleaban haciéndome sonar la
orillita del alma.
Siguiendo el hilo de los hechos, diré que una semana anduvimos
sin trabajo. Al cabo de ella, nos conchabamos para peones de un arreo
de seiscientos novillos, que un estanciero mandaba a corrales. Según
la gente baqueana de aquellos caminos, teníamos para doce días
de marcha, poniendo a nuestro favor el buen tiempo y la buena salud de
la tropa.
Salimos al atardecer de un día por demás caliente y tormentoso.
De ensillar no más sudábamos, y no había cosa en
el campo que no esperara uno de esos chaparrones que primero lo apampan
a uno por su violencia, para después dejarlo derechito como un
pastizal naciente.
Ya antes de salir, dos aguaceros nos castigaron de soslayo, muy de paso,
dejando la tierra fofa de los callejones, corrales y limpiones, como con
sarpullido. Lo grueso de la tormenta nos esperaba, sin embargo, agazapada
en nubes, hecha montón para el lado del sur. Como podía
refrescar fuerte, nos preparamos una actitud de resistencia ante el posible
viaje bravo.
Después de cenar, entrada ya la noche, de un momento de calor pesado
salió un viento fuerte. Hacía rato ya, los refucilos grietaban
las nubes renegridas del horizonte sur. La hacienda, nerviosa, se iba
asustando por grados. La mancarronada relinchaba con desasosiego y, nosotros
mismos, sentíamos la desazón del tiempo como nuestra. ¡Linda
noche para perder animales! Cada relámpago nos mostraba, en tintes
lívidos, un campo impasible en que marchaba alborotada nuestra
tropa vigilada de cerca por los reseros. Arriba, algo informe, oscuro,
acabaría por caérsenos encima de un momento a otro. Bajo
los golpes de luz percibíamos en un chicotazo las cosas demasiado
claras, y los novillos blancos, como también los rosillos plateados
y las manchas de los overos, se nos metían en los ojos. Después
quedábamos perdidos en la noche, con la visión rápida
encajada en la memoria como una cicatriz en el cuero. Y andábamos
hasta otro relámpago. Al viento siguió calma. En el cielo
había grandes charcos y ríos plateados, sobre un fondo de
chatos remansos negros. Sin embargo, veíamos avanzar, a toda carrera,
largas hilachas de nubes grises, perdidas de rumbo como yeguada cimarrona
ante el incendio de un pajal.
El capataz nos mandó no descuidar la hacienda, que remolineaba
también perdida en su susto. Un rayo cayó como estampido
que, de seco, pareció rajarnos las carnes. Me dije que el viento
venía de bajo tierra.
La tropa se partió en puntas, como una tosca que se desmorona en
el agua. Recordábamos que teníamos que pasar por el cauce
de un zanjón hondo, y previendo un cataclismo de animales cayendo,
quebrándose, empantanándose en el fondo de aquél,
corríamos mal que mal a impedir que así sucediera. Yo no
veía nada. La punta del pañuelo me golpeaba la cara, el
ala del chambergo se me pegaba en los ojos; el viento me impedía
castigar el caballo, que, sin embargo, corría porque sí,
tal vez habiendo perdido el norte, como la hacienda.
Me llevé un bulto por delante. Comprendí que era el caballo
de algúncharré sorprendido por la ventolina. ¿Hombres,
mujeres? ¡Que Dios les alivie el susto! Seguí mi apuro hasta
dar con el mancarrón, de pecho, contra un montón de vacunos.
Caía agua a chorros y mermó el viento. Oí gritar
a uno de mis compañeros, y me acerqué al grito. Juntos peleamos
para impedir que las bestias, precipitándose unas contra otras,
siguieran cayendo a la zanja. Mi caballo resbaló con las patas
traseras y me fui como chupado por los infiernos, sin saber adónde.
Paré la resbalada sin que, por suerte, el animal se me diera vuelta.
Tuve tiempo de ver que mi redomón, al levantarse sobre los garrones,
pisoteaba un novillo caído. No había caso de sujetar. El
terror lo abalanzaba adelante. Cayó sobre el costillar derecho,
apretándome un poco la pierna contra un gran terrón de la
barranca. Se afirmaba afanoso en la punta de los vasos. Volvía
a veces para atrás, patinando sobre el anca. Se iba de hocico.
Se tendía, todo voluntad, hacia arriba, donde al fin llegamos.
A todo esto la tormenta había pasado como un vuelo de halcón
sobre un gallinero.
Pudimos más o menos vernos y juntar, a duras penas, los novillos
dispersos. Di parte al capataz de mi encuentro en el fondo del zanjón.
Si había pisado un novillo, tenía motivos para presumir
que otros se hallaban allí, caídos de manera tal que no
podían salir. Así era; y con excepción de los que
quedaban guerreando con la tropa, bajamos todos a lo hondo de la grieta,
donde forcejeamos a lazo y hasta a mano, para enderezar a los caídos
y cuartear a los embarrancados. En un barro machucado por el pisoteo,
los mancarrones pisaban en falso, buscando los desniveles apropiados para
apoyar sus vasaduras; y había que saber abrirse a tiempo en la
caída y la costalada, en las que, al menor descuido, se deja un
hueso en una quebradura que suena como gajo que se astilla dentro de una
bolsa.
Salimos de barro hasta los ojos. Cinco vacunos agonizaban en el fondo
oscuro.
Mientras reanudábamos la marcha, se mandó un chasqui para
el pueblo, a fin de que viera al carnicero y le ofreciera en venta, por
lo que quisiera pagar, las reses quebradas. El mismo chasqui debía
a su vez mandar un hombre al patrón, dándole parte del incidente.
Como el pueblo quedaba cerca de la estancia, muy pronto el patrón
sabría los detalles.
Obligados por la bravura de la hacienda alborotada con la tormenta, tuvimos
que rondar por cuartos. La noche seguía calurosa y pesada. Nada
en bien nos había valido el aguacero bruto, los rayos y los remolinos
de viento.
Una madrugada barcina nos permitió seguir la huella, entre vahos
de humedad, después que el capataz hubo contado sus animales. En
el día, no paramos más que para el almuerzo, la comida y
la cena. Acobardados por la infeliz salida, íbamos todos de mal
talante, y como los animales porfiaran, siempre rebeldes, les dimos camino
hasta hartarlos, a ver si en algo se sosegaban.
Otra vez rondamos.
Aparte de las preocupaciones generales, yo tenía las mías.
Llevaba sólo tres caballos mansos: el Moro, el Vinchuca y el Guasquita,
restos de mi antigua tropilla, y los dos baguales que recibí como
pago de la doma de los bayos. No podía contar por seguro al reservado;
en cuanto al otro, le tocaría un aprendizaje al cual no podía
prever si respondería.
Nuestra tercera jornada de arreo nos regaló una buena refrescada.
A la mañana nos tocó cruzar un campo abierto, donde se nos
desparramó la tropa.
Traíamos, como mal elemento, unos treinta torunos chúcaros,
que a cada dos por tres peleaban, armando un griterío de matones
en una fiesta. Un bayo bragado era el peor y ya unas cuantas veces se
nos había trenzado con un palomo, obligándonos a separarlos
a argollazos. El bayo no entendía de obediencia, y una vez caliente,
se nos venía en un hilo.
Aprovechando el desparramo de la tropa, los torunos se toparon de firme.
Como moscas, nos les prendimos sin darles cuartel. En una vuelta de mala
suerte, un tal Demetrio se pasó de largo al tiempo que el bragado,
habiendo conseguido doblarle el cogote a su contrario, ponía todas
sus fuerzas en un envión. El palomo se arqueó como víbora,
mezquinando el flanco, y el otro, sobrándose, fue a dar contra
el caballo de Demetrio. Aunque el toruno no tuviera del lado derecho más
que un pedazo de aspa quebrada y gruesa, se la encajó al mancarrón
por las verijas, bajándole las tripas. Mientras entre tres lo enlazaban
y alejaban al bicho bravo, caímos como caranchos sobre la víctima,
que el dueño tuvo que degollar, y yo, por las botas, otro por las
lonjas, hicimos negocio dejándolo pelado al finadito en un santiamén.
Para la noche, marchamos por unos callejones, pero con tan mala suerte
que nos cruzamos con dos tropas, lo que nos obligó a rondar por
tercera vez.
Y ya empezábamos a cansarnos en serio.
No estaba yo en mis tribulaciones de bisoño. Sabía que si
en gran parte se resiste por tener hecho el cuerpo a la fatiga, más
se resiste por tener hecha la voluntad a no ceder. Primero el cuerpo sufre,
después se azonza y va, como sin tomar parte, adonde uno lo lleva.
Después, las ideas se enturbian; no se sabe si se llegará
pronto o no se llegará nunca. Más tarde, las ideas, tanto
como los hechos, se van mezclando en una irrealidad que desfila burdamente
por delante de una atención mediocre. A lo último, no queda
capacidad vital sino para atender a lo que uno se propone sin desmayo:
seguir siempre. Y se vive nada más que por eso y para eso, porque
todo ha desaparecido en el hombre fuera de su propósito inquebrable.
Y al fin se vence siempre (al menos así me había sucedido)
cuando ya a uno la misma victoria le es indiferente. Y el cuerpo cae en
el descanso, porque la voluntad se separa de él.
Seis días más anduvimos, entre fríos y mojaduras,
rondando casi todas las noches nuestro arreo, siempre matrero, cruzando
barriales y pantanos, juntando cansancio de a camadas y apilándolo
en nuestros nervios. Mi reservado me costó un día de lucha,
bellaqueando al menor descuido bajo el lazo, en una atropellada, por cualquier
motivo. Pero no le bajé los cueros ni el rebenque, hasta que lo
rindiera el rigor. ¿Se me podía pasmar? Paciencia. No era
con él un asunto de cortesías.
Veníamos todos como indios desarrapados, barrosos y taciturnos.
Demetrio, el hombre más grandote y fuerte de los troperos, parecía
anonadado por el cansancio. ¿Quién podía jurar que
estaba mejor? Por fin alcanzamos un lugar en que el reposo sería
seguro. Había un potrerito donde dejar la hacienda, sin peligro
de que se fuera, y un galpón donde dormir al abrigo.
Llegamos temprano en la tarde. Echamos los animales al potrero y nos volvimos
al tranquilo para el lado de las casas. Demetrio iba delante. Al llegar
al palenque, el mancarrón se le espantó a lo bruto. Demetrio
cayó como un cuarto de yerba, sin volver e levantarse ni intentar
un movimiento. Se había golpeado en la cabeza. Una de esas terribles
y repentinas quebraduras de nuca. Arrimándonos, vimos que respiraba
con tranquilidad. Don Segundo rió:
-Venía cansadazo...; se ha dormido sobre el golpe.
Le desensillamos el caballo, le tendimos el recado a la sombra y lo colocamos
encima.
Ahí quedó, sin darse cuenta siquiera que el sueño
lo había agarrado a traición, en el suelo, donde tal vez,
a pesar del golpe, sintió que aflojar el cuerpo y no querer más
nada es algo maravilloso.
Los demás mateamos un poco. Teníamos por delante la seguridad
de una noche tranquila, y eso nos volvía alegres y dicharacheros.
Dimos agua a nuestros caballos, los bañamos, arreglamos nuestras
prendas de trabajo, ingiriendo un lazo aquél a quien se le había
cortado, cosiendo éste un maneador, el otro acomodando sus bastos
o un bozal. Y esperamos con calma que se nos fuera acercando la noche
poco a poco, como una cosa grande y mansa en la que nos íbamos
a ir suavecito, de costillas, como un río que va gozando su carrerita
en olvido y comodidad.