Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo
XIX
En un par
de días tuve tiempo para conocer los habitantes del rancho.
Con la partida de los paisanos que habían venido a ayudar, quedaron
las casas como eran siempre.
Comíamos en la cocina los hombres: Don Candelario, dueño
de la casa, Fabiano, un mensual, y Numa, un muchachote tioco, de mi edad.
Nos servía la mujer de Don Candelario, Doña Ubaldina, alcanzándonos
galleta y unos platos que casi nunca usábamos, pues cortada nuestra
presa del churrasco, comíamos a cuchillo, tajeando los bocados
sobre la misma galleta.
Eran los únicos momentos de reunión, salvo los del mate
mañanero.
El puestero era hombre afable, aunque de pocas palabras. Interrogaba siempre
con tono suave y comentaba las respuestas con exclamaciones de admiración:
¡Ah, pero qué bien!, ¡no le digo!; ¡ahahá!
Subía las cejas agrandando los ojos para expresar su sorpresa,
con lo que corregía la indiferencia de sus bigotes caídos
y ralos.
Hablando con él, tenía uno la sensación de estar
diciendo siempre cosas extraordinarias. Preguntaba:
-Son campos güenos los de por allá. ¿No?
-Muy güenos, sí, señor. Campos altos y pastosos.
-¡Fíjese! -(los ojitos se le asombraban).
-De lo que saben sufrir es de la seca.
-¡Pero vea!
-¡Ah, sí! Cuando dentra a no querer llover, puede ir arriando
la hacienda.
-¡Hágase cargo!
-Y a veces no hay más que ir cueriando por el camino.
-¡Qué temeridá!
Doña Ubaldina, chusca, enterrada en la grasa, era una chinaza afecta
a la jarana, y solía pimentar sus bromas con palabrotas que tiraba
en la conversación como zapallos en una canasta de huevos.
Fabiano, que no decía nunca palabra, reía entonces con una
alegría de niño y la miraba como el perro mira a la res
volteada. Su contento solía llevarlo hasta el escándalo
de golpearse con el puño las rodillas, exclamando: "¡Aura
sí, aura sí que la función se ha puesto güena!"
y los demás hacíamos coro a sus carcajadas.
Numa era un pazguato sin gracia, con una cara a lo bruto. Nunca estaba
en nada y si no perdía las alpargatas en su lento andar de potrillo
frisón, era porque se olvidaba de perderlas.
Además de esta gente, estaban las tres muchachas de la casa, de
las que ya Paula me había hablado burlonamente: "¡Si
las viera!... no andaría gastando saliva en una pobrecita olvidada
de Dios, como yo". Si Dios se había acordado de ellas, debió
ser en un día de mal humor. Eran unas tarariras secas y ariscas
que nunca salían de la pieza. Cuando uno las sorprendía
en la puerta, como lechuzas en la boca de la cueva, se llevaban por delante
afanadas por disparar, o contestaban el saludo con una mueca de susto.
Comían en su rincón Y Paula con ellas. Pero Paula luego
salía, siempre hacendosa y risueña, para alegrar el patio
del rancho con su andar cadencioso, sus saludos, bromas y retruques con
todos. Que Paula y las otras se llamaran igualmente mujeres, era uno verdad
que no entraba en mis libros.
No había tardado, ¡cómo había de tardar!, en
darme cuenta de que Numa le arrastraba el ala a mi prenda. El asunto resultaba
más bien ridículo. ¡Qué rival! Yo le guardaba
rencor a Paula por haber inspirado amor a semejante gandul, que andaba
como zonzo rodeándola por dondequiera, para mirarla con ojos de
ternero enlazado, suplicante y húmedo de ternura. Me reía
por no saberlo hacer mejor.
Nos topábamos a cada salida o entrada en el rancho, a cada vuelta
de pared. Le rogué a Paula que espantara a ese mosquito, pero sólo
conseguí que me reconviniera en son de burla:
-Había sido celoso hasta de lo que no es suyo.
No digo menos; pero ¿por qué entonces esa baquía
para encontrarme abajo de los paraísos, al caer la tardecita, y
los cabeceos de flor en viento, cuando le arrimaba algún requiebro
halagüeño sobre su donosura, y los reproches cuando por prudencia
evitaba estar demasiado tiempo con ella?
-Se ha hecho chúcaro comoguayquero...; tal vez está extrañando
la flor de su pago y anda por ahí mandándole las cartas
que no le sabe escrebir.
La mujer bonita es coqueta y buscadora -eso lo sabe todo paisano-, pero
a veces por poner trampas se sabe quedar enredada.
Y para no mentir, yo presumía de que Paula no me miraba con disgusto.
El pobre gauchito iba bebiendo el veneno como agua bendita. Aprendía
poco a poco a mirar en lo que siempre desconoció y su corazón
se mareaba en esas cosas que sólo había oído mentar:
cariño de mujer, gusto de no hacer nada sino remover pensamientos
de amor, tranquilidad larga de convalecencia.
¿Qué puede hacer un hombre en tal situación, y para
qué sirve un gaucho que se deja ablandar por esas querencias? Tras
de todo veía mi libertad, mi fuerza. Sin embargo, me disculpaba
con argumento de circunstancia. Me era imposible partir antes de componerme
y, en mi estado, todo trabajo remataría en nuevas dolencias. Todavía
me anulaban dolorosos insomnios. Soñaba que me metían en
un pozo, como poste de quebracho, y que apisonaban la tierra, haciéndome
crujir los costillares y cortándome el aliento.
La viejita curandera volvió al tercer día de mi quebradura,
según su promesa, y me trajo el alivio de aflojarme las vendas,
dando con esto mayor juego a mi cuerpo. Pero, ¡qué poca cosa
para el amor es un pobre manco, que ni siquiera puede suponer un abrazo
sin el consiguiente "¡ay!" del dolor! De abrazos, a pesar
de esto, tenía llena la imaginación, cuando conversábamos
con Paula detrás del rancho.
A los diez días del tratamiento, me sentía sano del brazo
y enfermo del alma. Estaba todavía maneado por las lonjas que me
servían de vendas. Mis juegos de toma y traiga con Paula ya se
servían de grandes palabras, y la antipatía entre Numa y
yo amenazaba con reventar con algún rebencazo.
Esto último se resolvió de golpe.
No tuve duda de que Numa se envalentonaba viendo mi manquera. Aquel pavote
se animaba a reír mirándome, aunque ninguna frase de burla
acudiera en su ayuda. Me miraba v se reía.
Una tarde lo hizo mejor que las demás y yo lo tomé peor
que de costumbre a fuerza de hartazgo. Lo mandé a que fuera a la
cocina para aprender cómo se despluman batituses.
Un bruto nunca hace las cosas bien. Numa embestió más que
nunca la expresión de su cara. Hizo unos pasos hacia nosotros.
-¿Estaré en la escuela pa que me den liciones? -decía-.
¿Estaré en el colegio? ¡Ah! ¿Estaré
en el colegio pa que me den liciones?
Su desplante, pareciéndole bueno, lo repitió hasta cansarse.
Entonces, a pesar de la inquietud de Paula, me reí a mi vez con
convicción. Numa se puso furioso. ¡Qué confianza no
le daría mi manquera! Sacó el cuchillo y se vino derecho.
Hice un paso de costado, lo que debió parecerle inverosímil,
dado el tiempo que puso en rectificar la dirección de su atropellada.
Tres veces se repitió la misma maniobra y ya empecé a ver,
yo también, la posibilidad de concluir la jugarreta en sangre.
Pero el opa de Numa daba lástima, tan zonzamente perdía
el rumbo.
-'state quieto -le dije amenazando-, sosegáte, no te vah'a llevar
por delante un cuchillo.
Paula también le gritaba, pero ya nada era válido para aquella
porfía. Presumí lo que iba a suceder, visto que Numa me
acorralaba cada vez con más empeño.
Lo dejé venir cerca. Al tiempo que me tiraba, de abajo, un puntazo
de mala intención, saqué el puñal y, de revés,
mientras esquivaba el bulto, le señalé la frente para acobardarlo.
Así fue, Numa dejó caer el cuchillo al suelo y quedó
con las piernas abiertas y la cabeza baja, esperando su susto. La herida,
un rato blanca, se llenó, como manantial, de sangre y empezó
a gotear, luego a chorrear abundantemente. El infeliz estaba blanco como
un papel y, largando un quejido como para escupir la entraña, se
abrazó la cabeza y salió para el lado del rancho. Iba despacio.
Metódicamente gruñía su "¡ay!" de
idiota, mientras dejaba un rastro rojo tras de su paso. Paula se fue con
él.
Me quedé solo, sin saber en qué pararía aquello.
Confusamente, experimentaba lástima; ¿pero era mi culpa?
¿No había sido una cobardía su ensañamiento
en atropellar a un hombre que creía inválido? Al fin de
cuentas me daba rabia. Me habían forzado la mano y también
a Paula la sentía culpable. ¿Por qué no había
espantado de su vecindad a ese embeleco pegajoso? "Si tiene gusto
-me dije- en andar con ese tordo en el lomo, que la aproveche." Y
decidiéndome a una acción rápida, enderecé
a la cocina, donde debían estar los mayores.
Al pasar frente a la pieza en que dormí la primera noche, vi al
hembraje amontonado. Ahí debía estar el herido. Seguí
para la cocina donde encontré a Don Candelario y a Fabiano. Este
último era el hombre que necesitaba.
-Güenas noches -saludé.
-Güenas noches -me contestaron.
-Me va a hacer un favor, cuñao -dije a Fabiano-. Echeme la tropilla
pa este lao, que algún día, si la ocasión se presienta,
le devolveré el servicio.
El silencioso Fabiano salió con un gesto de aceptación y
quedé solo con Don Candelario.
-Siéntese -me dijo éste, y me alcanzó un mate.
-Le vi'a pedir disculpa -empecé- por lo que ha sucedido. A mí
me han atendido por demás bien en esta casa y vengo a pagarle con
un dijusto. 'stá mal sindudamente; pero válgame Dios que
yo no he buscao el plaito...
-Deje estar -me interrumpió suavemente Don Candelario-. ¿Piensa
dirse?
-Dentro de un rato, sí señor. He faltado a la casa y quiero
que me olviden cuanto antes.
-¡Pero si usté no lleva culpa!
-No le hace, Don. A lo hecho, pecho. Graciah'a Dios ya estoy güeno.
Decidido, corté con el cuchillo las lonjas que me sujetaban el
brazo quebrado. Hice unos movimientos con prudencia y vi que andaba bien.
Don Candelario me miró sacudiendo la cabeza.
-Cada hombre -dijo- sigue su destino. Si ha de ser el suyo dirse, Dios
lo habrá dispuesto. Lo que es por mí, puede quedarse si
gusta, que nadie dirá que en mi rancho no sé ofrecer lo
que pueda al que anda de mala suerte. Soy mayor que usté, mocito,
y, eso sí, puedo darle un consejo de que se cuide de andar peliando
por hembras.
-Así es -cerré, sin querer entrar en explicaciones.
Entró Doña Ubaldina.
-Güenas noches.
-Güenas noches.
Dirigiéndose a su marido, dijo la puestera gorda:
-Ya lo hemos vendao y ha parao la sangre. No ha de morir por tan poco
-sonrió mirándome- ni ha de dejar de encandilarse con las
polleras.
De pronto sentí que de la estúpida aventura podía
quedar un comentario sucio para Paula. Agaché la cabeza y, Dios
me perdone, me sentí hondamente triste.
Salí para el patio a ver si la cruzaba para hablarla. ¡Si
me la hubiera podido llevar! Creo que no hubiese dudado un momento. Estaba
en estado de olvidarlo todo. Al cabo cruzó a unos metros de donde
yo estaba:
-Paula, quisiera hablarla.
Me miró por sobre el hombro:
-No sé de qué -me respondió, sin detenerse.
¿Así que se iba a hacer la farsa de que yo era el solo y
único culpable? ¿Era un criminal por haberme defendido?
Entré a la cocina mal dispuesto. Si un hombre cargara con palabras
como las de Paula, "pitaríamos del juerte" juntos.
Al rato cayó Fabiano.
-Ahí están sus caballos.
-Gracias, cuñao.
Fabiano me ayudó a juntar mis pilchas, mi ropa y a ensillar.
¡Qué sola me parecía la noche en que iba a entrar!
Siempre, hasta entonces, lo tuve a mi padrino y con él me sentí
seguro. Hasta alcanzarlo en el puesto en que estaba trabajando -siete
u ocho horas de camino-, me encontraría perdido ante las sorpresas
tristes que me habían deparado esos pagos de mal agüero.
Volví. Cenamos los de siempre, menos Numa. Junto con el asado,
mascaba yo mi despecho al que no quería dar salida.
Al concluir la cena, me despedí de los presentes. Don Candelario
me acompañó hacia afuera. En el rancho de las mujeres, pegó
unos puñetazos contra la puerta:
-¡Se va este mozo y quiere despedirse!
Salieron las tres tarariras flacas y Paula. Les di la mano, una por una,
diciéndoles adiós. Paula fue la última.
-Siento -le dije- lo que ha pasao. No he tenido intención de agraviarla.
-No me gusta -retó nerviosa y encabritada- la gente ligera pa'l
cuchillo.
-Tampoco -respondí- me gustan a mí las mujeres que andan
haciendo engreír a la pobre gente.
Lo decía mucho por Numa y un poco también por mí.
Ultimamente no quería discutir y agregué:
-Le encargo muchos recuerdos pa mi amigo Patrocinio.
-Serán dados -concluyó secamente.
Ya al lado de mi caballo, me despedí de Don Candelario y Fabiano,
que me deseaban buena suerte.
Le bolié la pierna al picazo. ¡Qué lindo andar bien
montado y estar libre! Mi brazo derecho, aún dormido, me servía,
sin embargo. Me habían indicado el camino. La silbé a la
madrina Garúa y eché los caballos a su cola. Lo de siempre.
Pero nunca había hecho tan noche sobre mí.
Aunque el trecho que me separaba del puesto en el que encontraría
a mi padrino era un tanto largo, me puse a andar al tranco. Llegaría
recién al amanecer, ¡qué importaba! Tenía ganas
de pensar o tal vez de no pensar, pero seguramente sí de que los
últimos acontecimientos se asentaran en mi memoria. Además,
no quería abusar de mi brazo, por el que corrían tropeltos
de cosquillas.
Miseria es eso de andar con el corazón zozobrando en el pecho y
la memoria extraviada en un pozo de tristeza, pensando en la injusticia
del destino, como si éste debiera ocuparse de los caprichos de
cada uno. El buen paisano olvida flojeras, hincha el lomo a los sinsabores
y endereza a la suerte que le aguarda, con toda la confianza puesta en
su coraje. "Hacéte duro, muchacho", me había dicho
una noche Don Segundo, asentándome un rebencazo por las paletas.
A su vez, la vida me rebenqueaba con el mismo consejo. Pero qué
más golpe que me aflojaba la voluntad hasta los caracuses, sugiriéndome
la posibilidad de volver hacia atrás con un ruego de amor para
una hembra enredadora.
Contrariando mi debilidad, miraba adelante, firme.
Crucé unos charquitos llorones, que quién sabe qué
dijeron bajo los vasos del caballo. También el barro se pega en
las patas del que quiere caminar.
Pobre campo sufridor el de estos pagos y tan guacho como yo de cariño.
Tenía cara de muerto.
La noche me apretaba las carnes.
Y había tantas estrellas, que se me caían en los ojos como
lágrimas que debiera llorar para adentro.