Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo
XX
Junto con
la noche, terminó mi andar. A la madrugada, según mis previsiones,
llegué a un puesto aseadito, en el que encontré a mi padrino,
disponiéndose a salir con un hombre en quien, por las primeras
palabras de conversación, reconocí al encargado de aquel
potrero.
Don Segundo no se extrañó de mi presencia, pues habíamos
quedado en que, una vez sano, iría yo a buscarlo para seguir viaje
hacia el norte. Mi brazo desvendado explicaba mi venida y evitaba las
burlas posibles a propósito de mi ridícula historia. Me
guardé muy bien de desembuchar mis sinsabores.
Un día quedamos en aquella población, para partir a la mañana
siguiente.
Dos veces hicimos noche: una a campo raso, otra en el galpón de
una chacra.
Cuanto más distancia dejábamos a nuestra espalda entre nosotros
y aquella costa bendita, más volvía en mí la confianza
y la alegría, aunque en el fondo me quedara el resabio de un trago
amargo.
Traspuesto que hubimos unas cuarenta leguas, pude sonreír mal que
mal ante lo sucedido. Lindo me resultaba el rendimiento de cuentas; un
brazo quebrado, un amorío a lo espina, un tajo a favor de un tercero
por cuestiones de polleras, fama de cuchillero, el lazo cortado y dos
caballos vendidos a la fuerza. Lo que menos sentía era esto último,
pues si bien es cierto que perdía con el Orejuela y el Comadreja
un par de pingos seguros, ganaba una jineta de sargento para mi orgullo.
¿Hay mejor prueba de buen domador que el que le salgan a uno compradores
para sus caballos, después de un rodeo? Contaba también
el hecho de que los vendidos fueran mis dos primeras hazañas de
jinete.
Además, se presentaba la ocasión de cumplir con un deseo
largo tiempo acariciado; aviarme de tropilla de un pelo. ¿No disponía,
como base para ello, del dinero ganado en la riña de gallos? Podía
golpearme el tirador para sentir el bulto de los pesos enrolladitos en
sus bolsillos.
Si bien es cierto que nunca faltan encontrones cuando un gaucho se divierte,
también sucede que en sus tristezas le salga al cruce la diversión.
A los seis días de marcha caímos a un boliche, donde se
debían de correr esa tarde unas carreras.
En medio del callejón, del que habían elegido un trecho
bien parejo, clareaban dos andariveles emparejados a pala ancha.
Ya un gringo había instalado una carpa con comida, masas y beberaje.
Una china pastelera paseaba sus golosinas en dos canastas perseguidas
por las moscas y alguno que otro chiquilín pedigüeño.
Un viejo llevaba de tiro un tordillo enmantado, ofreciendo números
de rifa. Y, tanto la carpa como la pulpería, tenían ya su
"mamao" por adelantado.
Yo conocía esas cosas desde chico, y me movía en ellas como
sapo en el barro.
Empezaba a caer gente. Dos parejeros eran centro de un grupo de paisanos.
Grupo muy quieto y misterioso, que se secreteaba por lo bajo.
Almorzamos en la pulpería. Al "mamao", que en seguida
se nos pegó dándonos latosos informes sobre la carrera grande
de la tarde, le di un peso a condición de que se fuera a "chuparlo"
a la carpa.
Comimos primero unos chorizos que empujamos con un vino duro; después
un pedazo de churrasco; después unos pasteles.
El gentío aumentaba por momentos en el mostrador, así como
afuera crecía en número la caballada. ¿Qué
paisano no se trae el más ligerito de la tropilla, con la esperanza
de ensartar uno más lerdo? ¡No había cuidado que me
hiciera pelar de vicio, con un caballo que traía una semana de
camino!
Mi padrino encontró dos amigos, ¿cómo había
de ser? Ellos también tenían oficio de reseros y, como es
natural, nos pegamos unos a otros, con esa súbita familiaridad
de los ariscos cuando se encuentran medio empapados por el ruido y la
gente. Eran hombres de unos treinta años, curtidos y risueños;
nos preguntaron qué sabíamos de las carreras. Mi padrino
les repitió una parte de los datos del "mamao".
-Son dos pingos que hay que velos, amigo, que hay que velos. ¡El
colorao tiene ganadas más carreras aquí!... Entuavía
no ha perdido nenguna más que una que le ganaron como por siete
cuerpos... ¡Qué animal ese escuro que trajeron de los campos
de un tal Dugues! De entrada no más lo sacó al colorao como
cortando clavos con elupite... y ya se acabó. ¿Creerá,
cuñao?... Ya se acabó... ; sí, señor... Pero
el colorao, hay que velo amigo...; si parece como que se va tragando la
tierra... ; pero ahí tiene, a mí más me gusta el
ruano que train de pajuera. Ahí tienen... la manito del lao de
montar es media mora..., no vaya a creer..., a mí me gusta el ruano;
ahí tiene...
-Y yo -dijo Don Segundo- le vi'a jugar al ruano por hacerle el gusto a
un hombre en pedo, porque el hombre que se mama ha de ser güen hombre.
-Aura sí que está lindo... ¿Y por qué? -preguntó
uno de los paisanos que, conociendo a mi padrino, colegía algo
sabroso detrás de esa sentencia.
-Porque el hombre que se mama sabe que va a hablar por demás y
al que tiene mala entraña no le conviene mostrar la hilacha.
-¿Sabés que es cierto, hermano? -dijo el paisano, volviéndose
hacia su campañero.
-¡Claro!... Como que aurita no más le vah'dentrar a pegar
al frasco.
Y echamos afuera toda la risa con esa nerviosidad del gaucho que, cuando
anda entre gente, parece como si sintiera que le sobra la vida.
A todo eso iba a empezar la función y yo estaba con ganas de desquitarme
de mis disgustos.
La paisanada, a caballo, se había desparramado a lo largo de los
andariveles en forma de boleadoras de dos, es decir, un poco amontonada
en el lugar del pique y el de la raya y raleando a lo largo de la cancha.
Esperamos con paciencia de quien no está acostumbrado a esperar.
Casi diría que ese momento de inacción era lo que más
me gustaba en las fiestas, porque ya había tiempo todos los días
para que sucedieran cosas y era bueno, de vez en cuando, saber que por
largo rato nada cambiaría.
¿Los corredores se andarían pesando? Y bueno. ¿Los
dueños estarían discutiendo los últimos detalles
de las partidas, del lado, del peso? Y bueno.
Ya veríamos los animales cuando entraran a la cancha, destapados,
y podríamos alcanzar una o dos partidas, para luego colocarnos
en el sitio menos cargado de gente, a media distancia, donde por lo general
se define la carrera, a no ser que resulte muy parecida. Lo mejor era
informarnos un poco, y así lo hizo Don Segundo, interpelando a
un paisano que pasaba cerca nuestro.
-No somos de acá, señor, y quisiéramos saber algo
pa poder rumbiar en la jugada.
El hombre explicó:
-La carrera es por dos mil pesos. Cuatro cuadras a partir d'ellas, igualando
peso. Si uno de los corredores se desniega a largar después de
la quinta partida, han convenido los dueños poner abanderao.
-Ahá.
-Parece que los dos bandos train plata y que se va a jugar mucho de ajuera.
-Mejor pa'l pobre.
-Ocasión han de hallar.
-¿Y son de aquí los dos caballos?
-No, señor. El ruano lo train de pajuera. Lindo animalito y bien
cuidao. El colorao es destos pagos. Si quieren jugarle en contra, yo tomo
una o dos paradas de diez pesos.
-Graciah'amigo.
-Güeno, entonces vi'a seguir, con su licencia.
-Es suya y gracias, ¿no?
El hombre se fue. Don Segundo comentó:
-Medio desconfiao el paisano. Nos quería jugar, porque estaba maliciando
que éramos de los que han venido con el ruano.
-Le tiene fe al colorao -insinué, tentado.
-¡Bah! -dijo mi padrino-, la ganancia está en las patas de
los caballos.
Lo cierto es que me sobraban ganas de comprometer mis pesos y que, estando
en perfecta ignorancia en cuanto al mérito de los caballos, tenía
que proceder arbitrariamente. La plata me andaba incomodando en el bolsillo.
Calculé el monto de mi fortunita. De la riña de gallos,
ciento noventa y cinco pesos. Del último arreo cincuenta, van doscientos
cuarenta y cinco. Y ochenta de Patrocinio por mis pingos; total, trescientos
ochenta...
Don Segundo me sacó de mis cálculos, anunciando la venida
de los parejeros. Los vimos sin mudar de sitio.
El colorado pasó, ya montado, braceando impaciente. Era alto y
fuerte, de buenos garrones y con un ojo chispeador de bravo. ¡Qué
pingo!, pensaba yo: ¿cuándo podría tener uno igual?
Seguramente cuando fuera coronel por lo menos, porque no de otro modo
pegaría andar en semejante chuzo.
El ruano también era bonito. Lo traía el corredor de tiro
y venía tranqueando largo, sobrando como de una cuarta el rastro
de la mano con el de la pata. Parecía enaceitado de lustroso y
era fino como galgo.
-Vaya uno a saber -dijo mi padrino-; pero yo voy a cumplir con el "mamao"
no más.
El corredor del colorado era un tipo flaco, de bigote entrecano.
Se había puesto vincha y miraba para todos lados, como si le fueran
a pegar un cascotazo. El que traía de tiro al ruano, no era más
alto que un muchacho de doce años, hocico pelado y hosco como un
pampa.
Los vimos partir dos veces. El borracho tenía razón al decir
que el colorado quería como tragarse la tierra. En cambio el ruano
picaba de costado, medio salido del andarivel.
Ganamos nuestro sitio. Las apuestas menudeaban por ambos bandos. Iba a
largarse la carrera y yo no había jugado. Un perudo panzón
se dirigió a mí:
-¿Vamos veinte pesos? Yo juego al ruano.
-Pago -respondí.
Se quedó mirándome, insatisfecho.
-¿Vamos cuarenta?
-Pago -volví a responder.
-¿Vamos sesenta? -propuso.
Algunos nos miraban, curiosos. ¿Hasta cuándo seguiría
subiendo?
-Pago -le acepté sonriente.
-¿Vamos ochenta? -su voz se hacía cada vez más suave.
Los curiosos espiaban mi decisión. Sin quitarle la vista, propuse
a mi vez, imitando su cortesía:
-¿Por qué no vamos cien?
-Pago -accedió.
Ya la gente se hacía montón, como si nosotros fuéramos
los caballos de la carrera. Pasado un rato, propuse con una voz imposible
de superar en tono de dulzura:
-¿Vamos ciento cincuenta?
El hombre rió de muy buena gana y, ya con voz natural, cerró
la broma:
-No, gracias; estoy jugao.
-¡¡Ellos y se vinieron!! -gritó uno de los mirones.
Ras con ras, sin aventajarse de un hocico, llegaban, pasaban delante nuestro,
se iban para el lado de la raya. Nos agachamos sobre el cogote de nuestros
caballos. El paisanaje invadió la cancha. Alcanzamos a ver que
los dos corredores castigaban. Esperábamos el grito que anuncia
el resultado; ese grito que viene saltando de boca en boca, haciendo de
vuelta la cancha en la décima parte de tiempo que los caballos.
-¡¡Puesta!! -oímos-. ¡Puesta! ¡No se pagan
las jugadas!
Pero ni bien quiso entablarse el obligatorio comentario, vino la contravoz,
dando el fallo verdadero:
-¡¡El ruano, pa todo el mundo!! ¡¡El ruano, por
un pescuezo!!
-Está entrampada -trajo otro como noticia-. Está entrampada
y parece que van a peliar.
Pero la voz que en seguida se reconoce como la verdadera insistía
en todas las bocas:
-El ruano, por un pescuezo.
Di vuelta al tirador, conté hasta cien pesos, en billetes de diez
y de cinco, y se los alcancé al perudo, que esperaba cortésmente
sin mirar para mi lado.
-Tome, Don.
-Gracias.
En cambio mi padrino embolsaba cincuenta.
-Voy -me dijo, fingiendo salir al galope- a ver si hallo otro mamao.
Yo tenía rabia. ¿Hasta en el juego me pelarían?
Nos recostamos contra el alambrado del callejón, donde menudeaban
los comentarios.
-Tiene pa ganarle a dos como el caballo de aquí -aseguraba un viejo,
montado en un zaino aperado de plata-, ...pa ganarle fácil -puntualizó.
El paisano con quien iba la discusión, retobado y huraño
decía despacio, pero claro:
-Fácil es la palabra.
-No, señor. No son palabras. Y si tienen con qué correrle,
ahí está el hombre pa que lo hablen.
-Yo no tengo con qué.
-Pero esos otros, pues, que parece que no ven, cuando la ocasión
se presienta.
-¡Bah! No hay que ir muy lejos. Ahí está el tordillo
de los Cárdenas.
-¡Qué va hacer con eso! Poco lo conozco al mentao. Tres veces
lo han quebrao de lo lindo, en mi presencia, y, si no le disjusta, yo
mesmo lo he tenido cuidando y le he tomao el tiempo.
-¡Ahá!
-Sí, señor, y le he tomao el tiempo con los dos reloses
que tenía: uno rigular y el otro de sacarlos ligeros a los caballos,
y con nenguno me dio más que cualquier matungo.
El paisano, callado, no debía entender de relojes porque, sin entrar
en más controversia, hizo caminar su mala cara hacia gente menos
doctora.
Oímos un tropel y un griterío. Nos arrimamos para la cancha.
Acababan de correr una carrerita de dos cerradas, entre caballos camperos.
El paisano ganador, montado en un picadito overo, pasó delante
nuestro fatigado y sonriente. Ya estaban partiendo con un rabicano pampa
y un zaino pico blanco. En cada pique, el zaino se despatarraba, desesperado
por correr. Pero, cerca mío, un grupo de gente rica, bien montada,
hablaba de una de las carreras depositadas. El que parecía más
al corriente que los demás explicaba:
-Yo no sé cómo Silvano se ha metido a correr con el mano
blanca de los Acuña; su alazancito es un animal nuevo, muy bruto.
Ustedes verán que es capaz de asustarse con la gente y cambiar
de andarivel.
En eso pasó un muchacho, ofreciendo treinta a veinte contra el
rabicano que estaba partiendo. Tomé la parada porque sí.
-¡Se vinieron! -gritó el mismo muchacho.
La gente corría para el lado de la largada. Unos decían:
"se ha muerto", otros aseguraban que el pico blanco, desbocado,
se había llevado por delante como siete hombres de a pie. Resultó
finalmente que el caballo, embravecido por los repetidos piques, había
hecho carretilla, atropellando el alambrado y haciéndose pedazos
en él. El corredor salvó, por milagro, con unos chichones
y peladuras en la cabeza.
Gané treinta pesos casi sin haberlo pensado.
El mozo que explicaba los defectos del alazancito del tal Silvano, señaló
con el cabo del rebenque:
-Ahí vienen.
-¿Vamoh'a verlos? -propuse a mis compañeros.
¡Qué pintura el alazancito de Silvano! Mientras lo contemplábamos,
repetí lo que había oído.
Pasó el mano blanca. Un veterano tranquilo, más bien feo,
de pelo zaino oscuro. Empezaron a jugarle dando usura. Los seguimos para
verlos partir.
El alazancito lo sobró en dos piques y la plata se puso a la par.
El perudo que me había ganado los cien pesos, me hizo una entrada:
-¿Y, mocito? ¿Cuánto va al mano blanca?...
-...
-Le doy desquite de los cien.
-Pago.
Ya el corredor del alazán había convidado dos veces sin
resultado y llevaban seis partidas. Se veía que el del mano blanca
quería salir de atrás para rebasarlo. El del alazán,
muy confiado, reía. Ambos parecían decididos a hacer efectiva
la carrera cuanto antes.
Se vinieron juntos. En un abalanzo, el alazán descontó distancia.
"¡Vamos!", convidó su corredor, soliviándolo
en la boca. De atrás, el mano blanca lo alcanzaba. La partida lo
iba a favorecer. Imprudentemente, o tal vez por sobra de confianza, el
del alazán volvió a convidar:
-¿Vamos?
-¡¡Vamos!!
El mano blanca tomó ventaja como de medio cuerpo.
-¡Ah! -rió el del alazán y, cediendo rienda, adelantando
el cuerpo, se apareó al contrario, lo venció, le hizo tragar
tierra, le sacó dos cuerpos, tres... ¡qué sé
yo! El del mano blanca levantó su caballo a media carrera.
-¡Buena porquería el mentao de los Cárdenas! -grité.
El perudo sonrió:
-Anda en la mala.
Le pagué los cien pesos.
-Vamos a ver -le dije, caliente- si nos topamos en otra.
-Aquí estaremos a su servicio -me contestó, embolsando mi
dinero-, siempre que no nos guste el mismo caballo.
Pero, ¿qué desquite iba a encontrar esa tarde?
Jugué en una cuadrera. De a posturas chicas, comprometí
setenta pesos. Llevaba las paradas en el puño y, de entre mis dedos,
salían los papeles como espinas de un abrojo. Una por una, tuve
que entregar las paradas.
Me fui un rato a la carpa con mis compañeros, donde tomamos unas
cervezas y ensartamos pasteles en la punta del cuchillo. Don Segundo perdía
cincuenta pesos. En cambio, entre los dos reseros amigos juntaban ciento
setenta y dos de ganancia. A uno de esos suertudos le entregué
cien para que me los jugara. Me los perdió en la primera ocasión,
quedándome sólo cinco como todo capital. ¿Ah, sí?
Pues, perdido por perdido, fui a ver a mi contrario perudo, que por su
parte, de entrada, me ofreció desquite.
-No tengo con qué pagar -le dije-; pero si usté quiere,
le doy en prenda cinco caballos que usté podrá ver aurita
si gusta.
El hombre aceptó y, para mostrar liberalidad, me dejó elegir
caballo en la carrera siguiente. Con una fidelidad de borrego guacho me
ensarté con el perdedor.
¡Muy bien! Me dedicaría a mirar.
La gente parecía cansada y caía la tarde. Algunos, por haber
ganado o por desplumados, se volvían a sus pagos. Don Segundo no
me sacaba el rebenque de sus bromas y, lo que era peor, yo me quedaba
atufado, sin responder.
No sé cuánto duró la tarde, ni si fueron muchas o
pocas las carreras que se vieron. Los grupos se despedían, dándose
la mano. Para los dos lados del callejón iban dos hileras de gente
a caballo. Frente a los despachos de bebida, los borrachos eran como unos
diez o doce.
Lejos, se veían algunas polvaredas de los que se habían
retirado primero.
Poco a poco nos fuimos quedando solos. Al hombre que me había ganado
casi toda la plata le mostré mi tropilla y, quedando conforme,
llevó cinco animales, dejándome con dos y el Moro.
Nos despedimos de nuestros compañeros. Nosotros seguiríamos
viaje, haciendo noche donde ésta nos tomara. Cambié de caballo.
Me quedaba Garúa, el Vinchuca, el Moro y el Guasquita, en que iba
montado.
-¿Vamos? -me dijo mi padrino, remedando a los corredores.
-¡Vamos! -le contesté.
Y salimos al galope corto, rumbo al campo, que poco a poco nos fue tragando
en su indiferencia.