Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo
XV
¡Qué
estancia ni qué misa! Ya podíamos mirar para todos lados,
sin divisar más que una tierra baya y flaca, como azonzada por
la fiebre. Me acordé de una noche pasada al lado de mi tía
Mercedes (dale con mi tía). Los huesos querían como sobrarle
el cuero y estaba más sumisa que mula de noria. Pero mejor es que
lo sangren a uno los tábanos y no acordarse de esas cosas.
Habíamos dejado la tropa en un potrero pastoso, antes de que nos
mandasen para la costa a hacer noche y descansar en un puesto.
¡Bien haiga el puesto! Desde lejos lo vimos blanquear como un huesito
en la llanura amarilla. A un lado tenía un álamo, más
pelado que paja de escoba; al otro, tres palos blancos en forma de palenque.
La tierra del patio, despareja y cascaruda, más que asentada por
mano de hombre, parecía endurecida por el pisoteo de la hacienda
que, cuando estaba el rancho solo, venía a lamer la sal del blanqueo.
Don Sixto Gaitán, hombre seco como un bajo salitroso y arrugado
como lonja de rebenque, venía dándonos, de a puchitos, datos
sobre la estancia. Eran cuarenta leguas en forma de cuadro. Para el lado
de la mañana estaba el mar, qué sólo la gente baqueana
alcanzaba por entre los cangrejales. En dirección opuesta, tierra
adentro, había buen campo de pastoreo; pero eso estaba muy retirado
del lugar en que nos encontrábamos.
Bendito sea si me importaba algo de los detalles de aquella estancia,
que parecía como tirada en el olvido, sin poblaciones dignas de
cristianos, sin alegría, sin gracia de Dios.
Don Sixto hablaba de su vida. Este pasaba temporadas en el rancho solitario.
La familia estaba allá, en un puesto cerca de las casas. Tenía
un hijito embrujado que le querían llevar los diablos.
Miré a Don Segundo para ver qué efecto le hacía esta
última parte de las confidencias. Don Segundo ni mosqueaba.
Me dije que el paisano del rancho perdido debía tener extraviado
el entendimiento, y dejé ahí reflexiones, porque bastante
tenía con mirar el campo, y más bien hubiese deseado hacer
preguntas acerca del mar y de los cangrejales.
Aunque el arreo sea bueno y no le haya sobado al resero el cuerpo más
que lo debido, siempre se apea uno con gusto de los apretados cojinillos
para ensayar pasos desacostumbrados. El palenque, con sus postes blancos,
llamó más mi atención de cerca, mientras desarrugaba
a manotones el chiripá y aflojaba las coyunturas.
Don Segundo me dijo riendo:
-Son espinas de un pescao del que entuavía no has comido.
-Hace más de cincuenta años -explicó Don Sixto- que
la ballena, tal vez extraviada, vino a morir en estas costas. El patrón
se hizo llevar el güeserío a las casas, "pa adorno",
decía él. Aquí ha quedao este palenquito.
-Mirá qué bicho para asarlo con cuero -dije, temeroso de
que me estuvieran tomando por zonzo.
-Estas son tres costillas -concluyó Don Sixto, agregando para cumplir
con su deber de hospitalidad-: Pasen adelante si gustan; en la cocina
hay yerba y menesteres pa cebar...; yo voy a dir juntando unas bostas
y algunos güesitos pa'l juego.
A la media hora de una conversación interrumpida por el lagrimeo
y la tos que me imponía la humareda espesa de la bosta, gané
el campo so pretexto de ver para dónde se había recostado
mi tropilla.
Más vale el camino, por fiero que sea, que estar tosiendo a la
orilla del fuego como vieja rezadora.
Mi tropilla se había alejado caminando con cautela de quien está
revisando campo para comprar, despuntando los pastos, mirando a veces
en derredor o a lo lejos, como buscando un punto de referencia. El picazo
en que iba montado relinchó. La yegua madrina alzó la cabeza,
desparramando un tropel de notas de su cencerro. Todos los caballos miraron
hacia mí. ¿Por qué estábamos así desconfiados
y como buscando abrigo?
Casi entreverado con mis pingos, me dejé estar mirando el horizonte.
La yegua Garúa olfateó hacia el mar y nos pusimos a seguir
aquel rumbo, como una obligación.
-¡Campo fiero y desamparado! -dije en voz alta.
Ibamos por un pajal descolorido y duro que los caballos husmeaban despreciativamente,
con algo de alarma. También yo sentía un presagio de hostilidad.
Cruzábamos unas lagunitas secas. No sé por qué pensé
en lagunas, dado que ninguna diferencia de nivel existía con el
resto de la pampa.
-¡Campo bruto! -dije otra vez, como contestando a un insulto imaginario.
De atrás de unos junquillales voló de golpe una bandada
de patos, apretada como tiro de munición. El bayo Comadreja plantó
los cuatro vasos, en una sentada brusca y bufó a lo mula. Quedamos
todos quietos, en un momento de recelo.
Atrás de los junquillales vimos azulear una chapa de agua como
de tres cuadras. Volaron bandurrias, teros reales y chajás. Parecían
tener miedo y quedaron vichándonos desde el otro lado del charco.
Sabían algo más que nosotros. ¿Qué?
Garúa trotó dando un rodeo, seguida por Comadreja, y bajó
hacia el agua. Nosotros quedamos a orillas del pajonal.
El barro negro que rodeaba el agua parecía como picado de viruelas.
Miles de agujeritos se apretaban en manadas unos contra otros. Unos pocos
cangrejos paseaban de perfil, como huyendo de un peligro. Me pareció
que el suelo debía sufrir como animal embichado.
-¡Ahá! -dije-, un cangrejal. -Y me pregunté por qué
me había dado ese día por hablar en voz alta.
Como si mi palabra hubiese sido voz de mando, voló de un solo vuelo
la sabandija. Garúa y Comadreja, castigados por repentino terror,
corrieron hacia nosotros. Dudé de mis ojos. Garúa había
perdido sus cuatro patas y avanzaba apenas arrastrándose sobre
el vientre. Y el barro se abría como un surco de agua. "Murió
la yegua", me dije. Pero Garúa, tirada sobre el costillar,
remaba con las cuatro patas, avanzando como si nadara, con tanta rapidez,
que no daba tiempo a que la tierra, desmoronada en sinuosa herida, se
juntara tras ella. Aquello hizo un ruido sordo y lúgubre, hasta
que la yegua pisó firme. "Linda madrinita baquiana",
murmuré con emoción, y recordé que me había
sido vendida por un paisano del Rincón de López. Sí,
pero ¿y mi bayo?
Comadreja se había detenido ante la caída de Garúa.
Dos veces intentó echarse al cangrejal para vencerlo a lo bruto,
pero tuvo que volver atrás después de haberse perdido casi
totalmente, salvándose a pura energía, con quejidos de esfuerzo.
Sin perder tiempo, arrié mi tropilla en su dirección, recordando
el camino seguido hoy por la yegua. Me encomendé a Dios, para que
no me dejara desviar ni un metro de la dirección que recordaba.
En una atropellada alcancé con ansia el lugar en que estaba Comadreja,
que entreveré con sus compañeros, y al grito de "¡Vuelva!",
salí, yegua en punta, para el lado del campo firme.
Pasado el apuro, seguimos como muchachos castigados, hinchando el lomo
y con las cabezas muy gachas.
Llegando al rancho pensaba: "La casa es la casa, en cualquier parte
que esté y por pobre que sea".
El rancho, antes tan miserable, me resultaba, al volver del paisaje, un
palacio. Y sentí bien su abrigo de hogar humano, tan seguro cuando
se piensa en afuera.
Aunque todavía fuese temprano, mi padrino y Don Sixto preparaban
la comida en el patio. Me preguntaron por mi paseo.
-Lindo no más. Casi pierdo el bayo -contesté, e, interrogado,
relaté el percance.
Don Segundo comentó a manera de consejo:
-El hombre que sale solo, debe golver solo.
-Y aquí estoy -concluí con aplomo.
Atardecía. El cielo tendió unas nubes sobre el horizonte,
como un paisano acomoda sus coloreadas matras para dormir. Sentí
que la soledad me corría por el espinazo, como un chorrito de agua.
La noche nos perdió en su oscuridad.
Me dije que no éramos nadie.
Como siempre, andábamos de un lado para otro, en quehaceres de
último momento. Ibamos del recado al rancho, del rancho al pozo,
del pozo a la leña. No podía dejar yo de pensar en los cangrejales.
La pampa debía sufrir por ese lado y... ¡Dios ampare las
osamentas! ¡Al día siguiente están blancas! ¡Qué
momento, sentir que el suelo afloja! Irse sumiendo poco a poco. Y el barrial
que debe apretar los costillares. ¡Morirse ahogado en tierra! Y
saber que el bicherío le va a arrancar de a pellizcos la carne...
Sentirlos llegar al hueso, al vientre, a las partes, convertidas en una
albóndiga de sangre e inmundicias, con millares de cáscaras
dentro, removiendo el dolor en un vértigo de voracidad... ¡Bien
haiga! ¡Qué regalo el frescor de la tierra del patio, al
través de las botas de potro!
Y miré para arriba. Otro cangrejal, pero de luces. Atrás
de cada uno de esos agujeritos debía haber un ángel. ¡Qué
cantidad de estrellas! ¡Qué grandura! Hasta la pampa resultaba
chiquita. Y tuve ganas de reír.
Comimos, sin decir palabra, en unos platos de cinc, una "ropa vieja",
en que la sal de charqui nos ofendía la boca. La galleta era como
poste de quebracho y gritaba a lo chancho cuando le metíamos el
cuchillo. Para peor, no tenía sueño. Me quedé tomando
mate en la cocina. El pabilo del candil, cansado de tanta grasa, quería
caer por momentos y la llama chisporroteaba a antojo. Dos veces la enderecé
con el lomo del cuchillo. Por fin la dejé, temiendo que me entrara
rabia y cediera a la tentación de fajarle al aparatito un planazo
de revés para que fuera a alumbrar a los demonios.
Don Segundo tendía cama afuera, y Don Sixto estaba ya en el dormitorio,
al cual había entrado mis jergas creyendo así cumplir con
el forastero.
¡Linda cortesía, hacerlo dormir a uno en un aposento hediondo
y seguramente poblado por sabandija chica!
Apagué el candil, volqué la cebadura en el fuego, que se
iba consumiendo, y fui a echarme en mi recado, en la otra punta del cuarto
de Don Sixto.
No hallaba postura y me removía como churrasco sobre la leña,
sin poder dar con el sueño. Era como si hubiese presentido la extraña
y lúgubre escena que iba a desarrollarse entre las cuatro paredes
del rancho perdido.
Debió pasar algún tiempo. La luna volcó por la puerta
una mancha cuadrada, blanca como escarcha mañanera. Vislumbraba
los detalles del aposento: las desparejas paredes de barro; el techo de
paja, quebrado en partes; el piso de tierra lleno de jorobas y pozos;
los rincones en que negreaba una que otra cuevita de minero.
Mi atención fue repentinamente llamada hacia el lugar en que dormía
Don Sixto. Había oído algo como una queja y un ruido de
caronas. Antes de que imaginara siquiera qué podía ser aquello,
lo vi confusamente, de pie sobre las matras, en una postura de espanto.
Sentándome de un golpe, hice espaldas en la pared, desenvainé
mi puñalito, que había como siempre alistado entre los bastos,
puestos como cabecera, y encogí las piernas de modo conveniente
para poderme erguir en un impulso.
Miré. Don Sixto dio con la zurda un manotón al aire. Fue
como si hubiera agarrado algo. "No -dijo, ronco y amenazando-, no
me lo han de llevar, so maulas." Con la ancha cuchilla que apretaba
en su derecha tiró al aire dos hachazos como para partir el cráneo
de un enemigo invisible. Tuve la ilusión de que aquello que tenía
aferrado con la mano izquierda le asentaba un recio tirón. Trastabilló
unos pasos. "No -volvió a gritar, como aterrorizado, pero
firme en su propósito de no ceder-; angelito... no me lo han de
llevar".
Con más saña tiró puntazos en diferentes direcciones;
después hachazos de derecha, de revés, con una violencia
superior a sus fuerzas. Otro tirón lo llamó hasta la mitad
del cuarto. Con más desesperación, clamó: "M'hijo...
m'hijo no ha de ser de ustedes". Comprendí lo terriblemente
angustioso de aquella alucinación. El hombre defendía a
su hijo embrujado, con la desesperación del que no sabe si hiere.
Pero, ¿cómo podía ser eso? Sin embargo, vi por tercera
vez y claramente los tirones y golpazos con que le hacían perder
el equilibrio. Don Sixto caía al suelo, volvía a incorporarse
y se esgrimía nuevamente contra el vacío, repitiendo su
estribillo: "No, no me lo han de llevar".
La lucha inverosímil, de la cual yo sólo veía un
combatiente, arreció con violencia. Los zamarreones aumentaban,
las cuchilladas menudeaban a tontas y a locas, los gritos de desesperada
negación se repetían con mayor frecuencia. Las fuerzas de
Don Sixto disminuían, mientras el tono de la voz llegaba por su
angustia a hacérseme intolerable. Quería ayudarle, pero
una cobardía, un anonadamiento desconocido, se opuso a los esfuerzos
que hice por levantarme. No podía siquiera hacer la señal
de la cruz. El horror me tiraba los pelos para atrás de las sienes.
Me debilitaba en un sudor copioso.
Pensé en Don Segundo y no pude llamarlo. ¿Cómo no
oía? El pobre Don Sixto, ya exhausto, había caído
cerca mío, a unas cuartas, y luchaba con una tenacidad que duplicaba
mi desesperación.
Por fin la luz de la luna fue interceptada. Comprendí que mi padrino
estaba ahí. Escuché su voz tranquila: "Nómbrese
a Dios". Lo vi entrar; tomó a Don Sixto de un brazo haciéndolo
poner de pie. "Sosiéguese, güen hombre, ya no hay nada."
También yo pude moverme y me acerqué a sostener a Don Sixto
que, a pesar de no ser la luz suficiente para ver claro, aparecía
demacrado como por varios días de enfermedad. "Sosiéguese",
repitió mi padrino. "Acompáñeme pa juera; ya
no hay nada". Como un ebrio lo sacamos a la noche.
Don Segundo lo acercó al recado en que él había estado
durmiendo. El hombre cayó como desjarretado. "Dejálo
no más", me dijo mi padrino, "y vos sacá tus jergas
y echáte a dormir".
Con recelo entré al cuarto, me santigüé, fui al rincón
de mis pilchas y manotié arrastrando lo que quiso venir conmigo.
Ya Don Segundo dormía, con un cojinillo de almohada, sobre el piso
del patio. El otro estaba tirado como potrillo muerto. ¿Dormía?
¡Como para dormir estaba por dentro! Nunca pensé que se pudiera
tener tanto miedo junto.
Recién al aclarar, cuando mi padrino incorporándose me dio
la garantía de que todo no había muerto, pude cerrar los
párpados.
Poco después desperté en un sobresalto. Ya el sol calentaba
un tanto el cuerpo y un vientecito tierno se colaba entre la ropa.
Don Segundo había arrimado su tropilla y tusaba uno de sus caballos.
No vi ni señas de Don Sixto. Como el sol sabe barrer el miedo,
no me quedaba de mi angustia nocturna más que un peso en los nervios.
Enderecé mis pasos hacia el pozo. El chirrido de la roldana, el
culazo del balde en el agua, el canto de las goteras mientras recogía
la soga, cuyos últimos tramos me enfriaron de agua las manos, me
cantaban familiares palabras de optimismo. Me enjuagué bien la
cabeza, el pescuezo, los brazos hasta el codo. En seguida sentí
mejor el viento y el sol. Mi fuerza de siempre corría a grandes
impulsos por mis miembros.
La mañana era linda, dorada, ágil. El desierto se alegraba
de su descanso fresco. Unos teros pasaron, muy arriba, gritando su alegría.
Se oyeron, lejos, unos balidos. Una nube de gaviotas, chimangos y caranchos
giraba como trompo de aire sobre alguna osamenta, allá, para el
lado de los cangrejales. ¡Qué diablos, la vida no afloja
ni se aflige porque a un animal o a un hombre la noche le haya traído
un mal rato!
Como había preparado ya el mate, fui a convidarlo a Don Segundo.
-Güen día, padrino.
-Güen día.
Don Segundo rió mirándome:
-¿Ya te ha güelto el alma al cuerpo?
Me atreví a preguntar:
-¿Y Don Sixto?
-Se jue esta mañana a ver al muchacho que tiene enfermo. Quién
sabe cómo lo halla.
-¿Por qué... ? ¿Le han traído una mala noticia?
-¿Y qué más mala noticia querés que la de
anoche?
-¡Avise, Don!
Tuve que ir en busca de la pava para seguir la cebadura. No había
conseguido mayores datos sobre el enigma del pasado suceso. ¿Por
qué estaba tan seguro mi padrino de la gravedad del chico de Don
Sixto? ¿Creía en brujerías? Inútil calentarme
la cabeza; ya me había dado cuenta de que Don Segundo no me contestaría,
esa mañana por lo menos. Pero ¡qué hombre que no concluiría
nunca de conocer! ¿Sabría también de magia? ¿Esos
cuentos que contaba, los contaba en serio? Y yo, ¿creía
o no creía? Me parece que sí, por el miedo que me daban
esas cosas y por mi poca voluntad de meterme a averiguaciones.
Monté el picazo en pelo y fui a buscar mis caballos. De vuelta
ensillé y echando unidas las tropillas por delante, marchamos hacia
el potrero vecino, donde al día siguiente debíamos recoger
la hacienda alzada. No pude dejar de despedirme del fatídico ranchito,
que ya tomaba su aspecto de hueso perdido, y, dándome vuelta sobre
el recado, grité:
-¡Adiós, matrero viejo! ¡Quiera Dios que el pampero
te avente con tuito el pulguerío y tus penas de bichoco y tus diablos
y brujerías!