Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo
XVI
Al caer la
tarde, después de haber andado unas ocho leguas por la misma pampa
triste y haber comido un resto de carne asada, que yo traía a los
tientos, avistamos la gente de la población que hacía tiempo
veníamos contemplando, gozosos por su verdor fresco. Allí
siquiera había unos sauces, unos perros, un corralito y unos dueños
de casa.
Otros paisanos llegaban ya para el trabajo del día siguiente. De
lejos nos veíamos, entre nuestras tropillas, mudar de caballos,
preparándonos lo mejor posible. Agarré mi Moro, crédito
para el rodeo, porque no quería andar fallando. Le acomodé
eltuse, lodesranillé, y, habiéndole puesto los cueros, caí
al rancho cortando chiquito al compás de la coscoja.
Ya cruzábamos algunas palabras con los paisanos en el palenque.
Nos mirábamos los caballos ponderándolos cortésmente:
-Lindo el bayito -dije a un hombre que se acababa de apear cerca mío-;
ha de ser de conseguir, dentrando al pueblo.
-¡Azotes! -reía el paisano-. ¿Y su Moro?
-Medio dispuesto p'al dentro. Pero, ¿qué va a hacer con
una desgracia en el lomo?
-¿Ande está la desgracia?
-Un servidor -dije, señalándome el pecho.
-Este sí que es güeno -dijo un viejito flaco, acodillando
su cebruno petizón, que no se movió más que un fardo
de lana.
-¡Ahá!... ¡Ponderan la juria'el sapo! -rió el
del bayo.
-No te fies, muchacho... no te fies de los gallos qu'entran a la riña
dando el anca -aconsejó el viejo.
Un hombre achinado y gordo, que desembarcaba con el lomo del cuchillo
las paletas de su overo pintado, arguyó señalando el espléndido
alazán de Don Segundo:
-Ese es un pingo.
Todos lo miraron con un silencio de asentimiento.
Con su voz clara y tranquila, Don Segundo explicó a la gente callada:
-Lo cambié por unas tortas.
Cuando pasó la risa insistió imperturbable:
-El otro debía estar en pedo.
Era lo que habían pensado muchos sin animarse a decirlo. Don Segundo
parecía querer recordar el hecho.
-Lo que no puedo acordarme es cómo estaba yo... Cierto que debía
estar más fresco, al menos que ya hubiese llegao por la tranca
a perder la vergüenza. Me parece acordarme de algo así como
un barullo. La gente hasta pelió. Jue una linda divirsión.
Al día siguiente el paisano no se acordaba bien del cambio, pero
yo le refresqué la memoria.
¿Yo le refresqué la memoria? Bien se imaginaban los oyentes
la energía de esa ayuda. Además, Don Segundo había
dicho: "La gente hasta pelió. Jue una linda divirsión".
Ahora lo tasaban detallando su estatura, la reciedumbre de sus rasgos
y, sobre todo, esa tranquilidad con que sabía tomar las cosas,
fueran como fuesen, como si le quedaran chicas. Yo sentí por una
vez más esa fuerza de mi padrino, tan rápido para suscitar
en el paisanaje, reservado e incrédulo, una incondicional admiración.
Sabía desconcertar quedando impasible y a la duda que por momentos
despertaba, sobre su inocencia aparente o su profunda malicia, seguía
de inmediato el respeto y la expectativa. Como otro arte suyo era saberse
ir a tiempo, aprovechó la atención general para ponerse
a hablar bajo con un hombre que estaba a su lado.
El paisano del overo preguntó de dónde éramos.
-De San Antonio.
-¿De San Antonio? -terció el del cebruno-. Yo he sabido
trabajar allá, en los campos del general Roca. Y este hombre -dijo
señalando al del bayo- ha andao hace poco con arreo por esos pagos.
-¡Ahá! -contestó el aludido-, en una estancia de un
tal Costa.
-Acosta -corregí.
-Eso es.
Nos fuimos arrimando al rancho. En el patio grande, abajo de los sauces,
ardían los fogones lamiendo la carne de los asadores. ¡Lindo
olorcito!
Habría entre todos unos veinte paisanos. Al aclarar del día
siguiente llegarían unos diez más. Todos venían de
distantes puestos. Decididamente, iba a ser nuestra recogida un trabajo
bruto y grande.
No hubo, antes de echarnos a dormir, ni muchas bromas, ni una alegría
muy visible, ni guitarra. A la gente de esos pagos no parecía importarle
nada de nada. Uno por uno enderezábamos al asador, cortábamos
una presa, nos retirábamos a saborearla en cuclillas. Los más
salvajes y huraños desaparecían en lo oscuro, como si tuvieran
vergüenza que los vieran comer o temieran que los pelearan por la
presa. Como muchos, por tratarse de hacienda chúcara, habían
traído sus perros, estábamos rodeados de una jauría
hambrienta y pedigüeña.
Ya los fierros estaban desnudos.
Antes de acostarme dije a mi padrino:
-Lo que eh'esta noche ansina llueva, naides me hace dentrar al rancho.
Más que el abrigo'e las paredes con un loco adentro me gusta el
amparo de Dios.
-Bien dicho, muchacho -comentó mi padrino, y no supe si pensaba
así, o si quería simplemente que lo dejara en paz.
Antes de aclarar salimos. Me habían dado por compañeros
dos mocetones de unos veinte años. Uno alto, aindiado, lampiño.
El otro rubio y flaco, con ojos sesgados de gato pajero. El rubio subió
en un alazancito malacara que, ni bien sintió el peso, se arrastró
a bellaquear. El mocito debía tenerse fe, porque a pesar de la
oscuridad lo cruzó de unos rebencazos.
-'stás contento con la fresca -dijo después de sofrenarlo.
El campamento, que anoche parecía numeroso, desapareció
en la noche y la pampa, disolviéndose en direcciones distintas
como un puñado de hormigas voladoras en el aire.
Mis compañeros me echaron al medio. El trigueño tenía
un recadito que de corto parecía prestado por algún hermano
menor. Su caballo era un azulejo overo zarco, salvaje y espantadizo como
pájaro de juncal. Las colas iban cortadas como una cuarta arriba
del garrón. Los estribos, cruzados por delante, hacían grupa
bajo los cojinillos: modas sureras.
No decíamos palabra. Galopábamos por una huella que poco
a poco se fue perdiendo, hasta dejarnos entregados al campo raso, sin
más indicio de rumbo que el instinto de mis acompañantes.
Pregunté, no sin recelo, por los cangrejales. El mocito del malacara
me dijo que allí no había. En los cangrejales no podían
aventurarse sino los que eran muy baquianos, y a nosotros nos habían
dado un pedazo de campo limpio. Eso sí, tendríamos que cruzar
los médanos y llegarnos hasta el mar, para de allí, por
los arenales, echar hacia el lado del campo los animales matreros que
sabían esconderse.
Nuevas curiosidades para mí: los médanos, el mar. No quise
pasar porchapetón y dejé mis preguntas de lado, como una
vergüenza, esperando instruirme por mis cabales.
En el cielo, las primeras claridades empezaban a alejar la noche y las
estrellas se caían para el lado de otros mundos. Orillamos un bajo
salitroso y unas lagunas encadenadas, en que los pájaros, medio
dormidos, se espantaron en nuestra presencia. Clareó más
y comenzaron a vivir los animales de la pampa. Pasamos cerquita de una
osamenta hedionda, que unos treinta caranchos aprovechaban, porfiando
ganársela a la completa podredumbre.
¡Qué amabilidad la de esos pagos, que se divertían
en poner cara de susto!
Al querer despuntar el sol, divisamos a contraluz la línea de los
médanos. Era como si al campo le hubieran salido granos.
Varios vacunos trotaron por lo alto de una loma, nos miraron un rato y
huyeron disparando. Mis compañeros iniciaron los clásicos
gritos de arreo.
Pronto pisamos las primeras subidas y bajadas. El pasto desapareció
por completo bajo las patas de nuestros pingos, pues entrábamos
a la zona de los médanos de pura arena, que el viento en poco tiempo
cambia de lugar arreando montículos que son a veces verdaderos
cerros por la altura.
La mañanita volvió de oro el arenal. Nuestros caballos se
hundían en la blancura del suelo, hasta arriba de los pichicos.
Como buenos muchachos, retozamos, largándonos de golpe barranca
abajo, sumiéndonos en aquel colchón amable, arriesgando
en las caídas el quedar apretados por el caballo.
Satisfechos nuestros impulsos, nos decidimos a atender el trabajo. Andábamos
torpemente, hamacados por el esfuerzo del tranco demasiado blando. Ni
un pasto entre aquel color fresco, que el sol nuevo teñía
de suave mansedumbre. Me dijeron que en el ancho de una legua, entre tierra
y mar, toda la costa era así: una majada monótona de lomos
bayos, tersos y sin quebraduras, en que las pisadas apenas dejaban un
hoyito de bordes curvos. ¿Y el mar?
De pronto, una franja azul entre las pendientes de dos médanos.
Y repechamos la última cuesta. De abajo para arriba, surgía
algo así como un doble cielo, más oscuro, que vino a asentarse
en espuma blanca a poca distancia de donde estábamos.
Llegaba tan alto aquella pampa azul y lisa que no podía convencerme
de que fuera agua. Pero unas vacas galopaban por la costa misma y mis
compañeros se precipitaron arena abajo hacia ellas. Me hubiera
gustado quedar un rato, si más no fuera, contemplando el espectáculo
vasto y extraño para mis ojos. Más vale no hacerse el gusto
que pasar por pazguato, y arremetí también contra las bestias.
En la arena mojada de la orillita, dura como tabla, corríamos a
lo loco. Mi Moro se hizo ver tomando la punta, descontando la ventaja
que le llevaban.
Por momentos nos acercábamos. Los chúcaros corrían
como gamas y, al verse apareados, se sentaban gambeteando de lo lindo.
Para mejor estaban más delgados que parejeros. Errábamos
los topes a porrillo. Por fin un toro, más haragán o más
pesado, cayó entre el alazán y el overo. Lo paletearon hasta
echarlo por entre los médanos.
Yo había seguido por detrás de una yaguanesa y la llevaba
cerca. Forzándola hacia el mar, cuyo ruido me sorprendía
y achicaba, hice que se resistiera y así pude arrimarle el caballo.
El Moro se le prendió como tábano en la paleta y allí
íbamos con la vaca, afirmándonos uno con otro.
De repente entramos a pisar algo sonoro y resbaloso. Largué los
estribos por las dudas. La yaguanesa, queriéndose caer, se atravesó,
pero el Moro seguía echándola por delante con el impulso
de la corrida. Y sucedió lo que debía suceder. Al salir
del fragmento de roca resistente, encontrando la blandura de la arena,
la vaca se tumbó. Sentí por el encontronazo que el Moro
se daba vuelta por sobre la cabeza. "Con tal que no se quiebre",
tuve tiempo de decirme, y me eché hacia atrás. Un momento
se deja de pensar. El cuerpo cumple su deber por instinto. Sufrí
en la planta de los pies el chicotazo del suelo. Tuve que correr unos
pasos para recobrar el equilibrio. Volví sobre mi caballo, que
aún se esforzaba por ponerse de aplomo. La vaca enderezándome
me amagó un tope. Lleno de audacia, le crucé el hocico de
un rebencazo y le saqué el cuerpo. Tomé mi caballo de las
riendas. Por ahí cerca venían los compañeros. ¡Pobre
Moro! Lo hice caminar. Bien. Le manotié la arena del recado y las
clines. Ya los dos muchachos estaban conmigo.
-¡Gran puta! -dije, y la palabra me sonó bien, aunque no
fuera mal hablado-. Esta playa había sido como jeta'e comisario.
Subí dispuesto al trabajo. Por los médanos se perdió
la yaguanesa. Mis compañeros se enredaban en mil dicharachos conmigo.
Comprendí que empezábamos a ser amigos.
No hay desayuno mejor que un porrazo para envalentonar el cuerpo. Estábamos
más decididos para la recogida.
Después de un pesado galopar y gritar por los médanos, salimos
al campo. Nuestro trabajo y el de los demás, que por ahí
andarían, iba surtiendo efectos. La pampa, antes sola, se poblaba
de puntas de hacienda que corrían, en montón o en hilera,
para el lado opuesto al mar; para el lado de la gente, hubiera dicho yo.
Muy lejos, unas polvaredas indicaban las partes más numerosas de
la recogida.
Ya podíamos estar más tranquilos. Las puntas se buscaban
entre sí, constituyendo masas cada vez más grandes. Las
huellas insensiblemente marcaban rumbos al animalaje. No teníamos
más que hacer una atropellada de vez en cuando, para que a muchas
cuadras repercutiera en un apuro y hasta en huidas sin fin.
Ibamos dejando a un lado las vacas recién paridas, que nos miraban
hoscas, con una cornada pronta en cada aspa. Vencíamos la distancia
lentamente, por tener que ir de derecha a izquierda en una fatigosa línea
quebrada.
Los balidos formaban como una cerrazón de angustia en el aire,
angustia de las bestias libres agarradas por su destino de obedecer, aunque
acostumbradas a no ver hombres sino a muy largas distancias y muy de tiempo
en tiempo.
Allí, como a legua y media, sobre una lomada, se formó un
centro de movimiento. Debía haber gente sujetando ese principio
de rodeo. Y, conforme íbamos andando, aquello se agrandaba, empenachándose
de una creciente nube de tierra, sumándose de todos los retazos
de hacienda destinados a desaparecer allí, como llamados por una
brujería.
Hacía un rato el campo estaba despejado; nosotros lo poblamos de
vida, para luego irla barriendo hacia un punto, dejando el campo nuevamente
solo.
Conservábamos la vista fija en el lugar del rodeo y deseábamos
ya estar allí, pues poco que hacer y diversión encontrábamos
en galopar atrás del vacaje cimarrón que no se dejaba arrimar.
Sin embargo, anduvimos, anduvimos.
El rodeo aumentaba de tamaño por los animales que llegaban y porque
nos acercábamos. Ya el entrevero de los balidos se hacía
ensordecedor, y empezamos a notar que aquello nos absorbía como
única razón de ser posible, en el gran redondel trazado
por el horizonte, dentro del cual todo lo demás parecía
haberse anulado.
Llegamos. Algunos paisanos rondaban el tropel asustado de animales. Otros
mudaban caballo. Otros, con la pierna cruzada sobre la cabezada del basto,
liaban un cigarro o platicaban con tranquilidad. Los caballos sudados,
con los sobacos coloreando de espolazos, o embarrados hasta la panza,
delataban la tarea particular a que habían sido sometidos. Reconocía
caras vistas el día anterior, observaba otras nuevas.
Contemplé el rodeo. Nunca había presenciado semejante entrevero.
Debían de ser unos cinco mil, contando grande y chico. Los había
de todos los pelos, todos los tamaños; pero esto no estaba hecho
para asombrarme. Lo que sí llamaba mi atención era el gran
número de lisiados de todas clases: unos por quebraduras soldadas
a la buena de Dios, otros a causa del gusano que les había roído
las carnes dejándoles anchas cicatrices. Esos animales nunca fueron
curados por manos de hombres. Cuando un aspa creciendo se metía
en el ojo, no había quien le cortara la punta. Los embichados morían
comidos o quedaban en pie, gracias al cambio de estación, pero
con el recuerdo de todo un pedazo de carne de menos. Los chapinudos criaban
pezuñas con más firuletes que una tripa. Los sentidos del
lomo aprendían a caminar arrastrando las patas traseras. Los sarnosos
morían de consunción o paseaban una osamenta mal disimulada
en el cuero pelado y sanguinolento. Y los toros estaban llenos de cicatrices
de cornadas, por las paletas y los costillares.
Algunos daban lástima, otros asco, otros risa. Los sanos y jóvenes,
que eran los más, porque la pampa al que anda trastabillando muy
pronto se lo traga, demostraban un salvajismo tal que se llevaban por
delante, afanados en alejarse, cuanto fuera posible.
Un lujo de toros de toda laya hacía del rodeo un peligro. Ya varios
andaban buscando enojarse solos.
Los atajadores tenían que quedar a cierta distancia, haciendo rueda,
cosa que ocupaba a mucha gente. Más afuera, las tropillas con sus
yeguas maneadas formaban el último círculo.
-¿Compañero, no ha visto el venao? -me interpelaba un paisano,
bien montado en un oscurito escarceador, refiriéndose a que estábamos
en ayunas.
A la verdad, nuestra hambre bien nos podía hacer ver cualquier
cuadrúpedo comible, pues eran las diez, y desde las dos de la madrugada,
no habíamos "matao el bichito" más que con unos
cimarrones.
Miré para el lado de los carneadores, que ya llevaban a medio asar
la vaquillona de año que esa mañana habían volteado
para el peonaje.
-¿Por qué no noh'arrimamos -pregunté- a tomar unos
amargos si mal no viene?
No faltaban, de rodeos anteriores y anteriores carneadas, buenas cabezas
de osamenta, guampudas, en que asentar el cuerpo. Después mudaría
caballo. Por el momento le aflojé la cincha al Moro y me ocupé
de mí mismo.
Como la noche anterior, comimos y mateamos en silencio.
Decididamente esa gente me daba gana de estar solo y, como tenía
tiempo antes de empezar el trabajo, dejé mate y compañía
para tardarme mudando caballo, hasta que el aparte empezara. Además,
me alejaba un poco de esa baraúnda de balidos que ya me estaba
hinchando la cabeza. ¿Por qué -me pregunté- esa luna
repentina?
Me dejé estar, ensillando el bayo, que elegí por más
corajudo y duro para el trabajo. Acomodé bien matra por matra.
Emparejé como tres veces los bastos. Sirviéndome de mi alezna,
que llevaba siempre a los tientos, con la punta clavada en un corcho para
defenderla, corregí la costura de la asidera que estaba zafada
en un tiento. Acomodé los cojinillos como para ir al pueblo. Desenrollé
el lazo para volverlo a enrollar con más esmero. Y como ya no tenía
qué hacer, lié un cigarrillo que, por el tiempo que puse
en cabecearlo, parecía el primero de mi vida.
En eso oí un griterío y vi que un toro venía en mi
dirección, corrido por unos paisanos.
Me lo enhorqueté al Comadreja proponiéndome sacarme pronto
el mal humor.
Los dejé acercarse. A breve distancia me coloqué bien a
punto para llevar a cabo mi intento. Cuando calculé por buena la
distancia, grité:
-Con licencia, señores. -Y cerré las piernas al bayo.
Mi pingo era medio brutón para el encontronazo. Por mi parte había
calculado bien. A todo correr, el pecho del bayo dio en la paleta del
toro. Ayudé el envión con el cuerpo.
Quedamos clavados en el lugar del tope. El toro saltó como pelota,
se dio vuelta por sobre el lomo.
Había hecho una cosa peligrosa entre todas. Agarrar un animal,
en toda la furia, a la cruzada, es un alarde que puede costar el cuero
si la velocidad de cada animal no está calculada con toda justeza.
¡Buen principio que me comprometía para el trabajo bruto
iniciado!