Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo
XIV
Tusé
mis caballos, chiflando de contento, y acomodé mis prendas con
prolija satisfacción. Los pesos, que sentía hinchar mi tirador,
me daban un aplomo de rico y pasé la mañana acomodando cuanto
tenía para ponerlo todo a la altura de mi riqueza.
Iríamos a una feria, ruidosamente anunciada por los rematadores
lugareños, y como allí encontraría mucha gente del
reñidero, no quería desmerecer la fama adquirida con mis
apuestas, exponiendo una pobreza desaliñada.
A las once salimos del puesto, despidiéndonos de nuestros amigos
hospitalarios, y nos dirigimos cruzando el pueblo hacia los locales del
remate.
Tomamos una calle desierta. Pasamos al galope por la plaza principal,
y a las dos cuadras paramos frente a un almacén. A los costados
de la entrada, cabalgando unos cuartos de yerba, lucían sus colores
vistosos unos sobrepuestos bordados.
Atamos nuestros caballos en dos gruesos postes de quebracho pulido por
los cabestros y entramos, pues mi padrino quería hacer unas compras.
Había olor a talabartería, yerba y grasa.
El pulpero se agachaba para escuchar el pedido, como perro frente a una
vizcachera.
-Dos ataos de tabaco "La hija'el toro" -dijo Don Segundo.
-¿Picadura?
-¡Ahá!... Una mecha pa'l yesquero, un pañuelo d'esos
negros y aquella fajita que está sobre el atao de bombachas.
Nos sorprendió como un porrazo una voz autoritaria:
-¡Dése preso, amigo!
En la puerta se erguía la desgarbada figura de un policía
cuyas mangas subrayaban los escasos galones de cabo.
Haciéndose el desentendido, Don Segundo abrió los ojos para
buscar en derredor al hombre en causa. Pero no había más
que nosotros.
-¡A usté le digo!
-¿A mí, señor?
-Sí, a usté.
-Güeno -replicó mi padrino, sin apurarse-; espéreme
un momento que cuantito el patrón me despache vi'a atenderlo.
Atónito ante aquella insolencia, el cabo no halló respuesta.
El patrón, en cambio, maliciando un barullo, desordenaba con manos
temblonas sus trastos, completamente olvidado de los pedidos que se le
habían hecho.
-La fajita está allí -decía mi padrino con paciencia-.
Ese pañuelo floriao, no...; aquel otro negrito que tocó
recién.
Sintiéndose bochornosamente olvidado, el cabo volvió por
sus cabales:
-¡Si no viene por las güenas, lo vi'a sacar por la juerza!
-¿Por la juerza?
Don Segundo pensó un rato, como si de pronto le hubieran propuesto
hacer encastar mulas con gaviotas.
-¿Por la juerza? -repitió, revisando al cabo enclenque con
su mirada de hombre fornido. Y luego, pareciendo comprender:
-Güeno, vaya buscando los compañeros.
El cabo palideció sin dar seguimiento a una intención de
paso.
Don Segundo arregló sin premura su paquete; salió, no sin
despedirse del azareado bolichero, y montó a caballo. El cabo amagó
un manotón a las riendas, que quedó a medio camino.
-No -dijo Don Segundo, como si se equivocara sobre los designios del cabo-.
Déjelo no más, que dende el año pasao sé andar
solito.
Lastimosamente, el policía sonrió, festejando el chiste.
En un gran salón desamueblado, frente a un enorme mapa de la provincia,
estaba sentado el comisario, panzón y bigotudo.
-Aquí están, señor -dijo el cabo, recobrando coraje.
-Aquí estamos, señor -repitió Don Segundo-, porque
el cabo nos ha traído.
-Ustedes son forasteros, ¿no? -inquirió el mandón.
-Sí, señor.
-¿Y en su pueblo se pasa galopiando por delante'e la comisaría?
-No, señor... ; pero como no vide bandera ni escudo...
-¿Ande está la bandera? -preguntó el comisario al
cabo.
-La bandera, señor, se la hemoh'emprestao a la Intendencia pa la
fiesta'el sábado.
El comisario se volvió hacia nosotros:
-¿Qué oficio tienen ustedes?
-Reseros.
-¿De qué partido son?
Como si no entendiera el carácter político de la pregunta,
mi padrino contestó sin pestañear:
-Yo soy de Cristiano Muerto... ; mi compañero de Callejones.
-¿Y las libretas?
Lo mismo que había hecho un chiste con nuestra procedencia, Don
Segundo inventó un personaje:
-Las tiene, allá, don Isidro Melo.
-Muy bien. Pa otra vez ya saben ande queda la comisaría, y si se
olvidan yo les vi'a ayudar la memoria.
-¡No hay cuidao!
Afuera, cuando estuvimos solos, Don Segundo rió de buena gana:
-Güen cabo... pero no pa rebenque.
La feria era para mí una novedad. Cuando llegamos estaban concluyendo
de clasificar la haciendo en lotes, disponiéndolos en los corrales.
Aquello parecía un rodeo, dividido en cuadros por los alambrados
como una masa para hacer pasteles. La peonada que llevaba y traía
los lotes era numerosa, y tanto entre ella como entre los peones de las
estancias se veían paisanos lujosos en sus aperos y su vestuario.
¡Qué facones, tiradores y rastras! ¡Qué cabezadas,
bozales, estribos y espuelas! ¡Si ya me estaba doliendo la plata
en el tirador!
A la sombra de un ombú, al lado del gran galpón del local,
se asaba la carne para los peones y el pobrerío. Había cómo
elegir entre los asadores, que aquí ensartaban un costillar de
vaquillona, allá un medio capón o un corderito entero, de
riñones grasudos.
Los dueños de la feria, así como los estancieros y los clientes
de consideración, tenían adentro acomodada una mesa larga,
con muchos vasos y servilletas y jarras y frascos y hasta tenedores. Adentro
también, vecino al comedor, había un despacho de bebidas
con sus escasos feligreses.
Con mi padrino, nos arrimamos a un cordero de pella dorada por el fuego.
¡Carnecita sabrosa y tierna! "Lástima no tener dos panzas",
decía con desconsuelo Don Segundo.
En seguida que sus mercedes de la mesa se hartaron de embuchar, salieron
el rematador y su comitiva en un carrito descubierto y empezó la
función. El rematador dijo un discurso lleno de palabras como "ganadería
nacional", "porvenir magnífico", "grandes negocios"...
y "dio principio a la venta" con un "lote excepcional".
Alrededor del carrito, a pie o montados en caballos de los peones de la
feria, estaban los ingleses de los frigoríficos, afeitados, rojos
y gordos como frailes bien comidos. Los invernadores, tostados por el
sol, calculaban ganancias o pérdidas, tirándose el bigote
o rascándose la barbilla. Los carniceros del lugar espiaban una
pichincha, con cara de muchacho que se va'a alzar las achuras de una carneada.
Y el público, formado por la gente de huella y de estancia, conversaba
de cualquier cosa.
Sin alternativas pasó la tarde. La garganta del rematador no daba
más de tanto gritar y mis orejas de tanto oírlo.
Empezaban a marchar las tropas.
Un hombre de los de la feria, que conocía a Don Segundo, nos habló
para un arreo de seiscientos novillos destinados a un campo grande de
las costas del mar. El paisano encargado de entregar el lote era un viejito
de barba blanca, petiso y charlatán. Después de mostrarnos
la hacienda, nos convidó a tomar la copa. Iba montado en un picadito
overo, que le había codiciado toda esa mañana viéndolo
trabajar. De a poquito, mientras nos dirigíamos al despacho, fui
tanteando la posibilidad de una compra, que las perspectivas del largo
arreo hacía casi necesaria. Pero el hombre nos hablaba de los novillos:
-Güena animalada, señor, y bien arriadita.
Frente al galpón se le descolgó al picazo por la paleta
y sonó el lucido juego de botones de su tirador, cuando tocando
el suelo, sus pies barajaron el peso del cuerpo con golpe sordo.
Entramos.
Nuestro hombre se encaró con un anciano medio ebrio:
-Aquí habías de estar vos, haciendo gárgaras como
sapo en el barro.
-Con las copas que me pagás, ¿no? -respondía el viejo
de sonrisa envinada y ojos vagos.
-¡Al propósito vine al mundo pa mantener borrachos!
-¿Por qué no dentrás de polecía, hermano?
Mientras tomábamos nuestras sangrías, volví a hablar
del picazo:
-Es ponderao pa'l trabajo.
-Vea, señor, no es por decirlo, pero tengo unos pingos medio güenones.
Este que ando es uno de los más mejorcitos y corajudo pa'l porrazo.
Vez pasada, cuando era redomón, traiba yo unas vacas por cuenta
de un inglés Guales. Venía cuidándolas por chúcaras,
cuando cata aquí que cruzando cerca de un puesto, se me atraviesa
en el callejón una señora a salvar unos patitos. Ya se me
entró a remolinar la hacienda: "Hágase a un lao, señora",
le grité. "¿Que me haga a un lao?" "Sí,
señora; se lo desijo como un servicio." "¿Y a
mí qué me importa de su hacienda?" Yo estaba cerquita
d'ella y me iba dentrando rabia de verla tan enteramente porfiada, cuando
pa mejor comenzó a echarme con madre y todo a loh'infiernos. ¡Dios
me perdone! Le cerré las espuelas al picazo y la alcé por
los elementos.
Aunque la prueba fuera buena para el caballo, me pareció aquel
proceder un tanto salvaje. Sin dar mi opinión sobre tal suceso,
siguiendo la plática resulté dueño del picazo por
cincuenta pesos.
De pronto el viejo borracho, olvidado por nosotros en su rincón,
comenzó a observarlo muy sonriente a mi padrino. Con expresión
de quien medita una picardía, lo interpeló:
-¿Cómo te va, Ufemio?
-¿Quién sos vos? -interrogó mi padrino, con un tono
que me hizo comprender que no ignoraba la filiación del borracho.
-¿Ya no conocés a tuh'ermanos?
-Debe ser por los muy muchos que tengo en las pulperías.
-¿Y me has de negar que soh'Ufemio Díaz?
-¿Días?... y algunos meses -consintió mi padrino.
-¡Gaucho pícaro! -dijo el borracho, adelantándose
hacia nosotros-. Yo soy Pastor Tolosa, conocido por Lasarte, vecino viejo
del Carmen de Areco... y vos sos Segundo Sombra. ¿No te acordás?
-insistió, mostrando la cicatriz de un tajo que le cruzaba la frente-.
Yo era diablo pa'l cuchillo. Aura soy viejo y cualquier sonso me grita
-señalaba con la barba a nuestro compañero de mesa-. En
esos tiempos, sólo un toro como vos era capaz de cortarme.
El hombre se nos sentó en la mesa. Mi padrino lo miraba, sonriéndole
como se sonríe a un recuerdo, y lo dejaba hablar.
-¿Y te acordás de las fiestas en lo de Raynoso, ande nos
conocimos?
-Me acuerdo, ¡ahá!... Me mandaron que te cuidara porque eras
medio aplicao al frasco y de yapa aficionado al barullo.
-¡Ahá...., y me viniste a cuidar, gaucho sagaz..., y al último
fuiste voh'el que metió el bochinche. Más de cuatro salieron
cortados y se apagaron las luces a los ponchazos, y el hembraje juía
a los gritos... y vos ni un arañón te agenciaste en el entrevero.
¡Qué tiempos! Y un día, por probarnos, jugando, me
dejaste de recuerdo este pajarito que me canta todas las mañanas:
¡bicho-feo!, ¡bicho-feo!
Nos reíamos todos.
Mi padrino se levantó y se dio un gran abrazo con aquel viejo amigo,
que quería seguir la charla de los años pasados. No teníamos
tiempo. Trabajosamente nos despedimos. Nos entregaron la tropa y marchamos
con los demás peones a la caída de la noche.
Tropita mansa y linda. Un mes de arreo debimos contar, aunque sin mayores
contratiempos. Los animales que llevábamos eran flacos y dispuestos.
Sin embargo, tres días antes de entregar el arreo pasamos un mal
rato. La hacienda venía sedienta, pues nos faltaban aguadas naturales
y estancieros conocidos que nos sacaran del apuro.
Habíamos pasado una noche de pesadez tremenda defendiéndonos
de los mosquitos con un fueguito de biznagas por demás pobre. El
campo sudaba por dondequiera cuando salimos de mañana.
Después cayó un golpe de lluvia. Las reses se nos alborotaron.
En los charcos que había dejado el chaparrón se amontonaban,
ensuciando enseguida el agua, no chupando más que barro.
El capataz iba afligido con esa desesperación del animalaje, que
para mejor no podía sino aumentar con el sol y el movimiento.
A eso de las diez enfrentamos una estancia.
No hubo nada que hacer. Los animales, después de olfatear con ansia,
se largaron a correr por el callejón. Inútilmente quisimos
apurarlos para que pasaran derecho. En una porfía incontenible
atropellaron los alambrados, que primero resistieron, haciéndolos
caer. Hasta los enredados no cejaban en su empuje, a pesar de tajearse
o caer de lomo. Y en seguida, ¡qué habíamos de sujetarlos
por el campo!
Las casas estaban cerca y atrás de un potrerito alfalfado había
un cañón bordeado de sauces. Nos separaban de él
otro alambrado y un cerco de cañas. Corríamos sin esperanza
por delante de los brutos sedientos. El alambrado sufrió la misma
suerte que el anterior, y el cerco de cañas no pudo sino crujir
y quebrarse ante la avalancha ciega.
Las bestias se sumían en el agua, bebiendo atropelladamente. Otras
se echaban. Otras les pasaban por encima con peligro de ahogarlas. Nosotros
no teníamos más tarea que la de impedir las montoneras y
ordenar lo posible aquel tumulto.
Los peones de la estancia, que habían oído el tropel o visto
la disparada, nos ayudaban.
Vino el patrón, y nuestro capataz, jadeante por las corridas y
algo asustado, explicó la cosa, proponiendo pagar los daños.
Por suerte, el hombre tomó bien nuestro involuntario asalto y,
lejos de incomodarnos, nos hizo acompañar con su gente después
de saciada la sed de la hacienda.
Tuvimos que degollar un animal por demás estropeado en los alambres
y curar algunos otros.
Salvo esto, todo siguió como antes, hasta llegar a destino.