Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo
XI
En el camino
de luz proyectado por la puerta hacia la noche, los hombres se apiñaban
como queresas en un tajo. Pedro me echaba por delante y entramos; pero
mis pobres ropas de resero me restaban aplomo, de modo que nos acoquinamos
a la orillita de la entrada.
Las muchachas, modestamente recogidas en actitud de pudor, eran tentadoras
como las frutas maduras que esperan en traje llamativo quien las tome
para gozarlas.
Corrí mi vista sobre ellas, como se corre la mano sobre un juego
de bombas trenzadas. De a una pasaron bajo mi curiosidad sin retenerla.
De pronto vi a mi mocita, vestida de punzó, con pañuelo
celeste al cuello, y me pareció que toda su coquetería era
para mí solo.
Un acordeón y dos guitarras iniciaron una polca. Nadie se movía.
Sufría la ilusión de que toda la paisanada no tenía
más razón de ser que la de sus manos, inhábiles en
el ocio. Eran aquéllas unos bultos pesados y fuertes, que las mujeres
dejaban muertos sobre las faldas y que los hombres llevaban colgados de
los brazos como un estorbo.
En eso, todos los rostros se volvieron hacia la puerta, al modo de un
trigal que se arquea mirando viento abajo.
El patrón, hombre fornido, de barba tordilla, nos daba las buenas
noches con sonrisa socarrona:
-¡A ver, muchachos, a bailar y divertirse como Dios manda! Vos Remigio
y vos Pancho; usted Don Primitivo y los otros: Felisario, Sofanor, Ramón,
Telmo..., síganme y vamos sacando compañeras.
Un momento nos sentimos empujados de todas partes y tuvimos que hacer
cancha a los nombrados. Bajo la voz neta de un hombre, los demás
se sintieron unidos como para una carga. Y en verdad que no era poca hazaña
tomar a una mujer de la cintura, para aquella gente que sola, en familia
o con algún compañero, vivía la mayor parte del tiempo
separada de todo trato humano por varias leguas.
Un tropel se formó en el centro del salón, remolineó
inquieto, se desparramó hacia las sillas estorbándose como
hacienda sedienta en una aguada.
Cada hombre dobló su importancia con la de la elegida. Arrancó
el acordeonista a tocar un vals rápido.
-¡A bailar por la derecha y sin encontrones! - gritó con
autoridad el bastonero. Y las parejas tomadas de lejos, los pies cercanos,
el busto echado para atrás, como marcando su voluntad de evitarse,
empezaron a girar desafiando el cansancio y el mareo.
Había comenzado la fiesta. Tras el vals tocaron una mazurca. Los
mozos, los viejos, los chicos, bailaban seriamente, sin que una mueca
delatara su contento. Se gozaba con un poco de asombro, y el estar así,
en contacto con los géneros femeniles, el sentir bajo la mano algún
corsé de rigidez arcaica o la carne suave y ser uno en movimiento
con una moza turbada, no eran motivos para reír.
Sólo los alocados surtían el grito necesario de toda emoción.
Yo me enervaba al lado de Perico, sorprendido como en una iglesia. Peleaban
en mí los deseos de sacar a mi mocita de punzó y la vergüenza.
Calló un intervalo el acordeón monótono. El bastonero
golpeó las manos:
-¡La polca'e la silla!
Un comedido trajo el mueble que quedó desairado en medio del aposento.
El patrón inició la pieza con una chinita de verde, que
luego de dar dos vueltas, envanecida, fue sentada en la silla, donde quedó
en postura de retrato.
-¡Qué cotorra pa mi jaula! -decía Pedro; pero yo estaba,
como todos, atento a lo que iba a suceder.
-¡Feliciano Gómez!
Un paisano grande quería disparar, mientras lo echaban al medio
donde quedó como borrego que ha perdido el rumbo de un golpe.
-Déjenlo que mire p'al siñuelo -gritaba Pedro.
El mozo hacía lo posible por seguir la jarana, aunque se adivinara
en él la turbación del buen hombre tranquilo nunca puesto
en evidencia. Por fin tomó coraje y dio seis trancos que lo enfrentaron
a la mocita de verde. Fue mirado insolentemente de pies a cabeza por la
moza, que luego dio vuelta con silla, dejándolo a su espalda.
El hombre se dirigió al patrón con reproche:
-También, señor, a una madrinita como ésta no se
le acollara mancarrón tan fiero.
-¡Don Fabián Luna!
Un viejo de barba larga y piernas chuecas, se acercó con desenvoltura
para sufrir el mismo desaire.
-Cuando no es fiero es viejo -comentó con buen humor. Y soltó
una carcajada como para espantar todos los patos de una laguna.
El patrón se fingía acobardado.
-Alguno mejor parecido y más mozo, pues -aconsejaba Don Fabián.
-Eso es; nómbrelo usted.
-Tal vez el reserito ...
No oí más y me sentí como potro sobre un maneador
seguro, pero estaba contra la pared y no pude bandearla para encontrar
la noche, en que hubiera deseado perderme.
La atención general me hizo recordar mi audacia de chico pueblero.
Con paso firme me acerqué, levanté el chambergo sobre la
frente, crucé los brazos y quebré la cadera.
La muchacha pretendió intimidarme con su ya repetida maniobra.
-Cuanti más me mire -le dije- más seguro que me compra.
Seguidamente salimos a dar, bailando, nuestras dos reglamentarias vueltas,
orillando la hilera de mirones.
-¿Qué gusto tendrán los norteros? -dijo como para
sí la moza al dejarme en la silla.
-A la derecha usamos los chambergos -comenté a manera de indicación.
A la derecha dio ella tres pasos, volviendo a quedar indecisa.
-Po'l lao del lazo se desmontan los naciones -insistí.
Y viendo que mis señas no eran suficientemente precisas, recité
el versito:
"El
color de mi querida es más blanco que cuajada,
pero endiciéndole envido se pone muy colorada."
Esta vez fui entendido y tuve el premio de mi desfachatez cuando salí
con mi morochita dando vueltas, no sé si al compás.
A medianoche vinieron bandejas con refrescos para las señoras.
También se sirvió licor y algunas sangrías. Alfajores,
bollos, tortas fritas y empanadas fueron traídos en canastas de
mimbre claro. Y las que querían cenar algún plato de carne
asada, salían hacia la carpa.
Los hombres, por su lado, se acercaban al despacho de los frascos, que
hoy habíamos contemplado con Pedro, y allí hacían
gasto de ginebra, anís Carabanchel y caña de durazno o guindado.
Desde ese momento se estableció una corriente de idas y vueltas
entre las carpas y el salón, animado por un renuevo de alegría.
El acordeonista fue reemplazado por otro más vivaracho, bajo cuyos
dedos las polcas y las mazurcas saltaban entre escalas, trinos y firuletes.
Ya las bromas se daban a voz alta y las muchachas reían olvidando
su exagerada tiesura.
Saqué como cuatro veces a mi niña de punzó y, al
compás de las guitarras, empecé a decirle floridas galanterías
que aceptaba con gustosos sonrojos.
En los intervalos volvía hacia mi lugar, al lado de Pedro Barrales,
que me divertía con sus comentarios.
-Sos sonso -le decía-, estás sumido y triste como lechón
que se ha dejao quitar la teta.
-No ves que soy loco como vos, para andar pataleando sobre las baldosas.
-¿Loco?
-¡Si te hirve el agua en la cabeza!
Y como yo me fingiera resentido, tomábame del brazo para consolarme
con afectuoso acento:
-No te me enojéh'ermanito. Sos como la cañada'e la Cruz:
tenés tus retazos malos y tus retazos güenos.
-Válganme los güenos -concluía yo, volviendo a mi fandango.
Sin embargo, la animación crecía y éranos casi necesario
un apuro de ritmos, cuando el bastonero golpeó las manos:
-¡Vamoh'a ver, un gato bien cantadito y bailarines que sepan floriarse!
El acordeonista dio sitio al guitarrero que iba a cantar.
Los cuatro bailarines se colocaron cerca de los músicos. Las mujeres
miraban al suelo mientras los hombres requintaban el ala de sus chambergos.
Empezaron a rasguear los mozos de las guitarras. Las manos de muñecas
flojas pasaban sobre el encordado, con acompasado vaivén, y un
golpe más fuerte marcaba el acento, cortando como un tajo el borrón
rítmico del rasguido.
El latigazo intermitente del acento iba irradiando valentías de
tambor en el ambiente. Los bailarines, de pie, esperaban que aquello se
hiciera alma en los descansados músculos de sus paletas bravías,
en la lisura de sus hombros lentos, en las largas fibras de sus tendones
potentes.
Gradualmente, la sala iba embebiéndose de aquella música.
Estaban como curadas las paredes blancas que encerraban el tumulto.
La puerta pegaba con energía sus cuatro golpes rígidos en
el muro, abriéndolo a la noche hecha de infinito y de astros, sobre
el campo que nada quería saber fuera de su reposo. Los candiles
temblaban como viejas. Las baldosas preparaban sonido bajo los pies de
los zapateadores. Todo se había plegado al macho imperio del rasguido.
Y el cantor expresó ternuras en tensas notas:
"Sólo
una escalerita de amor me falta,
sólo una escalerita de amor me falta,
para llegar al cielo, mi vida, de tu garganta."
Las dos mujeres, los dos hombres, dieron comienzo a la danza.
Los hombres caminaban con ágiles galanteos de gallo que arrastra
el ala.
Las mujeres tomaron la delantera en el círculo descrito y miraban
coqueteando por sobre el hombro.
El cuadro dio una vuelta, el cantor continuaba:
"Vuela
la infeliz, vuela, ay que me embarco
en un barco pequeño, mi vida, pequeño barco."
Las mujeres tomaron entre sus dedos las faldas, que abrieron en abanico,
como queriendo recibir una dádiva o proteger algo. Las sombras
llamearon sobre los muros, tocaron el techo, cayeron al suelo como harapos,
para ser pisadas por los pasos galanos. Un apuro repentino enojó
los cuerpos viriles. Tras el leve siseo de las botas de potro trabajando
un escobilleo de preludio, los talones y las plantas traquetearon un ritmo,
que multiplicó de impaciencia el amplio acento de las guitarras
esmeradas en marcar el compás. Agitábanse como breves aguas
los pliegues de los chiripases. Las mudanzas adquirieron solturas de corcovo,
comentando en sonantes contrapuntos el decir de los encordados.
Repetíase el paseo y la zapateada. Un rasgueo sólo batió
cuatro compases. Otra vez los pasos largos descansaron el baile. Volvieron
a sonar talones y espuelas en una escasa sobra de agitación. Las
faldas femeninas se abrieron, más suntuosas, y el percal lució
como pequeños campos de trébol florido, la fina tonalidad
de su lujo agreste.
Murió el baile sobre un punto final, marcado y duro.
Algunas mujeres hacían muecas de desagrado ante las danzas paisanas,
que querían ignorar; pero una alegría involuntaria era dueña
de todos nosotros, pues sentíamos que aquélla era la mímica
de nuestros amores y contentos.
A mi vez fui parte del cuadro con Don Segundo y mi elegida. Era un gato
con relación.
Cuando quedamos aislados en el silencio, deletrié claramente mis
versos:
"Para
venir a este baile puse un lucero de guía,
porque supe que aquí estaba la prenda que yo quería."
Por la derecha dimos una vuelta y zapateamos una mudanza. Quieto esperé
la respuesta, que vino sin tardar:
"De
amores me estás hablando, yo de amores nada sé.
Pero si en amor sos sabio, se me hace que aprenderé."
A su vez tocó el turno a Don Segundo, que avanzó hacia su
compañera retándola con firme voz de amenaza:
"Una,
dos, tres, cuatro.
Si no me querés me mato."
Concluida la vuelta, contestó con gran indiferencia y encogiéndose
de hombros la voluminosa Doña Encarnación:
"Una,
dos, tres.
Matate si querés."
Entre burlas y galanteos siguió el juego de los versos.
Bailamos un triunfo y un prado y enardecidos nos entreveramos cada vez
más con mi morocha, lanzándonos palabras que por ir en rima
nos parecían disimuladas.
Una muchacha cantó. Un hombre tenía que contestar con una
relación, porque era de uso. Pero ¿quién se atreve
a declamar una versada jocosa, paseando de una punta del salón
a la otra ante el silencio de los demás?
Don Segundo quedó de pronto en el centro de la rueda.
La curiosidad volvía mudos a los mirones. Mi padrino se quitó
el chambergo y pasó el antebrazo por la frente, en señal
de trabajoso pensamiento. Por fin, pareciendo haber encontrado inspiración,
echó una mirada circular y prorrumpió con voz fuerte:
"Yo
soy un carnero viejo de la majada'e San Blas."
Dio una vuelta como prestándose a la observación:
"Ya
me han visto por delante..."
Y tomando dirección lentamente hacia la puerta de salida concluyó
con desgano:
"...ahora
mirenmé de atrás."
Mi morochita era indudablemente la prenda más vivaracha de la fiesta
y, como ya el amanecer nos sugería un deseo de blando descanso,
no dejaba de anegarme en sus ojos chispones y en la risa carnosa de sus
labios, dispuestos a la contestación tierna.
Un poco turbado por mis propios piropos y su consentimiento intenté
apartarla, invitándola a tomar un refresco en la carpa. Cuando,
con una hábil y costosa maniobra, pude llevarla hasta quedar escondido
de la gente por la lona del improvisado boliche, le tomé la mano
pretendiendo sin más aviso darle un beso. Luchamos un momento y
me sentí rudamente apartado ante su mirada de enojo.
Volvimos al baile sin que se me ocurriese una artimaña para desagraviarla,
y aunque fuera yo a pedirle tres piezas consecutivas negóse con
pretextos nimios.
Rabioso, pensé en el trato benévolo de la de verde.
Al rato estaba muy bien de relaciones con mi nueva amiga, y hasta me acusaba
de haber sido un sonso en desperdiciar mi tiempo con la otra.
Tiernamente, al concluir una polca, le oprimí los dedos; pero debía
estar de mala pata esa noche porque se me cuadró en actitud altanera
diciéndome:
-¿Se ha creído que soy escoba'e barrer sobras?
Adiós todos mis placeres de la noche. De pronto, la gente que me
codeaba empezó a pesarme, como un caballo que lo ha apretado a
uno en la rodada.
Me abrigué en la sociedad de Perico.
-Ve, ve -me decía éste señalando una pareja de gringos
que pasaba bailando a saltos-. ¡Cha que son gauchitos, si van como
arrancando clavos con los talones!
Y al notar mi seriedad, volvió hacia mí sus bromas:
-No ves que el andar saltando al pedo no lleva a nada güeno. ¿Te
han basuriao, hermano? ¡Pobrecito! ¡Si te has quedao con la
pontizuela caída!
Y Pedro aflojaba el labio inferior con expresión que trataba de
acercar, lo más posible, a la de un freno con pontezuela.
De golpe me fui por el día ya alto a tender mi recado y dormir
unas horas.