Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo
X
Le saqué
el freno que recién se estaba acostumbrando a cascar; le aflojé
el maneador lo más posible para que bebiera tranquilo.
El bayo se arrimó al agua, que tocó con cauteloso hocico,
y apurado por la sed bebió a sorbos interrumpidos, sin apartar
de mí su ojo vivaz. Era un buen pingo arisco aún y lleno
de desconfiadas cosquillas. Lo miré con orgullo de dueño
y de domador, pues estaba seguro de que pronto sería unchuzoenvidiable.
Los tragos pasaban con regularidad de pulso por su garguero. Levantó
la cabeza, se enjuagó la boca, aflojando los belfos al paso de
su larga lengua rosada. De pronto se quedó estirado de atención,
las orejas rígidas, esperando la repetición de algún
ruido lejano.
-Comadreja -dije bajo, llamándolo por su nombre.
El bayo se volvió hacia mí, resopló como inquieto
y comenzó a mordisquear la fina gramilla ribereña. Tranquilizado,
comió glotonamente, recogiendo entre sus labios movedizos los bocados,
que luego arrancaba haciendo crujir los pequeños tallos.
Mi vista cayó sobre el río, cuya corriente apenas perceptible
hacía cerca mío un hoyuelo, como la risa en la mejilla tersa
de un niño.
Así, evoqué un recuerdo que parecía perdido en la
aburrida bruma de mi infancia.
Hacía mucho tiempo, cinco años si mal no recordaba, intenté
una recopilación de los insulsos días de mi existencia pueblera,
y resolví romperla con un cambio brusco.
Era a orillas de un caserío, a la vera de un arroyo. A pocos pasos
había un puente y hacia el medio del arroyo un remanso en el que
solía bañarme.
¡Qué distintas imágenes surgían de mi nueva
situación! Para constatarlo no tenía más que mirar
mi indumentaria de gaucho, mi pingo, mi recado.
Bendito el momento en que a aquel chico se le ocurrió huir de la
torpe casa de sus tías. Pero, ¿era mío el mérito?
Pensé en Don Segundo Sombra, que en su paso por mi pueblo me llevó
tras él, como podía haber llevado un abrojo de los cercos
prendidos en el chiripá.
Cinco años habían pasado sin que nos separáramos
ni un solo día, durante nuestra penosa vida de reseros. Cinco años
de esos hacen de un chico un gaucho, cuando se ha tenido la suerte de
vivirlos al lado de un hombre como el que yo llamaba mi padrino. El fue
quien me guió pacientemente hacia todos los conocimientos de hombre
de pampa. El me enseñó los saberes del resero, las artimañas
del domador, el manejo del lazo y lasboleadoras, la difícil ciencia
de formar un buen caballo para el aparte y las pechadas, el entablar una
tropilla y hacerla parar a mano en el campo, hasta poder agarrar los animales
donde y como quisiera. Viéndolo me hice listo para la preparación
de lonjas y tientos con los que luego hacía mis bozales, riendas,
cinchones, encimeras, así como para injerir lazos y colocar argollas
y presillas.
Me volví médico de mi tropilla, bajo su vigilancia, y fui
baquiano para curar el mal del vaso dando vuelta la pisada, el moquillo
con la medida del perro o labrando un fiador con trozos de un mismo maslo,
el mal de orina poniendo sobre los riñones un cataplasma de barro
podrido, la renquera de arriba atando una cerda de la cola en la pata
sana, los hormigueros con una chaira caliente, los nacidos, cerda brava
y otros males, de diferentes modos.
También por él supe de la vida, la resistencia y la entereza
en la lucha, el fatalismo en aceptar sin rezongos lo sucedido, la fuerza
moral ante las aventuras sentimentales, la desconfianza para con las mujeres
y la bebida, la prudencia entre los forasteros, la fe en los amigos.
Y hasta para divertirme tuve en él a un maestro, pues no de otra
parte me vinieron mis floreos en la guitarra y mis mudanzas en el zapateo.
De su memoria saqué estilos, versadas y bailes de dos, e imitándolo
llegué a poder escobillar ungatoo untriunfoy a bailar unahuella
o unprado. Coplas y relaciones sobraban en su haber para hacer sonrojar
de gusto o de pudor a un centenar de chinas.
Pero todo eso no era sino un resplandorcito de sus conocimientos y mi
admiración tenía donde renovarse a diario.
¡Cuánto había andado ese hombre!
En todos los pagos tenía amigos, que lo querían y respetaban,
aunque poco tiempo paraba en un punto. Su ascendiente sobre los paisanos
era tal que una palabra suya podía arreglar el asunto más
embrollado. Su popularidad, empero, lejos de servirle, parecía
fatigarlo después de un tiempo.
-Yo no me puedo quedar mucho en nenguna estancia -decía- porque
en seguida estoy queriendo mandar más que los patrones.
¡Qué caudillo demontonera hubiera sido!
Pero por sobre todo y contra todo, Don Segundo quería su libertad.
Era un espíritu anárquico y solitario, a quien la sociedad
continuada de los hombres concluía por infligir un invariable cansancio.
Como acción, amaba sobre todo el andar perpetuo; como conversación,
el soliloquio.
Llevados por nuestro oficio, habíamos corrido gran parte de la
provincia: Ranchos, Matanzas, Pergamino, Rojas, Baradero, Lobos, el Azul,
Las Flores, Chascomús, Dolores, el Tuyú, Tapalqué
y muchos otros partidos nos vieron pasar cubiertos de tierra o barro,
a la cola de un arreo. Conocíamos las estancias de Roca, Anchorena,
Paz, Ocampo, Urquiza, los campos de "La Barrancosa", "Las
Víboras", "El Flamenco", "El Tordillo",
en que ocasionalmente trabajamos, ocupando los intervalos de nuestro oficio.
Una virtud de mi protector me fue revelada en las tranquilas pláticas
de fogón. Don Segundo era un admirable contador de cuentos, y su
fama de narrador daba nuevos prestigios a su ya admirada figura. Sus relatos
introdujeron un cambio radical en mi vida. Seguía yo de día
siendo un paisano corajudo y levantisco, sin temores ante los riesgos
del trabajo; pero la noche se poblaba ya para mí de figuras extrañas
y una luz mala, una sombra o un grito me traían a la imaginación
escenas de embrujados por magias negras o magias blancas.
Mi fantasía empezó a trabajar, animada por una fuerza nueva,
y mi pensamiento mezcló una alegría a las vastas meditaciones
nacidas de la pampa.
A esa altura de mis mecedoras evocaciones, el bayo Comadreja dio una espantada
que casi me quita el maneador de entre las manos.
Siguiendo su mirada vi en la orilla opuesta del río asomar la socarrona
cabecita de un zorro.
Me dio vergüenza, como si hubiera burla en la atención de
aquel bicho astuto.
Me levanté, tosí, acomodé las jergas del recado,
enriendé el caballo y una vez montado emprendí el retorno
a las casas.
Saliendo de las barrancas, vi tendido delante mío un vasto potrero
y a lo lejos divisé el monte.
La estancia era grande y bien poblada. Diez leguas, ocho puestos, monte
grande, con calles cuidadas, galpones; casa lujosa y un jardín
de flores como nunca antes vi. Habíamos changado en unos trabajos
de aparte, y ese día de Navidad el patrón daba un gran baile
para mensuales, puesteros y algunos conocidos del campo.
A la mañana había yo ayudado a limpiar y adornar el galpón
de esquila, que quedó emperifollado como una iglesia, y mientras
volvía, que era para la oración, prometíme una buena
noche de parranda como no se presenta en muchas ocasiones. Además,
allí, en un puesto medio perdido en los juncales de un bajo, había
conocido una mocita con más coqueterías que un jilguero.
No sería mal arrimar un poquito de leña a ese fuego.
Entre tanto, mi bayo iba pisando con desconfianza entre matas de paja
colorada y esparto. A mis espaldas quedaba la laguna cubierta por la bruma
de un griterío confuso y ya tímido. Entré a una calle
del monte. Los troncos vibraban aún de luz. Me encontré
de improviso con otro jinete ante cuya semblanza mis ojos dudaron un momento.
-¿Sos vos Pedro?
-Barrales de apelativo. Yo mesmo soy. He sabido que andabas por acá
y he venido a toparte solo pa que me contés de tu vida.
-Y es claro que vos no más habías sido. Con razón
cuando te vide las viruelas me dije: Esa es cara con hocico.
-¿Y yo, hermanito? ¡Si te habré extrañao! ¿Creerás
que dende que no te veo no puedo miar?
Con qué gusto encontraba a mi bueno y viejo compañero del
primer arreo, cuya alegría dicharachera había dejado en
mi memoria la resonancia de un cencerro.
Hasta llegar al palenque, me hizo decir cuanto quiso sobre lo sucedido
en mi existencia desde que no nos habíamos visto, y comentaba a
antojo mis relatos con ingeniosos parangones o burlas simpáticas.
Convinimos andar juntos en el baile y comimos codo a codo, en cuclillas,
al lado del asador rodeado por unos treinta hombres.
Desde la cocina entreveíamos el galpón, al que iban llegando
como avanzadas de fiesta algunos charrés y gente de a caballo.
Adivinábamos risas de mujeres en los carruajes y poco a poco la
cocina fue llenándose de paisanos que saludaban, alegres o taimados.
Ya la gente se había amontonado por demás y salimos con
Pedro a curiosear lo que sucedía en el salón del baile.
Intimidados, a pesar de nuestros alardes, nos asomamos al recinto antes
lleno de bolsas, maquinarias y cueros, entonces preparado con ostentación
de lámparas, velas, candiles y banderitas, a contener la alegría
de un centenar de parejas.
El centro despejado y limpio, asustaba y atraía como un remanso.
En las sillas que formaban cuadros, apoyadas contra la pared, había
mujeres de todas las edades, algunas con chicos en las faldas, los que
asustados miraban con grandes ojos, o cansados dormían sin reparar
en conversaciones, ni luces, ni colores.
Las mujeres, según la edad, vestían ropas oscuras o claras
faldas floreadas. Algunas llevaban pañuelo en el pescuezo, otras
en la cabeza. Todas parecían recogidas en una meditación
mística, como si esperaran el advenimiento de un milagro o la entrada
de algún entierro. Pedro me golpeaba disimuladamente el muslo con
el puño:
-Vamoh'ermanito, que aurita dentra el finao.
Del galpón nos dirigimos a una carpa improvisada con las lonas
de las parvas, donde nos tentó una hilera de botellas y misteriosas
canastas, tapadas con coloreados pañuelos, que según nuestros
cálculos debían esconder alfajores, pasteles, empanadas
y tortas fritas.
Pedro interpeló al muchacho, que se aburría entre tanta
golosina con ojos hinchados de sueño:
-Pase un frasco, compañero, que se van a redamar de llenos y nosotros
estamos vacidos.
-¿No serán ustedes los llenos?
-De viento, puede ser.
-Y de intenciones.
-No sé mamarme con eso, mozo.
-Ni quiere tampoco el patrón que naides se mame.
-¿Y los pasteles?
-Después que se hayan servido las señoras y las mozas.
-Jue'pucha -concluyó Pedro-, usté nos ha resultao un chancho
que no da tocino.
El guardián de las golosinas y los licores se rió, y nos
volvimos con propósito de asearnos un poco, porque ya los guitarreros
y acordeonistas preludiaban y no queríamos perder el baile.