Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo
IX
Goyo tuvo
que arrastrarme lo menos unos tres metros, tirándome de los pies,
para poder despertarme:
-'ta que sos dormilón... Si ya te estaba por hacer la prueba que
se le hace al peludo pa sacarlo'e la cueva.
-¿Nos vamos ya?
-Dentro de un rato.
Queriéndome incorporar hice un esfuerzo inútil.
-¿No te podéh'enderezar?
-A gatitas -contesté mientras lograba tomar posición de
gente.
-¿Qué te duele? -reía Goyo.
-El porrazo -alegué, para no confesar mi fatiga.
-¿Ande, aquí?
-¡Ahá! -exclamé retirando rápidamente el brazo
que me apretaba Goyo. Pero aquello era en realidad una farsa. Lo que me
dolía era el vientre, las ingles, los muslos, las paletas, las
pantorrillas.
-¿Estarás pasmao?
-Cuantito me mueva se me va a pasar.
Haciendo un sentido esfuerzo, salí caminando sin dar muestras de
mis sufrimientos. Apenas quería aclarar el día nublado.
-¿Tendremos lluvia?
-Sí.
-¿Ande está Don Segundo?
-En la tropilla, ensillando.
Guiado por los cencerros caminé hasta ver la gran silueta del paisano,
abultada por la noche.
-Güen día, Don Segundo.
-Güen día, muchacho. Te estaba esperando pa hablarte.
-Diga, Don.
-¿Vah'a volver a ensillar tu potrillo?
-¿Y de no?
-Güeno. Yo te vi'a ayudar pa que no andés sirviendo de divirsión
'e la gente. Aquí naides nos va a ver y vah'hacer lo que yo te
mande.
-Cómo no, Don Segundo.
De los tientos de su encimera lo vi sacar el lazo. Luego tomó mi
bozal, revisó el cabestro que era fuerte y me ordenó que
lo siguiera.
En la luz incierta de la madrugada llovedora, se dirigió hacia
mi cebrunito haciendo la armada. El petiso medio dormido no tuvo tiempo
para escapar. El lazo se ciñó en lo alto del cogote y Don
Segundo, sin darse siquiera la pena de "echar a verijas", contuvo
a su presa.
-Andá arrimando tu recao.
Cuando volví encontré ya a mi potrillo sujeto a un poste,
por tres vueltas de cabestro y enriendado.
Con paciencia, Don Segundo fue colocando bajeras, bastos y cincha. Cuando
tiró del correón, el potrillo quiso debatirse, pero ya era
tarde. Los cojinillos completaron rápidamente la ensillada.
Asombrado miraba yo el dominio de aquel hombre, que trataba a mi petiso
como a un cordero guacho.
Mientras apretaba el cinchón y desataba el cebrunito del poste
trayéndolo al medio de la playa, Don Segundo me aleccionó:
-El hombre no debe ser sonso. De la gente jineta que vos ves aura, muchos
han sido chapetones y han aprendido a juerza de malicia. En cuanto subás
charquiá no más sin asco, que yo no vi' andar contando y
no le aflojés hasta que no te sintás bien seguro. ¿Me
hah'entendido?
-Ahá.
-Güeno.
El caballo de Don Segundo estaba a dos pasos, pronto para apadrinarme.
Antes de subir miré en torno, pues a pesar de los consejos del
hombre que entre todos merecía mi respeto, me hubiera molestado
que otros me pillaran trampeando.
Tranquilizado por mi inspección subí cautelosamente, no
sin que me temblaran un poco las piernas. Ni bien estuve sentado, el dolor
de las ingles y los muslos se me hizo casi insoportable; pero era mal
momento para ceder y me acomodé lo mejor posible.
-No lo mováh'a ver si da tiempo pa subir.
Como si hubiera entendido, el petiso quedó tranquilo hasta que
mi padrino estuvo a mi lado.
Don Segundo alzó el rebenque. El petiso levantó la cabeza
y echó a correr sin intentar más la defensa. Alrededor de
la playa dimos una gran vuelta. Poco a poco me fui envalentonando y acodillé
al petiso buscando la bellaqueada. Dos o tres corcovos largos respondieron
a mi invitación; los resistí sin apelar al recurso indicado.
-Ya está manso -dije.
-No lo busqués -contestó simplemente Don Segundo, a quien
mi maniobra no había escapado. Y colocándose alternativamente
a uno y otro lado, me llevó hasta el lugar en que los demás
troperos estaban desayunándose, con unos mates, a orilla del camino.
Nos recibieron con gritos y aplausos.
Hinchado de orgullo como un pavo, rematé mi trabajo tironeando
al petiso según las órdenes de mi padrino:
-Aura pa la izquierda... Aura pa la derecha... Aura de firme no más,
hasta que recule.
Y me cebaba en cada tirón, haciendo temblequear la jeta de mi víctima,
tal como lo había visto hacer a los otros.
-'stá güeño. Te podés desmontar. Agarráte
del fiador del bozal y abrítele bien pa cair lejos.
Lleno de confianza me ejecuté.
-¡Mozo liviano! -exclamó Pedro Barrales.
Recién cuando quise desensillar, me di cuenta de que por haberme
excedido en los tirones tenía desgarradas las manos, de las cuales
la izquierda me sangraba abundantemente.
-Te hah'lastimao -dijo Horacio, habiendo visto mi mirada-. Dejálo
no más a tu redomón que yo le vi'a bajar los cueros.
No me hice rogar, porque sentía unos fuertes punzazos que me subían
hasta el codo. Me envolví la herida con un pañuelo que Pedro
me ayudó a anudar.
-Están resecas las riendas -dije a manera de comentario.
-Dejá eso no más -intervino Goyo- y arrimáte a tomar
unos tragos delchifle, que te loh'as ganao.
Con explicable alegría recibí aquella oferta, que me resultaba
el más rico de los premios.
Media hora después, como se agotaran los elogios y las palmadas
y la yerba, volvimos a nuestras impasibles actitudes de troperos. Pero
yo llevaba dentro un tesoro de satisfacción, que saboreaba a grandes
sorbos con el aire joven de la mañana.
Entre tanto, los nubarrones amontonados en el horizonte habían
recubierto el cielo y, cuando el arreo en marcha volvía a la angostura
del callejón, las primeras gotas sonaron de un modo opaco y precipitado.
Como a pesar de la hora temprana sintiéramos calor, fue más
bien un goce aquel tamborileo fresco. Algunos empezaron a acomodar sus
ponchos; yo esperé.
Mirando al cielo colegimos que aquello era preludio de algo más
serio.
La tierra se había puesto a despedir perfumes intensamente. El
pasto y los cardos esperaban con pasión segura. El campo entero
escuchaba.
Pronto un nuevo crepitar de gotas alzó al ras del callejón
una sutil polvareda. Parecía que nuestro camino se hubiese iluminado
de un tenue resplandor.
Esa vez me acomodé el"calamaco" preparándome a
resistir el chubasco.
La lluvia se precipitó interceptándonos el horizonte, los
campos y hasta las cosas más cercanas. Los troperos se distribuyeron
a lo largo de la novillada para cerrar de más cerca la marcha.
-¡Agua! -gritó Valerio entreverándose a pechadas entre
los brutos.
Por mi parte me entretuve en sentir sobre mi cuerpo el cerrado martilleo
de las gotas, preguntándome si el poncho me defendería de
ellas. Mi chambergo sonaba a hueco y pronto de sus bordes empezaron a
formarse goteras. Para que éstas no me cayeran en el pescuezo,
requinté sobre la frente el ala, bajándola de atrás
a fin de que el chorrito se escurriese por la espalda.
La primera reacción ante la lluvia, según más tarde
pudo argumentar mi experiencia, es reír, aunque muchas veces nada
bueno traiga consigo la perspectiva de una mojadura. Riendo, pues, aguanté
aquel primer ataque. Pero tuve muy pronto que dejar de pensar en mí,
porque la tropa, disgustada por aquel aguacero que la cegaba de frente,
quería darle el anca y se hacía rebelde a la marcha.
Como los demás, tuve que meterme entre ellos distribuyendo sopapos
y rebencazos. A cada grito llenábaseme la boca de agua, obligándome
esto a escupir sin descanso. Con los movimientos me di cuenta de que mi
ponchito era corto, lo cual me proporcionó el primer disgusto.
A la media hora, tenía las rodillas empapadas y las botas como
aljibe.
Empecé a sentir frío, aunque luchara aún ventajosamente
con él. El pañuelo que llevaba al cuello ya no hacía
de esponja y, tanto por el pecho como por el espinazo, sentí que
me corrían dos huellitas de frío.
Así, pronto estuve hecho sopa.
El viento que traíamos de cara arreció, haciendo más
duro el castigo, y a pesar de que a su impulso el aire se volviese más
despejado, no fue tanto el alivio como para que no deseáramos un
próximo fin.
Acobardado miré a mis compañeros, pensando encontrar en
ellos un eco de mis tribulaciones. ¿Sufrirían? En sus rostros
indiferentes el agua resbalaba como sobre el ñandubay de los postes,
y no parecían más heridos que el campo mismo.
El callejón, que había sido una nota clara con relación
a los prados, estaba lóbrego. Por delante de la tropa, la huella
rebrillaba acerada; atrás todo iba quedando trillado por dos mil
patas, cuyas pisadas sonaban en el barrial como masticación de
rumiante. Los vasos de mi petiso resbalaban dando mayor molicie a su tranco.
Por trechos la tierra dura parecía tan barnizada, que reflejaba
el cielo como un arroyo.
Las ropas, pegadas el cuerpo, eran como fiebre en período álgido
sobre mi pecho, mi vientre, mis muslos. Tiritaba continuamente, sacudido
por violentos tirones musculares, y me decía que si fuera mujer
lloraría desconsoladamente.
De pronto, una abertura se hizo en el cielo. La lluvia se desmenuzó
en un sutil polvillo de agua y, como cediendo a mi angustioso deseo, un
rayo de sol cayó sobre el campo; corrió quebrándose
en los montes, perdiéndose en las hondonadas, encaramándose
en las lomas.
Aquello fue el primer anuncio de mejora que, al cabo de una breve duda,
vino a caer en benéfico derroche solar.
Los postes, los alambradas, los cardos lloraron de alegría. El
cielo se hizo inmenso y la luz se calcó fuertemente sobre el llano.
Los novillos parecían haber vestido ropas nuevas, como nuestros
caballos, y nosotros mismos habíamos perdido las arrugas, creadas
por el calor y la fatiga, para ostentar una piel tirante y lustrada.
El sol pronto creó un vaho de evaporación sobre nuestras
ropas. Me saqué el poncho, abrí mi blusa y mi camiseta,
me eché en la nuca el chambergo.
La tropa, olfateando el campo, se hizo más difícil de cuidar.
Iniciamos algunas corridas arriesgando la costalada.
Una vida poderosa vibraba en todo y me sentí nuevo, fresco, capaz
de sobrellevar todas las penurias que me impusiera la suerte.
Entre tanto, la vitalidad sobrante quedó agazapada en nuestros
cuerpos, pues de ella tendríamos necesidad para sobrellevar los
próximos inconvenientes, y, sin desparramarnos en inútiles
bullangas, volvimos a caer en nuestro ritmo contenido y voluntarioso:
Caminar, caminar, caminar.