Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo
V
A los quince
días estaban mansas las yeguas. Don Segundo, hombre práctico
y paciente, sabía todos los recursos del oficio. Pasaba las mañanas
en el corral manoseando sus animales, golpeándolos con loscojinillos
para hacerles perder las cosquillas, palmeándoles las ancas, el
cogote y las verijas para que no temieran sus manos, tusándolos
con mil precauciones para que se habituaran al ruido de las tijeras, abrazándolos
por las paletas para que no se sentaran cuando se les arrimaba. Gradualmente
y sin brusquedad, había cumplido los difíciles compromisos
del domador y lo veíamos abrir las tranqueras y arrear novillos
con sus redomonas.
-Las yeguas ya están mansitas -dijo, al cabo, al patrón.
-Muy bien -respondió Don Leandro-; sígalas unos días,
que después tengo un trabajo para usté.
Pasadas mis dos semanas de gran tranquilidad, en que sólo rabié
con las perezas del petiso Sapo, habíame caído una mala
noticia:
En el pueblo sabían mi paradero, y posiblemente querrían
obligarme a volver para casa. Esaisoca no me haría daño,
porque ya estaba en parva mi lino. Antes me zamparía en un remanso
o me haría estropear por los cimarrones, que aceptar aquel destino.
De ningún modo volvería a hacer el vago por las calles aburridas.
Yo era, una vez por todas, un hombre libre que ganaba su puchero, y más
bien viviría como puma, alzado en los pajales, que como cuzco de
sala entre las faldas hediondas a sahumerío eclesiástico
y retos de mandonas bigotudas. ¡A otro perro con ese hueso! ¡Buen
nacido me había salido en la cruz!
Apenado, no hice caso de la actividad desplegada en torno mío por
la peonada. Los más, en efecto, habían tomado un aspecto
misterioso y ocupado, que no comprendí sino cuando me informaron
de que habría aparte y luegoarreo.
Por segunda vez parecía que la casualidad me daba la solución.
¿No decidí pocos días antes escapar, por haberme
marcado un camino el paso de Don Segundo? Pues esta vez me iría
detrás de la tropa, librándome de peligros lugareños
con sólo mudar de pago. ¿Adónde iría la tropa?
¿Quiénes iban de reseros?
A la tarde Goyo me informó, aunque insuficientemente, a mi entender.
La tropa sería de quinientas cabezas y saldría de allí
dos días para el sur, hacia otro campo de Don Leandro.
-¿Y quiénes son los reseros?
-Va de capataz Valerio, y de piones, Horacio, Don Segundo, Pedro Barrales
y yo, a no ser que mandés otra cosa.
Don Segundo fue más parco aún en sus explicaciones, y yo
no sabía por entonces a qué se debía ese silencio
despreciativo que usan los que se van cuando hablan con los que quedan
en las casas.
-¿Podré dir yo?
-Si te manda el patrón.
-¿Y si no me manda?
Don Segundo me miró de arriba abajo y sus ojos se detuvieron a
la altura de mis tobillos.
-¿Qué es lo que busca? -pregunté fastidiado por su
insistencia.
-Lamanea.
-¿Ande la tiene?
-Creiba que te la habías puesto.
Un momento tardé en darme cuenta de su decir. Cuando comprendí
hice lo posible por reírme, aunque me sintiera burlado con justicia.
-No es que me haiga maniao, Don, pero tengo miedo qu'el patrón
se me siente.
-Cuando yo tenía tu edad, le hacía el gusto al cuerpo sin
pedir licencia a naides.
Aleccionado, me alejé tratando de resolver el conflicto creado
por las ansias de irme y el temor de un chasco.
Como Don Jeremías se había mostrado bondadoso, a él
me dirigí, aunque tartamudeando mi pedido. El inglés se
encogió de hombros.
-Valerio te dirá si te quiere yevar.
Valerio, de quien menos esperaba yo comedimiento, me dijo que hablaría
con el patrón, pidiéndole permiso para agregarme a los troperos
como medio pago.
-Mirá -agregó- que el oficio es duro.
-No le hace.
-Güeno, esta noche te vi'a contestar.
Cuando media hora más tarde Valerio me hizo una seña desde
el palenque, largué los platos que estaba limpiando en la cocina
y salí corriendo.
-Podés dir juntando tus prendas y preparando la tropilla.
-¿Me lleva?
-Ahá.
-¿Habló con el patrón?
-Ahá.
-¡Ese sí que eh'un hombre gaucho! -prorrumpí lleno
de infantil gratitud.
-Vamoh'a ver lo que decís cuando el recao te dentre a lonjiar las
nalgas.
-Vamoh'a ver -contesté seguro de mí mismo.
La botaratada es una ayuda, porque una vez hecho el gesto se esfuerza
uno en callar todo pensamiento sincero. Ya está tomada la actitud,
y no queda más quehacer "pata ancha". Pero la ausencia
del público corrige luego las resoluciones tomadas arbitrariamente;
de suerte que cuando quedé solo, púseme, a pesar mío,
a consultar las posibilidades de sostener mi gallardía. ¿Cómo
hablaría, en efecto, cuando "el recao me dentrara a lonjiar
las nalgas"? ¿Qué tal me sabría dormir al raso
una noche de llovizna? ¿Cuáles medios emplearía para
disimular mis futuros sufrimientos de bisoño? Ninguna de estas
vicisitudes de vida dura me era conocida, y comencé a imaginar
crecientes de agua, diálogos de pulpería, astucias y malicias
de chico pueblero que me pusieran en terreno conocido. Inútil.
Todo lo aprendido en mi niñez aventurera resultaba un mísero
bagaje de experiencia para la existencia que iba a emprender. ¿Para
qué diablos me sacaron del lado de "mama" en el puestito
campero, llevándome al colegio a aprender el alfabeto, las cuentas
y la historia, que hoy de nada me servían?
En fin, había que hinchar la panza y aguantar la cinchada. Por
otra parte, mis pensamientos no mellaban mi resolución, porque
desde chico supe dejarlos al margen de los hechos. Metido en el baile,
bailaría, visto que no había más remedio, y si el
cuerpo no me daba, mi voluntad le serviría de impulso. ¿No
quería huir de la vida mansa para hacerme más capaz?
-¿Qué estáh'ablando solo? -me gritó Horacio,
que pasaba cerca.
-¿Sabéh'ermano?
-¿Qué?
-¡Que me voy con el arreo!
-¡Qué alegría pa la hacienda! -exclamó Horacio,
sin la admiración que yo esperaba.
-¿Alegría? ¡No ves que voy de a pie!
-¡Oh!, no le andás muy lejos.
-Verdá, hermano -confesé pensando en mis dos petisos-. ¿No
sabés de ningún potrillo que me pueda comprar?
-¿Te vah'acer domador?
-Vi'a arreglarme como pueda. ¿No sabés de nenguno?
-Cómo no; aquí cerquita no más, en la chacra de Cuevas,
vah'a hallar lo que te conviene... y baratito -concluyó Horacio,
dándome buenos datos después de haber comenzado mofándose
de mi indigencia.
-¡Graciah'ermano!
A la caída del sol me tomé rumbo a lo de Cuevas. La chacra
estaba a unas quince cuadras atrás del monte, y me fui a pie para
disimular mi partida al patrón, que podía disgustarse, y
a los peones, que se burlarían de mi audacia conociendo mi falta
de capital para un negocio.
Salí por un grupo de eucaliptos, pisando en falso sobre los gajos
caídos de algunas ramas secas y enredándome a veces en un
cascarón, por ir mirando para atrás. Al linde de la arboleda
descansé mi andar, asentando las alpargatas sobre la lisa dureza
de una huella; poco a poco, fui acercándome al rancho, por un maizalito
de unas pocas cuadras.
Andando distraídamente, pensaba en cómo haría mi
oferta de compra y mi promesa de pagar más adelante, y resolví
cerrar el trato si el negocio convenía, prometiendo pasar al día
siguiente para verificar el pago y llevarme el potrillo.
De pronto sentí en el maizal que iba orillando mi huella un ruido
de tronquillos quebrados, y no pude impedir un intuitivo salto de lado.
Entre la sementera verde reía la cara morocha de una chinita, y
una mano burlona me dijo adiós, mientras encolerizado seguía
mi camino interrumpido por el miedo grotesco.
Un enorme perro bayo me cargó, haciéndome echar mano al
cuchillo, pero la voz del amo fue obedecida. Estaba junto a las poblaciones:
un rancho de barro prolijamente techado de paja con, al frente, un patio
bien endurecido a agua y escoba. En un corralito vi unos doce caballos
y entre ellos un potrillo petisón de pelo cebruno.
-Güenas tardes, señor.
-Güenas tardeh'amigo.
-Soy mensual de las casas... vengo porque me han dicho que tenía
un potrillo pa vender.
El hombre me estudiaba con ojos socarrones y adiviné una ligera
sonrisa dentro de la barba.
-¿Eh' usté el comprador?
-Si no manda otra cosa.
-Ahí está el potrillo... lo doy por veinte pesos.
-¿Puedo mirarlo?
-Cómo no... hasta que se enllene.
Tras una corta mirada, que no fue muy clara, dada la turbación
que me infundía mi papel importante, volví hacia el dueño.
-Mañana, con su licencia, vendré a buscarlo y le traeré
la plata.
-Había sido redondo pa los negocios.
-...
Un rato quedé sin saber qué hablar, y como aquel hombre
parecía más inclinado a la ironía muda que al gracejo,
saludé, llevándome la mano al sombrero, y di frente a mi
huellita.
El perro bayo quiso cargarme, pero, decididamente, su amo sabía
hacerse obedecer. No sé por qué, llevaba una impresión
de temor, y apuré el paso hasta esconderme en el maizal, donde
me sentí libre de dos ojos incómodamente persistentes.
Una pequeña silueta salió a unos veinte metros delante mío,
poniéndose a caminar en el mismo sentido que yo. Por el pañuelo
rojo que llevaba atado a la cabeza y el vestido claro, reconocí
a la chinita de hoy.
Sin preguntarme con qué objeto, me puse a correr tras aquella grácil
silueta, escondiéndome en las orillas del maizal.
Advertida por mis pasos, se dio vuelta de pronto, y habiéndome
reconocido, rió con todo el brillo de sus dientes de morena y de
sus ojos anchos.
Yo nunca había tenido miedo sino delante de mujeres grandes, por
temor a las burlas de quienes estaban acostumbradas a juguetes más
serios, pero esta vez me sentí preso de una exaltación incómoda.
Para vencerme, pregunté imperativamente:
-¿Cómo te llamás?
-Me llamo Aurora.
Su alegría y la malicia de sus ojos disiparon mi timidez.
-¿Y no tenés miedo que te muerda algún tigre, andando
ansí solita por el maizal?
-Aquí no hay tigres.
Su sonrisa se hizo más maliciosa. Su pequeño busto se irguió
con orgullo y provocación.
-Puede venir uno de pajuera -apoyé significativamente.
-No será cebao en carne'e cristiano.
Su desprecio era duro e hirió mi amor propio. Extendí hacia
ella mi mano. Aurora hizo unos pasos atrás. Entonces sentí
que por ningún precio la dejaría escapar, y rápidamente
la tomé entre mis brazos, a pesar de su tenaz defensa y de sus
amenazas.
-¡Largáme o grito!
Empeñosamente la arrastré hacia el escondite de los tallos
verdes, que trazaban innumerables caminos. Entorpecido por su resistencia,
tropecé en un surco y caímos en la tierra blanda.
Aurora se reía con tal olvido de su cuerpo que hacía un
rato tenazmente defendía, que pude aprovechar de aquel olvido.
Un solo momento calló, frunciendo el rostro, entreabriendo la boca
como si sufriera. Luego volvió a reír.
Orgulloso, no pude dejar de decirle:
-Me querés, prendita.
Aurora, enojada, me apartó de un solo golpe, poniéndose
de pie.
-Sonso... sinvergüenza ... decí que sos más juerte.
Y la dejé que se fuera, muy digna, murmurando frases que consolaban
su pudor y su amor propio.