Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo
IV
Horacio me
despertó bruscamente sacudiéndome por los hombros.
Mi primer pensamiento fue para el día anterior: mi huida, el éxito
de mi treta para preceder a Don Segundo en la estancia de Galván,
la recepción de Goyo y la presentación que hizo de mí
a la peonada como mensual nuevo, el incidente de la mesa.
Alboreaba, y ya por la pequeña ventana vi rociarse de tintes dorados
las nubes del naciente, largas y finas como pétalos de mirasol.
Bajé los pies del catre, me levanté con esfuerzo sobre las
piernas blandas como queso, ajusté mi faja, me rasqué los
ojos, cuyos párpados sentía más pesados que si los
hubieran picado losmangangás, y me encaminé arrastrando
las alpargatas hacia la cocina. Tenía frío y el cuerpo cortado
de cansancio.
En torno al fogón, casi apagado, concluía de matear la peonada,
y ligué tresamargos que me despertaron un tanto.
-Vamos -dijo uno, y como si no hubiese esperado sino aquella voz, nos
desparramamos desde la puerta hacia rumbos diferentes.
La primera mirada del sol me encontró barriendo los chiqueros de
las ovejas con una gran hoja de palma. No era muy honroso, en verdad,
eso de hacer correr lascascarrias por sobre los ladrillos y juntar algunos
flecos de lana sarnosa; sin embargo, estaba tan contento como la mañanita.
Hacía mi trabajo con esmero, diciéndome que por él
era como los hombres mayores. El fresco apuraba mis movimientos. En el
cielo deslucíanse los colores volteados por la luz del día.
A las ocho me llamaron para el almuerzo, y mientras a diente despedazaba
un trozo dechurrasco, espié a mis compañeros, de quienes
todo quería adivinar en los rostros.
El domador Valerio Lares, era un tape forzudo, callado y risueño;
hubiera deseado hacerme amigo suyo, pero no quería ser entrometido.
Además, nadie hablaba, porque el escaso tiempo de que disponíamos
quería ser aprovechado por cada uno en forma más útil.
Concluido el almuerzo el cocinero me dijo que quedara a ayudarlo, y fueron
saliendo todos hasta dejar vacío el gran aposento, cuyo significado
parecía resumirse en el fogón, bajo cuya campana tomó
lugar la olla, rodeada de pavas como unñandú por suscharabones.
El cocinero no fue más locuaz que el día de mi llegada,
y me pasé la mañana haciendo de pinche, los ojos constantemente
atraídos por la silenciosa silueta del domador, que, vecino a la
puerta cosía unas riendas de cuero crudo.
Debía ser ya cerca del mediodía, cuando oímos unas
espuelas rascar los ladrillos de afuera. La voz de Valerio saludó
a alguien, invitándolo a que pasara a tomar unos mates. Curiosamente
me asomé, viendo al mismo Don Segundo Sombra.
-¿Pasiando? -preguntaba Valerio.
-No, señor. Me dijeron que aquí había unas yeguas
pa domar y que usté estaba muy ocupao.
-¿No gusta dentrar a la cocina?
-Güeno.
Los dos hombres se arrimaron al fogón. Don Segundo dio los buenos
días sin parecer reconocerme; ambos tomaron asiento en los pequeños
bancos y continuó la conversación con grandes pausas.
Volviéndose hacia mí, Valerio ordenó con autoridad:
-A ver pues, muchacho, traite un mate y cebále a Don Segundo.
-¿Este?
-No. Ese es de Gualberto, qu'es medio mañero. Agarrá aquel
otro sobre la mesa.
Encantado puse una pava al fuego, activé las brasas y llené
elporonguitoen la yerbera.
-¿Dulce o amargo?
-Como caiga.
-Dulce, entonces.
-Güeno.
Arrimé un banco para mí y, mientras el agua empezaba a hacer
gorgoritos, contemplé a Don Segundo con cierto resentimiento, por
no haber sido en su saludo un poco menos distraído.
Como nadie hablaba, me atreví a preguntarle:
-¿No me reconoce?
Don Segundo me miró sin dignarse hacer un esfuerzo para darme gusto.
-Yo jui -agregué- el que espantó el redomón ayer
noche en las quintas del pueblo.
Lejos de la exclamación que esperaba, mi hombre se puso a observarme
con atención, como si algo curioso hubiese esperado encontrarme
en mi semblante.
-La lengua -dijo- parece que la tenés pelada.
Comprendí y se me encendió la cara. Don Segundo temía
una indiscreción y prefería no conocerme. Un rato largo
quedamos en silencio, y el diálogo interrumpido entre el forastero
y el domador volvió a arrastrarse lentamente.
-¿Son muchas las yeguas?
-No, señor. Son ocho no más, son.
-Me han dicho que los animales d'esta cría saben salir flojos de
cincha.
-No, señor; son medioh'idiosos no más, son.
La campana llamó para la comida. Don Segundo seguía chupando
la bombilla y ya había yo cambiado dos veces la cebadura.
Fueron cayendo los peones abotagados de calor, pero alegres de haber concluido
por un tiempo con el trabajo. Siendo casi todos conocidos del forastero,
no se oyó un rato sino saludos y "güenos días".
Poco dura la seriedad en una estancia cuando en ella trabajan numerosos
muchachos inquietos y fuertes. Goyo tropezó en los pies de Horacio.
Horacio le arrojó por la cabeza un pellón. La gente hizo
cancha a aquellos mocetones incómodos, acostumbrados a andar golpeándose
por todos los rincones.
-¡A dedo tiznao,maula! -convidó Horacio, y ambosvisteadores,
por turno, pasaron sus dedos sobre la panza de la olla.
Las piernas abiertas en una guardia corta, que permite rápidas
cuerpeadas y embestidas, el brazo adelante como si lo guarneciera el poncho,
la derecha movediza en cortas fintas Goyo y Horacio buscaron marcarse.
Paró la chacota, cuando Horacio se echó a la cara las puntas
del pañuelo que llevaba al cuello, queriendo disimular la raya
de hollín que sesgaba su mejilla.
-Sos muy pesao -decía Goyo.
-Ya te tuvo que contar tu hermana.
-¿De cuando comemos chanchos en casa?
Interrunpió la bulla la entrada del patrón, hombre de aspecto
ríspido. Don Segundo se adelantó hacia él, diciéndole
el objeto de su venida. Salieron a conversar y la cocina quedó
como en misa.
Don Segundo comió con nosotros, y dijo que se había arreglado
para empezar la doma esa misma tarde. Valerio se comidió a echar
las yeguas al corral, cuando cayera un poco el sol, para que sufrieran
menos.
-Si necesita algúnmaniador, riendas o lo que se ofrezca, yo le
puedo emprestar lo que guste.
-Muchas gracias. Creo que tengo todo.
A pesar de mi fatiga no pude dormir la siesta, pensando en cómo
haría para asistir a la domada. Sabía que el patrón
había recomendado a Don Segundo el mayor cuidado, visto su peso;
pero ¿hasta dónde puede evitarse que un potro corcovee?
Llegado el momento, me arreglé para llevar a los zanjones unas
cargas de alambres rotos, fierros viejos y varillas quebradas. Camino
haciendo, cruzaría por la playa y tal vez me cupiera en suerte
presenciar el trabajo.
Advino lo que había previsto. Las tres primeras yeguas salieron
mansas, dando trabajo sólo a los padrinos. La cuarta quiso librarse
del bulto que pesaba en sus lomos, pero fue vencida por las manos potentes
del domador, que le impedía agachar la cabeza.
La quinta fue trigo de otra chacra, y, como no pudiera correr, corcoveó
furiosamente a vueltas, del modo más duro y peligroso.
Tuve la ganga de que esto coincidiera con una vuelta mía de los
zanjones, y de cerca oí el grito ahogado de la bestia, el sonar
de las caronas, el golpear descompasado de las patas contra el suelo,
en cuyo apoyo la yegua buscaba desesperadamente el contragolpe brusco.
El cuerpo del hombre grande estaba como atornillado en los bastos, mientras
la cara broncínea decía del esfuerzo y la boca entreabierta
jadeaba breves palabras:
-...Déjela de ese lado... atráquese a la derecha a ver si
se enderieza... ¡aura sí!... ¡hasta que se desaugue!
Los padrinos trataban de seguir aquellas órdenes, aunque no hubiera
más remedio que quedar a distancia, esperando intervenir de un
modo eficaz. La yegua no gritaba ya. Don Segundo calló. Era como
si ambos estuviesen atentos a un intenso trabajo mental, hecho de malicias
y sorpresas, de resistencia y bizarría.
El animal ya entregado, resistió pasivamente los tirones que debían
ablandarle la boca. Don Segundo se desmontó de un salto ágil,
que le colocó a distancia prudente. Su respiración buscaba,
hondamente, satisfacer el ansia de aire, levantando su tórax vasto.
Tenía las manos aún encogidas de haber estrangulado las
riendas; las piernas, moldeadas por el recado, arqueábanse, sobre
los pies, como para solidificar su equilibrio, y sus hombros, echados
hacia atrás a fin de despejar el pecho, parecían complacerse
de sentir su capacidad de dominio.
Lastimosa, la yegua, cuyo cogote sudado apenas podía sostener la
cabeza, jadeaba, afanosamente, los ijares temblorosos y vacíos.
-Esta no es como la zaina -dijo Valerio con cierta satisfacción.
-No, señor -replicaba Don Segundo con su asombrada voz de falsete-;
ésta es alazana.
De pronto recordé que estaba en mi petiso Sapo, con mi carrito
de pértigo a la cincha, abriendo la boca ante los ojos mismos del
patrón, y un susto repentino me hizo castigar al pobrebichoco,
tomando rumbo a las casas al compás del férreo canto de
la horquilla, que temblequeaba sobre las planchas del carrito. ¡Dale
música, hermano y movéme esos güesitos!
A la oración, el señor me mandó llamar para que le
cebara unos mates, bajo la sombra ya oscura de un patio de paraísos.
Para eso tuve que ir a la cocina de adentro. La cocinera, que me entregó
el poronguito, me hizo largas recomendaciones, diciéndome casi
que el patrón me iba a comer si veía nadar unos palitos
en la boca de plata. Desagradablemente me acordé de mis tías.
¿Pa qué servían las mujeres? Pa que se divirtieran
los hombres. ¿Y las que salían fieras y gritonas? Pa lagrasería
seguramente, pero les andaban con lástima.
El patrón me preguntó de dónde era, si tenía
familia y si hacía mucho que salía a trabajar. Contesté
aproximadamente la verdad, de miedo de pisar en alguna trampa y ser mandado
al pueblo.
-¿Qué edad tenés?
-Quince años -contesté, agregándome uno.
-'stá bien.
Sonaron los últimos chupetazos en la bombilla.
-No cebés más... Volvéte pa la cocina y mandámelo
a Valerio.
Hubo gran contento en la cocina después de la comida. Al día
siguiente sería domingo y la gente preparaba su ida al pueblo.
Los muchachos se daban bromas precisas, siendo conocidos los amoríos
de cada uno. Los que tenían familia se iban esa misma noche, para
volver el lunes de madrugada. Lospuesterostal vez se decidieran también
al viajecito para hacer alguna compra necesaria; pero los más quedarían
de seguro en sus ranchos, "haciendo sebo", o vendrían
a las casas principales a jugar una partida de bochas, en la cancha que
había bajo un despejado plantío de moreras.
Los más viejos protestaban diciendo que ya no habíacorridas
de sortijas, ni carreras, ni "entretención" alguna. Medio
dormido me acomodé en un rincón, cerca de un grupo formado
por Don Segundo, Valerio y Goyo, que querían aprender el oficio,
y escuchaba en lo posible los comentarios del trabajo brutal, lleno de
sutilezas y mañas.
Atento a las lecciones, me hamacaba hacia atrás sobre mi pequeño
banco con maquinal vaivén de cuna. Poco a poco las voces fueron
siendo como pensamientos confusos del fogón en vías de apagarse,
y sentía muy patente un pie, porque lo tenía pisado con
el otro.
Aquella presión de la alpargata me era agradable, y al imprimir
a mi banco su lento balanceo, mi empeine sufría con placer el áspero
contacto de la tosca suela de soga.
Mis tías me hubieran reñido seguramente por tan curioso
entretenimiento, pero estaban tan lejos, tan lejos, que apenas oía
sus voces sumidas en un rezo, singularmente grave... ¿Por qué
tenían mis tías esa voz de cura?...
De pronto el banco, en que había concluido por dormirme, cayó
hacia atrás, bruscamente. Mis espaldas comprimieron un manojo de
leña, y las pequeñas ramas, al quebrarse, me hincaron las
costillas como espuelas.