Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo
III
Frente a
casa, camino a la fonda donde iba a comer, Don Segundo se separó
de mí, dándome la mano. Adiviné que aquello se debía
a mi aviso de que se cuidase al salir de "La Blanqueada", y
sentí un gran orgullo.
Entré a casa sin apuro. Como había previsto, mis tías
me pegaron un reto serio, tratándome de perdido y condenándome
a no comer esa noche.
Las miré como se miran lasguascasviejas que ya no se van a usar.
Tía Mercedes, flaca, angulosa, cuya nariz de pico decarancho asomaba
brutamente entre los ojos hundidos, fue quien me privó de comida.
Tía Asunción, panzuda, tetona y voraz en todo placer, fue
la que me insultó con más voluntad. Yo las encomendé
a quien correspondía, y me encerré en mi cuarto a pensar
en mi vida futura y en los episodios de esa tarde. Me parecía que
mi existencia estaba ligada a la de Don Segundo y, aunque me decía
los mil y mil inconvenientes para seguirlo, tenía la escondida
esperanza de que todo se arreglaría. ¿Cómo?
Primero pensé que a Don Segundo le pasaba otro percance y que yo,
por segunda vez, lo advertía del peligro. Esto sucedía en
tres o cuatro distintas ocasiones, hasta que el hombre me aceptaba como
amuleto. Después era porque nos descubríamos algún
parentesco y se hacía mi protector. Ultimamente, porque me tomaba
afecto, permitiéndome vivir a su lado, mitad como peoncito, mitad
como hijo del desamparo. Por de pronto, encontré una solución
inmediata. ¿Don Segundo iba a lo de Galván? Pues bien, yo
iría antes. Llegado a esta altura de mis meditaciones, no pensé
más porque la solución me satisfacía y porque el
pensar hasta el cansancio no para en nada práctico.
-Me voy, me voy -decía casi en alta voz.
Sentado en el lecho, a oscuras para que me creyeran dormido, esperé
el momento propicio a la fuga. Por la casa soñolienta arrastrábanse
los últimos ruidos, que me decían la estupidez de los menudos
hechos cotidianos. Ya no podía yo aguantar aquellas cosas, y una
irrupción de rabia me hizo mirar en torno mío, las desmanteladas
paredes de mi cuartucho, como se debe mirar sin piedad al enemigo vencido.
¡Oh, no extrañaría seguramente nada de lo que dejaba,
pues las riendas y el bozalito, que adivinaba enrollados en el clavo que
los sostenía contra la madera de la puerta, vendrían conmigo!
Los muros que habían visto impasibles mis primeras lágrimas,
mis aburrimientos y mis protestas, quedarían bien solos.
Al tanteo extraje de bajo el lecho un par de botitas raídas. Junto
a ellas coloqué riendas y bozal. Encima tiré el cariñoso
poncho, regalo de don Fabio, y unas escasas mudas de ropa. El haber puesto
mano a la obra aumentó mi coraje, y me escurrí cuidadosamente
hasta el fondo del corralón, dejando entreabierta la puerta. La
inmensidad de la noche me infligió miedo, como si se hubiese adueñado
de mi secreto. Cautelosamente caminé hacia el altillo. Sargento,
el perro, me hizo algunas fiestas. Subí por una escalera de mano
al vasto aposento donde los ratones corrían entre algunas bolsas
de maíz y trastos de desecho.
Era difícil encontrar las desparramadaspilchas de mi recadito,
pero por suerte tenía en mis bolsillos una caja de fósforos.
A la luz insegura de la pequeña llama, pude juntarmatras, carona,
bastos, pellón, sobrepuesto, ypegual. Ajustado el todo con la cincha,
me eché el bulto al hombro, volviendo a mi cuarto, donde agregué
mis nuevos haberes al poncho, las botas y las riendas. Y como no tenía
más que llevar, me tumbé entre aquellas cosas de mi propiedad,
dejando vacía la cama, con lo cual rompía a mi entender
con toda ligadura ajena.
De noche aún, desperté, el flanco derecho dolorido de haberse
apoyado sobre el freno, el trasero enfriado por los ladrillos, la nuca
un tanto torcida por su incómoda posición. ¿Qué
hora podía ser? En todo caso resultaba prudente estar preparado
para prever toda eventualidad.
Como un turco me eché a la espalda recado y ropa. Medio dormido
llegué al corralón, enfrené mi petiso, lo ensillé
y, abriendo la gran puerta del fondo, gané la calle.
Experimentaba una satisfacción desconocida, la satisfacción
de estar libre.
El pueblo dormía aún a puños cerrados y dirigí
mi petiso al tranco, singularmente sonoro, hacia la cochera de Torres,
donde pediría me entregasen el otro petiso, que allí hacía
guardar Festal chico.
Un gallo cantó. Alboreaba imperceptiblemente.
Como la cochería comenzaba a despertar temprano, a fin de prepararse
para el tren de la madrugada, encontré el portón abierto
y a Remigio, un muchachón de mis amigos, entre la caballada.
-¿Qué viento te trae? -fue su primera pregunta.
-Güen día, hermano. Vengo a buscar mi parejero.
Largo rato tuve que discutir con aquel pazguato para probarle que yo era
dueño de disponer de lo mío. Por fin se encogió de
hombros.
-Ahí está el petiso. Hacé lo que te parezca.
Sin dejármelo decir dos veces embozalé al animal, por cierto
mejor cuidado que el que había quedado en mis manos, y despidiéndome
de Remigio, con caballo de tiro y ropa en el poncho, como verdadero paisano,
salí del pueblo hacia los campos, cruzando el puente viejo.
Para ir a lo de Galván tenía que tomar la misma dirección
que para lo de don Fabio. A cierta altura un callejón arrancaba
hacia el norte y por él debía seguir hasta el monte que
de lejos ya conocía.
Apurado por alejarme del pueblo me puse a galopar. El petiso que llevaba
de tiro cabresteaba perfectamente.
Cuando hube hecho unas dos leguas, di un resuello a mis bestias, mientras
el sol salía sobre mi existencia nueva.
Sentíame en poder de un contento indescriptible. Una luz fresca
chorreaba de oro el campo. Mis petisos parecían como esmaltados
de color nuevo. En derredor, los pastizales renacían en silencio,
chispeantes de rocío; y me reí de inmenso contento, me reí
de libertad, mientras mis ojos se llenaban de cristales como si también
ellos se renovaran en el sereno matinal.
Una legua faltábame para llegar a las casas y la hice al tranco,
oyendo los primeros cantos del día, empapándome de optimismo
en aquella madrugada, que me parecía crear la pampa venciendo a
la noche.
Receloso ante las casas, enderecé al galpón. No parecía
haber nadie. Los perros que gruñían arrimándose a
los garrones de mi petiso no eran una invitación amable de echar
pie a tierra. Por fin asomó un viejo a la puerta de la cocina,
gritó "¡juera!" a la perrada, diciéndome
que pasara adelante, y me señaló uno de los tantos bancos
del aposento para que me sentara.
Toda la mañana quedé en aquel rincón espiando los
movimientos del viejo, como si de ellos dependiera mi porvenir. No dijimos
una palabra.
A mediodía empezaron a llegar algunos peones y sonó una
campana llamando para la comida. La gente saludaba al entrar y algunos
me miraban de soslayo.
Junto con cuatro o cinco hombres entró Goyo López, que yo
conocía del pueblo.
-¿Andás pasiando? -me preguntó.
-Vengo a buscar trabajo.
-¿Trabajo? -repitió clavándome la vista. Un momento
temblé pensando que algo iba a decir de mi familia en el pueblo;
pero Goyo era hombre discreto. Los peones me observaban. Un muchachón
dijo, comentando mi respuesta:
-Vendrá a conchabarse pa hombrear bolsas.
Goyo se dio vuelta hacia él:
-Sí,chucialo aura que está medio asustao, porque cuando
tome confianza tal vez te hombree a vos. No sabés que peje es éste.
Un momento fui el punto de mira de cuarenta ojos. No pestañée
siquiera, esperando que pasara aquella atención.
Sin embargo, las palabras de Goyo habían hecho su efecto. Ser despierto,
aunque pasando los límites de la buena conducta, es un mérito
que el paisano aprecia.
Goyo me llamó desde la puerta diciendo que desenfrenara mi petiso,
que él me enseñaría dónde estaba la bebida
para que le diera un poco de agua. Esto no era más que una maniobra
para hablarme a solas. Ni bien nos encontramos afuera, me dijo:
-Vos te has juido 'e el pueblo.
-No digás nada, hermanito, mirá que me comprometés.
-¿Te comprometo? ¡Qué traza!... y ¿vah'a trabajar?
-¿Y de no?
-Güeno... dale agua al petiso... Mirá, allí viene el
mayordomo.
Esperamos que un inglés acriollado llegara hasta nosotros y, después
del saludo, hice mi pedido.
-No tengo trabajo que dar -dijo bajando del caballo.
-Entonces, ¿me da permiso pa comer? En seguidita después
me voy.
-¿P'adónde vas a ir?
-P'allá -contesté estirando la mano al azar.
El inglés me miró con una sonrisa bonachona.
-¿Sos bien mandao?
-Sí, señor.
-¿Usted lo conoce, Goyo?
-Algo, Don Jeremías.
-Muy bien. Después de la siesta déle el petiso Sapo. Que
ate el carrito'e pértigo y vaya sacando esa paja'e los pesebres
y la eche en los zanjones de la puerta blanca.
-Sí, señor.
Para ganarle el "lao de las casas" al "mayor", me
acerqué a su caballo, le bajé el recado dándole vueltas
las matras para que se orearan y pregunté a Goyo dónde debía
largarlo.
-En aquel potrerito donde está la cebada.
-¿Con bozal o sin bozal? -pregunté a Goyo.
-Sin bozal.
No puedo decir mi alegría cuando en la mesa, ya flanqueada de veinte
hombres, tomé lugar entre Goyo y un gringuito viejo que cuidaba
la quinta.
-Cocinero -dijo Goyo-, pásele un plato y una cuchara al mensual
nuevo.
-¿Mensual nuevo? -rió el muchacho que hoy había hecho
burla de mi pedido de trabajo-. ¿Será pa acarriar basuras?
Me di cuenta de que aquellas palabras, que en otro pudieran haber sido
maldad, no eran más que estupidez, y aproveché la ocasión,
no queriendo hacer mentir a Goyo, que había prometido bueno para
cuando yo tuviera confianza.
-¿Pa acarriar basuras? -repetí-. Tené cuidado no
vaya a ser que algún día amanezcas por los zanjones.
Y como sentí que reían, recordé mis días de
popularidad en el pueblo.
-Mala inclinación tenés -continué, mirando el pelo
motoso y desordenado de mi interlocutor-; si fuera el patrón te
mandaría cortar laporra pa rellenar pecheras.
Una risotada general acogió mi discurso. Cuando se hubo terminado,
un hombre de los más viejos me reconvino con altura:
-Muchas leyes parece que tenés, pero es güeno no querer volar
antes de criar bien las alas. Sos muy cachorro pa miar como los perros
grandes.
Una mirada me había bastado para saber quién me hablaba,
y esa vez agaché la cabeza, diciendo mansamente, como corresponde
cuando se habla con un mayor:
-No crea, señor; también sé respetar.
-Así debe ser -concluyó el viejo, y después de una
breve pausa volvió a correr la broma de punta a punta de la mesa.
Toda esa tarde me la pasé acarreando paja de los pesebres a los
zanjones, por un trecho de unas diez cuadras. Cuando llegaba al galpón,
cargaba el carro el galponero, dejando clavada en la carga la horquilla.
En los zanjones esgrimía yo el instrumento, que luego venía
matraqueando de una manera ensordecedora sobre las tablas del carro vacío.
La comida me halló medio dormido; pero el cansancio, que me exponía
a alguna burla, pasó desapercibido en el silencio general.
En el cuarto de Goyo me acomodaron un catre. No tenía yo colchón
ni prenda para arreglarme en el lecho poco amable, pero la fatiga siendo
el mejor de los colchones, me eché envuelto en mi poncho sobre
la lona desnuda y áspera, sin cuidarme de mimos. Un rato pensé
en mi escapada, evoqué la casa de mis tías, sus figuras,
mis rezos. El sueño cayó sobre mí, como una parva
sobre un chingolo.