Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
CAPITULO
II
Sin apuros,
la caña de pescar al hombro, zarandeando irreverentemente mis pequeñas
víctimas, me dirigí al pueblo. La calle estaba aún
anegada por un reciente aguacero y tenía yo que caminar cautelosamente
para no sumirme en el barro, que se adhería con tenacidad a mis
alpargatas amenazando dejarme descalzo.
Sin pensamientos seguí la pequeña huella que, vecina a los
cercos de cinacina, espinilla o tuna, iba buscando las lomitas como las
liebres para correr por lo parejo.
El callejón, delante mío, se tendía oscuro. El cielo,
aún zarco de crepúsculo, reflejábase en los charcos
de forma irregular o en el agua guardada por las profundas huellas de
alguna carreta, en cuyo surco tomaba aspecto de acero cuidadosamente recortado.
Había ya entrado al área de las quintas, en las cuales la
hora iba despertando la desconfianza de los perros. Un incontenible temor
me bailaba en las piernas, cuando oía cerca el gruñido de
algún mastín peligroso; pero sin equivocaciones decía
yo los nombres: Centinela, Capitán, Alvertido. Cuando algún
cuzco irrumpía en tan apurado como inofensivo griterío,
mirábalo con un desprecio que solía llegar al cascotazo.
Pasé al lado del cementerio y un conocido resquemor me castigó
la médula, irradiando su pálido escalofrío hasta
mis pantorrillas y antebrazos. Los muertos, las luces malas, las ánimas,
me atemorizaban ciertamente más que los malos encuentros posibles
en aquellos parajes. ¿Qué podía esperar de mí
el más exigente bandido? Yo conocía de cerca las caras más
taimadas, y aquel que por inadvertencia me atajara, hubiese conseguido
cuanto más que le sustrajera un cigarrillo.
El callejón habíase hecho calle; las quintas, manzanas;
y los cercos de paraísos, como los tapiales, no tenían para
mí secretos. Aquí había alfalfa, allá un cuadro
de maíz, un corralón o simplemente malezas. A poca distancia
divisé los primeros ranchos, míseramente silenciosos y alumbrados
por la endeble luz de velas o lámparas de apestoso kerosén.
Al cruzar una calle espanté desprevenidamente un caballo, cuyo
tranco me había parecido más lejano, y como el miedo es
contagioso, aun de bestia a hombre, quedéme clavado en el barrial
sin animarme a seguir. El jinete, que me pareció enorme bajo su
poncho claro, reboleó la lonja del rebenque contra el ojo izquierdo
de su redomón; pero como intentara yo dar un paso, el animal asustado
bufó como una mula, abriéndose en larga "tendida".
Un charco bajo sus patas se despedazó chillando como un vidrio
roto. Oí una voz aguda decir con calma:
-Vamos pingo... Vamos, vamos pingo...
Luego el trote y el galope chapalearon en el barro chirle.
Inmóvil, miré alejarse, extrañamente agrandada contra
el horizonte luminoso, aquella silueta de caballo y jinete. Me pareció
haber visto un fantasma, una sombra, algo que pasa y es más una
idea que un ser; algo que me atraía con la fuerza de un remanso,
cuya hondura sorbe la corriente del río.
Con mi visión dentro, alcancé las primeras veredas sobre
las cuales mis pasos pudieron apurarse. Más fuerte que nunca vino
a mí el deseo de irme para siempre del pueblito mezquino. Entreveía
una vida nueva hecha de movimiento y espacio.
Absorto por mis cavilaciones crucé el pueblo, salí a la
oscuridad de otro callejón, me detuve en "La Blanqueada".
Para vencer el encandilamiento fruncí como jareta los ojos al entrar
al boliche. Detrás del mostrador estaba el patrón, como
de costumbre y de pie, frente a él, el tape Burgos concluía
una caña.
-Güenas tardes, señores.
-Güenas -respondió apenas Burgos.
-¿Qué traís? -inquirió el patrón.
-Ahí tiene, Don Pedro -dije mostrando mi sarta de bagrecitos.
-Muy bien. ¿Querés un pedazo demazacote?
-No, Don Pedro.
-¿Unos paquetes de La Popular?
-No, Don Pedro... ¿Se acuerda de la última platita que me
dio?
-Sí.
-Era redonda.
-Y la has hecho correr.
-Ahá.
-Güeno... ahí tenés -concluyó el hombre, haciendo
sonar sobre el mostrador unas monedas de níquel.
-¿Vah' a pagar la copa? -sonrió el tape Burgos.
-En la pulpería'e Las Ganas -respondí contando mi capital.
-¿Hay algo nuevo en el pueblo? -preguntó Don Pedro, a quien
solía yo servir de noticiero.
-Sí, señor..., un pajuerano.
-¿Ande lo has visto?
-Lo topé en una encrucijada, volviendo' el río.
-¿Y no sabés quién es?
-Sé que no es de aquí... no hay ningún hombre tan
grande en el pueblo.
Don Pedro frunció las cejas como si se concentrara en un recuerdo.
-Decíme... ¿es muy moreno?
-Me pareció..., sí señor... y es muy juerte.
Como hablando de algo extraordinario el pulpero murmuró para sí:
-Quién sabe si no es Don Segundo Sombra.
-El es -dije sin saber por qué, sintiendo la misma emoción
que al anochecer me había mantenido inmóvil ante la estampa
significativa de aquel gaucho, perfilado en negro sobre el horizonte.
-¿Lo conocés vos? -preguntó Don Pedro al tape Burgos,
sin hacer caso de mi exclamación.
-De mentas no más. No ha de ser tan fiero el diablo como lo pintan;
¿quiere darme otra caña?
-¡Hum! -prosiguió Don Pedro-, yo lo he visto más de
una vez. Sabía venir por acá a hacer la tarde. No ha de
ser de arriar con las riendas. El es de San Pedro. Dicen que tuvo en otros
tiempos una mala partida con la policía.
-Carnearía un ajeno.
-Sí, pero me parece que el ajeno era cristiano.
El tape Burgos quedó impávido mirando su copa. Un gesto
de disgusto se arrugaba en su frente angosta depampa, como si aquella
reputación de hombre valiente menoscabara la suya de cuchillero.
Oímos un galope detenerse frente a la pulpería, luego el
chistido persistente que usan los paisanos para calmar un caballo, y la
silenciosa silueta de Don Segundo Sombra, quedó enmarcada en la
puerta.
-Güenas tardes -dijo la voz aguada, fácil de reconocer-. ¿Cómo
le va, Don Pedro?
-Bien, ¿y usted Don Segundo?
-Viviendo sin demasiadas penas graciah' a Dios.
Mientras los hombres se saludaban con las cortesías de uso, miré
al recién llegado. No era tan grande en verdad, pero lo que le
hacía aparecer tal hoy le viera, debíase seguramente a la
expresión de fuerza que manaba de su cuerpo.
El pecho era vasto, las coyunturas huesudas como las de un potro, los
pies cortos con un empeine a lo galleta, las manos gruesas y cuerudas
como cascarón de peludo. Su tez era aindiada, sus ojos ligeramente
levantados hacia las sienes y pequeños. Para conversar mejor habíase
echado atrás el chambergo de ala escasa, descubriendo un flequillo
cortado como crin a la altura de las cejas.
Su indumentaria era de gaucho pobre. Un simplechanchero rodeaba su cintura.
La blusa corta se levantaba un poco sobre un "cabo de güeso",
del cual pendía el rebenque tosco y ennegrecido por el uso. Elchiripá
era largo, talar, y un simple pañuelo negro se anudaba en torno
a su cuello con las puntas divididas sobre el hombro. Las alpargatas tenían
sobre el empeine un tajo para contener el pie carnudo.
Cuando lo hube mirado suficientemente, atendí a la conversación.
Don Segundo buscaba trabajo y el pulpero le daba datos seguros, pues su
continuo trato con gente de campo hacía que supiera cuanto acontecía
en las estancias.
-... en lo de Galván hay unas yeguas pa domar. Días pasaos
estuvo aquí Valerio y me preguntó si conocía algún
hombre del oficio que le pudiera recomendar, porque él tenía
muchos animales que atender. Yo le hablé del Mosco Pereira, pero
si a usté le conviene...
-Me está pareciendo que sí.
-Güeno. Yo le avisaré al muchacho que viene todos los días
al pueblo a hacer encargos. El sabe pasar por acá.
-Más me gusta que no diga nada. Si puedo iré yo mesmo a
la estancia.
-Arreglao. ¿No quiere servirse de algo?
-Güeno -dijo Don Segundo, sentándose en una mesa cercana-,
eche una sangría y gracias por el convite.
Lo que había que decir estaba dicho. Un silencio tranquilo aquietó
el lugar. El tape Burgos se servía una cuarta caña. Sus
ojos estaban lacrimosos, su faz impávida. De pronto me dijo, sin
aparente motivo:
-Si yo juera pescador como vos, me gustaría sacar un bagre barroso
bien grandote.
Una risa estúpida y falsa subrayó su decir, mientras de
reojo miraba a Don Segundo.
-Parecen malos -agregó- porque colean y hacen mucha bulla, pero
¡qué malos han de ser si no son más que negros!
Don Pedro lo miró con desconfianza. Tanto él como yo conocíamos
al tape Burgos, sabiendo que no había nada que hacer cuando una
racha agresiva se apoderaba de él.
De los cuatro presentes sólo Don Segundo no entendía la
alusión, conservando frente a su sangría un aire perfectamente
distraído. El tape volvió a reírse en falso, como
contento con su comparación. Yo hubiera querido hacer una prueba
y ocasionar un cataclismo que nos distrajera. Don Pedro canturreaba. Un
rato de angustia pasó para todos, menos para el forastero, que
decididamente no había entendido y no parecía sentir siquiera
el frío de nuestro silencio.
-Un barroso grandote -repitió el borracho-, un barroso grandote...
¡ahá! aunque tenga barba y ande en dos patas como los cristianos...
En San Pedro cuentan que hay muchos d'esos bichos; por eso dice el refrán:
San Pedrino
El que no es mulato es chino
Dos veces oímos repetir el versito por una voz cada vez más
pastosa y burlona.
Don Segundo levantó el rostro y, como si recién se apercibiera
de que a él se dirigían los decires del tape Burgos, comentó
tranquilo:
-Vea amigo..., vi'a tener que creer que me está provocando.
Tan insólita exclamación, acompañada de una mueca
de sorpresa, nos hizo sonreír a pesar del mal cariz que tomaba
el diálogo. El borracho mismo se sintió un tanto desconcertado,
pero volvió a su aplomo, diciendo:
-¿Ahá? Yo creiba que estaba hablando con sordos.
-¡Qué han de ser sordos los bagres con tanta oreja! Yo, eso
sí, soy un hombre muy ocupao y por eso no lo puedo atender ahora.
Cuando me quiera peliar, avíseme siquiera con unos tres días
de anticipación.
No pudimos contener la risa, malgrado el asombro que nos causaba esa tranquilidad
que llegaba a la inconsciencia. De golpe, el forastero volvió a
crecer en mi imaginación. Era el "tapao", el misterio,
el hombre de pocas palabras que inspira en la pampa una admiración
interrogante.
El tape Burgos pagó sus cañas, murmurando amenazas.
Tras él corrí hacia la puerta, notando que quedaba agazapado
entre las sombras. Don Segundo se preparó para salir a su vez y
se despidió de Don Pedro, cuya palidez delataba sus aprensiones.
Temiendo que el matón asesinara al hombre que tenía ya toda
mi simpatía, hice como si hablara al patrón para advertir
a Don Segundo.
-Cuídese.
Luego me senté en el umbral, esperando, con el corazón que
se me salía por la boca, el fin de la inevitable pelea.
Don Segundo se detuvo un momento en la puerta, mirando a diferentes partes.
Comprendí que estaba habituando sus ojos a lo más oscuro,
para no ser sorprendido. Después se dirigió hacia su caballo
caminando junto a la pared.
El tape Burgos salió de entre las sombras y creyendo asegurar a
su hombre, tiróle una puñalada firme, a partirle el corazón.
Yo vi la hoja cortar la noche como un fogonazo.
Don Segundo, con una rapidez inaudita quitó el cuerpo, y el facón
se quebró entre los ladrillos del muro con nota de cencerro.
El tape Burgos dio para atrás dos pasos y esperó de frente
el encontronazo decisivo.
En el puño de Don Segundo relucía la hoja triangular de
una pequeña cuchilla. Pero el ataque esperado no se produjo. Don
Segundo, cuya serenidad no se había alterado, se agachó,
recogió los pedazos de acero roto y con su voz irónica dijo:
-Tome, amigo, y hágala componer, que así tal vez no le sirva
ni pa carniar borregos.
Como el agresor conservara la distancia, Don Segundo guardó su
cuchillita y, estirando la mano, volvió a ofrecer los retazos del
facón.
-¡Agarre, amigo!
Dominado el matón se acercó, baja la cabeza, en el puño
bruñido y torpe la empuñadura del arma, inofensiva como
una cruz rota.
Don Segundo se encogió de hombros y fue hacia su redomón.
El tape Burgos lo seguía.
Ya a caballo el forastero iba a irse hacia la noche; el borracho se aproximó,
pareciendo por fin haber recuperado el don de hablar:
-Oiga, paisano -dijo levantando el rostro hosco, en que sólo vivían
los ojos-. Yo vi'a hacer componer este facón pa cuando usted me
necesite.
En su pensamiento de matón no creía poder más, como
gesto de gratitud, que el ofrecer así su vida a la de otro.
-Aura déme la mano.
-¡Cómo no! -concedió Don Segundo, con la misma impasibilidad
con que hoy aceptaba el reto-. Ahí tiene, amigo.
Y sin más ceremonias se fue por el callejón, dejando allí
al hombre que parecía como luchar con una idea demasiado grande
y clara para él.
Al lado de Don Segundo, que mantenía su redomón al tranco,
iba yo caminando a grandes pasos.
-¿Lo conocés a este mozo? -me preguntó terciando
el poncho con amplio ademán dé holgura.
-Sí, señor. Lo conozco mucho.
-Parece medio pavote, ¿no?