Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo
I
En las afueras
del pueblo, a unas diez cuadras de la plaza céntrica, el puente
viejo tiende su arco sobre el río, uniendo las quintas al campo
tranquilo.
Aquel día, como de costumbre, había yo venido a esconderme
bajo la sombra fresca de la piedra, a fin de pescar algunos bagrecitos,
que luego cambiaría al pulpero de "La Blanqueada" por
golosinas, cigarrillos o unos centavos.
Mi humor no era el de siempre; sentíame hosco, huraño, y
no había querido avisar a mis habituales compañeros de huelga
y baño, porque prefería no sonreír a nadie ni repetir
las chuscadas de uso.
La pesca misma pareciéndome un gesto superfluo, dejé que
el corcho de mi aparejo, llevado por la corriente, viniera a recostarse
contra la orilla.
Pensaba. Pensaba en mis catorce años de chico abandonado, de"guacho",
como seguramente dirían por ahí.
Con los párpados caídos para no ver las cosas que me distraían,
imaginé las cuarenta manzanas del pueblo, sus casas chatas, divididas
monótonamente por calles trazadas a escuadra, siempre paralelas
o perpendiculares entre sí.
En una de esas manzanas, no más lujosa ni pobre que otras, estaba
la casa de mis presuntas tías, mi prisión.
¿Mi casa? ¿Mis tías? ¿Mi protector don Fabio
Cáceres? Por centésima vez aquellas preguntas se formulaban
en mí, con grande interrogante ansioso, y por centésima
vez reconstruí mi breve vida como única contestación
posible, sabiendo que nada ganaría con ello; pero era una obsesión
tenaz.
¿Seis, siete, ocho años? ¿Qué edad tenía
a lo justo cuando me separaron de la que siempre llamé "mama",
para traerme al encierro del pueblo, so pretexto de que debía ir
el colegio? Sólo sé que lloré mucho la primera semana;
aunque me rodearon de cariño dos mujeres desconocidas y un hombre
de quien conservaba un vago recuerdo. Las mujeres me trataban de "m'hijito"
y dijeron que debía yo llamarlas Tía Asunción y Tía
Mercedes. El hombre no exigió de mí trato alguno, pero su
bondad me parecía de mejor augurio.
Fui al colegio. Había ya aprendido a tragar mis lágrimas
y a no creer en palabras zalameras. Mis tías pronto se aburrieron
del juguete y regañaban el día entero, poniéndose
de acuerdo sólo para decirme que estaba sucio, que era un atorrante,
y echarme la culpa de cuanto desperfecto sucedía en la casa.
Don Fabio Cáceres vino a buscarme una vez, preguntándome
si quería pasear con él por su estancia. Conocí la
casa pomposa como no había ninguna en el pueblo, que me impuso
un respeto silencioso a semejanza de la iglesia, a la cual solían
llevarme mis tías sentándome entre ellas para soplarme el
rosario y vigilar mis actitudes, haciéndose de cada reto un mérito
ante Dios.
Don Fabio me mostró el gallinero, me dio una torta, me regaló
un durazno y me sacó por el campo en "sulky" para mirar
las vacas y las yeguas.
De vuelta al pueblo conservé un luminoso recuerdo de aquel paseo
y lloré, porque vi el puesto en que me había criado y la
figura de "mama", siempre ocupada en algún trabajo, mientras
yo rondaba la cocina o pataleaba en un charco.
Dos o tres veces más vino Don Fabio a buscarme y así concluyó
el primer año.
Ya mis tías no hacían caso de mí sino para llevarme
a misa los domingos y hacerme rezar de noche el rosario.
En ambos casos me encontraba en la situación de un preso entre
dos vigilantes, cuyas advertencias poco a poco fueron reduciéndose
a un simple coscorrón.
Durante tres años fui al colegio. No recuerdo qué causa
motivó mi libertad. Un día pretendieron mis tías
que no valía la pena seguir mi instrucción y comenzaron
a encargarme mil comisiones que me hacían vivir continuamente en
la calle.
En el Almacén, en la Tienda, el Correo, me trataron con afecto.
Conocí gente que toda me sonreía, sin nada exigir de mí.
Lo que llevaba yo escondido de alegría y de sentimientos cordiales
se libertó de su consuetudinario calabozo, y mi verdadera naturaleza
se expandió libre, borbotante, vívida.
La calle fue mi paraíso, la casa mi tortura; todo cuanto comencé
a ganar en simpatía afuera, lo convertí en odio para mis
tías. Me hice ladino. Ya no tenía vergüenza de entrar
en el hotel a conversar con loscopetudos, que se reunían a la mañana
y a la tarde para una partida de tute o detruco. Me hice familiar de la
peluquería, donde se oyen las noticias de más actualidad,
y llegué pronto a conocer a las personas como a las cosas. No había
requiebro niguasada que no hallara un lugar en mi cabeza, de modo que
fui una especie de archivo que los mayores se entretenían en revolver
con algún puyazo, para oírme largar elbrulote.
Supe las relaciones del comisario con la viuda Eulalia, los enredos comerciales
de los Gambutti, la reputación ambigua del relojero Porro. Instigado
por el fondero Gómez, dije una vez "retarjo" al cartero
Moreira, que me contestó "¡guacho!", con lo cual
malicié que en torno mío también existía un
misterio que nadie quiso revelarme.
Pero estaba yo demasiado contento con haber conquistado en la calle simpatía
y popularidad, para sufrir inquietudes de ningún género.
Fueron los tiempos mejores de mi niñez.
La indiferencia de mis tías se topaba en mi sentir con una indiferencia
mayor, y la audacia que había desarrollado en mi vida de vagabundo
sirvióme para mejor aguantar sus reprensiones.
Hasta llegué a escaparme de noche o ir un domingo a las carreras,
donde hubo barullo y sonaron algunos tiros sin mayor consecuencia.
Con todo esto parecíame haber tomado rango de hombre maduro y a
los de mi edad llegué a tratarlos, de buena fe, como a chiquilines
desabridos.
Visto que me daban fama de vivaracho, hice oficio de ello, satisfaciendo
con cruel inconsciencia de chico la maldad de los fuertes contra los débiles.
-Andá decíle algo a Juan Sosa -proponíame alguno-,
que está mamao, allí, en elboliche.
Cuatro o cinco curiosos que sabían la broma, se acercaban a la
puerta o se sentaban en las mesas cercanas para oír.
Con la audacia que me daba el amor propio, acercábame a Sosa y
dábale la mano:
-¿Cómo te va, Juan?
-...
-'ta que tranca tenés, si ya no sabés quién soy.
El borracho me miraba como a través de un siglo. Reconocíame
perfectamente, pero callaba maliciando una broma.
Hinchando la voz y el cuerpo como un escuerzo, poníamele bien cerca,
diciéndole:
-No ves que soy Filumena tu mujer y que si seguís chupando, esta
noche, cuantito dentrés a casa bien mamao, te vi'a zampar de culo
en el bañadero'e los patos pa que se te pase el pedo.
Juan Sosa levantaba la mano para pegarme unbife ; pero sacando coraje
en las risas que oía detrás mío no me movía
un ápice, diciendo por lo contrario en son de amenaza:
-No amagués, Juan..., no vaya a ser que se te escape la mano y
rompás algún vaso. Mirá que al comisario no le gustan
los envinaos y te va a hacer calentar el lomo como la vez pasada. ¿Se
te ha enturbiao la memoria?
El pobre Sosa miraba al dueño del hotel, que a su vez dirigía
sus ojos maliciosos hacia los que me habían mandado.
Juan le rogaba:
-Dígale pues que se vaya, patrón, a este mocoso pesao. Es
capaz de hacerme perder la paciencia.
El patrón fingía enojo, apostrofándome con voz fuerte:
-A ver si te mandás mudar, muchacho, y dejás tranquilos
a los mayores.
Afuera reclamaba yo de quien me había mandado:
-Aura dame un peso.
-¿Un peso? Te ha pasao la tranca Juan Sosa.
-No..., formal; alcanzáme un peso que vi'hacer una prueba.
Sonriendo, mi hombre accedía esperando una nueva payasada, y a
la verdad que no era mala, porque entonces tomaba yo un tono protector,
diciendo a dos o tres:
-Dentremos muchachos a tomar cerveza. Yo pago.
Y sentado en el hotel de los copetudos me daba el lujo de pedir por mi
propia cuenta la botella en cuestión, para convidar, mientras contaba
algo recientemente aprendido sobre el alazán de Melo, la pelea
deltape Burgos con Sinforiano Herrera, o la desvergüenza del gringo
Culasso que había vendido por veinte pesos su hija de doce años
al viejo Salomovich, dueño del prostíbulo.
Mi reputación de dicharachero y audaz iba mezclada de otros comentarios
que yo ignoraba. Decía la gente que era un perdidito y que concluiría,
cuando fuera hombre, viviendo de malos recursos. Esto, que a algunos les
hacía mirarme con desconfianza, me puso en boga entre la muchachada
de mala vida, que me llevó a los boliches convidándome con
licores y sangrías, a fin de hacerme perder la cabeza; pero una
desconfianza natural me preservó de sus malas jugadas. Pancho me
cargó una noche en ancas y me llevó a la casa pública.
Recién cuando estuve dentro me di cuenta, pero hice de tripas corazón
y nadie notó mi susto.
La costumbre de ser agasajado, me hizo perder el encanto que en ello experimentaba
los primeros días. Me aburría nuevamente por más
que fuera al hotel, a la peluquería, a los almacenes o a lapulperíade
"La Blanqueada", cuyo patrón me mimaba y donde conocía
gente de "pajuera": reseros, forasteros o simplemente peones
de las estancias del partido.
Por suerte, en aquellos tiempos, y como tuviera ya doce años, Don
Fabio se mostró más que nunca mi protector, viniendo a verme
a menudo, ya para llevarme a la estancia, ya para hacerme algún
regalo. Me dio un ponchito, me avió de ropa y hasta ¡oh maravilla!,
me regaló una yunta de petisos y un recadito, para que fuera con
él a caballo en nuestros paseos.
Un año duró aquello. En mi destino estaría escrito
que todo bien era pasajero. Don Fabio dejó de venir seguido. De
mis petisos, mis tías prestaron uno al hijo del tendero Festal,
que yo aborrecía por orgulloso y maricón. Mi recadito fue
al altillo, so pretexto de que no lo usaba.
Mi soledad se hizo mayor, porque ya la gente se había cansado algo
de divertirse conmigo y yo no me afanaba tanto en entretenerla.
Mis pasos de pequeño vagabundo me llevaron hacia el río.
Conocí al hijo del molinero Manzoni, al negrito Lechuza que, a
pesar de sus quince años, había quedado sordo de andar bajo
el agua.
Aprendí a nadar. Pesqué casi todos los días, porque
de ello sacaba luego provecho.
Gradualmente mis recuerdos habíanme llevado a los momentos entonces
presentes. Volvía a pensar en lo hermoso que sería irse,
pero esa misma idea se desvanecía en la tarde, en cuyo silencio
el crepúsculo comenzaba a suspender sus primeras sombras.
El barro de las orillas y las barrancas habíanse vuelto de color
violeta. Las toscas costeras exhalaban como un resplandor de metal. Las
aguas del río hiciéronse frías a mis ojos y los reflejos
de las cosas en la superficie serenada, tenían más color
que las cosas mismas. El cielo se alejaba. Mudábanse los tintes
áureos de las nubes en rojos, los rojos en pardos.
Junto a mí, tomé mi sarta de bagrecitos "duros pa morir",
que aún coleaban en la desesperación de su asfixia lenta,
y envolviendo el hilo de mi aparejo en la caña, clavando el anzuelo
en el corcho, dirigí mi andar hacia el pueblo en que comenzaban
a titilar las primeras luces.
Sobre el tendido caserío bajo, la noche iba dando importancia al
viejo campanario de la iglesia.