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A principios
del siglo pasado hubo un médico en estas tierras, que solía
prestar sus servicios gratuitamente y no solo eso, porque si era
necesario colocaba debajo de la almohada de sus pacientes algún
dinero.
En los tiempos que corren esta historia puede parecernos nada más
que un mito o una leyenda urbana, pero ese hombre vivió en
Florencio Varela y se llamó Salvador Sallarés.
Nació en la ciudad de La Paz, provincia de Entre Ríos,
un día 30 de julio de 1883. Al terminar sus estudios primarios
en los pagos de Urquiza, se trasladó a Buenos Aires y cursó
el secundario en el colegio San José de Capital Federal,
más tarde obtuvo el título de médico en la
Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Buenos Aires.
Recién recibido se instaló en esta zona, traído
por un vecino, el señor Amador Villa Abrialle, para no alejarse
nunca más.
La biografía
de Sallarés dice que supo ser un médico de fuerte
vocación de servicio, un profesional sin horarios pero además
un gran hombre capaz de entregar todo por sus semejantes. Varela
lo vió y lo vivió siempre generoso, incansable, valiente,
desinteresado, afrontando incomodidades, desafiando las inclemencias
del tiempo, aún a costa de su salud, luchando y luchando
siempre, constantemente impulsado por un incontenido sentimiento
de amor al prójimo y de comprensión solidaria, sin
discriminaciones de credos políticos, razas, religión,
condiciones sociales "palabras de su colega, doctor Líbio
Mandirola", que pintan un fiel y justo retrato de aquel.
Salvador Sallarés fué
también un amante de la política; según recuerdan los pobladores
de aquella época, el fué un auténtico caudillo de la región.
Se sumó al dogma político de la Unión Cívica Radical,
de extracción Irigoyenista y lo sostuvo hasta su muerte.
Resultó electo presidente del Concejo Deliberante Municipal y del Consejo Escolar
por varios períodos, ocupó una banca de la Legislatura Provincial y
fué Convencional Nacional y Provincial de la U.C.R.,
presidiendo también el Comité Local.
Brindó cincuenta años de una generosa tarea, podemos decir que, quizás
sin proponerselo, logró ser uno de los grandes de la historia Varelense.
Su tarea habitual
consistía en atender el consultorio por la mañana,
hacer su tradicional siesta, y después de unos mates, cumplir
con las visitas domiciliarias. Estos compromisos los realizaba con
su tradicional Voiture, una coupé Ford para dos personas
que fué uno de los tantos automóviles que tuvo, pero
al parecer el más querido. No andaba solo, siempre junto
a él su fiel asistente, el Fox Terrier.
El 16 de mayo
de 1963 fallece, cubriendo a los vecinos de una profunda tristeza;
se había ido el hombre que marcó una época
en la historia de Florencio Varela.
En el velorio que se realizó en el Honorable Concejo Deliberante
resultó incesante el desfile de personas de todas la condiciones
sociales, deseosas de rendir tributos.
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