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| Yo
quería ser argentino. Por
Sergio Ramírez. Escritor nicaragüense. Ex vicepresidente. |
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Desde la
verdura en harapos del trópico bananero, yo quería ser argentino. Un primo rico se daba el lujo de mandar a empastar los números de Billiken, y en esos tomos tan preciados descubrí La dama del perrito de Chejov, y El oso de Faulkner, cuando aquel primo se dignaba prestármelos. Me quedaba leyendo hasta altas horas de la madrugada a la luz de un foco de mano, embozado bajo la sábana, para no ser descubierto en el delito del desvelo, Billiken y también los números de El Peneca. Todavía se sigue llamando penecas en Nicaragua a las revistas de historietas. Y me identifiqué con Patoruzito, el indiecito semidesnudo de las pampas, aprendí lo que era una boleadora y un ombú, y gané mi primer antihéroe en su adversario Isidoro, el porteñito engominado. Civilización contra barbarie. Aprendí también desde entonces la palabra canillita, porque un niño inválido, que vendía periódicos por las calles de Buenos Aires, apoyándose en una muleta, era capaz de transformarse en el Capitán Maravilla con sólo pronunciar la palabra mágica Shazam (compuesta por las iniciales de Salomón, Hércules, Atlas, Zeus, una que he perdido, y Marte), y ya en su investidura de héroe poderoso abatía puñetazos a la peor ralea de maleantes que se ocultaban en los meandros del barrio La Boca.Mis libros
de lectura de la escuela primaria venían también de Argentina,
y me acostumbré a que la bandera patria que figuraba en la primera
página de esos libros, tan parecida a la de Nicaragua, tuviera
ciertas Pero también
tengo en mi vida a la Editorial Sopena Argentina, con sus libros a dos
columnas en los que leí Los miserables, El Conde de Montecristo
y Los Tres Mosqueteros, y la Editorial Kraft, que publicaba cuentos japoneses
y poemas chinos con delicadas ilustraciones, y aún más tarde,
mi encuentro con En busca del tiempo perdido, traducido por Pedro Salinas,
en los libracos en cuarto mayor de tapas de cartón y hermosa letra,
tal vez de la casa editorial Salvador Rueda, mal me engañe la memoria;
más Trilce, El Canto General, El Romancero gitano y Marinero en
tierra, unos tomitos en rústica de cubiertas grises, con sello
de Losada, tiempos dichosos en que los libros de poesía eran tan
baratos. Era la pujante Argentina de Juan Domingo Perón. Una Argentina
capaz de llegar con sus masivos embarques de libros hasta las costas de
Centroamérica, a los mismos muelles donde atracaban los barcos
refrigerados de la flota blanca de la United Fruit Company a recoger los
racimos de fruta que eran nuestra insignia de banana republics. Los diputados,
decía Sam Zemurray, quien inventó aquel negocio fabuloso
del banano, eran más baratos que las mulas, según recuerda
en Hora Cero Ernesto Cardenal. Mi infancia pertenece también a
la voz de Carlos Gardel en las rocanolas de las cantinas, una voz que
venía desde la eternidad, y ante la que lloraban de auténtica
pena los borrachos despechados, y sus películas, vistas una y otra
vez por el mismo público ávido en el único cine del
pueblo, a la luz de las estrellas, y a causa de tanto Gardel en las vidas
cotidianas es que a un carpintero de ataúdes, que llevaba las uñas
manchadas de maque, lo llamaban Caneja, por aquello de fuerza, caneja,
sufra y no llore... Mis libros de lectura escolar hablaban de graneros
colmados, ferrocarriles que atravesaban la pampa, infinitos hatos de ganado,
barcos que partían pletóricos de mercancías. En el
país del que venían los libros y las historietas, los niños
iban a la escuela pública de uniforme, como no ocurría en
Nicaragua, donde no había siquiera bancos para todos los alumnos.
Cómo aquel niño que era yo no iba a querer ser como los
argentinos, así como los argentinos querían ser como los
europeos. Pero yo sigo queriendo ser argentino. No sólo por mi infancia nunca perdida. También por Lugones, por Borges, por Cortázar, por Osvaldo Soriano, por Tomás Eloy Martínez, y por supuesto, por Gardel. No más les digo que esperemos, que ya vendrá el día en que no habrá más pena ni olvido.
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