Ricardo
Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo
XXII
Sintiéndome
merecedor de los mismos apodos que el herrero viejo, ensillé a
la madrugada uno de mis tres caballos. Poca cosa para un resero. ¿Cómo
me iba a ganar la vida? Nadie querría conchabarme en tal estado
de inutilidad. Un gaucho de a pie es buena cosa para ser tirada al zanjón
de las basuras.
La mañana no decía ni palabra. El vacaje que debía
haber en esos campos, vista su riqueza en pastos, no había comenzado
a vivir todavía y a gatas unos pajaritos cantaban bajito, como
una canilla que gotea.
Un cielo, gris, arrugado como las arenas de la playa que conocí
en los malos pagos de mis aventuras, anunciaba tormenta. La tormenta que
sentíamos en la blandura de los correones, las riendas y la lonja
del rebenque, más floja que moco de pavo.
Pero ¡qué descanso más lindo el de esa noche, y qué
gusto moverse en el aire grande que nos caía de todos lados en
el cuerpo, como cariño!
Allí íbamos, siempre por el callejón o cortando campo,
a la cola de nuestros pingos, acostumbrados a curiosear novedades con
las orejas paradas.
Llegamos, después de cuatro días de marcha, a una estancia
nueva.
La arboleda tierna asomaba apenas unas varas del suelo y las casas blanqueadas,
frescas, parecían grandes con su mirador pretensioso y sus caminos
y canteros, lucientes como ropa de domingo.
El patrón era joven. Andaba bien montado y su trato con el paisanaje
daba confianza.
Nos dijo que tenía unos potros bayos, por si queríamos darles
los primeros galopes, y que siendo doce, regalaba dos por la amansadura.
Antes de que mi padrino tomara cartas en el asunto, me ofrecí para
la changa. ¡Qué diablos! Era fuerte y me tenía fe.
Ya mis primeras pruebas estaban hechas y, aunque sería ése
mi estreno de domador, me sacudiría el polvo sobre los bastos,
como si fuese acostumbrado. La necesidad, dicen, tiene cara de hereje
y no andaba yo en trances de mostrarme más delicado de lo que era.
¿No vería el otro lado, el de la suerte? La ocasión
se presentaba como la había esperado durante mucho tiempo. Dos
bayos son principio de una tropilla de bayos y aquella coincidencia con
mis deseos me infundió audacia.
Cuando quedamos solos, mi padrino me filió de reojo, sonriendo.
Aguanté con indiferencia aquel principio de burla y, como viera
mi padrino que no salía de botaratada sino de necesidad mi compromiso,
me dijo que él podía aliviarme del trabajo, tomando por
su cuenta cinco de los doce baguales.
Por suerte fue así. Los siete potros me dieron suficiente quehacer.
Los ensillaba apurado, como en un sueño, siguiendo al pie de la
letra los consejos de Don Segundo, que al lado mío, ya alcanzándome
alguna pilcha, ya apadrinándome, me guiaba paso a paso, sapientemente.
Agarrábamos uno por turno, y aunque me tocara el primero y el último,
tenía la ilusión de una tarea por partes iguales, sin contar
la ventaja de descansar entre animal y animal.
Eramos cuatro en el corral de palo a pique. El patrón, a caballo
entre nosotros, no nos perdía pisada, ni desperdiciaba ocasión
de ayudarnos con alguna broma. ¿Cómo sería él
para un apuro?, me preguntaba en mis adentros.
¡Qué susto tenía cuando ensillé el primero!
Las piernas se me escapaban de abajo del cuerpo y me atoraba con los detalles,
que por suerte eran todos previstos por mi padrino.
El más viejo de los hombres que nos ayudaba, montado en un tostado
retacón, enlazaba los potros que nosotros volteábamos de
un pial, para embozarlos y enriendarlos en el suelo. Después los
embramábamos en un palo, con dos o tres vueltas de maneador, y
les poníamos los cueros. Por mi parte, no perdía los potros
de vista, espiando indicios que pudieran anunciarme algún peligro:
¿sería flojo de cincha?, ¿se me bolearía?
Entre tanto, mientras ensillaba, tenía que cuidarme de coceadas,
manotones, abalanzos y caídas.
Todo está en comenzar bien, porque muy luego el optimismo crece
y uno amaña con mayor empeño, siempre que no se quiera sobrar.
-No los busquen -había dicho el patrón-; pero al que corcovee,
¡leña hasta que afloje!
¿Por qué entonces había de buscarlo al clines blancas,
que me tocó de estreno? Lo dejé correr, sin gastarme de
entrada, y lo rematé de vuelta con unos tirones bien sentidos.
-Ganaste una -me dijo el patrón.
Y aunque no respondí nada, me sentí como abochornado. Me
creía en verdad capaz de ganar algunas que no se me presentaran
tan fáciles.
Por cierto, los bayos resultaron menos duros de pelar de lo que podían
haber sido mediando peor suerte. Corcoveaban por derecho o sin mayor empeño,
y ya casi me estaba dando vergüenza y ganas de buscarles pleito,
cuando uno, el quinto, vino a desantojarme en tanto cuanto podía
pedir.
El patrón se sonreía.
Dado que el bicho era uno de los que servían de pago por el trabajo,
malicié una celada. ¿Cómo, si no tenía algún
defecto o maña de chúcaro, lo habían elegido para
deshacerse de él, siendo el de mejor presencia?
No queriendo pasar por zonzo, dije fuerte al hombre del tostado:
-Este es el de probar los forasteros, ¿no?
El paisano no respondió sino meneando la cabeza y el patrón
conservó su sonrisa. Muy bien. ¿Querían a la bruta?...
Pues a la bruta andaríamos. Pero la jugada estaba hecha verdaderamente
con picardía, pues siendo el potro uno de los que iban a quedar
en mis manos, no quería estropearlo con una rebenqueada mayor.
Se dejó ensillar sin muchas cosquillas. Mal olor le iba tomando
yo al negocio.
Todos estábamos como en misa.
Mientras lo sacaban a la playa y lo agarraban de la oreja, me resbalé
las botas, para poder con más firmeza sostener los estribos, y
me ajusté bien la vincha, no fuera que el pelo viniera a enceguecerme
en lo mejor.
Cuanto le bolié la pierna, sentía que tenía el lomo
arqueado como el de un barril, y me acomodé lo más fuerte
que pude. Coligiéndome bien fijo, dije despacio, sin ostentación,
pues no estaba el asunto como para compadradas:
-Lárguelo no más.
Maliciaba detrás mío la sonrisita del patrón, pero
no era cosa de perder la cabeza. En un segundo de tiempo pensé
cruzarle de un lonjazo el hocico, y deseché tal propósito,
pues con ello me pondría a disposición de cualquier antojo
del animal. Mejor era estudiarle los vicios. Por suerte mi padrino tomó
la iniciativa.
-¡Afirmáte! -me dijo, y le envolvió al potro las patas
de un arriadorazo.
El animal se abalanzó, manoteando el aire, y se trabó en
dos corcovos duros, para volvérseme, en un cimbrón, sobre
el lado del lazo, con lo que perdió pie. Quise abrirle, pero alcanzó
a apretarme el tobillo por un momento, pues en seguida se enderezó,
quedando a la espera como al principio. Sin embargo, algo había
yo perdido, y es que sentía dolorido el pie; algo también
ganado, y es que, a pesar de tratarse de un reservado, no pudo en su astucia
y baquía desacomodarme ni un chiquito.
Mi mejor ganancia estaba en que Don Segundo ya había visto de qué
se trataba. Lo comprendí porque me dijo:
-No le bajés el rebenque.
Por segunda vez lo azotó por las patas, y el bayo se abalanzó.
La partida le iba a resultar más dura, pues mandado por mi padrino,
le crucé el hocico de un rebencazo, y cuando, como anteriormente,
se clavó a corcovear, le menudié azotes por la cabeza sin
darle alce. Ni bien quiso pararse, Don Segundo lo puró a lazazos
para quitarle la maña de volverse sobre el corcovo. Entrando en
el juego, aumenté la dosis de lonja, cosa que me permitíacharquear
en el rebenque al par que abatatar al bruto. Y viendo mi resistencia a
los sacudones, se me calentó el cuerpo y empecé a aporrearlo
al bayo, al compás, repitiendo como un estribillo el dicho del
patrón:
-Al que corcovee, ¡leña! y ¡leña! y ¡leña!
Y salimos por la playa, ya sin sentadas ni vueltas, arrastrados por una
bellaqueada furiosa.
No hubo nada que hacerle: la habíamos ganado desde el primer tirón
y la seguimos ganando hasta el fin. Las riendas no me servían para
afirmarme, porque el bruto sacudía tanto la cabeza, que llegaba
a golpearme los estribos. Pero en el compás mismo de la rebenqueada
había yo encontrado una base de equilibrio, que no perdí
hasta volver a la puerta misma del corral, donde de un tirón lo
hice sentar al bayo sobre los garrones. Y ya le bajé los cueros.
El patrón se acercaba a nosotros de a caballo. Con satisfacción
vi que no sonreía ya, pasando, por el contrario, una mano pensativa
sobre su bigote.
Con un tono de elogio me dijo:
-¡Qué padrino tenés, muchacho!
-Y -contesté-, no ayudándome el cuerpo, con algo debía
contar pa un apuro.
-No es que te falte con qué desempeñarte -rearguyó-;
pero aquel hombre -insistió, aludiendo a Don Segundo- no me parece
ser como cualquiera de los muchos que somos.
En silencio, concluimos nuestra tarea. El último de los baguales
algo se sacudió, pero después de lo pasado me pareció
un juguete.
Dejando los doce animales palenqueados con fuertes sogas, nos fuimos para
la estancia.
El oficio de domador tiene sus descansos, gracias a Dios, y aunque la
peonada anduviera en sus tareas de campo y no fueran más que las
diez de la mañana, nosotros teníamos el derecho de matear
o arreglar nuestras lonjas y recados en las casas, sin recibir órdenes
de nadie.
Como tenía el tobillo un poco hinchado y dolorido, a causa del
apretón, me fui hasta un pozo cerca de la cocina, tiré un
balde de agua y con un jarrito, después de haberme descalzado,
puse a refrescarme la parte golpeada.
Aliviadito por el agua y con el cuerpo medio desencuadernado a causa de
la doma, me quedé sin más pensamiento que bañarme
el dolor un rato largo.
Miraba el galpón grande, la huellita que de él arrancaba
hasta el pozo, los corrales un poco retirados, las cabeceadas que daban
al viento unas casuarinas nuevas que señalaban el principio del
monte, un casalito de cabecitas negras que venía a beber en el
surco de agua nacido seguramente de las baldeadas...
El hombre que nos había ayudado a la mañana enlazando los
potros vino del lado del galpón por la huellita, hasta parárseme
enfrente.
-Tengo un encargue pa usté -me dijo.
-Usted dirá.
-¿Es del oficio?
-¿Qué oficio?
-Domador.
-No, señor; soy resero. Solamente así, cuando la ocasión
se ofrece de ganar una changa...
-¿Y no sería gustoso de quedarse aquí, de domador?
Me manda el patrón pa que le ofrezca el trabajo. Yo ya soy viejo
y llevo treinta años en el oficio. Aquí vienen domadores
po'l tiempo de la amansadura, y se van. El patrón, hasta aurita,
no ha querido conchabar nenguno pa que se quede.
Nos fuimos caminando hasta el galpón. Me halagaba la propuesta,
pero el vivir separado de mi padrino me parecía imposible.
-¿Pa mí solo es el encargue?
-Pa usté solo.
Bajo el alero del galpón, me puse a desparramar mis pilchas a fin
de que se orearan. Don Segundo no estaba. El patrón vino al rato
y, mirando al hombre del tostado, preguntó:
-¿Y?
-No me ha contestao entuavía. Yo le he dado el parte.
-¿Cómo te llamás? -me preguntó el patrón.
-Quisiera saberlo, señor.
El patrón frunció el ceño.
-¿No sabés de dónde venís tampoco?
-¿De ande vendrá esta matrita? -comenté como para
mí.
-¿De modo que ni tus padres quedrás nombrar?
-¿Padres? No soy hijo más que del rigor; juera de ésa,
casta no tengo nenguna; en mis pagos algunos me dicen "el Guacho".
El patrón se tiró los bigotes; después me miró
de frente. Nunca nadie me había mirado tan de frente y tan por
partes.
-Razón de más -me dijo- pa que te quedés conmigo.
-Siento en deveras, señor, pero tengo compromisos que no puedo
dejar de cumplir. Usté me disculpará... y muchas gracias
de todos modos.
El hombre se fue.
Nos sentamos con el domador, bajo el alero. Parece que el día estaba
especial para los consejos, pues mi compañero, después de
haber golpeado el suelo pensativamente con el rebenque durante un tiempo,
me dijo:
-Vea, mocito. No es que yo quiera meterme en suh'asuntos, pero no rechace
la oferta antes de pensarla. El patrón, aunque es medio mandón
pa'l trabajo, es servicial cuando quiere. Más de un hombre ha salido
del campo con su tropilla o su majada... y hasta yo mesmo, aunque trabajando
juerte, es cierto, he conseguido asegurar mi tranquilidad pa mi vejez
y mis cachorros. Don Juan es generoso en la ocasión. Sabe abrir
la mano grandota y es fácil que se refalen unos patacones.
-Vea, don -contesté sobre el pucho-, no es que yo quiera desmerecer
a nadie, ni que ignore lo que vale una voluntá, pero, ¿ve
aquel hombre? -dije, señalando a Don Segundo, que venía
del corral trayendo despacio su chiripá, familiar para mí,
su chambergo chicuelo y unos maneadores enrollados-. Güeno, ese hombre
tiene también la mano larga... y, Dios me perdone, más larga
cuando ha sacao el cuchillo...; pero igualmente que su patrón,
sabe abrirla muy grande y lo que en ella se puede hallar no son patacones,
señor, pero cosas de la vida.
El domador se levantó, me palmeó la espalda y se fue de
pronto, enmudecido. Yo me quedé muy blandito.
¿Y qué diablos me había venido a mí de golpe,
para que quisieran que me quedara y me palmearan el lomo y me anduvieran
con miramientos?