El Movimiento Peronista - Un fenómeno "incorregible" - por Marcos Aguinis -

El atroz encanto de ser argentinos

Hasta los mismos peronistas se ríen de la punzante afirmación de Borges, en el sentido de que no son buenos ni malos: son incorregibles.
Sus enemigos reducen el movimiento que fundó Juan Perón a la categoría de fascimo criollo. Sus glorificadores, en cambio, lo exaltan al nivel de fenómeno original y específico. Nadie puede negar su vigencia de más de media centuria. Pero nadie puede tampoco negar su ambigua identidad.
en efecto, para estudiarlo en forma completa se lo clasifica en sucesivas versiones: primer peronismo, segundo, tercero. También se recurre a sus principales protagonistas: el de Evita y Perón, el de Perón sin Evita, el de López Rega y Perón, el de Isabel, el de Menem. O a su color circunstancial: nacional y populista (1946-1950), dictatorial y amigo de las inversiones extranjeras (1951-1955), maldito de la burguesía (1955-1968), socialista y guerrillero (1969-1972), dialoguista (1972-1973), represor de la izquierda y terrorista de Estado (1974-1976), socialdemócrata (1982-1989) y neoliberal (1989-1999).
Cada una de estas manifestaciones se proclama auténtica y descalifica al resto.
Hubo un tercer peronismo llamado menemismo.
"Yo soy peronista, pero no menemista", dicen muchos, escudándose. "El peronismo auténtico -replican- es otra cosa." Es el que reinstalará el reino de la fiesta y de los cielos, es un ideal que nunca se alcanzará.
En efecto, después de Menem vendrá otro y otro.
También dirán que son los mejores discípulos del fallecido líder y que expresan como nadie su legado.
Y, al mismo tiempo, habrá quienes no se sientan representados por ellos y les negarán autenticidad. En otras palabras, el cuento de la buena pipa.
No obstante, para entender el menemismo -autor en gran medida de que nuestra encantadora condición de argentinos se haya vuelto más atroz que nunca-, es preciso dar una corta vuelta por los inicios del movimiento
Juan Domingo Perón era un coronel del GOU, logia militar germanófila que inspiró el golpe de Estado de 1943. Tenía frescas sus experiencias en Italia y Alemania y conocía el potencial de la clase trabajadora. Causó perplejidad cuando eligió un espacio tan modesto como la Secretaría de Trabajo y Previsión, en vez de un ministerio. Se esmeró en atraer la simpatía de algunos dirigentes obreros, para lo cual lo ayudaba su carácter seductor y afectuoso. En los conflictos laborales se pronunciaba siempre a favor de los trabajadores y estos se quedaban pasmados al enterarse de que un militar propiciaba el aumento de los salarios y la multiplicación de sus organizaciones. Estaban felices de tener un inesperado aliado en el gobierno. Al mismo tiempo, el Estado Mayor del Ejército fortalecía su sueño de hegemonía continental gracias al respaldo que empezaba a recibir de los trabajadores.
En contra de las interpretaciones que vinieron después, su proyecto no era revolucionario sino fascista. Este dato hiere la buena conciencia de sus seguidores, pero no deja de ser ilustrativo que los fascistas locales siempre se identificaran con el peronismo. En uno de sus primeros discursos radiales, el 2 de diciembre de 1943, Perón dijo que "los gobernantes no se dan cuenta de que la indiferencia que mostraban frente al conflicto social sólo servía para fomentar la rebelión". Y lo que él pretendía era sofocarla...mediante el control de los rebeldes (cosa que ocurriría durante su gobierno y los gobiernos peronistas sucesivos). Agregó en 1944: "No siempre propugnaremos y defenderemos a las agrupaciones obreras, sino que es indispensable disponer de esas agrupaciones para poder cumplir con nuestro cometido" (en otras palabras, usarlas y sobornarlas si fuera preciso). Más claro fue en la Bolsa de Comercio: "Es preferible saber dar un 30% a tiempo que perder todo a posteriori". En 1945, ante el Colegio Militar, cerró sus reflexiones con un giro inolvidable: "esos señores son los peores enemigos de su propia felicidad, porque por no dar un 30% van a perder dentro de varios años o de varios meses todo lo que tienen, y además las orejas".
Perón se inspiró en Benito Mussolini: no sólo las ideas, sino la organización, los discursos, la censura, la asistencia social, la escenografía, la propaganda, la represión política, el balcón. En 1926, cuando había creado el Dopolavoro, el Duce fue transparente: "Los patrones tienen un interés objetivo en elevar lo más posible el tipo de vida de los obreros, porque significa mayor tiempo de reposo. En los talleres, el trabajo es mejor y más productivo...Un capitalista inteligente no se ocupa sólo de los jornales, sino que piensa en casas, escuelas, hospitales y en campos de deporte para sus obreros".
El uso frecuente de la radio lo puso en contacto directo con todo el país. Las multitudes postergadas se estremecieron ante el milagro: un militar con poder se manifestaba su protector. Ya no se trataba del gesto corto que tenía lugar en el comité: el regalo de un abrigo, la ayuda de una recomendación. Era una situación insólita, porque desde arriba se propugnaba repartir bienes y establecer derechos que dormían en las legislaturas.
El agresivo avance de Perón y su nunca desmentida simpatía por el Eje, puso en guardia a los sectores democráticos. Ya había empezado a ganar poder en el mismo gobierno, convirtiéndose en ministro de Guerra y Vicepresidente. Era la figura más sobresaliente, lo cual generó desconfianza y envidia entre sus colegas. Un grupo conservador consiguió que los destituyesen y apresaran. Fué enviado a la isla Martín García, donde tras el golpe de 1930 habían encerrado a Yrigoyen. Pero era tarde para sacarlo de escena. Su gestión había enamorado a una amplia franja del país y el 17 de octubre de 1945 se produjo una concentración en la Plaza de Mayo que reclamó su libertad y su presencia. Mucha gente había recorrido largas distancias y no dudó en mojar sus pies en las artísticas fuentes, lo cual escandalizó a la vieja elite y pasó a ser un símbolo del profundo cambio que se avecinaba. Esa tarde los pobres de la Argentina acuñaron un nuevo grito de guerra:

"¡Pe-rón! ¡Pe-rón!"
No hubo más remedio que traerlo de Martín García hasta la casa de Gobierno y permitirle que se asomara al balcón para tranquilizar los ánimos. El controvertido coronel sintió por primera vez el abrazo de las masas. Asumió que era un líder, asumió que enfervorizaba con su voz profunda y sonora. Desgranó un discurso exultante al confirmar que contaba con un respaldo más imponente de lo que nunca hubiera imaginado.
Tomó entonces la decisión correcta: abandonó la Vicepresidencia, como exigían sus opositores, pero para darles batalla en elecciones limpias. Ya era el candidato de las Fuerzas Armadas, ahora se sentía el candidato de media nación.
Su estrategia lo impulsó a solicitar la compañía de la UCR, cuyo prestigio se había robustecido durante la década infame. Pero en ese partido desconfiaban de su consistencia democrática. Tuvo entonces que presentarse como candidato del Partido Laborista (a sus jefe, Cipriano Reyes, después lo encarceló). El resto del espectro político formó una coalición que Perón derrotó en las elecciones del 24 de febrero de 1946.
El país entró en vértigo.
Ante de asumir consiguió que el gobierno militar le facilite la tarea interviniendo universidades y expulsando a los docentes que militaban en su contra. Luego de tomar el mando actuó con la velocidad del rayo para instaurar una suerte de dictadura legalista: se mantendrían las instituciones de la Constitución, pero debilitadas y sujetas a su poder unipersonal. Removió los cuadros administrativos y entabló juicio político a la Corte Suprema, que fue expulsada, y constituyó otra a su medida. En el Congreso mantuvo disciplinada una mayoría que se tornó cada vez más obsecuente. La Policía Federal, creada tras el golpe de 1943, fue usada en contra de la oposición política y para reprimir los disturbios obreros. Creó el Fuero Policial para que los abusos de los comisarios leales gozaran de impunidad. Instituyó el "certificado de buena conducta" como requisito indispensable para buscar trabajo, viajar al exterior o inscribirse en la universidad; era una sutil manera de encadenar a todos los habitantes y desalentar cualquier protesta. Controló los medios de comunicación y no titubeó en expropiar el diario La Prensa, que lo criticaba. Llegó al extremo de exigir a las instituciones culturales que solicitaran permiso para publicar o reunirse.
Intervino las seis universidades nacionales entonces existentes y puso en marcha una implacable purga. En mayo de 1946 completó la expulsión de casi dos tercios del cuerpo de profesores y en octubre del año siguiente colocó las administraciones universitarias bajo el directo control de sus agentes. Acabó con la autonomía y sepultó los principios de la Reforma.
La marcha hacia una hegemonía férrea fue sistemática. En 1949 reformó el Código Penal y convirtió en delito "ofender de cualquier manera la dignidad de un funcionario público". De este modo impidió que se realizaran o circulasen denuncias contra el enriquecimiento ilícito de casi todos los funcionarios. En 1951 estableció la curiosa ley del "estado de guerra interno", que amplió la competencia de la justicia militar a vastos sectores de la población civil. La delación creció hasta convertirse en virtud, como en los regímenes totalitarios. El miedo se expandió hasta extremos desconocidos. Al mismo tiempo, se dilapidaban fortunas en una propaganda sin freno acerca de las pequeñas y grandes realizaciones gubernamentales o sobre los conmovedores méritos de Perón y de su esposa; la publicidad invadía la radio, el cine, la prensa escrita, las paredes, las tapias, los costados de los caminos.
Un chiste de época -que escuché por el año 1950- dice que Perón y Evita decidieron pasearse de incógnito por Buenos Aires para conocer de cerca la realidad. Nada les llamó la atención y entraron a un cine. Estaban pasando el noticiero. Cada vez que en la pantalla aparecía la insigne pareja, el público aplaudía. Perón le dijo a su mujer: "¡Es notable cuánto nos quieren!". Entonces alguien le tocó el hombro: "Eh, ustedes: ¿por que no aplauden?, ¿quieren que los metan presos?.
Se puso en marcha un asistencialismo impúdico, desordenado. No sólo se repartieron grandes cargamentos de ropa y comida, sino que las Unidades Básicas ofrecían juguetes, sidra y pan dulce. El objetivo central no consistía en eliminar la marginalidad, sino en despertar un enfervorizado sentimiento de gratitud. Cada regalo venía acompañado por emblemas partidarios y la foto de la pareja gobernante. No lo daba el estado ni el gobierno: lo daban Perón y Evita. Muchas bicicletas, viajes, muebles, subsidios y otros regalos de la más diversa índole cambiaron la vida y la mente de muchas personas. En numerosos casos aportaron el bien y ayudaron a fortificar la autoestima de gente marginada, pero también contribuyeron a que millones se acostumbrasen a quedar sólo prendidos a las ubres del Estado: los pobres, los ricos y el empresariado nacional. A mediano plazo fue un desastre.
Juan Perón tenía un estilo que combinaba tres elementos: su formación castrense, la picardía del paisano y la chabacanería del porteño. Seducía en la intimidad y enardecía en las plazas. Su palabra era fluida y subyugante; su sonrisa, gardeliana, abrazaba a casi todos los que se le ponían delante y saludaba con los brazos en alto, de manera cálida y triunfal. Cuando se dirigía a la multitud desde el balcón de la Casa Rosada, no temía el ridículo de preguntarle si estaba conforme con su gestión. Las masas, hipnotizadas por su magnetismo, bramaban un furioso "¡Sííííí"!, que funcionaba de plebiscito.
Instauró un clima mágico y desató un amor desenfrenado. También odios. Para ambas pasiones la contribución de Evita no tuvo paralelo.
Eva María Duarte de Perón irrumpió como un cometa desbordado por la energía y el resentimiento. Llevaba cicatrices de la marginación y la injusticia, tenía envidia y necesitaba ser amada. Por sobre eso le sobraba un rasgo decisivo: coraje. Cuando ingresó en el poder evidenció apuro por desquitarse de sus carencias pasadas, gozar de pieles, joyas y viajes, hacerse obedecer por quienes gobernaban y maltratar a los poderosos como ellos la habían maltratado; hasta insultaba con palabrotas a los ministros que resistían sus órdenes. Era bastarda, como bastardos fueron millones de mestizos, el gaucho y Carlos Gardel y, a medias, el mismo Perón. Le sobraba desenfado para convertirse en una incontrolable diablesa.
Aplastó a las empingorotadas damas de la Sociedad de Beneficencia y las reemplazó con la Fundación Eva Perón (ni ella ni su marido tenían recato para bautizar con sus nombres cuanto se les ocurriese: calles, escuelas, plazas, incluso ciudades y provincias). Se convirtió en "la abanderada de los descamisados". Sus discursos aumentaron en agresividad y difundieron un sentimentalismo que crispaba el lenguaje habitual, pero encantaba a las multitudes. Poco antes de morir lanzó su libro La razón de mi vida, elevado a texto de lectura obligatoria hasta en las clases de idiomas extranjeros.
Su temprana muerte desenfrenó las emociones.
El gobierno obligó a que todos los empleados públicos, incluidos docentes y militares, exhibieran un cintillo negro en señal de luto. Los gestos de obsecuencia a su memoria se multiplicaron al infinito. Se le puso su nombre a estaciones de ferrocarril, teatros, hospitales y, cuando ya no quedaba qué elegir, la dirección general de Observatorios decidió que todos los astros "recientemente descubiertos y los que en el futuro se descubran, sean consagrados a Eva Perón e identificados con nombres que exalten sus virtudes"; en la misma disposición "se asignan los nombres de Abanderada y de Mártir a los cuerpos celestes últimamente catalogados bajo los números 1581 y 1582".
Su corta y vehemente tarea fue reivindicada en lo 70 por la izquierda peronista. En todas partes escribieron Si Evita viviera / sería montonera. Más adelante, en el musical Evita se la asoció con el Che Guevara, asociación forzada porque no se conocieron y el Che fue antiperonista. Eva Perón en vida no fue revolucionaria, ni siquiera la expresión jacobina del peronismo.
Su trabajo asistencial, su entrega incondicional al líder, su belleza, su actividad incansable, sus salidas escandalosas y su intromisión en la política sin pedir permiso jamás, facilitaron la idealización. Se convirtió en un mito hermoso, universal, que se presta al melodrama y por eso fue exitosamente aprovechado por el teatro y el cine. Su muerte a los treinta y tres años, la edad de Cristo, en el apogeo del poder, arranca lágrimas al más indiferente.
Pero, en contra de lo que el mito propone, la documentación y los testigos revelan que Eva Perón contribuyó a la inmovilización del país, no a su crecimiento. Su Fundación conseguía recursos de origen desconocido y llevó al paroxismo el Estado paternalista: a cambio de repartir regalos, cosechó gratitud y sometimiento. Parecía Robin Hood quitándole dinero a los ricos para dárcelo a los pobres. Sin embargo, los ricos que le entregaban sus cheques o sus mercaderías con una sonrisa benévola, no se volvieron menos ricos, porque obtenían de inmediato el permiso de resarcirse con una autorización oficial para aumentar los precios. En cambio, los que se negaban, eran perseguidos por "agio y especulación" en el mejor de los casos, porque hubo algunos que hasta sufrieron expropiación y exilio. Sin vuelta. Es claro que los pobres no dejaban de ser pobres: casi siempre recibían pescado y no cañas de pescar. No les estimulaba la iniciativa y la independencia, sino la pasividad. El mecanismo perverso de ser "mantenidos", de vivir a costa del erario público, se vigorizó. El dañino modelo de la oligarquía rentista, que disfrutaba sin esfuerzo ni riesgo de la riqueza de la tierra, era ahora aplicado a los trabajadores, que empezaron a disfrutar de lo que regalaba el Estado o la Fundación. Y que aún sueñan con volver a lograrlo.
Ella también contribuyó a la domesticación del sindicalismo. Parece mentira, pero se metió como tromba en la CGT y maniató a los dirigentes soliviantados hasta lograr su subordinación. En octubre de 1947, ante la amenaza de una huelga petrolera, les gritó "¡Si paran cinco minutos les saco las tropas a la calle!". Su Fundación, además, contaba con billetes para retribuir a los rompehuelgas. Fue una prefiguración de lo que haría López Rega, a niveles monstruosos, en el Ministerio de Bienestar Social.
Tampoco entendía la emancipación de la mujer, aunque se transformó en su emblema. Vertió en su libro frases de una elocuencia aplastante. "Ningún movimiento feminista -sostenía- alcanzará en el mundo gloria y eternidad si no se entrega a la causa de un hombre." Nacimos para construir hogares, no para la calle." "El problema de la mujer es siempre, en todas partes, el hondo y fundamental problema del hogar. Es su gran destino. Su irremediable destino." En los hechos apoyó a la reacción, como lo seguirá haciendo el segundo peronismo (Isabel) al vetar la ley de patria potestad compartida. Su subordinación al hombre resulta nítida: "Como mujer pertenezco totalmente (a Perón), soy en cierto modo su esclava, pero nunca como ahora me he sentido más libre".
La gran reivindicación femenina que se instaura en su tiempo es el voto femenino, innovación que no es de ruptura porque ya había sido recomendada por la Santa Sede en 1919, teniendo en cuenta el peso conservador y religioso que significaba la mujer. A las legisladoras femeninas Eva las obligaba a escribir cartas con expresiones de absurda deslealtad partidaria -según confesó la otrora vocinglera vicepresidenta de la Cámara de Diputados, Delia de Parodi- que usaría en su contra si arriesgaban indisciplinarse.
Hace unos meses el Public Record Office de Londres fue autorizado a develar los informes del embajador Sir John Balfour, que se desempeñó en Buenos Aires desde 1948 a 1951. Sus descripciones de la Argentina ya no correspondían a las imágenes de nación promisoria, sino a la de una republiqueta conducida por un gobierno autoritario y corrupto. Uno de los informes se refiere al banquete que tuvo lugar el 27 de mayo de 1949, después de bautizar con el nombre de Eva Perón a una nave construída en Gran Bretaña. Sir John fue sentado junto a la primera dama, bajo un retrato de ella misma. La decoración era lujosa y los ceniceros colocados en las mesas tenían inscriptas frases de los discursos de Eva y de Juan Perón. Sir Balfour, educado en Eton y Oxford, procuró iniciar una conversación comentando que ella debía sentir "una pesada responsabilidad" frente a sus compromisos.
¿Responsabilidad? -replicó Eva con falsa sorpresa-. Pero si yo no soy nadie. No soy más que una sirvienta que pela las papas del chef. ¿No es cierto? -preguntó a su marido en busca de aprobación.
Cuando la banda tocó la marcha de la juventud peronista -sigue el informe-, "la señora entonó todas las estrofas con el gusto de un escolar en vacaciones". Y cuando un admirador le entregó una poesía, el diplomático se sorprendió al verla "entusiasmada por lo que era, sin duda, un elogio exuberante, pero técnicamente incompetente". "El ministro del Interior, consciente de que todo era un desastre, no dejó de sonreír en forma aprobatoria." Eva Perón era frívola, infantil y presumida.
La descripción que el embajador hizo del régimen fue lapidaria: "Gastos pródigos y demagógica propaganda con la idea de captar votos, entrega de favores a troche y moche sin correspondientes intentos de inculcar en sus receptores un sentimiento cívico de responsabilidad, vengativos llamados al odio de clases, crecimiento de la corrupción y de la burocracia, enriquecimiento de personas en altos puestos y, más que nada, la proyección a la escena nacional del vodevil, por no decir la pantomima, de una mujer que, hasta que se unió a Perón, no tenía otro conocimiento de la vida pública que aquella concedida a una actriz menor"
Su modestia no era auténtica. Una carpeta de octubre de 1950 revela cómo instruyó a los embajadores argentinos en Bélgica, Holanda y Suecia con el fin de que sus gobiernos le otorgaran sus más altas condecoraciones. Los belgas trataron de conformarla con una medalla menor, que ella rechazó de plano. Los holandeses consultaron a los británicos y éstos, temiendo que les exigiese lo mismo, recomendaron "la más firme resistencia". El Foreign Office no ocultó su malestar: "Las ambiciones de Eva Perón no tienen límites. Los próximos tentáculos parece que serán colocados en Noruega, Dinamarca y el Vaticano".
Por un lado se sancionaban leyes que beneficiaban a los trabajadores como nunca antes, por el otro se los obligaba a afiliarse a los sindicatos manipulados por el líder. Los dirigentes que se negaban a la obsecuencia eran desplazados y algunos, perseguidos.
Las huelgas fueron aplastadas sin anestesia; en la Reforma Constitucional de 1949 se llegó al extremo de que la representación peronista se opusiera en forma expresa, sin ruborizarse, al derecho de huelga. Las movilizaciones fueron prohibidas, excepto las organizadas para convalidar el régimen. Quienes apoyaban el peronismo vivían de fiesta, quienes lo repudiaban debían callar o exiliarse.
La política económica tenía el sesgo de la ubicua intervención estatal. Continuaba la tendencia predominante en el mundo de estatizar, controlar y planificar. Esto llevaba al monopolio, la corrupción y la ineficiencia. Los controles estaban al servicio de amigos y fieles, no de la gente más capaz. Se compraron los ferrocarriles con intensa propaganda, a fin de ganar sufragios y encubrir un negociado terrible; la operación fue presentada como fruto de una negociación genial, pero se pagaron 2.462 millones de pesos por bienes que la dirección nacional de Transportes había valuado en 730...
En 1950 se empezaron a notar las consecuencias del despilfarro sostenido. Aunque la Constitución de 1949 expresaba a través de su cacareado artículo 40 que los recursos del suelo son inalienables -"bastión de nuestra soberanía" según Scalabrini Ortiz-, Perón decidió violarlo mediante concesiones a la petrolera California. En 1952 se debió comer sólo pan negro, por falta de trigo en el país del trigo. Los lingotes de oro del Banco Central se habían esfumado.
Las fallas se tapaban con discursos agresivos, los opositores eran acusados de contreras, vendepatrias y cipayos. No quedaban resquicios por donde manifestar la crítica sin ser descalificado como enemigo del país.
En lo cultural se degradó la excelencia. Lo nacional equivalía al folklore. Se confundía arte popular con arte pobre. Es cierto que se recuperaron muchas fuentes y se ampliaron los escenarios. Pero se alió el atraso con la reacción. Se confundió cultura de punta con cultura kitsch; y esto se extendió al cine, la monumentalidad de los actores partidarios, la arquitectura y la escultura oficial. Estas actitudes, sin embargo, contribuyeron a jerarquizar el arraigo en un país con mucho desarraigo.
La universidad sufrió profanación y devalúo. Junto a muchos artistas, ilustres investigadores debieron dejar el país. Los docentes eran elegidos con criterio político y se los obligaba a cometer actos humillantes como, por ejemplo, solicitar la reelección de Perón, otorgar doctorados honoris causa a Eva, tomar exámenes todos los meses y formar mesas especiales (secretas) para los líderes de la CGU. Este sistema de exámenes mensuales fue presentado como una "conquista" estudiantil, pero en realidad era soborno, una concesión al facilismo, que permitía graduarse sin esfuerzo.
El ingrediente fascista que latió durante el primer peronismo llevó a un punto crítico después de la reeleción presidencial. O el régimen avanzaba hacia un Estado abiertamente totalitario o se desmoronaba. La fiesta inicial, las publicitadas reivindicaciones, el "teatro" de la revolución, el endiosamiento del líder empezaron a dar muestras de agotamiento. La nueva dirigencia, integrada por burócratas síndicales, policías, funcionarios venales, nuevos ricos y lumpen con poder, generó creciente rechazo. La ambición de instaurar un partido único hizo agua y pocos meses antes de su caída el gobierno cedió la radio a dirigentes de la oposición. Pero los tiempos se habían consumido. No alcanzaron las movilizaciones de masas, ni el lenguaje incendiario, ni la exaltación nacionalista.
una coalición de Fuerzas Armadas, clero y partidos opositores llevó a cabo la denominada Revolución Libertadora. Perón fue acusado de haber cometido traición a la patria, degradado las instituciones de la república y haberse enriquecido a costa de la nación. Se lo empezó a llamar "el tirano depuesto".
Se prohibió su nombre, su partido y sus símbolos; desapareció el cadáver embalsamado de Evita, se borraron todas las referencias a la pareja que fue gobernante y se destruyeron sus estatuas y cuadros.
El odio acumulado se extendió al común de la gente que lo amó y apoyó. Un desprecio inconsciente, robusto, que proviene del fondo de nuestra historia, se derramó sobre los peronistas, identificados con la hez del país, como lo habían sido a su turno los indios, los negros, los gauchos, los mestizos y los inmigrantes. Fueron señalados como la barbarie irredimible. No sólo eran los cabecitas negras, sino algo más horrible: el aluvión zoológico, la multitud salvaje que pretendía arruinar la civilización.
El fanatismo antiperonista se cobró venganza por el virulento fanatismo peronista que le precedió. Figuras equilibradas y lúcidas nunca perdonaron a Perón sus abusos e irresponsabilidad. Incluso les costó comprender que millones de seres mantendrían una gratitud inmarcesible hacia el hombre y el régimen que los había hecho sentirse dignos e importantes, aunque el régimen hubiese sido una tiranía que desnaturalizó muchos valores. Jamás reconocerán cuán psicópata y corrupto fue Perón: sólo recordarán sus regalos y su afecto.
El peronismo nunca tendrá buenos vínculos con la lógica, sino con la ilusión. Como ilusión, mantendrá encendida la llama de "la revolución inconclusa". Evocará el paraíso perdido, que es el único paraíso real. Y soñará con su imposible restauración. El amado líder seguirá impoluto, cada vez más sabio. Las críticas no harán mella. Apenas un año después de expulsado, en una cancha de fútbol la hinchada enronquecía al grito de: ¡Puto o ladrón / queremos a Perón!
¿Hacía falta hacer un recuento pormenorizado de las notables semejanzas del menemismo con la versión fundacional del peronismo?
En ambos casos hubo fiesta, psicopatía, culto de la personalidad, corrupción, abusos, ineficacia, impunidad y doble discurso. Ambos contaron con figuras venidas de otras denominaciones políticas, algunas valiosas y otras impresentables. En ambos se cambió la composición de la Corte Suprema y se evaporaron los sistemas de control para asegurarse la impunidad. En ambos se tendió a la hegemonía política y se modificó la Constitución Nacional para legalizar la reelección del presidente. El Estado fue usado para el enriquecimiento del jefe y sus amigos, así como par una propaganda oficial impúdica que culminó con un Menem lo hizo (todo). Perón estatizó y Menem privatizó, sin que ninguno se preocupase por la limpieza de las transacciones y el beneficio de los usuarios.
Es claro que los tiempos ya no permitían la persecución y censura de los 40 y 50. El peronismo había evolucionado hacia la democracia, tanto externa como interna. Durante el menemismo hubo libertad de prensa y de reunión. Los políticos tuvieron acceso irrestricto a los medios de comunicación. Y, al final de una década en la que se sucedieron escándalos de variado color e intensidad, entregó por primera vez el poder en forma pacífica a otro partidario.
Pablo Giussani nos asombra con su formidable capacidad diagnóstica cuando ya en 1990 publicó Menem, su lógica secreta. Lo definió: "cultor de la política como espectáculo". La división entre sus amigos y adversarios tendía por momentos a ser "la que existe entre quienes se divierten y quienes se aburren". El común denominador entre los dos grupos radicaba en que ambos creían estar asistiendo a una ficción. "De ahí que muy pocos le dedicasen el tipo de pensamiento indagador que suele destinarse a la realidad. "Cuando dejó la presidencia, empezó la novela de su noviazgo con Cecilia Bolocco.


Marcos Aguinis




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