Ningún
beneficiado -con empleo, exención de impuestos, concesiones-
puede del todo reconocer públicamente el favor, porque siempre
hay un padre desconocido en el nuevo ser que el comadrón trae
a la vida. Esa infatigable diligencia del político que ayuda
al parto y a veces da su nombre al feto, es la actividad subrepticia
y profesional: ostensiblemente inviste el papel de conocedor de lo que
se llama ciencia y arte de gobernar.
El primer paso en la carrera es tener una casa cómoda. La casa
del político es una casa pública, a la que tiene acceso
la parroquia. Van llegando hasta la sala, adictos que adolecen de alguna
incapacidad o mengua. Vestíbulo y sala de recibo tienen algo
de consultorio, y la recomendación es la receta para la dolencia.
El político se debe al comité y a sus amigos; aquél
es el local adosado a su casa y éstos la prolongación
de su familia. Sabe que su misión es dar, servir a su votante,
y cuando no se le pide nada está intranquilo, como el médico
ante un paciente que tiene apariencias de perfecta salud. En esa sala
donde ausculta, interroga y asiste, despliega un complicado psicoanálisis
de chamán. Es un gran señor de plebes postulantes, un
proxeneta de rango que está en ciertos entretelones del gabinete
y administra la noticia inédita con parsimonia y con arreglo
a la posología del chisme. Vive en el centro de las noticias
de la calle que recogen los adictos y que le entregan como pago de la
visita.
Luego las llevará a las reuniones de dirigentes, según
convengan o no a sus proyectos; porque el arte de la comadrona tiene
sus exigencias sociales. Su papel es hacer promesas; hablar del porvenir
con seguridad de profeta y tener confianza en algo; en el gobierno o
en la caída del gobierno. Trasmite fe. La magnitud de las promesas
varía conforme aumenta su poder, y viceversa: concejal, diputado,
senador, ministro, presidente, como círculos concéntricos
desde donde se reparte la dádiva en mayor o menor cantidad. Pero
el verdadero político no es el que da, sino el que cambia de
mano la dádiva. Cuando alcanza la más alta magistratura
adquiere categoría de ídolo, pero se hace en él
más visible lo que no puede dar: mientras que disponiendo de
la promesa como programa y recetario, la faltriquera mágica resulta
inexhaustible.
El político se conserva en el auge de su prestigio mientras dura
su habilidad de emplear frases ambiguas, abstractas; mientras usa lugares
comunes y frases hechas, sin arriesgar opiniones a fondo. Mas ha de
saber transmitir fe al adicto. La fe se conserva pura cuando demuestra
que sabe de todo un poco, muy confusamente, pero con un gran anhelo
del bien. Saca partido de lo que ignora, y el manejo de los nombres
y de las cifras, los olvidos intencionales, los rodeos y circunloquios
le dan, a los ojos del truhán, aspecto de presa fácil;
porque ningún necesitado deja de creer en sus adentros que con
un hombre así se puede hacer a la larga lo que se quiera. Y se
equivoca -ésa es la trampa-, pues esa aparente debilidad es casualmente
su fortaleza.
Más que al abogado, ábrese al médico un horizonte
de éxitos, porque ejerce de mistagogo, y el domonio de una fuerza
X le agrega el prestigio de dotes adivinatorias. Jakob Larrain, hablando
de Rawson con el natural respeto que ese hombre merecía, descubre
que en nuestro ambiente el médico tiene para el vulgo una doble
personalidad salutífera. Muchos líderes son médicos,
aunque se comporten como magos. Nuestros males son misteriosos.
Ezequiel
Martínez Estrada