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Un cuento de Navidad: El Perro
Fernando
Por Mempo Giardinelli escritor y periodista, nació en Resistencia,
Chaco en 1947.
Cualquiera que haya visitado esta ciudad sabe que uno de los iconos de Resistencia
es el Perro Fernando. Un cuzquito blanco que vivió en los años 50, tuvo
un oído musical perfecto y es todavía, junto con las casi 500 esculturas
de sus veredas arboladas, algo así como la representación simbólica
de la capital del Chaco.
Dicen que su dueño fue un cantante de boleros que un día recaló
en la ciudad y se llamaba Fernando Ortiz, aunque otra versión atribuye el nombre
al patrono departamental: San Fernando, venerado por los primeros inmigrantes friulanos
con el aditamento de la Resistencia.
La leyenda dice que este alegre perrito se ganó la admiración y el amor
de todo un pueblo por su excepcional oído musical. No había fiesta de
casamiento, cumpleaños, carnaval o concierto al que Fernando no entrara para
sentarse junto a las orquestas, o a los solistas, y darles su aprobación meneando
la cola o, tras parar las orejas ante el más mínimo furcio, soltar gruñidos
y hasta aullidos desaprobatorios. Y en las Navidades su presencia en una casa era
siempre buena señal.
Era fama que jamás se equivocaba, y los mismos músicos solían
aceptar que, en el momento señalado por Fernando, en efecto habían pifiado
una nota. Lo que los oídos humanos no advertían, el perrito, implacable,
lo denunciaba. Y no había músico que se atreviera a impedir su entrada
ni a expulsarlo, porque toda la ciudad confiaba ciegamente en su oído. Fernando
fue como un gorrión de cuatro patas, popular y amado, y acaso por eso mi madre
decía que de no haber sido Resistencia una ciudad de morondanga, otra que Edith
Piaf.
Los fines de semana, inexorablemente, Fernando recorría fiestas a su antojo
y obviamente sin invitación. Nadie disponía de su agenda, y su presencia
era imprevisible. Pero era tal honor que llegara a un festejo que después,
seguro, los organizadores o dueños de casa fanfarroneaban por la visita.
Yo era chico y casi todas las tardes acompañaba a mi papá al Bar La
Estrella, donde los hombres charlaban y jugaban al truco o al tute, y todo el tiempo
se escuchaban tangos y conciertos en la enorme radio que los japoneses ponían
sobre el estaño. Y ahí estaba, digno y sereno, escuchando atentamente
mientras comía maníes bajo alguna mesa, o echadito al sol en las veredas
amplias, el perrito que todos decían que habría merecido más
que ninguno ser el icono de la RCA Victor.
Cuando llegaba el verano, los preparativos navideños se hacían en esas
mesas deliciosamente organizadas: aquí los peronistas con Don Chacho Bittel
y sus eternos ministros, algunos de los cuales fueron campeones de tute cabrero y
otros en el arte de hacerse ricos a costa de todos. Allá los radicales del
Bicho León, mirando al poder como algo siempre lejano. Y junto a aquella ventana
los socialistas, encabezados por el prócer chaqueño Guido Miranda, historiador
y periodista.
También se sentaban, a otras mesas, empresarios, contrabandistas, médicos
distinguidos, abogados charlatanes y buscas de todo pelaje. El Bar La Estrella era
como un mercado persa y allí Fernando, el cuzquito melómano, recibía
raciones que completaba en su diario vagar por otros bares como el Sorocabana, frente
a la plaza, que era el más lindo y hoy es un patético edificio que en
cualquier momento puede ser demolido.
Creo que fue la Navidad del 57, o el 58, cuando visitó Resistencia
un famosísimo pianista polaco, de apellido Paderewsky. Ofreció un concierto
único en el Cine Teatro Sep, el más importante de la ciudad, y por supuesto
mis papás me llevaron. La sala estaba repleta y Fernando se acomodó
bajo el piano de cola (los organizadores siempre explicaban a los músicos visitantes
la ineludible presencia del cuzquito) y a la vista de más de mil personas se
diría que Paderewsky y él comenzaron el concierto.
Nunca olvidaré la impresión de aquel público cuando, en medio
de una sonata de Beethoven, de pronto Fernando se puso de pie alzando las orejas y
soltó un gruñido. Pareció que el mundo se detenía, pero
Paderewsky, todo un profesional, siguió como si nada. Sin embargo, hacia el
final del concierto, nuevamente el perrito sacudió las orejas y miró
fijo al pianista como diciéndole oiga, la está pifiando. Entonces Paderewsky,
con europea elegancia, detuvo sus manos, miró al perrito y le dijo, en duro
castellano: Tiene razón, equivoqué dos veces. E hizo un
dacapo y repitió la sonata, que le salió perfecta. El concierto acabó
con una ovación, un par de bises y el discreto mutis de Fernando, que, se dijo
después, tenía esa noche dos casamientos y un cumple de quince.
Cuando Fernando murió, toda la ciudad lo lloró desgarrada. Creo que
fue en el 59, apenas iniciado el gobierno de Frondizi. Lo que recuerdo perfectamente
fue el solemne entierro del animalito en la calle Brown al 350, en la puerta del entonces
flamante edificio de una institución cultural llamada El Fogón
de los Arrieros. Miles de personas cubrieron la calle, las veredas y los balcones
hasta más allá de las dos esquinas. Toda la ciudad estaba allí,
despidiendo a su perrito.
Después la vida siguió, como siempre sigue, pero esa Navidad ya no fue
igual porque a la hora de los tangos no estaba el perrito de la ciudad para aprobar
música y danza. Y para mí fue la primera Navidad en la que me faltó
alguien que amaba.
Hoy en Resistencia hay tres esculturas que evocan a Fernando. La que se supone mausoleo
oficial está todavía sobre la calle Brown. Otra está como escondida
bajo un manto de chibatos en la avenida Avalos, cerca del Club de Regatas. Y la tercera,
que es la más grande y pretenciosa, y que creo que inauguraron los milicos
durante la dictadura, está en una esquina de la Casa de Gobierno y frente a
la Plaza. Curiosamente así funciona el humor involuntario tiene
la cola alzada y apunta el culo hacia las ventanas de la gobernación.
Sólo ahora advierto que han pasado más de cuarenta años y este
texto me parece triste. Debe ser la Navidad, que siempre lo llena a uno de nostalgias.
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