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Subsistir
y morir en la Argentina de hoy Las épocas electorales arrastran ese enorme caudal de promesas, mentiras, engaños, coerciones y dádivas que siempre la han caracterizado. Los distintos candidatos, ya sean reales, virtuales o testimoniales, salen a recorrer zonas que durante su mandato real nunca habían visitado. En esos sitios reciben los afectos sinceros, y los que no lo son tanto, de un pueblo que se pone las mejores ropas pero continúan con los agujeros o remiendo en los fundillos de sus pantalones. Es el país de las cosas raras e injustificables. Raras por su imposibilidad de entendimiento y mucho menos de razonamiento. Aparecen las madres con chicos en brazos tratando que el personaje, cualquiera sea su color político, lo tome en sus brazos, acaricie su cabeza como una bendición celestial y en el mejor de los casos pueda llegar a besarlo. Dicen los que saben más que uno, que lo último que debe perderse es la esperanza. Es muy cierto este pensamiento. Pero también es cierto que para validarlo de manera, más o menos absoluta y coherente, deben vislumbrarse esas esperanzas. Al pueblo argentino se le ha cambiado el discurso demasiadas veces explotando, en la mayoría de los casos, la ignorancia y necesidad de los ciudadanos. Todo se mide en dinero. Todo tiene su valor en monedas. Todo se compra y se vende. Hasta las mismas voluntades y principios. A través de los medios de comunicación, se reiteran hasta el cansancio, los mismos conceptos y discursos muletas que arrastran los que se ofrecen como salvadores de una sociedad que comienza a desconfiar. La desconfianza no radica en las palabras puestas de manifiesto en las tribunas políticas o sociales. La desconfianza es un valor agregado que la sociedad argentina viene arrastrando desde hace más de treinta años. De qué nos sirve el discurso de las variables económicas de crecimiento si los índices de mortandad infantil, adicciones, inseguridad y miedo aumentan de manera irracional. De qué sirve el discurso de las cientos de escuelas nuevas, hospitales con adelantos tecnológicos, miles de viviendas, recursos materiales para prevenir y reprimir los delitos, las inversiones en obras públicas creando nuevas fuente de trabajos y tantas otras realidades que, en algunos casos son fantasmales o no cumplen con la finalidad para la cual fueron creadas. Los barrios del conurbano bonaerense siguen padeciendo los mismos problemas de hace varias décadas. Los cambios que se pueden observar tienen que ver con los punteros políticos cuya misión principal es la de llenar con gente los distintos actos encarados por el oficialismo. En algunos casos puntuales se recurre al pago de un precio. Precio que se paga con dineros públicos. Argentina no cuenta con un organismo de control que cumpla con el deber cívico de proteger los intereses de sus habitantes. Si existe no cumple con sus obligaciones como debería. Los ejemplos son demasiados para no tener en cuenta. Las ONG encargadas de defender los Derechos Humanos solamente actúan siguiendo estrictamente las órdenes emanadas de los sectores de poder. Continúan vigentes, cada vez con mayor asiduidad, las zonas liberadas donde los delincuentes ya no sólo roban como medio de vida -ilegal pero medio de vida al fin-, sino que lo hacen para organizaciones que tienen la obligación de proteger a todos y cada uno de los habitantes y sus bienes. Parece ser que Argentina ya no tiene capacidad de producir generaciones nuevas en las estructuras políticas. Siempre están las mismas caras y en algunos casos, como ya se hizo en el pasado, se agregan personalidades del espectáculo, el deporte, el arte, los responsables de la deuda externa y los oportunistas que saltan de un lado a otro o como diría una tía los panqueques que se dan vuelta en aire para caer siempre de la mejor manera. Son momentos muy duros para el país. Se quiere poner al electorado entre dos alternativas que no comulgan pero son peligrosas. Nosotros o el caos Mantengo mi posición de la incorporación del miedo como factor determinante. Hace muy pocos días me tocó vivir un episodio que puso frente a mis ojos la falta de protección que uno debe enfrentar todos los días en la calle. Concurrí a cubrir un encuentro de fútbol del torneo de primera división. El partido se jugaba en la Capital Federal. La policía a cargo del servicio adicional, junto con los amarillos de control, reconocen únicamente a los medios más importantes. A pesar de cumplir con los mismos requisitos que cualquier otro colega, ellos se encargan de seleccionar quién puede pasar y quién no. La única posibilidad era dejar el auto estacionado en la calle. Fue en ese momento que aparece un personaje que me indica un lugar y luego me señala que debo pagar la suma de $ 15 quince pesos- para estacionar en un lugar público. No sólo eso sino que hasta me ofrece un baucher (sic) si es que lo necesito para presentar al diario. Ante mi lógica protesta por el cobro y el monto la respuesta dejó entrever una amenaza el problema es que no puedo garantizar la protección del vehículo Todo esto ocurría a escasos siete metros de la custodia policial. Preguntando el por qué de tal elevada suma dejando el auto en la calle me contestó vieja lo que pasa es que cinco mangos son para la yuta Cuál fue mi error el de pagar, no por supuesto que tuve que hacerlo. Mi equivocación fue el comentarle al oficial a cargo del grupo ubicado frente a las vallas de lo que había ocurrido. La respuesta fue toda una novedad, por lo menos para mí, no se puede hacer nada esto es así Perdón, usted me pregunta como se llamaba el oficial no se lo puedo decir porque no tenía identificación El número de chapa de algunos de los subalternos tampoco porque no la tenían puesta ¿Qué hice? Lo que hacen millones de argentinos, caminar mascando bronca y sintiendo en el estómago el dolor de la impotencia de saber que no existe quien ponga límites o por lo menos tenga la suficiente capacidad profesional de velar por nuestros intereses. Sí ya entiendo esto pasa todos los días en las calles de todas las ciudades. ¿Por tal motivo hay que callarse la boca? Resulta más sano dar a conocer este tipo de situaciones para que no nos sigan mintiendo que nunca estuvimos mejor que ahora Mejor, comparado con qué. En Argentina hoy se subsiste como se puede o se pierde la vida sin que le interese a nadie. Solamente se cambian las estadísticas y todo sigue igual. ¡Qué grande fuiste Discepolín al escribir Cambalache Hoy da lo mismo ser ignorante, sabio, chorro o polizón. ¿No
le parece? Oscar Fernando Baró. |