Vidas
de maestros
Por Oscar Taffetani
20/02/2009
- (APe).- Algunos sindicatos docentes vienen desarrollando talleres y
encuentros, en los últimos años, bajo el sugestivo -y muy
freudiano- título de El malestar docente. "La situación
de pobreza extrema -se dijo en uno de esos encuentros- nos llevó
a convertirnos en contenedores sociales, en vez de ahondar en estrategias
pedagógicas. (...) La crisis ha hecho que los docentes estén
más preocupados en los insumos para los alimentos del comedor que
en las cuestiones de calidad educativa..." Como aporte a ese debate,
creemos oportuno refrescar la memoria sobre el ejemplo silencioso de dos
maestros argentinos.
En su relato "Shunko", el maestro rural Jorge W. Ábalos
describía a fines de los años '50 la dura y bella experiencia
de un docente con hábitos urbanos, puesto a convivir (es decir,
a enseñar y aprender) junto a los niños shalakos, habitantes
del insondable Chaco santiagueño. Ábalos -gran colaborador
del médico Salvador Mazza- enseñó a leer y a escribir,
y también a lavarse la cara y a vestir; y aprendió a la
vez, de sus niños, a reconocer los bichos del monte, colaborando
luego en su estudio y en el desarrollo de vacunas y antídotos.
La sabiduría de los niños shalakos llegó -a través
del maestro Ábalos- a las universidades de Tucumán y Córdoba,
y también a las de Río de Janeiro y Harvard.
Otro docente que supo enseñar y aprender, sobreponiéndose
a la desidia y el olvido estatales, fue Jorge Augusto Mendoza, hijo de
Nicolaza Nelson de Mendoza, directora de la Escuela Nacional Nro. 112
de Chucalezna, perdida en un valle de los Andes jujeños. La escuela
de Chucalezna era, en palabras del maestro Mendoza (recién egresado
de la prestigiosa "Prilidiano Pueyrredón", allá
por los '60) "un ranchito humilde y prolijo, de paredes blancas,
armado con bloques de barro y paja..."
Jorge Mendoza y su madre Nicolaza les dieron de comer y de leer a sus
niños. Y también les enseñaron a poner sobre los
papeles, las paredes y las telas todos los colores del amanecer y el atardecer
en los valles.
La experiencia fue recogida en el bello cortometraje "Chucalezna"
rodado por Jorge Prelorán, uno de los padres del documentalismo
argentino. Y las admirables pinturas de Juan Humberto Aracena, Zoilo Gaspar,
Dominga Saiquita y otros niños de la escuela son hasta hoy exhibidas
en museos de la Argentina y el mundo.
Malestar
vs. bienestar
La perspectiva
sindical para el abordaje del problema docente no es la única posible.
Debe completarse siempre con esa otra perspectiva, vivencial y pedagógica,
que brinda el contacto directo -solidario- con el dolor, las alegrías
y las esperanzas de la comunidad educativa. El tiempo empleado en "contener"
a un niño golpeado por la pobreza y el desamparo, por eso, no es
nunca un tiempo perdido para el docente. Ni puede ser excusa para dejar
de ahondar en las "estrategias pedagógicas". Ni una excusa
para privarse de eso que puede ser -tratándose de docentes- otra
forma de la felicidad.
La demanda educativa incluye (de más está aclararlo) el
bienestar del docente. Pero el docente, antes que un burócrata,
es un ser dispuesto a dar, a enseñar y aprender, siempre.
En 1929, ilustrando sobre lo relativo de cualquier apreciación,
Sigmund Freud concluía uno de los capítulos de "El
Malestar en la Cultura" con las palabras que el poeta Schiller había
puesto en boca de un buzo que acababa de emerger de las profundidades:
"¡Alégrense los que puedan respirar, a la rosada luz
del día!"
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