La
Franja de Caza
Por Alfredo
Grande
Niños
del Mercado de La Matanza se prostituyen por comida, vino y droga.
El Mercado Central está ubicado en Tapiales, municipio de La Matanza,
y abarca 500 hectáreas. Chicos y chicas se prostituyen por comida,
droga y alcohol en el Mercado Central del partido bonaerense de La Matanza.
"Un muro de silencio" encubre al flagelo denunciado por una
organización no gubernamental que busca resguardar a los chicos
de esa cruda realidad.
"El mercado es como una ciudad aparte, un lugar donde todos los vicios,
inequidades y problemas de la sociedad están amplificados, y desde
nuestro lugar intentamos rescatar a los chicos, mostrarles que otra realidad
es posible, crecer de forma sana, pero es difícil", señaló
Gilda Acosta, integrante de la organización social Tras.Sos.? La
trabajadora social comentó que realizar un diagnóstico del
lugar le llevó al grupo aproximadamente un año.
La asistente aseguró que "el problema parecía sencillo
y estaba a la vista: todos eran consumidores de drogas, sexo, violencia,
entonces natural mente se generaba un muro de silencio". Las catacumbas.
Los abusos contra chicos obligados por la necesidad de prostituirse se
habrían cometido en un lugar denominado las catacumbas, zona de
vestuarios subterráneos que cada nave del mercado tiene con un
acceso restringido.
(La Capital - Santa Fe 29/12/08)
07/01/2009
- (APe).- Hace varias décadas atrás, el médico psicoanalista
Arnaldo Rascovsky, uno de los fundadores de la Asociación Psicoanalítica
Argentina, acuñó el concepto de filicidio. Daba
cuenta de la matanza sistemática de los niños por la cultura
dominante.
Estoy convencido que ese concepto nunca tuvo el reconocimiento que merecía.
La cultura patriarcal es más sensible para mencionar las tendencias
parricidas de los jóvenes, que las filicidas de los adultos. Después
de todo, como señala el derecho, nadie está obligado a declarar
contra sí mismo. No sé qué concepto hubiera acuñado
Arnaldo para referirse a la situación actual.
Obviamente, hablar de niños en situación de calle
no resuelve el problema. Porque esas situaciones son permanentes, apenas
sostienen una vida miserable, los exponen a todo tipo de peligros, los
dejan en una situación de vulnerabilidad y dependencia absoluta.
Pero sabemos que la calle es cruel, que organiza sus propias leyes, y
que es la maldición absoluta: de patitas en la calle. Dormir, vivir,
comer, beber, sobrevivir en las calles es en la actualidad la cara no
tan oculta del febril crecimiento inmobiliario. Pero el cruel que
me arranca, el corazón con que vivo al decir de José
Martí, siempre encontrará un nivel de crueldad superior.
Organizar un mercado cautivo de niñas y niños, para convertirlos
en consumidores de todo tipo de tóxico. Doblegados por el sufrimiento,
se los degrada a la peor de las mercancías: aquella de la cual
se dispone al antojo y gratuitamente. La mano visible de ese infame mercado
está a la vista, pero nadie quiere verla. Y ese mercado no es cualquiera:
es el mercado central, organizado como una ciudad sin dios, con legalidades
mafiosas y con la legitimidad de los cómplices.
En esa ciudad de 500 hectáreas, el terrorismo de estado no se dio
por enterado de los 25 años de democracia. Los chupaderos de ayer
son las catacumbas de hoy, y los que luchan por la dignidad de las personas
(al igual que durante el terrorismo de estado hicieron los organismos
de derechos humanos) están limitados a la organización social
Tras.Sos.
Quizá una de las formas más cobardes de dictadura, encubierta
por góndolas de frutas y vegetales. Por su parte, Pablo Prado,
otro integrante de la organización, afirmó que a la
gente de arriba en la práctica esto le interesa poco.
Fue muy difícil encontrar los hechos y muchas veces sentimos que
estábamos por el camino equivocado. ¿Por qué era
tan complicado?, porque consumidores eran todos: había policías,
changarines, seguridad privada, comerciantes, camioneros y algunos directivos
también, precisó.
La misma lógica de la dictadura. Todos los cazadores están
involucrados. El funcionamiento denominado fraternidad-terror
es un pacto de sangre contaminada, donde al que saque los pies del plato
le cortan los dedos. El mercado central entonces es un coto de caza, un
parque cultural perverso donde a los más débiles no se los
protege: se los somete. La ley de la selva era más justa. Ningún
animal arriesga su reproducción para poder vivir. Ningún
animal es objeto del goce perverso de otro.
El gato maula que juega con el mísero ratón es un gato de
la cultura. De la cultura represora que instituye una forma de ejercicio
despótico del poder que denominamos sexualidad represora. La que
se ejerce sobre niñas y niños que son tratados como al peor
de los inmigrantes: son extranjeros en su tierra.
No hay para ellas y ellos el Estado de Derecho. Apenas hay Mercado Central.
Donde pueden ser cazados con una impunidad mayor que la de los militares
genocidas. Es terrible pensarlo, y hay que pensarlo porque es terrible.
Hay dos tipos de impunidad.
La primera es cuando lo siniestro se hace cotidiano. Es el caso de la
dictadura militar, en los ejemplos del mundial del 78, la guerra de Malvinas,
el deme dos, el por algo será, etc. La segunda es cuando lo cotidiano
se hace siniestro. Es el caso de esta democracia, que opera, al decir
de Chomsky, con las ilusiones necesarias.
Por ejemplo: los cartoneros, empujando sus torres con rueditas, son mirados
con bucólica parsimonia por automovilistas que en un alarde cívico
aminoran la velocidad. Como un lomo de burro, ya forman parte del paisaje.
Al ser cotidiano, es difícil mirarlo, pensarlo, olerlo, sentirlo
como siniestro. La trata de mujeres, niñas y niños tiene
multiplicidad de franjas en todo el país. Las drogas agregan además
franjas con aeropuertos clandestinos, más de 1500.
El local bailable República Cromagnon, fue hace cuatro años
una franja de masacrados porque con candados en las puertas de emergencia,
de la franja superpoblada nadie podía salir, por las dudas que
alguien quisiera entrar sin pagar.
En esas 500 hectáreas del Mercado Central, más peligrosas
en la actualidad que las de la ESMA, lo cotidiano se ha hecho siniestro
hace muchos años. Y seguirá, con la cotidianeidad de cobardes
safaris para cazar niñas y niños indefensos. El Mercado
Central es una franja de caza. ¿Podremos detener esa matanza en
La Matanza?
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