A 80 años del fallecimiento (28 de junio de 1865- 8 de enero de 1928) del fundador del Partido Socialista
Juan B. Justo, en la Historia y la Política Argentina

Por: David Tieffenberg
Fecha publicación: 06/01/2008
Prólogo a la presente edición

 

A pocos días de cumplirse el octogésimo aniversario del fallecimiento del Dr. Juan B. Justo, la Fundación que lleva su nombre reedita esta breve obra en la que el militante socialista David Tieffenberg analizó y sintetizó el aporte, aún hoy vigente en muchos aspectos, del pensamiento de Justo.

Entre los aportes que brinda este trabajo está señalar el papel transformador de la política que significó la organización de un partido que pretendía expresar los intereses de la clase trabajadora asalariada, convertida por el desarrollo del capitalismo, ya entonces, en la clase social más numerosa de la sociedad argentina.

Más importante (y muy actual) es el rescate que hace Tieffenberg, a través de numerosas citas, del pensamiento de Juan B. Justo, mostrando cuan alejado y contrapuesto estaba respecto del liberalismo al que, generalmente por ignorancia o por motivaciones espurias, se lo suele emparentar. Lejos del Juan B. Justo "liberal" que se ha pretendido construir, unos para apropiárselo, otros para combatir la organización política independiente de la clase trabajadora, se pone de manifiesto en este trabajo cómo el pensamiento de Justo se inspiró en la obra de Carlos Marx.

Y cómo, al igual que Marx, reivindicó el aporte de la ciencia (bien diferente del "cientificismo", al decir de Mariátegui) como instrumento fundamental para la construcción de la emancipación humana. Hoy, en que el desarrollo del conocimiento científico es o bien negado y puesto en el mismo plano que cualquier sistema de creencias, o bien presentado como mero instrumento tecnológico subordinado al incremento de la ganancia capitalista y encubridor de una escalofriante realidad social resultante de la descomposición capitalista, el papel de la ciencia reivindicado por Justo como guía para la construcción de una "sociedad más libre e inteligente" adquiere especial relevancia.

Este trabajo fue publicado originalmente en 1948 por la Editorial La Vanguardia. Fue reeditado en 1988 por Ediciones Teoría y Práctica, con un prólogo de Gregorio Hairabedian, que forma parte, también, de la presente edición.
Nicolás Iñigo Carrera
Diciembre de 2007
Prólogo a la edición de 1988

El aporte teórico y práctico del fundador del Partido Socialista de la Argentina al desarrollo del pensamiento político tanto en nuestro país como en el resto de Latinoamérica, no ha sido aún debidamente valorado ni propagado suficientemente entre los sectores populares en general y los trabajadores en particular.

En el mejor de los casos, su obra se presenta como la de un reformador liberal y positivista, y su protagonismo como la de un místico y aséptico divulgador de ideas redentoras de las clases desposeídas, más cerca de la moralina cuaquerista que de la concepción científica de la Historia y la lucha de clases sociales antagónicas.

De esta manera, Juan B. Justo ha sido incorporado deliberada y especulativamente al patrimonio cultural del reformismo pequeño burgués y a sus metas de evolucionismo mecanicista.

Del mismo modo, sus definiciones y acciones auténticamente antiimperialistas han pretendido a través de la fraseología, ser desvirtuadas tanto por los sectores reformistas como por presuntuosas 'izquierdas' telúricas.

'Aparecemos con una independencia y una libertad políticas de forma, pero en el fondo dependemos hoy más que hace un siglo de la autoridad y del poder extranjeros; y no hay poder más absoluto, más absorbente, más tiránico que el poder del monopolio, que el poder de las empresa capitalistas', afirmaba Justo con su innegable autoridad intelectual y su sostenida lucha política.

El autor de este trabajo, el Doctor David Tieffenberg ha procurado invariablemente -nos consta- reubicar históricamente el invalorable aporte del Maestro como cuestionador implacable del sistema capitalista, defensor de los postulados revolucionarios del socialismo científico, e inclaudicable defensor de los derechos y requerimientos emancipadores de la clase obrera, con el objeto de revertir las distorsiones antes señaladas.

En esa dirección, afirma que Justo 'aplicando la leona científica a la Historia Argentina, llega al convencimiento que el fundamento económico de ésta es de toda evidencia' y, a modo de síntesis, agrega que 'salvando los obstáculos y clavando banderillas a la burguesía decadente (Justo) afirma la presencia militante de la clase obrera en las luchas políticas... para ordenar 'una libre e inteligente sociedad humana basada sobre la propiedad colectiva de los medios de producción'.

La aspiración del autor, que compartimos plenamente, es impedir desvirtuaciones de la figura y el pensamiento de Justo, rescatando la esencia y el fin último de su lucha y la acción desarrollada en un momento dado de nuestra Historia.

Gregorio Hairabedian
JUAN B. JUSTO EN LA HISTORIA Y LA POLITICA ARGENTINA

El desarrollo histórico es complejo. Las fuerzas que actúan en el trasfondo del proceso no se manifiestan, aún a los ojos de los observadores más sagaces, con la precisión necesaria para permitir su juzgamiento adecuado.

La trama creada por los factores que entran en su producción, que adquieren categoría y prestancia de procesos generadores de los fenómenos económicos, políticos, sociales y éticos, es de tal complejidad, que sólo un riguroso método científico y una profunda y paciente investigación puede diferenciar sus elementos componentes y estudiarlos, así, en su génesis y desarrollo y determinar sus proyecciones.

Establecida la vinculación de los hechos y de los fenómenos, su conexión íntima, importaría descubrir los orígenes sociales en sus procesos determinantes, y explicar válidamente la formación y gravitación en el desarrollo histórico de las acciones e interacciones humanas. Se llegaría por ese medio a darle precisión científica a la relación y vinculación causal de las teorías y modos de pensamiento que tienen su expresión en la superestructura, con sus ocultos procesos generadores que se mueven en la infraestructura.

Para conocer su intención disimulada en el subsuelo, y sus impulsos primarios, básicos, se hacía necesario remontar la corriente hasta sus fuentes de origen.

Esta tarea, que aceleraría acusadamente el proceso social, sólo podría ser cumplida por Investigadores munidos de una nueva concepción que, usando de la ciencia, permitiera calar hondo en la trama histórica para poner al descubierto sus desnudeces.

La aplicación del criterio científico al estudio pormenorizado e inteligente -no mecánico aunque sí esquemático- de la historia, en cuanto método apto para explicar debidamente las causas determinantes de sus múltiples manifestaciones, en función de sus proyecciones y perspectivas, se debe al genio de Carlos Marx.

Estudió éste hasta sus últimas consecuencias, la dinámica de la producción y la distribución de las riquezas en el desarrollo histórico-social. 'En la producción social de su vida -afirma Marx- entran los hombres en relaciones determinadas, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de esas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cual se levanta un edificio jurídico y político y a la cual corresponden formas determinadas de conciencia social. El modo de producción de la vida material domina en general el proceso de la vida social, política e intelectual'. Ello le permitió establecer la génesis y desenvolvimiento del pensamiento 'dentro del marco de una situación histórico-social', que mueve a Karl Mannheim a considerar a Marx como el iniciador de la escuela activa de la sociología del conocimiento.

El ambiente social conforma las ideas y las modalidades del pensamiento. El pensamiento así se hace social. Y el choque de los modos del pensamiento y de las particulares formas de expresarse, que tienen su raíz de origen en los intereses económicos y éticos de los grupos que actúan en la sociedad, se manifiesta en la lucha de clases.

Debemos sumergirnos en la vida social para comprenderla y templar en ella nuestras armas. 'Fuera de la ordinaria disciplina científica -expresa Justo-, no hay que prepararse a estudiar sociología con un examen de conciencia, como lo quisiera Spencer. Lo propio del método sociológico no está en aislarse, ni en declararse santo; está por el contrario, en la participación activa en la vida social. El mundo es nuestro laboratorio; a él vamos a verificar nuestras hipótesis. En ninguna otra rama de la actividad humana la teoría debe confundirse tanto con la práctica. En ninguna ciencia como en sociología la doctrina se confunde tanto con el método. De ello tenemos el glorioso ejemplo en Carlos Marx, autor de 'El Capital', y fundador de la Asociación Internacional de Trabajadores'.

Conocer 'la base económica de la vida intelectual, tanto para el individuo como para la especie', es orientarse con seguridad en el campo de las luchas sociales, y ocupar el puesto junto a quienes alientan los mismos intereses y las mismas inquietudes.

Si la sociología del conocimiento surgió con Marx, Justo fue su propulsor inteligente y destacado.

Lo que da al marxismo su frescura, su viva y actuante particularidad, es la interpretación dialéctica de los procesos histórico - sociales. Pero el marxismo aún con ser, o acaso por ello, una teoría de ensambladura y formación científica, activa, carecería de importancia y trascendencia si no explicara los conocimientos humanos desde sus orígenes a través de la realidad siempre cambiante, en perpetuo devenir.

Ahí radica precisamente su fuerza. Gracias a él "la historia ha dejado de ser - apunta Justo - una crónica, un romance o una filosofía, para constituirse como un conjunto de nociones combinadas, susceptibles de aplicación práctica"; abriendo - podríamos agregar nosotros - perspectivas insospechadas al progreso humano y social.

Ahora bien. De todo ello se infiere que el marxismo es un método de interpretación racional susceptible de ser aplicado al estudio de una situación histórico - social.

Así lo comprendió Justo y lo refirió al estudio de nuestra historia, pero no con mira estrecha de historiador simplista, sino con la visión amplia del sociólogo eminente, cuya conducta normada en las rígidas disciplinas científicas aseguraba seriedad y certeza en las conclusiones.

Aplicando la teoría científica a la historia argentina, llega al convencimiento que el fundamento económico de ésta es de toda evidencia.

Su conocimiento acabado de los principios del materialismo histórico le autoriza a realizar una hábil disección en la formación y el crecimiento de la sociedad argentina, poniendo al descubierto el "predominio general de la economía" en los procesos generadores y condicionantes. Esto le permite advertir, que no obstante la política colonial alambicada impuesta por la Corona a estas tierras para favorecer los intereses de los comerciantes y de la economía hispanas, su progreso histórico estaba asegurado, pues aquélla no pudo impedir "que se desarrollasen los vigorosos gérmenes de vida económica que había en el país".

Señala la importancia de los nuevos medios y forma de producción en la economía colonial y el resorte íntimo que los hace accionar: "el advenimiento de la clase propietaria nativa a la conciencia de sus intereses económicos. Es que los nuevos medios y formas de producción no conducen a nuevas relaciones políticas, sino en tanto que sugieren nuevas combinaciones de esfuerzos con un fin práctico determinado, en tanto que los hombres aplican a la realización de nuevas relaciones políticas el conocimiento que tienen de los efectos sociales de esos nuevos medios y formas de producción".

Cuando la burguesía criolla adquiere conciencia de sus intereses, éstos entran en colisión con el de los monopolistas españoles. Y la Revolución tiene un sentido y una perspectiva claros. "No se trataba de realizar sueños de libertad, ni de democracia, sino de obtener la autonomía económica del país, y este fin primordial supo realizarlo la inteligencia y energía de la dirección revolucionaria'.

Analiza las luchas civiles en la historia argentina con un criterio interpretativo hasta entonces desconocido en nuestro medio. Descubre la mecánica de la lucha de clases en ese período histórico-social. 'Cuando abierto el país al comercio extranjero, los productos del campo tomaron valor, toda la tierra les pareció poca a los señores comerciantes y exportadores de las ciudades para acapararla y explotarla según nuevas reglas. El gaucho vio su existencia amenazada, e, incapaz de adaptarse a las condiciones de la época, se rebeló. Así nacieron las guerras civiles del año 20 y subsiguientes, que fueron una verdadera lucha de clases. Las montoneras eran el pueblo de la campaña levantando contra los señores de las ciudades. Hombres, mujeres y niños, la población campesina en masa, resistían a su dominación. López en Santa Fe. Ramírez en Entre Ríos; Quiroga, en el Interior, fueron los jefes de la insurrección del paisanaje contra el odio al gobierno burgués de Buenos Aires'.

Pero, ¿qué importancia atribuía Justo al estudio científico de la historia? Descubrir sus elementos componentes para conocer en qué medida entraban en la formación de las agrupaciones políticas y su grado de eficacia. Esto le permite sentar la premisa de que 'las agrupaciones políticas de acción más eficiente en la historia argentina son las que han representado un interés económico más general y más bien entendido'.

El sociólogo no eclipsa al político inteligente y sagaz -como que la política es la parte activa, viva, de la sociología-; antes al contrario, lo completa y le confiere el aplomo y la prestancia que exornan su robusta personalidad de pensador eximio.

Por lo demás. Justo poseía desarrolladas en alto grado las condiciones que para Mannheim son necesarias a todo líder político. Su conocimiento acabado y consciente de 'la historia, la estadística, la teoría política, la sociología, la historia de las ideas y la psicología social', adquiridos a través de un riguroso método científico, se sintetiza en sus maduras reflexiones y sus juicios certeros.

Todo eso hizo de Justo, un iniciador en el medio social argentino maduro para la germinación de sus ideas geniales.

En efecto. El rompimiento del control social por la presión de las fuerzas económicas que se distendían buscando ubicación y espacio para desarrollarse, se había producido a fines del siglo pasado en nuestro país.

Los estrechos moldes del régimen de producción social rudimentario, resultaron chicos para un contenido que portaba en su seno los gérmenes embrionarios de un nuevo mundo económico, social y político, con repercusiones profundas en lo moral, que ya había tenido manifestación victoriosa en otras latitudes. Esos gérmenes forzaban las paredes desgastadas del cascarón que los contenía, en un deseo hecho propósito firme de emerger a la luz para cumplir su destino.

Ello no fue el resultado -acaso convenga subrayarlo bien- de factores brotados por generación espontánea.

Las fuerzas económicas que actúan en los países semicoloniales, registran las impresiones del progreso técnico que tiene lugar en los países imperialistas o más adelantados en su esfera económico-financiera e industrial, que da la tónica, precisamente, al régimen económico de aquéllos.

El proceso generador fue determinado por la acción combinada de ese progreso técnico incorporado a la producción nacional, que mantenía aún sus rasgos feudales, y por la integración de las corrientes inmigratorias que actúan como verdaderos revulsivos sociales, despertando en la conciencia de los explotados pobladores autóctonos y extranjeros, inquietudes de mejoramiento en sus condiciones de vida y de trabajo, que al chocar con la realidad, se traduce en la lucha de clases que dinamiza a la sociedad argentina obligándole a forzar la marcha y a acelerar su ritmo colonial.

Incorporada, pues, la técnica capitalista a la producción nacional que transforma su modo de producción social, nuevas relaciones, que son su consecuencia, desplazan a las anteriores y presiden su desarrollo histórico.

La transición del régimen feudal al agropecuario e industrial, provoca los primeros conflictos sociales de cierta importancia al acentuarse la explotación de las masas trabajadoras por el empleo de los nuevos procedimientos mecánicos que, a su vez, provocan la aparición del fenómeno de la desocupación, con características hasta entonces desconocidas en nuestro medio.

El malestar reinante en el seno de la masa obrera, genera la inquietud obrero-revolucionaria; pero en forma confusa, inorgánica. Hay más de reacción instintiva que de impulso consciente. El proletariado ignora el papel que juega en el proceso de la producción, y no ha penetrado en el conocimiento de su misión histórica. Empero, se agita, se mueve buscando adecuar sus inquietudes y necesidades a la realidad económico-social cambiante. Crea sus organismos específicos de lucha, y entra de lleno a actuar en el plano económico.

Todo ese proceso, acusadamente anárquico, tuvo su lógica repercusión en el escenario político sobre el que gravitó en forma decisiva.

En las postrimerías del siglo pasado la crisis política había llegado a su punto culminante. La corrupción, la venalidad y el fraude, daban fisonomía especial al 'régimen'. El ambiente social se había enrarecido al punto de que el clima se tornaba irrespirable como consecuencia de la profunda crisis económica, financiera, institucional y moral, determinada por la incapacidad y la rapacidad de las capas dirigentes de la oligarquía gobernante.

A todo esto, no había en el país un partido político serio orgánico, responsable, que encauzara el descontento popular hacia realizaciones promisorias. La marea iba aumentando de continuo y amenazaba desbordar.

Ante esa realidad prohijadora de consecuencias serias, se constituyó la Unión Cívica de la Juventud, más que como una agrupación política propiamente dicha, con el propósito de galvanizar las voluntades opositoras para darles cauce hacia el derrocamiento violento del sistema político, impuesto por una oligarquía manifiestamente incapaz de dirigir los destinos del país.

Justo adhiere y suma sus esfuerzos al movimiento. Su intención es hacer de ese conglomerado de fuerzas heterogéneas -y hasta encontradas, un verdadero partido político agitado por preocupaciones económicas y sociales con contenido científico.

Vencida la Revolución del 90, se disuelve la Unión Cívica. De ella se desprenden dos formaciones: La Unión Cívica Nacional y la Unión Cívica Radical. El triunfo del candidato de la primera, doctor Luis Sáenz Peña, provoca la revolución del 93 desatada por la segunda, comandada por Leandro N. Alem.

Partidos sin propósitos concretos de bien público y sin perfiles definitorios en materia económica y social, son, sin embargo, las expresiones combativas y combatientes de la burguesía capitalista. El primer manifiesto electoral del Partido Socialista -producto de la pluma de Juan B. Justo - del año 1896, los caracteriza bien: 'Hasta ahora la clase rica o burguesía ha tenido en sus manos el gobierno del país. Roquistas, mitristas, irigoyenistas o alemistas son todos los mismos. Si se pelean entre ellos es por apetitos de mando por motivos de odio o de simpatía personal, por ambiciones mezquinas o inconfesables, no por un programa ni por una idea...

...Todos los partidos de la clase rica argentina son uno sólo cuando se trata de aumentar los beneficios del capital a costa del pueblo trabajador, aunque sea estúpidamente y comprometiendo el desarrollo general del país'.

Algunos espíritus selectos contemplaban angustiados y profundamente doloridos el cuadro sombrío que ofrecía la terrible hora argentina. Empero, tal estado de ánimo operando, incluso sobre una voluntad férrea y una mentalidad vigorosa e incontaminada, no habría bastado por sí solo para determinar la conformación de un movimiento progresista destinado a moralizar las costumbres políticas y a dignificar al sector de pueblo brutalmente explotado, para conducirle finalmente a su emancipación.

Se habían dado las condiciones necesarias para producir ese acontecimiento histórico trascendental. Todo estaba maduro para el nacimiento de una fuerza política revolucionaría, que vendría a gravitar intencionalmente sobre el proceso social para acelerarle, y que sería la expresión de lucha de la clase obrera en el plano político. Empero, no basta que concurran todas las condiciones ambientales necesarias para producir un acontecimiento histórico de las características del aludido, es menester, fundamentalmente, para precipitarle, del hombre que lo intuya y lo penetre; del elemento humano apto para favorecer su producción. El debe poseer cierta habilidad, sentido político desarrollado y agudeza sociológica, pues el éxito del nuevo fenómeno estará asegurado si sabe interpretarlo y orientarle en sus comienzos difíciles y peligrosos.

'El gran hombre es -observa Plejanov-, precisamente, un iniciador, por que ve más lejos que otro y desea más fuertemente que otros. Resuelve los problemas científicos planteados a su vez por el curso anterior del desarrollo intelectual de la sociedad: señala las nuevas necesidades sociales, creada por el anterior desarrollo de las relaciones sociales; toma la iniciativa de satisfacer esas necesidades. Es un héroe. No en el sentido de que puede detener o modificar el curso natural de las cosas, sino en el sentido de que su actividad constituye una expresión consciente y libre de este curso necesario e inconsciente. En esto reside toda su importancia y toda su fuerza. Pero esta importancia es colosal y esta fuerza es tremenda'.

Ese iniciador en el medio social argentino de fines del siglo pasado; ese elemento apto de visión amplia y certera, de inteligencia clara alimentada por una cultura sólida y vasta y de una pasión por lo humano casi sublimada, se corporiza en Juan B. Justo.

Se sumerge Justo en las aguas estancadas de la 'política criolla' para removerlas y aclararlas. Intégrase a la lucha abandonando su cómoda posición de cirujano eminente y respetado, en momentos difíciles para el país y junto a un proletariado totalmente huérfano de derechos y a merced de los designios reaccionarios de una oligarquía sórdida y voraz, para elevarlo y dignificarle. Entiende que ninguna herramienta es más adecuada para ello que el Socialismo, cuya existencia tiene su justificación en la realidad económico-social del capitalismo con su división en clases, y cuyo objetivo ideal es la emancipación de los trabajadores.

Pero esto último sólo podrá darse -así lo comprende acertadamente, coincidiendo con Sorel- cuando los trabajadores adquieran la facultad científica al mismo tiempo que la capacidad política. 'Adoptemos sin titubear -afirma Justo- todo lo que sea ciencia; y seremos revolucionarios por la verdad que sostenemos, y la fuerza que nos da la unión, muy distintos de esos falsos revolucionarios, plaga de los países sudamericanos, que sólo quieren trastocar lo existente, sin ser capaces de poner en su lugar nada mejor. El socialismo moderno cuenta también con las masas populares, y con el poder de la razón; pero con las masas populares, en tanto que ejercitan su razón, y con la razón, en tanto que es ejercitada por las masas'.

Crear un partido político que recoja y cristalice las inquietudes y aspiraciones de las masas laboriosas; que no comprenda a todo el pueblo, sino a 'una fracción de él': a la clase obrera; oponerlo a las facciones militantes precapitalistas accionadas por conceptos abstractos, cuando no por complejos emocionales, que encubrían bien las ambiciones desmedidas y espúreas de sus dirigentes aprovechados. 'Preguntemos -dice Justo- cuales son sus ideas a los hombres más importantes de nuestra llamada política; todos nos dirán lo mismo; el bien de la patria, el engrandecimiento nacional, la honradez administrativa, la moralidad política. Se ha llegado hasta proclamar que entre nosotros no hay lugar a cuestiones económicas que dividan la opinión, todo se reduciría a saber quien es el hombre capaz de hacer la felicidad del país. Y si esto no es suficiente razón para partidos serios y orgánicos, da origen al menos a una gran variedad de facciones'.

Anteponer el partido político a la facción criolla; desalojar la facción inorgánica, semi-bárbara, corrompida y corruptora y construir sobre sus cimientos los partidos políticos como paso previo y obligado para crear las condiciones que permitan el funcionamiento normal y progresivo de la democracia política, se hizo propósito firme en Justo.

La facción es un conglomerado informe, sin organización. Comúnmente carece de principios o ideales que normen su conducta hacia objetivos superiores en los cuales el cálculo egoísta se diluye para dar paso a una afirmación generosa y trascendente. El partido político que debe tener organización e ideales -requisitos que le confieren personalidad- necesita estar dotado de una teoría rigurosa. Si en los grupos de origen precapitalista 'la reflexión teórica tiene una importancia completamente secundaria' -apunta K. Mannheim- no ocurre lo mismo en grupos que no están unidos originariamente por vínculos orgánicos de vida en común, sino que ocupan meramente posiciones similares en el sistema económico-social, en los cuales 'una teoría rigurosa constituye un indispensable requisito previo de coherencia'.

Así lo entiende Justo. Desde el primer momento -es más, nace a su conjuro- se preocupará por dotar a esa nueva formación de la teoría científica que él abrazara con tanta pasión, y que le permitirá penetrar en el subsuelo del ordenamiento económico y social para poner al descubierto las causas ocultas de las corrientes de pensamiento que pujan en la superficie. El marxismo pasa a ser la teoría que normará la línea política de la nueva agrupación.

Los partidos políticos -que señalan diferenciados modos de pensamiento- actúan en función de los intereses económicos y éticos, en estrecha relación con aquéllos, que informan su ideario y determinan su conducta. Para la formación de los partidos políticos en nuestro medio, era menester que 'cada grupo social adquiera conciencia de sus intereses políticos'. Las agrupaciones sociales se iban diferenciando entre sí por los particulares intereses económicos en juego. Pero el marxista que hay en Justo afirma que esa diferenciación de matices no basta. El antagonismo entre 'los propietarios que quieren mantener todos los privilegios inherentes a la propiedad legal del suelo, y arrendatarios en que la ley no favorezca su ocupación y cultivo efectivos', no serán fecundados mientras no se declare otro más fundamental, el antagonismo político entre capitalistas y asalariados, la gran lucha de clases que empuja hacia adelante a las sociedad modernas. ...Ahora la lucha de clases es un principio político proclamado en todo el mundo civilizado, es una lucha calculada y prevista entre clases conscientes de su situación respectiva y de las necesidades del progreso histórico'.

En una palabra: Los dos elementos sociales frente a frente: Burguesía y proletariado. 'Si ha de haber partidos, ¿no es necesario, en el doble sentido de la palabra, que cada uno de ellos tenga como núcleo a uno de esos elementos sociales?'.

Bajo el signo y el imperio de ese pensamiento robusto, orientador, señero, nace la expresión política de la clase obrera.

Señala Justo con toda precisión sus características definitorias al proyectar la Declaración de Principios -que es síntesis esencializada del Manifiesto Comunista adaptado a la realidad nacional-, y el Programa Mínimo. Al informarlos expresa: 'que lo que se había propuesto el Comité al confeccionar esos proyectos era caracterizar el Partido Socialista Obrero en su doble faz de movimiento de clase, y de movimiento económico. El Partido Socialista es ante todo el partido de los trabajadores, de los proletarios, de los que no tienen más que su fuerza de trabajo; las puertas del partido están sin embargo abiertas de par en par para los individuos de otras clases que quisieran entrar, subordinando sus intereses a los de la clase proletaria. Lo que es importante es patentizar nuestra independencia de todo interés capitalista o pequeño burgués; sin creer por eso que en todos los casos y en todas las cuestiones sean opuestos a los nuestros'.

Siempre dentro de esta tesitura, se empeña Justo en remarcar, en cuanta oportunidad se le presenta, que el Partido Socialista es un partido de clase. 'Es un partido de clase -asevera sentenciosamente- porque lo componen principalmente personas que salen de la misma clase social. Profesamos ser el Partido de la clase trabajadora y más especialmente de la clase trabajadora asalariada... Es de clase nuestro partido por sus fines inmediatos de mejoramiento de la situación material y mental de la clase trabajadora y por su fin último, que es la completa emancipación de los que trabajan, sobre la base de una nueva forma social en que los medios de producción no sean de propiedad privada, sino de la colectividad trabajadora entera'.

Y en la misma conferencia, en el Centro de la 14, como para aventar cualquier duda, advierte que al primitivo título de Partido Socialista Obrero, se le quitó el agregado de obrero, 'ya que siendo socialista, también era casi superfluo decirle obrero'.

Pero Justo es más pretencioso. No se conforma con liquidar la facción e introducir un poderoso fermento que romperá el control social para acelerar su progreso; quiere introducir y aplicar la ciencia a la política. El Partido Socialista es para el visionario insigne, 'el advenimiento de la ciencia a la política más avanzada, no por lo que prevé o promete, sino por lo que hace'.

Vuelca Justo en ese molde, en esa nueva forma que concita todas sus esperanzas y todos sus esfuerzos, sus ideas políticas, filosóficas y sociológicas, en la intención confesada de que pensamiento y acción, en estrecha simbiosis, generen una fuerza capaz de ordenar 'una libre e inteligente sociedad humana, basada sobre la propiedad colectiva de los medios de producción'.

Estas ideas perfilan con nitidez meridiana al partido socialista en el escenario político argentino. El contacto con las otras agrupaciones inorgánicas y anodinas, lo agiganta. Con la causticidad propia de su espíritu recio y sin dobleces, lo señala así. Justo, en su carta a Ferri: 'Agrupaciones efímeras, sin programas ni principios, sin más objetivos que el triunfo personal del momento, los partidos de la política criolla, pasada la frontera, carecen de todo sentido... Frente a ese caos de facciones y camarillas, cuya única palabra de orden y único vínculo interno es el nombre del condottiere que los guía al asalto de los puestos públicos, ha aparecido y se desarrolló el Partido Socialista que, sin excluir a nadie de su seno, se presenta ante todo como la organización política de la clase más numerosa de la población, la de los trabajadores asalariados... Es, en una palabra, para el observador sobrio e imparcial, el único partido que existe'.

La nueva fuerza política contribuye sensiblemente a cambiar la fisonomía de la Argentina del siglo XX operando sobre su realidad ambiente.

El desarrollo industrial, el fortalecimiento de los cuadros proletarios urbanos, y la presencia y acción del movimiento sindical obrero y del Partido Socialista -que si bien se desenvuelven en planos distintos es total la coincidencia en los móviles que les impulsan-, que dan cauce normal a las aspiraciones e inquietudes de los trabajadores, determina un reacondicionamiento de las fuerza políticas actuantes. Los grupos políticos al superar la etapa de la facción y entrar en la esfera de partido político propiamente dicho, es decir, con organización estable y con objetivos concretos, llevan también en su seno los gérmenes de su propia destrucción. Tiene latencia en ellos el proceso dialéctico -comprendido por lo demás, en la facción aunque no se distinga con perfiles claros en atención a las características de ese hecho social histórico, pero que ha sido proceso generador de su evolución- que de potencial deviene activo cuando la agrupación está en retraso frente a la realidad impulsada por las fuerzas económicas en pleno desarrollo, o propone u olvida la perspectiva histórica que constituye su objetivo ideal.

Así lo comprendió Justo. Por eso mientras al Partido Socialista sin restar jerarquía a los principios rectores que presiden su desenvolvimiento, ni olvidar su finalidad última, obliga a los núcleos políticos a superar sus deficiencias orgánicas y a concretar sus propósitos, no descuida la realidad y ocupa el puesto de vigía avanzado del desarrollo histórico argentino.

Salvando los obstáculos y clavando banderillas a la burguesía decadente, afirma la presencia militante de la clase obrera en las luchas políticas. Presencia que es afirmación de progreso, como que la clase cuyos intereses representa y custodia es la que presiona intencionalmente sobre el proceso para acelerar un desenlace deseado en sus resultados últimos.

Despierta reacciones a su paso. 'Los grandes éxitos de esta nueva fuerza -apunta Justo-, encendieron en los partidos contrarios el deseo de contrarrestarlos por medio de actitudes demagógicas, por la exaltación de un nacionalismo jesuítico y por la organización sistemática del error y de la mentira, puesta a cargo de la iglesia oficial y de la prensa grande'.

Empero nada ni nadie puede detener su marcha. Avanza sobre terreno firme, las ideas fuerzas del Maestro le sirven de palancas propulsoras. Es tal su consubstanciación del progreso social argentino, que se perciben sus huellas en todas sus expresiones.

El balance arroja un saldo favorable a su favor. En más de 50 años de acción cívica, de militancia enérgica y de educación popular acreditó las bondades de su método y la fuerza moral de sus principios.

Se realiza así el deseo íntimo de Justo. Corporízase la simbiosis de pensamiento y acción en síntesis promisoria en el Partido Socialista. Cumplida esta primera etapa, de nosotros depende que la herramienta amorosa y artísticamente trabajaba por el Maestro sirva a los menesteres para los que fue concebida: ordenar 'una libre e inteligente sociedad humana, basada sobre la propiedad colectiva de los medios de producción'.

El socialismo según Juan B. Justo
Por: Nicolás Iñigo Carrera (Fundación Juan B. Justo, especial para ARGENPRESS.info)
El 8 de enero se cumplen 80 años de la muerte de Juan B. Justo. Probablemente a pesar de él mismo (alguna vez dijo que "A igualdad de capacidad, quien menos impone su persona, más impone sus ideas"), fue la figura más destacada del partido Socialista en la Argentina. Un partido que, recordemos, fue de los más importantes de América Latina, el primero en obtener representación parlamentaria y fuente de la que surgieron las distintas vertientes, tanto reformistas como revolucionarias, del socialismo marxista en nuestro país.

Podrían desarrollarse distintos aspectos del pensamiento y la obra de Justo. Hacer referencia, por ejemplo, a su muchas veces explicitada preferencia por la lucha parlamentaria en detrimento de otras formas de lucha posibles. Aunque también declaró "santa" a la rebelión de "la masa fecunda y laboriosa" (Prólogo de 1909 a Teoría y Práctica de la Historia) y la posibilidad de mejorar los gobiernos "mediante el voto, y si es necesario, mediante el fusil" (La Vanguardia; 11 de enero de 1902). Es bueno recordar que, durante la vida de Justo, el partido Socialista mantuvo abierta, al menos en sus declaraciones, y ocasionalmente en la práctica, como ocurrió el 1º de mayo que abrió la Semana Roja de 1909, la utilización de la huelga general y lucha callejera. También podría recordarse que en su concepción, una sociedad sin opresión incluía las relaciones entre países, y que consideraba como la "mayor calamidad la dominación extranjera", planteando la resistencia al "imperialismo norteamericano, ingles o alemán [si] quisiera tratarnos como a Puerto Rico" e invitando, para ello, a "frecuentar los stands" [de tiro] (La Vanguardia; 11 de enero de 1902).

Pero hemos preferido recordar a Juan B. Justo en relación con el sentido más general que orientaba su pensamiento y obra: el socialismo. En el siglo XXI, y a pesar de los interesados augures que hace menos de dos décadas festejaban su muerte, la organización socialista de la sociedad está vigorosamente presente en América Latina como alternativa a la barbarie capitalista, generadora de las inhumanas condiciones en que desarrollan su vida muchos pueblos de nuestra América. Y el socialismo es, a la vez, objeto de intensos debates entre quienes luchan por construir esa sociedad socialista. Se puede aportar a ese debate, recordando como definió Juan B. Justo lo que entendía por socialismo, en una síntesis formulada en 1902, pero que, como bien fue señalado hace ya muchos años, y puede repetirse hoy, "soporta admirablemente la prueba del tiempo".

En la conferencia titulada "El socialismo", pronunciada el 17 de agosto de 1902, Justo resumió los rasgos fundamentales de lo que él entendía por socialismo diciendo: "El socialismo es la lucha en defensa y para la elevación del pueblo trabajador que, guiado por la ciencia, tiende a realizar una libre e inteligente sociedad humana, basada sobre la propiedad colectiva de los medios de producción".

Si analizamos los diferentes conceptos contenidos en esta definición con los instrumentos de la teoría social enunciada por Carlos Marx y Federico Engels, de la que Justo partía, es posible que se pueda hacer algún aporte a los debates señalados más arriba.

En primer lugar el socialismo no es conciliación ni aceptación de la realidad social sino que es lucha por la superación, la transformación de esa realidad. Lucha que abarca los intereses inmediatos de los oprimidos por las condiciones que impone el régimen social de producción y dominación, pero que no se limita a esa defensa de los trabajadores contra las condiciones de la explotación sino que se propone la construcción de una nueva humanidad, su elevación por encima de la condición inhumana impuesta por el capitalismo, la eliminación de la explotación misma. Lucha que tiene un sujeto concreto: el pueblo trabajador. Pueblo como conjunto de los excluidos del poder político, integrado por la clase obrera, incluyendo a sus capas más pobres, y por otras masas trabajadoras explotadas y expoliadas por el capital bajo diversos mecanismos, incluyendo a las personificaciones de la pequeña propiedad basada en el trabajo. Pueblo que, en la medida en que existen condiciones que no dependen de su voluntad, necesita conocer los mecanismos y tendencias que rigen la realidad en que está inserto, para lo cual requiere de la ciencia, del conocimiento riguroso y preciso de esa realidad, para poder actuar en ella. Con una meta, que hace a su interés histórico: la construcción de una libre e inteligente sociedad humana. Libre porque ha eliminado la explotación, la alienación de su actividad vital, de su producto y de su mismo ser humano, que sufren los trabajadores respecto de los apropiadores de la riqueza socialmente producida. Pero también libre porque toma conciencia de las condiciones reales en que se desarrolla su vida y en las cuales debe desenvolver su lucha. Por eso inteligente, porque ha tomado plena conciencia de sí y del mundo en que está inserta. La condición material y social (la base) que hace posible esa sociedad libre y conciente es la propiedad colectiva de los medios de producción; esto es la supresión de las relaciones mercantiles y de la apropiación privada de los instrumentos que hacen posible la reproducción social de la vida. Lejos del liberalismo que le atribuyen tanto los que quieren apropiárselo para esa corriente ideológica como los que lo atacan por postular una organización de los trabajadores políticamente independiente, la referencia a la necesidad de la propiedad colectiva afirma que, ni la pequeña propiedad, incapaz de potenciar la fuerza productiva del trabajo en medida suficiente para satisfacer las necesidades de la humanidad, ni la gran propiedad basada en la apropiación del trabajo ajeno y la competencia, pueden constituirse como base de una sociedad libre e inteligente .

He aquí, muy sintéticamente presentado el pensamiento de Justo.
TESIS DE JUAN B. JUSTO EN 1898
LA TEORIA CIENTIFICA DE LA HISTORIA Y LA POLITICA ARGENTINA

En 1898, el fundador del Partido Socialista de la Argentina, produjo uno de sus más interesantes discursos donde analizó el desarrollo de la Argentina y de los trabajadores. Conferencia dada en El Ateneo, de Buenos Aires, el 18 de julio de 1898, editada ese mismo año por la Librería Lajouane, y en 1915, por la Librería de La Vanguardia. Integra el tomo VI de las Obras de Juan B. Justo, págs. 153-174. Este trabajo apareció en el libro Socialismo (1920), donde Juan B. Justo reunió trabajos de distintas fechas, a los que consideraba expresiones principales de su labor de teórico y propagandista.

Señoras y señores:
Debo empezar esta conferencia sobre la teoría científica de la historia y la política argentina con una expresión de sentimientos. No estoy aquí para exponer un bonito teorema, ni puedo creer que el cuadro de la política argentina los afecte a ustedes como el de una partida de ajedrez.
Amo el país en que vivo, y deseo que sean muchos los que tengan motivos de amarlo; una viva simpatía me une a todos los que aquí trabajan y luchan, y para ellos deseo la vida de los hombres fuertes, inteligentes y libres; amo la lengua de mis padres, y quiero que sea hablada con ingenio por millones de hombres, que en ella sean escritas obras grandes y hermosas, que esas obras sean muy leídas; me llamo argentino, y quiero que éste sea el nombre de un pueblo respetado por sus propósitos sanos y sus acciones eficientes; veo que todavía cada pueblo tiene una bandera, y deseo que, mientras la humanidad no tenga una, la argentina o la sudamericana flamee en estas tierras.
Por eso, y porque sentimientos semejantes animan seguramente a quienes han venido a escucharme en el Ateneo, doy esta conferencia, y espero un poco de atención.
Tratándose de hechos tan complejos y controvertidos como los de la historia, parece a primera vista muy atrevido hablar de su teoría científica. Es porque ordinariamente se tiene de la ciencia misma una idea falsa, que, como toda superstición, empequeñece el objeto que pretende agrandar.
En efecto, desde que se ha aplicado a la historia el criterio adquirido y aplicado en los otros campos de la vida práctica e intelectual, el criterio científico, la ciencia misma ha experimentado un gran cambio: al abarcar, por fin, todo el campo de la actividad y de los conocimientos humanos, ha descendido del pedestal místico que la sustentaba, y se ha hecho a la vez más modesta y más fuerte, más humana y más fecunda. La historia ha dejado de ser una crónica, un romance o una filosofía, para constituirse como un conjunto de nociones coordinadas, susceptibles de aplicación práctica. La ciencia, por su parte, ha perdido el carácter de entidad extraña a la vida ordinaria, de doctrina superior, esotérica, creada por una casta especial de sabios y reservada para ellos. Ya no es más que una de las manifestaciones de la vida, la vida inteligentemente vivida. Ha venido formándose por el esfuerzo inteligente de todos los hombres en la vida diaria, y su misión primordial es servir en la vida diaria para la acción inteligente. No resulta de una inspiración superior, sino de las necesidades elementales de la existencia. Antes que Torricelli está el inventor de la bomba hidráulica; antes que Darwin, los criadores ingleses que practicaban la selección artificial.
Al formular la teoría científica de la historia no estamos, pues, obligados a dar una fórmula absoluta y completa. Eso queda para las teorías teológicas y metafísicas que pretenden explicarlo todo, al mismo tiempo que excluyen de sus sistemas fases enteras de la vida. Una teoría científica no se obliga a tanto, ni tiene para que negarlo que no se acomoda a su armazón; explica lo que puede y deja existir lo demás, contenta de que a las teorías futuras les quede también algo que explicar. Lo que puede y debe exigírsela es que muestre su propia génesis, que tenga su punto de partida en el mundo; que señale en qué fenómenos se realiza, y en qué actos de la vida tiene aplicación.
Si hay, pues, para nosotros una teoría científica de la historia debe ser la teoría de la historia argentina; en nuestro propio desarrollo, por rudimentario que aun sea, deben actuar los elementos fundamentales del movimiento histórico en general; y, si nuestra historia es susceptible de una interpretación científica, nuestra política debe serlo de aplicación de la ciencia así adquirida, aunque por el momento sea tan embrollada y poco científica.
Pero tracemos antes a grandes rasgos la génesis y el sentido general de la nueva teoría.
El dintel del estudio de la historia está en los museos.
Así como las otras leyes naturales han sido descubiertas en sus manifestaciones más simples, el fundamento de la historia ha sido vislumbrado al estudiar sus épocas primitivas, la historia sin dioses ni héroes que la perturben, sin tradiciones ni documentos que falsifiquen la realidad. Los pioneers de la prehistoria han tenido que aplicar desde un principio los métodos científicos de investigación, y han llegado por eso desde luego a conclusiones exactas. En la aurora de la historia el hombre se presenta ante todo como a toolmaking animal, como un animal que fabrica herramientas, y se impone desde luego al entendimiento el papel decisivo que en ella desempeña la evolución de los instrumentos y modos de trabajo. Estudiando los antecedentes históricos de los pueblos escandinavos, cuyos documentos escritos más antiguos datan apenas de mil años, Thompson escudriñó en el suelo de su país los más remotos vestigios de la actividad humana y llegó en 1887 a su división de las edades prehistóricas basada en el estado de la industria del hombre. Edad de la piedra, edad del bronce, edad del hierro, dijo, y bosquejó así la teoría científica de la historia.
La idea que en Thompson no aparece sino en embrión y sin la conciencia de todo su alcance, llega a un amplio desarrollo en los estudios prehistóricos de Morgan, que ha investigado los orígenes de las sociedades humanas entre los indios de América y en la antigüedad griega y romana. 'Es muy verosímil, dice Morgan, que las grandes épocas del progreso humano coincidan más o menos directamente con el ensanche de las fuentes de sustento'; y, viendo en las grandes conquistas de la técnica las piedras miliares de las jornadas de la humanidad, traza un cuadro del progreso cuyo fondo es el dominio adquirido por el hombre sobre las fuerzas naturales, y en el cual las instituciones sociales aparecen como consecuencia de las condiciones de la producción.
Si la trama de la prehistoria es tan sencilla que ha podido ser descubierta a primera vista, estímulos muy poderosos han conducido, por otro lado, a descubrir la de las épocas más recientes. Una verdad de tan gran magnitud como la del papel fundamental de la producción y la distribución de las riquezas en el desarrollo histórico, nunca ha podido ser del todo ignorada por los políticos prácticos, ni ha dejado de asomar de vez en cuando a la mente de los teóricos. De ahí el gran número de precursores de la nueva teoría. Pero sólo en el presente siglo los historiadores han empezado a orientarse decididamente hacia ella.
Disipados los ensueños que acompañaron a la revolución francesa, y a impulso de tan tremenda conmoción, hubo que ver en ella una manifestación de fuerzas más permanentes v efectivas que la literatura revolucionaria del siglo XVIII. Ya en 1802, el utopista SaintSimón decía que el reinado del terror en Francia había sido el de las clases desposeídas, y poco después definía la política como la ciencia de la producción y predecía su completa absorción por la economía. Bajo su influencia formáronse las ideas de Agustín Thierry quien traza el cuadro de la revolución inglesa como el de una lucha de clases. En sus estudios sobre la historia de Francia e Inglaterra llega Guizot a conclusiones análogas: para él, las instituciones políticas son menos importantes que las condiciones sociales de que dimanan entre las cuales es decisiva la distribución de la propiedad territorial y de la riqueza en general: para él también, la revolución inglesa del siglo XVII es un conflicto de clases.
Pero ninguno de los historiadores del tiempo de la Restauración fue más allá de esa concepción incompleta: veían en la historia el juego de los intereses económicos bajo la forma de antagonismo de clases, mas no descubrían el origen de esas clases, ni el resorte que promueve su desarrollo.
A mediados del siglo las cosas estaban más preparadas para la elaboración de un concepto general de la historia, que combinara y fecundara las vistas, vagas todavía, de los más eminentes historiadores modernos, con los primeros datos, necesariamente truncos y esquemáticos, de la prehistoria. El vapor, aplicado a la industria y al transporte, mostraba ya todo su poder revolucionario; la estadística registraba en cifras algunos de los más importantes fenómenos de la vida del mundo civilizado; el telégrafo y la estampilla postal estaban en uso. En Inglaterra se agitaba el partido Cartista, y en Francia, el Enrichissez-vous, messieurs de la clase gobernante había respondido, como doloroso eco, al alzamiento de los trabajadores de Lyon. En Alemania la unión aduanera daba, por fin, campo de desarrollo a la gran industria, que pronto tomó en la región del Rin un vuelo considerable.
Fue allí donde Marx, con la activa colaboración de Engels, pudo llegar antes que Morgan, cuyos estudios datan de la segunda mitad del siglo, a la grandiosa concepción histórica que constituye el fundamento de sus obras: 'En la producción social de su vida entran los hombres en relaciones determinadas, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de esas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cual se levanta un edificio jurídico y político y a la cual corresponden formas determinadas de conciencia social. El modo de producción de la vida material domina en general el proceso de la vida social, política e intelectual'. 'La concepción materialista de la historia arranca de la proposición siguiente: la producción e inmediatamente después de ella el cambio de los productos, es la base de todo orden social; en todas las sociedades de la historia la distribución de los productos, y con ella la división de la sociedad en clases, dependen de qué, cómo se produce y cómo se cambian los productos. Según eso, no hay que buscar las causas últimas de las transformaciones sociales y de las revoluciones políticas en la cabeza de los hombres, en su visión cada vez más clara de la verdad y la justicia eternas, sino en las transformaciones del modo de producción y de cambio; no hay que buscarlas en la 'filosofía', sino en la 'economía' de la época'.
Al afirmar el papel fundamental del modo de producción y de cambio en la historia, Marx y Engels han, estado muy lejos de formarse del desarrollo histórico un concepto unilateral. 'La situación económica es la base', dice Engels; 'pero... las formas del derecho... las teorías políticas... las opiniones religiosas... etc., ejercen también su acción sobre el curso de las luchas históricas, y en muchos casos determinan su forma en primer término'.
Tan magna doctrina merece verse libre del nombre metafísico de 'materialista'. La ciencia no conoce el materialismo sino como una de las fórmulas ingenuas, petulantes y huecas de la adolescencia intelectual, En física, en química, en biología, podemos aprender y enseñar todo lo que se sabe e investigar lo que ignoramos sin necesidad de esa palabra que nada significa. ¿Por qué hemos de necesitarla en historia? Si hemos de dar una designación especial a su concepción científica, la mejor es la de concepción económica, que empieza a ser generalmente adoptada.
¡Y bien! Los movimientos religiosos, políticos y filosóficos, que disfrazan u ocultan el fondo del movimiento histórico de otros países y de otras épocas, tienen tan pequeño papel en la historia argentina, que el fundamento económico de ésta es evidente, y no ha podido ser desconocido del todo por los historiadores del país, aunque no hayan tenido teoría alguna del movimiento histórico en general, ni hayan estudiado los acontecimientos según un criterio sistemático.
El desarrollo colonial quand-même de los países del Plata patentiza el predominio general de la economía en la formación y el crecimiento de la sociedad argentina. Contra las leyes españolas, contra la fuerza puesta al servicio de esas leyes, contra la moral que exigía su acatamiento, Buenos Aires se desarrolló, a pesar del opresivo régimen colonial. El país se había poblado de vacas, caballos y ovejas, y nada podía impedir que esas riquezas buscasen y encontrasen empleo, al cortar la corriente de hombres que tendía hacia ellas. España pudo, pues, retener codiciosamente para sí todo el comercio de sus colonias en América, demasiado grande para ella; pudo encerrarlo en los estrechos límites del comercio entre Cádiz y Portobelo; privar a los extranjeros de todo acceso legítimo a sus colonias; trabar aún la inmigración de españoles a éstas; llevar su exclusivismo hasta el punto de discutir si, a los efectos del comercio en Indias, los nacidos en España de padres extranjeros eran españoles; pudo prohibir que los colonos de América recibiesen consignaciones, ni aun de España, y que enviasen caudales por su cuenta para comprar artículos, ni aun a España, porque se creía que con eso perjudicarían a los comerciantes españoles; pudo favorecer a Lima, a costa de Buenos Aires; pretender que ésta recibiera de aquélla las mercancías europeas que necesitaba; prohibir que los metales preciosos del interior llegasen a Buenos Aires; impedir que por este puerto entrase nada de lo que debía entrar, ni saliese nada de lo que debía salir; pudo, según Moreno, arrancar las viñas aquí plantadas, para que no se perjudicara el comercio de vinos de la Península, y prohibir en 1799 la construcción de un muelle que se había empezado en Buenos Aires; con todo eso, no pudo impedir, sin embargo, que se desarrollasen los vigorosos gérmenes de vida económica que había en el país.
Mientras Buenos Aires fue 'una puerta que era necesario tener cerrada', el contrabando fue el modo normal del comercio de este país. Los portugueses se establecieron al efecto en la otra orilla del río y España, que tenía ministros Para dictar leyes absurdas, tuvo felizmente también funcionarios venales que las dejaran violar: buques holandeses, ingleses y portugueses llegaban al Plata y, de un modo u otro, sacaban los cueros y el sebo que la política española quería estancar, sin que el comercio español fuera capaz de aprovecharlos.
A mediados del siglo XVIII ya era Buenos Aires una de las más importantes colonias españolas de América, y a partir de 1777, época en que se permitió el comercio con todos los puertos importantes de España y de sus colonias, esa importancia fue rápidamente en aumento. El alza del valor de los frutos del país, debida a la mayor facilidad de salida, y a la creciente demanda originada por el desarrollo de la gran industria en Europa, hizo que se extendiera la zona de ocupación en una y otra orilla del Plata; Vértiz llevó la frontera del sud a Chascomús, Ranchos y Lobos, al mismo tiempo que se poblaba la campaña de Montevideo; gracias en parte al contrabando de hombres, pues casi no se toleraba oficialmente sino la introducción de negros, la población del país creció en pocas décadas considerablemente.
Entonces empiezan a diseñarse ideas y tendencias que debían conducir al mayor progreso político que hemos hecho hasta la fecha, a la Independencia. A principios del siglo actual, 'a la sombra de los intereses económicos', como dice Mitre, 'venía elaborándose la idea revolucionaria'.
Quiero insistir sobre ese momento del pasado argentino, no porque sea su época clásica, sino porque es un admirable ejemplo de la complejidad del desarrollo histórico y del carácter sintético de su teoría, que los fundadores de ésta no han puesto bien en claro. Para que los elementos del medio físico-biológico o del medio social empujen al hombre en un sentido progresivo, necesario es que éste los 'aplique', es decir, que prácticamente los 'comprenda'. El sílex no es un factor de la historia del hombre sino cuando éste aprende a fabricar con aquél sus primeras armas. Así también los nuevos medios y formas de producción no conducen a nuevas relaciones políticas, sino en tanto que sugieren nuevas combinaciones de esfuerzos con un fin práctico determinado, en tanto que los hombres aplican a la realización de nuevas relaciones políticas el conocimiento que tienen de los efectos sociales de esos nuevos medios y formas de producción.
En ese sentido, la naciente burguesía argentina de principios del siglo es un ejemplo insuperable.
Ante el interés con que veían solicitados de todas partes sus productos, los nativos propietarios del suelo pronto comprendieron toda la capacidad productiva del país. El primer número del Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, publicado por Vieytes en 1802, decía: 'Las inagotables minas del Cerro de Potosí, los riquísimos criaderos de aquellas mazas enormes de plata maciza que ha dado Guntaiava ni los poderosísimos panes de oro del Río Tipuani, serán nunca comparables con el inagotable tesoro que pueden producir nuestros dilatados campos'. Y a explotar y desarrollar esa riqueza, a sustraerla al monopolio español, a manejarla inteligentemente por sí mismos, tendieron desde entonces los esfuerzos de los mejores hombres de la época, que, al efecto, se armaron de un rico arsenal de ideas exactas y claras acerca de la situación. Se llamaban patriotas, pero la sociedad que los congregaba titulábase 'patriótica y económica'. Si esto no bastara para distinguirlos de los patriotas de hoy día, véase en qué términos se expresaba El Telégrafo Mercantil respecto del aprovechamiento de la carne: 'Debemos suponer que se pierde la carne de 400 a 450.000 cabezas, que se pudiera aprovechar en charque, tasajo y embarrilado en salmuera, pues aunque hay al presente 7 u 8 individuos que practican esta manufactura y comercio, no son todavía suficientes para aprovechar los desperdicios que se notan, con dolor de los fieles patriotas'.
Todo señala en aquella época el advenimiento de la clase propietaria nativa a la conciencia de sus intereses económicos que, por entonces, eran también los del país en general. El poeta Labardén adorna el primer número del Telégrafo Mercantil con una oda al Paraná, que celebra su bondad y su grandeza y le pide que dé paso a las naves y riegue los sedientos campos. 'Tanto una nación vale -quanta plata maneja- -quanto el comercio es grande', dice otra oda que aparece en el Nro 2 del mismo periódico. El Semanario de Vieytes fue órgano de las ideas económicas más adelantadas; estudia el aprovechamiento de la lana que entonces no se exportaba por defecto de embalaje, pide el ensanche de las fronteras, sostiene la conveniencia de dar la tierra gratis a quien quisiera poblarla o explotarla, condena el exceso de moneda como una riqueza improductiva, denuncia la esclavitud como causa de atraso económico, honra los oficios manuales.
El carácter burgués de tan sana prédica se revelaba, sin embargo, en el continuo lamento sobre la elevación de los salarios, y el insistente consejo de hacerlos bajar haciendo que los trabajadores se vistieran de telas burdas fabricadas en el país y no de los caros géneros importados. 'Si las mujeres y sus pequeños hijos', decía el Semanario 'en lugar de no hacer uso alguno de sus manos, las convirtiesen a la rueca, al torno y al telar, y surtiesen de este modo a la familia del grosero vestuario que exige su profesión: entonces sí, que sobre desaparecer enteramente la vergonzosa ociosidad, veríamos baxar de improviso el trabajo de las manos'.
Se comprende que quienes entraban en tan finas disquisiciones sobre el fomento de su riqueza vieran bien claro el daño que hacía al comercio del país su monopolio por España, lo que se hizo aún más evidente cuando las invasiones inglesas dejaron sentir por un momento los beneficios del comercio libre.
La 'burguesía decente', como dice el historiador López, aprovechó, pues, la primera oportunidad y sobrevino la Revolución con sus propósitos netos, a pesar de la oscuridad de sus intenciones aparentes; no se trataba de realizar sueños de libertad, ni de democracia, sino de obtener la autonomía económica del país, y este fin primordial supo realizarlo la inteligencia y energía de la dirección revolucionaria. Comprendiendo la gran necesidad política del momento, los prohombres de 1810 no se ocuparon de derrocar dinastías, ni de proclamar constituciones; más aún: por mucho tiempo los principales de ellos abrigaron el propósito de mantener el gobierno monárquico; pero sin miramientos por los privilegios de la metrópoli, establecieron de hecho la independencia comercial del país, que un órgano, la Gazeta de Buenos Aires, defendía en estos términos: 'Todo es más sufrible respecto de las Américas que el monopolio de la metrópoli. Decir a quince millones de hombres: vuestra industria no ha de pasar del punto que a nosotros nos acomode; habéis de recibir quanto necesitáis por nuestras manos; habéis de pagar más por ello, que si lo buscarais vosotros, y ha de ser de peor calidad que lo que pudierais tomar de otros a más baxo precio; vuestros frutos se han de cambiar solo por nuestras mercaderías, o con las de aquellos a quienes querremos vender este derecho de monopolio y antes se han de podrir en vuestros campos, que os permitamos sacar otro partido de ellos; decir esto... me parece un fenómeno, el más extraordinario en política... Los americanos son iguales a los españoles: si éstos tienen facultad de vender sus frutos al mejor comprador, escogiéndolo entre todas las naciones que pueden venir a su mercado, y eligiendo entre los productos de la industria de todos los otros pueblos lo que más les acomode para trocar los suyos, quererlos tener sujetos al monopolio contrario a estos derechos es una injusticia que ninguna ley puede autorizar'.
Así vemos al progreso económico, en cuanto era bien comprendido, dar lugar a una lucha política, la lucha por la independencia, que condujo a su vez a nuevos progresos.
Veamos ahora el mismo progreso económico, en cuanto no era comprendido, dar lugar a una lucha social regresiva que asoló el país por espacio de muchas décadas.
Desde que a fines del siglo pasado hubo subido el valor de los frutos del país, los señores de las ciudades dedicaron mayor atención a la explotación del suelo y del ganado que en él se había criado. Juntó con los reiterados votos porque se ensancharan las fronteras, se hacían cálculos sobre la explotación metódica de las tierras por ocupar. En 1801 ya se preguntaba: '¿Quanto ganado se puede criar en una legua cuadrada, y en las cincuenta y una mil que hay en la occidental hasta el Río Negro, quantas estancias y ganado pueden caber? ¿Quantos millones de pesos dará al afío su procreo; quantos hombres son bastantes para el pastoreo atendida la inclinación, gusto y avilidad de nuestros campestres para este género de trabajos, y como podrá establecerse quanto antes un sistema fijo e invariable de economía Rural que arranque de raíz el espíritu de destrozo y bárbaro concepto de grandeza y felicidad quanta es mayor nuestra infelicidad en matar una rez o caballo sin necesidad?'. Poco después el Semanario dividía la historia del país en los períodos siguientes: '1ra época. Los ganados sin pastores que velasen en su continua sujeción, desconocieron el ródeo, y atropellando los linderos que les habían fixado sus dueños se hicieron indóciles y cerriles'. '2da época. El comercio dé 'cueros al pelo'. La abundancia de ganados que no conocían dueño, favorecía admirablemente este pensamiento, y desde entonces no se pensó más que destruir y aniquilar, creyéndose autorizados para hacerlo quantos se hallaban en estado de poder subvenir a los precisos gastos de los peones que les eran necesarios para hacer unas crecidas matanzas'. '3ra época. Hoy apenas se conocen unos pequeños restos de tan crecida multitud'. Y a renglón seguido decía el Semanario que en la banda oriental del Río de la Plata había 500.000 cabezas de ganado alzado, y que 'concediendo cuatro mil con las competentes tierras a todos los que quisiesen sujetarlo, se podrían poblar 125 estancias'.
Cuando los hacendados llegaron a pensar así y a hacer esos cálculos, debían ya mirar con alarma a la población del campo, acostumbrada a una vida libre y bárbara. Los campesinos no eran propietarios, pues la propiedad de las tierras había sido conferida, por compra o por 'mercedes reales', a los señores de la ciudad pero cuando los campos 'realengos' o sin dueño eran muchos, cuando las ovejas no valían nada, y la principal industria del país eran las 'volteadas', en que se mataban las vacas nada más que por el cuero.
Con el desarrollo económico del país y el aumento del valor de cambio de sus productos, por la facilidad de su exportación, las cosas cambiaron. Las publicaciones de principios del siglo hablan del estado miserable de los trabajadores rurales del Río de la Plata. Sosteniendo la necesidad de fundar capillas en la campaña oriental, se escribía entonces: '¡Infeliz campaña! ¡O miserables habitantes de ella! No os admiréis de que os trate así. También os acompañaré a quexaros y lamentaros de que a la vista de vuestros compatriotas que encadenan vuestros intereses temporales... Quejáos de que los ciudadanos aislados en sus opulentas casas devoren vuestros sudores, y no os envíen en retorno consuelos espirituales. Morid, os dicen... Morid sin Religión. Vivan vuestras generaciones ignorantes de ella, porque vuestros vicios son el ámbar de nuestras habitaciones y enriquecen nuestra bolsa. . . '. Por lo mismo que estas palabras no estaban destinadas a ser oídas por los campesinos, no se puede dudar del fondo de verdad que encierra. Por su parte, el deán Funes denunciaba la mezquina paga que recibían las pobres tejedoras de la campaña de Córdoba.
Al mismo tiempo, de la campaña uruguaya, donde habían aparecido cuadrillas de salteadores, se preguntaba: '¿Cómo se podrán acabar, quanto antes, los vagos, y ladrones para que prospere el campo?'. En Tucumán eran 'bandoleros, holgazanes y malentretenidos'; 'quatreros' en Santa Fe y 'bandas de foragidos' en los alrededores de Buenos Aires.
¡Cuál sería la situación del pueblo de las ciudades cuando la mayor parte de los oficios eran ejercidos por esclavos! Lo indica el hecho de que la 'Sociedad Argentina Patriótica y Económica' excluía expresamente de su seno 'a los que por sí mismos exercen oficios viles y mecánicos'. El mismo Mariano Moreno, que declamaba a veces de Rousseau, pudo decir en su famosa 'Representación de los Hacendados': '¡Qué concepto tan favorable formarán los demás pueblos de nuestros comerciantes, cuando sepan que puestos en el empeño de influir sobre un proyecto económico relativo al comercio del país, no encontraron gremio a quien asociarse... sino el de los herreros y zapateros! ¡Qué mengua sería también para nuestra reputación si llegase a suceder que en los establecimientos económicos de que pende el bien general... se introdujesen a discutir los zapateros!'.
Así es que el 25 de Mayo de 1810, mientras 200 personas 'de la parte principal y más sana del vecindario', según rezan los documentos de la época, daban el paso decisivo hacia la independencia, toda la agitación popular se reducía a unos 100 hombres, dice Mitre, 'manolos' llevados del barrio del Alto por French, 'agente popular' de Belgrano, y 'ciudadanos más decididos' llevados por Berutti, 'agente popular' de Rodríguez Peña, estacionados frente al Cabildo. Ese fue el pueblo que aclamó a la Junta, y que, durante las deliberaciones 'vociferaba', según López, dirigido por los caudillos secundarios de la revolución.
Pero si el pueblo no estaba preparado para tomar una parte consciente en la lucha por la Independencia, y no hizo en ella más que seguir los designios de la clase dominante, le sobraba disposición para levantarse contra ésta en defensa de su modo tradicional de vida. Así nacieron las guerras civiles que a partir de 1815 desolaron el país.
Las montoneras eran el pueblo de la campaña levantado contra los señores de las ciudades. Las Memorias del general Paz, que tan gran papel tuvo en esas guerras, pintan bien a las claras su carácter de lucha de clases, de 'los pobres contra los ricos', de 'la parte ignorante contra la más ilustrada' de 'la plebe contra la gente principal'. La población de la campaña en masa estaba con los: caudillos. Artigas, Ramírez, López, Bustos, Quiroga fueron los jefes de la insurrección del paisanaje contra el odiado gobierno burgués de Buenos Aires. Los gauchos no eran 'un pueblo lleno de la conciencia de sus intereses y de sus derechos políticos', como lo pretende el historiador López, y lo creen quienes toman en serio el mote aquel de 'Federación'; no eran tampoco una 'inmunda plaga de bandoleros alzados contra los poderes nacionales', como dice el mismo historiador. Era simplemente la Población de los campos acorralada y desalojada por la producción capitalista, a la que era incapaz de adaptarse, que se alzaba contra los propietarios del suelo, cada vez más ávidos de tierra y de ganancias.
Los gauchos eran el número y la fuerza, y triunfaron. Pero su incapacidad económica y política era completa, y su triunfo fue efímero, más aparente que real. Pretendían paralizar el desarrollo económico del país, y mantenerlo en un estancamiento imposible, precisamente cuando la valorización de la lana estimulaba más ese desarrollo, y cuando los buques a vapor empezaban a cruzar el Atlántico. El matiz de fanatismo religioso de que se tiñó en ciertos puntos el movimiento campesino, señala también su sentido retrógrado.
Desde que López, Cullen, etc., tuvieron estancias, también en Santa Fe los que se apoderaban en el campo de una vaca fueron perseguidos como cuatreros; y en Buenos Aires, donde había triunfado el Partido Federal, Rozas supo mantener sujetas las mismas masas populares en que se apoyaba, como supo hacerse el que respetaba la Federación mientras retenía y manejaba todo el producto de la gran aduana del país. Poco a poco la población campesina fue domada por los mismos que ella había exaltado como jefes, y de toda esa lucha no resultó nada permanente en bien de quienes la habían sostenido; los campesinos insurreccionados y triunfantes no supieron siquiera establecer en el país la pequeña propiedad. Para ellos, ésta hubiera sido, sin embargo, el único medio de liberarse efectivamente de la servidumbre y el avasallamiento a los señores; como establecer la pequeña propiedad hubiera sido el modo más eficaz de oponerse a las montoneras, y de cimentar sólidamente la democracia en el país. Bien lo comprendió el Cabildo de Montevideo, cuya campaña fue el teatro de los primeros alzamientos, al encargar a sus delegados a la Asamblea Constituyente del año 14 que pidieran el reparto 'entre los padres de familia pobres y 'hacendosos' de 'los inmensos terrenos aglomerados sin título, que completamente incultos en manos de algunos detentadores', así como la distribución gratuita de las tierras de las grandes estancias llamadas 'del Rey'.
Pero el gobierno de los hacendados de Buenos Aires estaba ya demasiado ocupado en reglamentar las matanzas y volteadas y en aprovechar los terrenos 'realengos' de un modo capitalista, para pensar en esas cosas. Sólo más tarde, cuando la insurrección de los campos la puso en apuros, la burguesía porteña legisló, proyectó, habló de planos topográficos y de registros estadísticos destinados a facilitar el reparto de las tierras. Pero éste nunca fue efectivo, hecho en la única forma prácticamente posible, la de repartir las tierras del campo, en el campo, a los pobladores del campo. Porque pretender o esperar que estos vinieran a rendir pleito homenaje a la burocracia criolla de la ciudad, era tan absurdo o fantástico como que los gauchos se vistieran de levita. Rozas fue el único que repartió realmente tierras entre los pobladores de la campaña, mandando cumplir en 1832 un decreto de Viamonte, de 1829, para que el comandante general de campaña repartiera gratuitamente los campos del Azul entre sus pobladores, a razón de tres cuartos de legua por suerte de estancia.
La incapacidad de la población campesina para posesionarse regularmente del suelo, la legislación tendiente a desalojar a los ocupantes sin título, la mala y corrompida administración que siempre ha preferido los concesionarios menos dignos de confianza a los ocupantes reales de la campaña, y la ineficacia de toda legislación para impedir el acaparamiento de la tierra, han conducido a la consolidación y al desarrollo de la clase de los grandes terratenientes, que constituye todavía el elemento dominante en el país.
Aquí debo poner fin a mi análisis del pasado argentino, pues apenas dispongo de tiempo para mencionar la lucha contra el despotismo de Rozas, sostenido, según Alberdi, por 'el partido de la multitud plebeya'; las diferencias ulteriores entre Buenos Aires y el interior, en que la principal prenda discutida era la primera aduana del país y el período de la inmigración fomentada por el Estado, el cual, dando al mismo tiempo un valor ficticio y puramente de especulación a las tierras públicas recientemente adquiridas, ha practicado sin saberlo la colonización capitalista sistemática.
Lo dicho basta para probar que la base de la historia argentina ha sido la evolución económica; que ésta explica sus fases luminosas como sus fases sombrías; que las agrupaciones políticas de acción más eficiente en la historia argentina son las que han representado un interés económico más general y más bien entendido.
¿Cómo es, pues, que, salvo muy modestas excepciones, los partidos argentinos carecen hoy de todo propósito económico conocido?
Preguntamos cuáles son sus ideas a los hombres más importantes de nuestra llamada política; todos nos dicen lo mismo: el bien de la patria, el engrandecimiento nacional, la honradez administrativa. la moralidad política. Se ha llegado hasta proclamar que entre nosotros no hay lugar a cuestiones económicas que dividan la opinión.
Todo se reduciría a saber quién es el hombre capaz de hacer la felicidad del país. Y si esto no es suficiente razón de ser para partidos serios y orgánicos, da origen al menos a una gran variedad de facciones. Los unos, muy ufanos de no haber arruinado por completo al país en muchos años de gobierno creen indispensable que ellos lo sigan gobernando. Los otros piensan que el país necesita, ante todo, algo que ellos tienen, llamado civismo, para propinarle lo cual quieren a su vez apoderarse del gobierno. Otros, por fin, que personifican la virtud, y en su desprecio por la virtud de los demás llegan a veces hasta la intransigencia. creen también que su propio advenimiento al poder es la gran necesidad pública del momento.
Con semejantes ideas, nada tiene de extraño que las facciones argentinas se valgan de todos los medios para, llegar al triunfo, pues bien patrióticos son el fraude y la revuelta si han de dar al país tanta cosa buena.
De ahí el cuadro de nuestras costumbres políticas, tan triste para los que no creen en ese gobierno, ese civismo y esa virtud que no tienen, por otra parte, el poder de interesar al pueblo, pues para la gran mayoría de éste la vida política es nula, sobre todo para la población extranjera.
Coincidiendo con una época de activo desarrollo económico, este estancamiento de nuestra vida política llama especialmente la atención; pero es bien explicable si se atiende a la complejidad del proceso de la historia, que hace posible, por épocas, la disociación de sus elementos. Ya hemos visto que las cosas necesitan ser prácticamente comprendidas para que influyan en un sentido progresivo como factores históricos. En los últimos treinta años nuestro progreso económico ha sido inmenso: la raza de los ganados argentinos ha mejorado, la gran agricultura se ha radicado en el país, se ha construido una extensa red de ferrocarriles, se han cavado puertos, nuestro comercio ha tomado un gran vuelo, han inmigrado al país millones de hombres y capitales extranjeros. Pero nos falta la conciencia de los efectos de todos esos cambios sobre la sociedad argentina, y por eso nuestra política no progresa. Me halaga el creer que esta conferencia es ya una manifestación de la nueva conciencia política.
Y si la marcha de la industria y el comercio debe interesar profundamente al más ideólogo de los políticos, la marcha de la política debe interesar otro tanto a los menos ideológicos de los habitantes del país, pues el retardo del desarrollo político se traduce a su vez en un retardo del desarrollo económico. Si en la República Argentina las ovejas tienen tanta sarna, si de sus millones de vacas apenas se exidorta un poco de manteca, si la tierra tiene todavía tan poco valor, si los salarios son tan bajos, es porque en su política no hay intereses legítimos en juego, y sólo la mueven mezquinos intereses de camarilla.
El progreso económico nos ha incorporado de lleno al mercado universal, del que somos una simple provincia. Esa división internacional del trabajo exige que hagamos inteligentemente nuestra propia gerencia, si queremos conservar nuestra autonomía. Si, atentos únicamente al lucro inmediato, olvidamos que en las sociedades modernas cada hombre tiene un papel político que desempeñar, seremos una simple factoría europea, con una apariencia de independencia política, hasta que quieran quitárnosla, o alguna nación más fuerte nos acuerde su humillante y cara protección.
No disculpemos nuestro atraso diciendo que somos una nación joven, ni con las condiciones especiales del país. El pueblo de Nueva Zelandia, agrícola y pastoril como el nuestro, y con una historia de pocas décadas, tiene instituciones y costumbres políticas que ya otros pueblos imitan. En la Unión Americana, los estados últimamente constituidos en el Far West se dan las constituciones más libres y establecen las prácticas políticas más adelantadas. En la misma Colonia del Cabo, país de negros, cuya población blanca está dividida por cuestión de razas, la política es un modelo al lado de la nuestra: en las elecciones de marzo del corriente año triunfó allí el partido progresista, cuyo programa es la libre introducción de los productos alimenticios, la educación obligatoria, el impuesto sobre el alcohol, la restricción de la venta de licores a los nativos, el desarrollo ferrocarrilero y un voto anual u otro para la defensa marítima del Imperio Británico.
Si nuestra política es nula o contraproducente, como parece indicarlo el desprecio con que muchos hombres de pocos alcances hablan entre nosotros de la política en general debe ser porque políticamente somos un pueblo ignorante y bárbaro, porque recibimos la inmigración de pueblos que tampoco tienen educación política.
Necesitamos, ante todo, que cada grupo social adquiera conciencia de sus intereses políticos.
Contra lo que se afirma comúnmente, en nuestro país las agrupaciones sociales son tan definidas y tan netas, que cualquiera las distingue a simple vista con más facilidad que a un autonómista de un cívico, o un radical, aunque los conozca íntimamente y los siga en sus enredadas contradanzas políticas.
Hay quienes producen para la exportación y quienes para el consumo: en general, los unos tienen el más claro interés en fomentar el comercio exterior del país, los otros en restringirlo.
Hay propietarios que quieren mantener todos los privilegios inherentes a la propiedad legal del suelo, y arrendatarios interesados en que la ley favorezca su ocupación y cultivo efectivos.
Pero estos dos antagonismos no serán fecundados mientras no se declare otro más fundamental, el antagonismo político entre capitalistas y asalariados, la gran lucha de clases que empuja hacia adelante a las sociedades modernas. La palabra no es nueva para nosotros: ya conocemos el carácter de las guerras civiles que tuvieron su acmé en el año veinte. Esa lucha fue inconsciente, velada en parte por ilusiones y fórmulas políticas, no se hablaba de lucha de clases, aunque la lucha fue llevada a sus últimos extremos; luchaba una clase campesina reaccionaria y bárbara contra una clase propietaria, aristocrática y codiciosa. Ahora la lucha de clases es un principio político proclamado en todo el mundo civilizado, es una lucha calculada y prevista entre clases conscientes de su situación respectiva y de las necesidades del progreso histórico. Así que esa gran contienda se desarrolle entre nosotros, la gran propiedad territorial será para nuestro país una razón de rápido desarrollo económico, político, en lugar de ser, como ahora, un motivo de atraso y despoblación. Los capitalistas verán que todo no está dicho cuando en Buenos Aires el corso de Flores es mejor que en Niza y la Opera tan espléndida como en París: tendrán que justificar de otro modo su situación privilegiada y su título de clase 'dirigente' y ocuparse de 'política', de algo muy distinto de lo que hoy llaman así. Entonces será cuando luchen librecambistas y proteccionistas, propietarios y arrendatarios, cuando el pueblo trabajador no mire con indiferencia cercar los campos o introducir la máquina de esquilar, exija que a todo adelanto en la producción corresponda una mejora de su modo de vida, y vaya así reuniendo fuerzas para su desarrollo ulterior.
Así se formarán entre nosotros los grandes partidos, de los cuales yo no puedo representar ninguno aquí.
Pero, explicando la teoría científica de la historia, debo indicar el criterio general que ella me sugiere para juzgar la marcha económico-política de un país.
Yo diría que el coeficiente del progreso histórico, en su carácter complejo de progreso económico y político, material e intelectual, es el mejoramiento mensurable de la situación de la clase trabajadora. Digo mensurable, para excluir de la cuenta las glorias de la patria, las satisfacciones del honor nacional, el orgullo de ser gobernado por héroes, la esperanza de un porvenir mejor, otros ítems que suelen pesar demasiado en la apreciación de la marcha de los negocios públicos, porque tienen el inconveniente de no ser mensurables. No hay que contar sino los cambios que registra la estadística y pueden ser representados en diagramas: el aumento de los consumos, el alza de los salarios reales, el aumento del porcentaje de niños que van a la escuela y de las personas que frecuentan las bibliotecas, la disminución de la mortalidad y de la criminalidad, el desarrollo societario con fines de socorro mutuo, de cooperación, etcétera.
A la realización de todo esto no concurre el parásito que malgasta el producto del trabajo ajeno, ni el lumpenproletariat, el proletariado de andrajos, que constituye actualmente el grueso de la masa electoral argentina.
Pero concurren todos los esfuerzos que se hagan por aumentar la productividad del trabajo introduciendo mejoras en la producción y el cambio; concurre el Estado, dando condiciones equitativas a los trabajadores que emplea, y respetando a los demás en sus disidencias con los patrones concurre sobre todo el mismo pueblo trabajador, adquiriendo hábitos de asociación y luchando por las reformas que necesita.
¿Qué hacer, pues, para vigorizar nuestra vida política?
El medio no consiste en darse tal o cual denominación de partido, sino en enseñar al pueblo trabajador a pedir las reformas que han de aumentar su bienestar mensurable y en prepararlo para sostenerlas en la lucha política.
Esas reformas son las que necesita el país en general para seguir el camino trazado por las naciones más adelantadas, para ser económicamente próspero y políticamente libre, para atraer la buena inmigración y poblarse.
Nuestro pésimo sistema monetario es una calamidad para el pueblo y una rémora para el país, aunque puedan creerlo muy bueno los capitalistas criollos, que ven en él un medio fácil de aumentar sus ganancias deprimiendo los salarios. Todo el que trabaje por la valorización de la moneda y el establecimiento de un régimen monetario normal, llenará la función política más importante del momento.
Como la llenará quien combata nuestro sistema tributario que hace pagar al pueblo trabajador los gastos del Estado, arrancándole impuestos de consumo sobre los más indispensables artículos. Hay que pedir un impuesto nacional sobre la propiedad territorial, que reemplace los que hoy se pagan por comer arroz o ponerse camisa. Destinada a ese fin y con carácter permanente, la contribución directa nacional es mil veces más urgente y sería mil veces más ventajosa para el país que la propuesta recientemente por el señor Castex, aunque fuese menos ostensiblemente patriótica. Hay que reclamar para todos los niños la educación elemental efectiva; hay que pedir la higiene y la seguridad en el trabajo; hay que sostener, en una palabra, todas las reformas de aplicación inmediata necesarias para la elevación del pueblo trabajador, que deben ser comprendidas y apoyadas por éste, pues si el pueblo trabajador no las aplicara por sí mismo, serían ilusorias.
Con el mejoramiento mensurable de la situación del pueblo se elevará nuestro coeficiente de progreso histórico, y todo lo demás nos será dado por añadidura.
Tendremos moral política, porque desde luego se habrá formado lo que todavía apenas se ha visto en este país, una opinión activa que no aspire inmediatamente al gobierno, y que vaya de buena fe a las elecciones, sabiendo que no es la mayoría.
Tendremos más vida y carácter nacional, porque los extranjeros se incorporarán a nuestra vida política y porque una nación trabajadora consciente es la que puede defenderse de las imposiciones del capital extranjero, del capital cuyos dueños están fuera del país, que ya abarca nuestros principales medios de transporte.
Tendremos orden, pues la sana conciencia política del pueblo es el mayor obstáculo a las estériles chirinadas con que las facciones actuales pretenden defender la libertad, y porque la revuelta no nace en un pueblo bien alimentado y vestido, como el inglés, sino en un pueblo hambriento, como el italiano.
Y también tendremos ideales. No es necesario profundizar mucho los problemas sociales para comprender que hay desigualdad, para sentir que hay injusticia. No es posible explicar al pueblo trabajador sus intereses inmediatos más simples, sin hacerle comprender su situación de clase explotada. No es posible hacer política científica sin despertar ese espíritu crítico que pone todas las instituciones en tela de juicio. Contra los miopes que ven en la hipocresía un medio de conservación social, no temamos esa crítica. Al contrario, ampliémosla, seguros de que, mientras sea libre y contradictoria, no puede producir ningún mal. Y de ella nacen ideas nuevas, hipótesis de reconstrucción social, ideales de paz y de justicia que desalojan los viejos ideales religiosos, anodinos y estériles. Es como los latinos podemos llegar a superar a los anglosajones, con tanta razón orgullosos de la superioridad que les han dado el carbón y el hierro de sus países, la libertad y el racionalismo relativos de su religión. La ciencia necesita de hipótesis, pero sólo saca fruto de ellas mientras no las cree ciertas y se empeña en comprobar su verdad. Así también la política científica cuenta con los ideales; pero no con los ideales hostiles a una palabra o inseparables de ella, que no existen en la intención, sino en la creencia, que paralizan o matan. Los ideales que empujan al mundo, y con que cuenta la política científica, son los ricos en móviles de vida y de acción, los ideales fecundos que se traducen en hechos.
CONFERENCIA DE JUAN B. JUSTO EN 1902
EL SOCIALISMO
(Fecha publicación:07/03/2003)

El fundador del Partido Socialista de la Argentina explica en 1902, qué es el socialismo.


Trabajadores y ciudadanos:
Venciendo una íntima resistencia, vengo a explicar el socialismo en su sentido general. Me han atraído siempre los problemas concretos, y, en nueve años de acción y de propaganda, he mostrado cómo entiendo la doctrina que profeso, dando el último lugar a la doctrina, no dejándola aparecer sino aplicada. Sin ocultarlos tanto que puedan quedar estériles, tengo cierto pudor por mis hipótesis y mi ideal. Demasiado nos separan a los hombres las cosas de la vida práctica para que nos dividamos aún más por jactancias de teoría.
Al deferir, pues, al Comité Ejecutivo del Partido Socialista argentino, que me ha pedido esta conferencia, quisiera que mis palabras, libres de toda etiqueta dogmática, aunque dichas en nombre de un partido de clase, merecieran la atención y la simpatía de hombres de todas las clases sociales. Y me halaga la esperanza de conseguirlo, pues no tengo que dar un contenido ficticio a una vana fórmula, sino presentar y tan objetivamente como me sea posible, el grandioso movimiento que empuja hacia adelante al mundo civilizado, cuya contemplación da, por lo menos, la noción de un hecho, o, enriqueciéndonos en sentimientos e ideas, nos imprime una armónica tendencia.
¿Qué es el socialismo?
La palabra suele emplearse para designar, por una parte, el movimiento obrero, Por otra, la idea de una sociedad igualitaria y comunista, acepciones estrechas que a veces, por ignorancia, o por cálculo, se exageran hasta el ridículo. Para ciertos patrones, el más insignificante reclamo de los trabajadores es socialismo, y en su forma más peligrosa; así, un estanciero, al llegar a la cocina de los peones, encontró escritas en la puerta las palabras '¡Más galleta!', y, azorado volvióse a contar a su esposa que todos los peones eran anarquistas. O se mira el socialismo como la ilusión de unos bienaventurados, que pasan su tiempo en la esperanza de un mundo mejor, descuidando la vida real en homenaje a la utopía. '¡Soñadores!' nos dicen los cristianos ansiosos del paraíso y los patriotas satisfechos con que la constitución hable de libertad y fraternidad.
Parciales y contradictorias como son las ideas corrientes sobre el socialismo, ellas encierran, sin embargo, los elementos esenciales de una fórmula sintética: la agitación proletaria, fuerza viva del movimiento, y su objetivo ideal.
En efecto, el socialismo es la lucha en defensa y para la elevación del pueblo trabajador, que guiado por la ciencia, tiende a realizar una libre e inteligente sociedad humana, basada sobre la propiedad colectiva de los medios de producción.
Dar la razón de ser de este movimiento y su significado en el actual desarrollo histórico, es el objeto de esta conferencia.
El proletariado en acción contra la explotación capitalista
Desde luego, en la lucha por el pueblo trabajador tiene la parte principal el mismo pueblo que trabaja. Para el proletariado industrial y agrícola, la moderna clase social formada por los trabajadores sin medios de trabajo, que viven, por consiguiente, de un salario, el socialismo es una lucha de clase, la resistencia contra la explotación a que lo sujeta la otra clase social, propietaria de los medios de producción.
¿Cómo se distribuye la riqueza, es decir, el producto del trabajo humano, en la sociedad actual? En tanto que su trabajo es necesario y productivo para la clase privilegiada, los proletarios reciben, bajo la forma de salario, lo necesario para vivir. Lo demás aprópianselo los propietarios en forma de renta, privilegio inherente a la propiedad del suelo y demás medios naturales de vida y de trabajo, y en forma de interés y ganancia, privilegios que corresponden a la propiedad de los medios de producción y de cambio creados por el hombre. Estos privilegios son cambiables entre sí, valuándose una propiedad raíz en un capital que dé a su dueño una suma de interés más o menos igual a la que aquélla da de renta. Por otra parte, los capitales, cualquiera que sea la forma inmediata de su aplicación, ya se empleen más en salarios que en animales, máquinas y materias primas, o, al contrario, se inviertan más en adquirir estos productos del trabajo pasado del hombre que en pagar trabajo humano actual, tienden a recibir una tasa media de beneficios en todo el campo de la producción. En la explotación moderna, muy propiamente llamada explotación capitalista, toca, pues, a cada propietario una porción de lucro proporcional a la cantidad que maneja de trabajo humano vivo o muerto, recién en ejercicio o ya incorporado a la materia.
Planteadas así las cosas, los proletarios son sistemáticamente despojados y no tienen siquiera la seguridad de una retribución regular, ni de encontrar trabajo. Sus servicios se aceptan o rechazan, se aprecian en más o en menos, según la ley de la oferta y la demanda. Para los economistas, como para los empresarios, el precio del trabajo humano se fija como el de cualquier mercancía. Marx, el teórico más grande del socialismo, ha tomado esta idea de los economistas clásicos, la ha utilizado diciendo que la mercancía no es el trabajo sino la fuerza de trabajo, y ha hecho de está fórmula una de las bases de su crítica. En su libro 'El Capital', pregúntase Marx de dónde puede provenir el incremento del capital en la circulación siendo así que en los cambios siempre se dan equivalentes, y resuelve el enigma descubriendo la mercancía 'fuerza humana de trabajo' por la cual el capitalista paga al obrero estrictamente su valor de cambio, determinado, como el de toda otra mercancía, por el tiempo de trabajo necesario para su producción, es decir, en este caso particular, para conservar vivo y renovar el individuo que trabaja, proporcionándole en forma de salario, los indispensables medios de subsistencia y reproducción; y al consumir esa mercancía 'fuerza de trabajo', al hacer trabajar al obrero, el capitalista encuentra que ella reproduce, por ejemplo, en seis horas el equivalente de su propio valor, lo que no impide hacerla funcionar, por ejemplo, doce horas, y producir así; otro tanto de valor no pago, de supervalía, de ganancia para el patrón.
Esta doctrina de Marx es la irrefutable crítica de los sofismas con que se pretende justificar y eternizar el privilegio, y un ingenioso modo de patentizar la explotación de los trabajadores por los capitalistas mediante el arsenal teórico de éstos mismos. En cuanto a la estática de la sociedad burguesa, es, sin embargo, una simple alegoría, pues la realidad no se compone de artificios como el del trabajo-mercancía. Marx mismo reconoce que 'la determinación del valor de la fuerza de trabajo comprende un elemento histórico y moral', elemento que para nada entra en la del valor de las mercancías. La fuerza humana de trabajo es inseparable del hombre, y una sana teoría social no puede confundir los hombres con las cosas, ni con los animales de otra especie, que son las mercancías. La fuerza de trabajo no puede almacenarse: su falta de empleo es la muerte del que no trabaja porque no puede o del que trabaja demasiado para que otros vivan sin trabajar. En este sentido, la fuerza de trabajo es más despreciada y malgastada que la más vil de las mercancías. Pero si el obrero es explotado por el capital, si la mujer proletaria es prostituída para el placer de los poderosos, si el niño pobre es despojado al nacer de su alimento natural para que su madre sea el ama de un niño rico, no es por efecto de la ficción teórica del trabajo-mercancía, sino de la lucha por la vida en las condiciones peculiares de la sociedad humana actual. Busquemos las bases de la sociedad en las leyes fundamentales de la vida y de la inteligencia.
La lucha de clases
Los trabajadores sienten sus propias penas, simpatizan con sus compañeros de servidumbre y aúnan sus esfuerzos para defenderse colectivamente y elevar su situación en la sociedad, lucha de clase que Marx. ha contribuido a encender desarrollando hasta sus últimas consecuencias la teoría del trabajo-mercancía y anunciándolas al pueblo trabajador.
En esta lucha el proletariado sigue el ejemplo de las clases oprimidas y enérgicas de todos los tiempos. Desde la disolución de la sociedad gentil basada en el parentesco y cierta comunidad de bienes dentro de la 'gens', para ser reemplazada por el Estado, basado en el territorio y la propiedad, la historia interna de los pueblos ha sido una serie ininterrumpida de luchas de clases: eupátridas y trabajadores, en la naciente Atenas; ricos y pobres, en la Grecia de la decadencia; patricios y plebeyos, en Roma; señores y campesinos, nobles y burgueses, en la Europa Occidental, y ahora, en el mundo entero civilizado, burgueses y proletarios.
Y no se trata esta vez de una relación patriarcal de amo y servidor, compatible con la vida regular de éste aunque no se dé cuenta de su situación, y, habituado a ese mutualismo casi biológico, no ambicione una vida mejor, ni sea capaz de conseguirla. Los artesanos de la Edad Media trabajaban en condiciones permanentes fijadas por la costumbre. Los siervos, adscritos a la gleba, tenían seguros, por lo menos, una casa y un campo que transmitían a su familia; sólo las depredaciones de los señores pudieron arrastrarlos a la revuelta, a la 'Jacquerie'. Todo es estable cuando el modo de producción es estable. Al contrario la época actual, de incesante progreso técnico-económico, obliga a la clase obrera a una continua lucha defensiva, so pena de perecer.
En las sociedades modernas se produce casi exclusivamente para el cambio, y el cambio está entregado a la libre competencia, en la cual triunfa el capitalista que más reduce el costo de producción. Sin tener, pues, más sed de lucro que la inherente y saludable a su clase social, los empresarios tienden, por una parte, a economizar gastos a expensas de los trabajadores que emplean, por otra, a mejorar la técnica industrial.
La primera tendencia se manifiesta prolongan do la jornada de trabajo, disminuyendo los días de fiesta, ahorrando sobre las condiciones materiales de trabajo necesarias para la salud y la de los obreros, sobre el alojamiento y la comida de éstos cuando son huéspedes del patrón, deprimiendo en general los salarios, habituando a los trabajadores a una vida inferior, a alpargatas en vez de botas, porotos en vez de carne, aguardiente en vez de vino, mate cocido en vez de café.
La revolución de la técnica trastorna más aun la vida del trabajador. Las máquinas lo desalojan, lo arrojan de un campo de la producción a otro, le imponen un esfuerzo más sostenido e intenso; la jornada, ya larga, se prolonga desmesuradamente, se muele o se teje día y noche, si así conviene al capital; las hornallas no se apagan ni los más indispensables días de reposo y de fiesta; las mujeres y los niños son arrebatados por la fábrica al hogar obrero, amenazándolo de completa disolución. La población trabajadora, amontonada en las ciudades o diseminada en los campos, parece el simple anexo de un mecanismo destinado a producir para los dueños del capital.
Y, en efecto, cada tantos años llega un momento en que no hay quien compre los productos a un precio conveniente para los capitalistas, aunque no falta, por supuesto, quien necesite consumirlos; se ha producido demasiado, y no hace cuenta producir más. Fábricas y talleres se paran entonces, y quedan sin trabajo miles o millones de obreros.
Así, mientras cierto número de potentados, a cuyas arcas un hilo de oro afluye sin cesar, cuentan sus rentas por minuto y hasta por segundo; mientras el progreso industrial realza la vida de la clase propietaria y parece ofrecer a todos el bienestar, la masa laboriosa lleva una vida precaria en su misma escasez, ve diezmada su prole por las enfermedades y sucumbe prematuramente a una tarea excesiva sin recompensa.
No son idénticas en todos los países las condiciones de trabajo y de vida del pueblo, en las cuales diversas circunstancias introducen variantes de cierta consideración; pero cuando el capitalismo opera sin trabas, su tendencia a deprimir esas condiciones es universal.
La clase obrera entra, pues, en movimiento, impulsada por los motivos más fuertes, de orden biológico, por el hambre y por el amor, y sus primeros actos de defensa son por eso a veces ciegos e instintivos: el asesinato de los inventores, la destrucción de las máquinas, el incendio de las fábricas.
Las huelgas
Pronto llegan los proletarios a un primer grado de conciencia en que comprenden su situación de clase explotada, sin ser todavía capaces de librarse de la explotación; pero ya saben resistirla, uniéndose para oponerse a las exigencias del capital, en la huelga, fenómeno tan común que constituye uno de los grandes caracteres de la época histórica actual.
No faltan asimismo quienes, no comprendiendo o no queriendo comprender las huelgas, las atribuyen a la influencia de teorías, o a una agitación artificial sostenida por elementos nocivos, extraños muchas veces a la clase trabajadora. No podemos responderles mejor que refiriéndonos a las huelgas en los Estados Unidos, grande y poderoso pueblo moderno, incapaz, sin embargo, para la teoría, y en cuyo seno ha encontrado hasta ahora el socialismo un eco tan débil como fuerte es la tendencia de los trabajadores a esta forma elemental de la moderna lucha de clases.
Hasta 1870 las huelgas fueron raras en los Estados Unidos; de 1871 a 1880 se produjeron en número de 1123, y en las dos décadas siguientes su frecuencia e importancia han aumentado considerablemente. De 1881 a 1890 hubo 9173,huelgas, que comprendieron 45.801 establecimientos e interrumpieron el trabajo de 2.460.641 obreros; en los diez años siguientes las huelgas fueron 13.620, parando 71.708 establecimientos y 3.645.053 obreros, incremento mucho mayor que el de la población en general y casi paralelo al de la población industrial.
¿Cuáles son los obreros que así entran en pugna con el capital? ¿Acaso los, míseros e incultos trabajadores negros de los Estados del Sud? De ninguna manera. Los conflictos industriales se producen sobre todo en los Estados del Noreste, donde toda la población obrera es blanca. Cinco Estados, el pujante Illinois, el rico Ohio, la industrial y minera Pensilvania, el Estado-imperio de Nueva York y el educado Massachusetts, dan por sí solos el 74,78 por ciento de los establecimientos en huelga.
La organización de las huelgas, cada vez mejor preparadas por asociaciones permanentes de obreros, prueba el creciente vigor de la conciencia proletaria. De las 9173 huelgas producidas durante los años 1881-90 en los Estados Unidos, 5669, es decir, 61,8 %, fueron ordenadas por sociedades gremiales, mientras que en la década siguiente esta proporción se eleva a 64,5 %, pues 8788 huelgas sobre 13.620 fueron resueltas por organizaciones obreras, progreso, mucho más patente en el cuadro que sigue, construido con datos extraídos, como los anteriores, de las cifras del decimosexto informe anual del comisionado del trabajo de los Estados Unidos:
Años Establecimientos en huelga Establecimientos en que la huelga, ordenada por una asociación obrera, terminó por el Establecimientos en que la huelga, no ordenada por sociedad obrera, terminó por el
triunfo triunfo parcial Fracaso Total triunfo triunfo parcial fracaso Total
1881 a 1890 45.801 19.403
49,9% 4.836
12,4% 14.638
37,6% 38.877
85% 2.574
37,2% 511
7,4% 3.818
55,3% 6.903
15%
1891 a 1900 71.708 35.287
54,6% 9.230
14,2% 20.061
31% 64.578
90,2% 2.373
33,8% 748
10,6% 3.889
55,4% 7.010
9,8%
Este cuadro muestra:
1) Que en ambas décadas la proporción de los establecimientos en que la huelga fue decretada por asociaciones obreras ha sido mucho mayor que la proporción de las huelgas ordenadas por éstas, según la indiqué anteriormente, es decir, que entre las huelgas ordenadas por las asociaciones figuran las más importantes, las que se extienden en término medio a mayor número de establecimientos.
2) Que la proporción de las huelgas organizadas por asociaciones aumenta notablemente de una década a otra.
3) Que la proporción de huelgas triunfantes es mucho mayor entre las huelgas ordenadas por asociaciones obreras que entre las otras.
4) Que el éxito de las huelgas decretadas por sociedades gremiales ha sido notablemente mayor en la segunda década que en la primera.
A la creciente intensidad, se agregan, pues, la creciente conciencia y la creciente eficacia del movimiento proletario; y como en los Estados Unidos, en el mundo entero civilizado.
Los trabajadores no se limitan a resistir al empeoramiento, sino que reclaman perentoriamente mejoras. En todas partes son más las huelgas de ataque que las de simple defensa. De 1894 a 1900 ha habido en Austria 167 huelgas contra la reducción de los salarios y 985 huelgas exigiendo su aumento, y en Francia, 399 huelgas contra la reducción y 1976 por el aumento. De 1892 a 1899 ha habido en Inglaterra 33 huelgas contra el aumento de las horas de trabajo y 67 por la reducción de éstas, y en Italia 22 huelgas defensivas, contra la prolongación de la jornada, y 87 huelgas de ataque, para acortarla.
Las huelgas son, con todo, conflictos destructivos que, paralizando el trabajo, arrojan a los obreros en la miseria aguda y quitan ganancias a los empresarios, con el consiguiente retardo en la acumulación del capital. La influencia diaria y latente de las organizaciones obreras de resistencia, indispensable para vigilar de cerca las relaciones de los trabajadores con las empresas y oponerse a los abusos de éstas, es, pues, muy superior a la que resulta directamente de las huelgas.
El gobierno de clases
Pero, por su misma eficacia, pronto encuentra la organización gremial un enemigo contra el cual no está preparada a luchar. No en vano ha dicho un estadista. 'El Estado es un complot de ricos que tratan de su propia conveniencia'. Complacientes con los poderosos, los gobiernos prohíben las sociedades de resistencia o desconocen su legalidad, sofocan violentamente las huelgas, en la sangre o la prisión reemplazan con soldados a los trabajadores en huelga. Y en cambio de tantos servicios, merman los salarios de los obreros con impuestos de consumo, y, si están en manos de una clase propietaria inepta, envilecen la moneda, con lo que despojan a ciertos capitalistas, al mismo tiempo que parecen favorecer a todos ellos deprimiendo los salarios. A la tiranía y la explotación del capital se agregan para el pueblo la tiranía y la expoliación del gobierno.
En los albores de su conciencia política, los trabajadores están, pues, llenos de odio o de desdén por la ley y las cosas del Estado; los seducen las fórmulas absolutas y falsas, puramente negativas de las instituciones: la propiedad es el robo, repiten, sin pensar en qué puede entonces entenderse por robo; y en el terreno de los hechos, no van más allá del asesinato político y de algún incendio de oficina de recaudación. Por mucho que estos actos repugnen a los hombres inteligentes y cultos, no es posible condenarlos cuando son la manifestación genuina de un espíritu de resistencia a la opresión política, incapaz de actuar con más eficacia y altura. Los atentados y revueltas son dolorosos para el pueblo, pero éste sufre más en el supersticioso quietismo. Puramente destructiva, y en gran parte contraproducente, la reacción violenta es mejor que la falta de toda reacción.
'Cuanto menos tengan los trabajadores que hacer en cualquier forma con la ley, tanto mejor'. Tal era la opinión invariable de las antiguas uniones gremiales inglesas, prejuicio que sólo abandonaron hacia 1867, cuando las 'trade unions', que ya eran poderosos organismos, viéronse amenazadas de disolución y castigados como criminales sus más simples actos de defensa, en virtud de leyes calculadas para su ruina. Los consejos de oficio recomendaron entonces a los obreros la importancia de registrar sus nombres como electores y no apoyar en las elecciones siguientes sino a los candidatos que se comprometieran a sostener las demandas de las 'trade unions'. Desde entonces estas organizaciones intervienen en la política, apoyando indistintamente a los dos partidos tradicionales de Inglaterra, según lo que consideran las conveniencias obreras del momento. Su órgano permanente es el Comité Parlamentario, electo cada año por el Congreso general de las uniones gremiales para vigilar la acción de los legisladores y ejercer presión sobre ellos. Por el estilo de la inglesa es la política obrera los Estados Unidos.
En estos países, a pesar del gran desarrollo del movimiento gremial, que se ha hecho empíricamente, casi sin guía teórica, la conciencia de clase de los trabajadores no está del todo formada. Al contrario, una buena parte de las huelgas en el Reino Unido nacen de 'disputas entre diversas clases de trabajadores', como los documentos oficiales tienen buen cuidado de hacer constar, y en Norte América afean el movimiento obrero numerosas huelgas contra el empleo de trabajadores negros o chinos, contra obreros 'importados' o de ciertas nacionalidades, o simplemente de otra organización gremial. La solidaridad es estrecha dentro de la corporación de oficio, cuyos grupos locales forman una federación nacional, delegados ingleses y norteamericanos pasan la frontera para deliberar en los congresos internacionales de obreros mineros y tejedores, la simpatía es viva entre los gremios diferentes, pero no hay allí todavía un vínculo material ni mental que ligue a los trabajadores todos. Así, la política obrera en esos países es estrecha y deficiente.
En los pueblos más cultos, Suiza, Alemania, Escandinavia, en Francia y en Italia, los trabajadores conscientes llevan la lucha de clase en que están empeñados directamente al campo de la política, donde se afirma con toda su amplitud y toda su fuerza la solidaridad de los que trabajan. Si ha de haber partidos, ninguna división tan fundamental como la de los hombres que trabajan por un salario contra los dueños del suelo y del capital. Frente a los viejos partidos de las clases privilegiadas, levántase, pues el partido obrero para hacer valer los derechos políticos de los trabajadores donde han sido ya reconocidos o conquistarlos, si es necesario mediante la huelga general, donde, como en Suecia, no, hay sufragio universal, o, como en Bélgica, el voto obrero es tenido en menos.
Sea directamente, por la iniciativa y el referéndum populares de las leyes, como se los practica ya en Suiza para ciertas cuestiones, sea mediante su representación, que asciende ya a cientos de diputados en los parlamentos del mundo y a miles de concejales, el partido obrero lucha con fines inmediatos de una luminosa evidencia: 1)valerse de la fuerza del Estado para moderar la explotación patronal; 2) librar al pueblo de la expoliación fiscal; 3) hacer que el Estado y los municipios cumplan sus deberes elementales de higiene, educación, asistencia, etc. Esos tres órdenes de reformas constituyen la médula del programa mínimo del partido obrero, que en cada país se adapta, por supuesto, a las circunstancias y necesidades del ambiente.
Las nuevas leyes
En cumplimiento de esos fines rigen ya leyes nuevas que regulan ciertas relaciones de los hombres, abandonadas hasta hace poco tiempo a la ley del pecuniariamente más fuerte. El Estado y los municipios se hacen empresas ejemplares respecto de los trabajadores que emplean, e imponen la misma línea de conducta a las empresas particulares que les sirven, mediante condiciones estipuladas en los contratos. Las sociedades gremiales de resistencia son legalmente reconocidas, y a ellas se dirigen en demanda de informes las oficinas públicas encargadas de levantar la estadística del trabajo. Para ésta y para la inspección del trabajo, fórmase un nuevo departamento de gobierno, que en Nueva Zelandia es un ministerio, el cual estudia y propone las nuevas leyes a dictarse y vigila el cumplimiento de las ya promulgadas sobre el empleo de las mujeres y los niños, las horas de trabajo en general, los días de reposo, el modo de pagar los salarios, el alojamiento de los trabajadores, la instalación de las fábricas del punto de vista de la seguridad y la higiene, la responsabilidad en los accidentes, los conflictos entre patrones y obreros, y demás reglamentaciones que en los países adelantados constituyen ya todo un código industrial.
Necesarias para todos
Y no son sólo los trabajadores quienes lo piden y lo aprecian. La organización obrera de resistencia gremial y política es un factor indispensable en la vida de los pueblos modernos para evitar los peores excesos de la competencia y la explotación. El más bueno de los patrones, la empresa más atenta al bienestar de sus obreros, no pueden, en general, acortar la jornada ni elevar los salarios más allá del término medio, ni hacer gastos de instalación o indemnización que no hagan las otras empresas, sin elevar su costo de producción y ponerse, por consiguiente, en malas condiciones de competencia con las otras unidades industriales del género, lo que los expondría a pérdidas y aun a la ruina, con la cual sufrirían también los obreros. Los mejores, pues, de los jefes de industria o comercio ven con buenos ojos la resistencia obrera y las leyes sobre el trabajo, que les permiten hacer valer sus buenas intenciones para con los trabajadores que emplean.
Lo conseguido
Y que esa resistencia y esas leyes concurren a impedir la degradación de la clase trabajadora en los países nuevos y prósperos donde no se ha consumado todavía, y en los otros países, a levantar al pueblo trabajador de la miseria en que lo ha hundido la explotación capitalista, lo prueba el hecho de que, hasta donde alcanzan las investigaciones de la estadística, las condiciones de trabajo y de vida mejoran en los países más adelantados, haciendo al pueblo proletario, siquiera en grado mínimo, partícipe de los beneficios del progreso.
Desde 1893 publícase oficialmente un informe anual sobre los cambios acaecidos en las horas de trabajo y los salarios en la Gran Bretaña e Irlanda. Resumiendo los datos de los años 1893 a 1900, se encuentra que 82.367 trabajadores sufrieron un aumento de las horas de trabajo, y 363.802 obtuvieron una reducción de la jornada, mejora que se aprecia mucho más cuando se sabe que los aumentos de tiempo fueron en su mayor parte insignificantes, mientras las reducciones alcanzaron para decenas de miles de trabajadores a 4, 6, 8 ó más horas por semana, pasando de 4 horas por semana el acortamiento medio de la jornada para los trabajadores comprendidos en las estadísticas de los años 1894, 1897 y 1900. De una investigación hecha por la Oficina de Trabajo del Estado de Nueva York sobre las horas de trabajo de los obreros de 5.000 establecimientos de ese Estado, resulta que en 1891 el 16,67 por ciento de los obreros trabajaban de 52 a 57 horas por semana, y el 72,18 por ciento de 58 a 63 horas, mientras que en 1899 la primera categoría ascendía a 22,04 por ciento y la segunda bajó a 63,13 por ciento, pudiéndose seguir de año en año en las cifras de todo ese período el triunfo sostenido y gradual de la jornada de 9 horas sobre la de 10.
Datos mucho más completos permiten afirmar que los salarios han subido en los últimos cincuenta años. Según las investigaciones de 1840-45, 1860-65 y 1891-93, en los departamentos de Francia, excepto el del Sena, el salario medio de los obreros de las principales industrias fue en esas tres épocas respectivamente 40, 53 y 77 centavos de peso oro americano, y el de las obreras, 20, 25 y 42 centavos. En París el incremento de los salarios no ha sido menos rápido, como se ve en el siguiente cuadro, que he extractado del 'Bulletin of the Department of Labor', y muestra la marcha de los salarios en la principal ciudad de Francia, en la ciudad belga de Lieja, en Londres, Manchester y Glasgow, ciudades británicas cuyo término medio de salarios aparece en la primera columna, y en Baltimore, Boston, Chicago, Cincinnati, Filadelfia, Nueva Orleáns, Nueva York, Pitsburgo y Allegheny, Richmond, St. Louis, St. Paul y San Francisco, representadas por el término medio de la cuarta columna. Se trata del salario medio diario, en pesos oro americano, de cierto número de ocupaciones comprendidas entre las de albañil en ladrillo y en piedra, peón de albañil, carpintero, pintor, picapedrero, plomero, herrero y ayudante, calderero y ayudante, moldeador, fundidor y ayudante, mecánico y ayudante, ebanista, tipógrafo, conductor, maquinista y foguista de ferrocarril, carrero y peón:
Años Gran Bretaña París Lieja Estados Unidos
1870... 1,30 1,06 0,59 ½ 2,20 ½
1875... 1,38 1,11 ¼ 0,63 ½ 2,24 ¼
1880... 1,37 ¼ 1,21 ¼ 0,62 ¼ 2,34
1885... 1,39 ¾ 1,24 ¾ 0,63 ¼ 2,47 ¼
1890... 1,41 ¾ 1,31 ¼ 0,63 ¼ 2,52 ¾
1895... 1,45 1,32 ½ 0,65 ¼ 2,47 ¼
Este cuadro no sirve para un estudio comparativo de los salarios en los países que comprende, pues, por no ser completos los datos, los términos medios de los distintos países se refieren a grupos diferentes de ocupaciones; en cambio, es bien demostrativo de la tendencia de los salarios a subir, incremento proporcionalmente mayor en Europa que en los Estados Unidos. En este país, la curva de los salarios, deprimida por la crisis de 1893-95, pronto volvió a ser ascendente; partiendo de 100 en 1891, el salario medio llegó a 100,30 en 1892, y bajó después hasta 97,88 en 1895, para subir de nuevo y alcanzar a 103,43 en 1900.
Salarios y precios
La elevación de los salarios en oro adquiere todo su significado cuando se piensa que ella ha coincidido con el encarecimiento relativo del oro, debido a que la producción de este metal no ha podido desarrollarse paralelamente a la de las mercancías en general. Al mismo tiempo que la fuerza humana de trabajo se ha encarecido en oro, y cada unidad de tiempo de trabajo ha venido cambiándose por mayor número de unidades de moneda, cada una de éstas ha llegado a ser equivalente a una cantidad mayor de artículos de consumo. El alza de los salarios reales ha sido, pues, mayor aun que la de los salarios en oro en todos, los países donde rige de verdad el patrón monetario de oro y los trabajadores reciben en oro o en signos equivalentes el importe de sus salarios.. Se comprende que el envilecimiento de la moneda corriente imprima a los salarios reales la tendencia contraria.
Gracias al progreso de la técnica industrial, los precios de las mercancías en general han bajado considerablemente en los últimos cincuenta años. Gracias al progreso de la instrucción económica y política del pueblo trabajador, los salarios han subido considerablemente en la misma época. Producir cosas cuesta menos, disponer de hombres cuesta más, diferencia objetiva entre el trabajo humano y las mercancías que el movimiento socialista tiende a acentuar.
El aumento de los consumos
En los principales países, la estadística ha comprobado el aumento de los consumos que la elevación de los salarios hace suponer. ¡Bien venido aumento de los consumos! Las necesidades del pueblo son las más urgentes y reales, sus deseos los más ingenuos; consumiendo más, el pueblo trabajador transforma los productos de su propio trabajo en la mayor cantidad posible de vida y de placer. Y al mismo tiempo aleja y atenúa las crisis periódicas de sobreproducción relativa a que está condenada la sociedad actual.
El 'exceso' de producción
Por su misma esencia, el capital tiende a acrecéncentarse en forma de nuevos y más poderosos medios de producción. Y ¿cómo encontrar salida para tantos productos si en los fecundos campos y en los emporios de la industria el proletariado recibe una alimentación deficiente y falta de variedad, un mal vestido y un peor alojamiento? Y no llenando sus más simples apetitos, no cumpliendo los preceptos higiénicos más elementales, mucho menos puede el pueblo obrero satisfacer sus necesidades superiores, de orden intelectual y estético, que también ofrecerían un ancho campo de salida a los productos de la industria.
En el teatro de la sociedad moderna, represéntase 'la vida', la siempre nueva y hermosa función; la concurrencia de los palcos y la platea ofrece grandes claros: muchos abonados, llenos de hastío, no asisten más; otras personas que tendrían acceso a las mejores localidades, sienten temor por el fuerte espectáculo; las que están, han venido tarde y muéstranse distraídas, menos atentas a ver que a ser vistas; en las galerías altas, mientras tanto, apíñase una multitud ansiosa de sentir y admirar las bellezas del cuadro, a la cual no llegan, tan lejos y apretada está, más que trozos de escena, frases sueltas, acordes fugaces; y así, malógrase para todos la obra del arte.
En virtud de la misma eficacia mayor del trabajo humano, prodúcense las crisis, según se dice, por exceso de producción, en realidad por insuficiencia de consumo. Saludemos como un correctivo de esas calamidades periódicas todo aumento de la capacidad de consumo del pueblo.
Por el progreso de la técnica
El altísimo sentido social de la lucha del pueblo obrero por suprimir la competencia capitalista en cuanto ella se hace a expensas de los trabajadores sin mejorar las condiciones de la producción, se complementa cuando, consideramos los efectos directamente opuestos de esa resistencia sobre la otra forma de competencia, la competencia buena y necesaria que, manifestándose en el progreso técnico, aumenta la productividad del trabajo humano. Una clase trabajadora inteligente, que no se contenta con una vida inferior, es el mejor estímulo al perfeccionamiento de los medios y procedimientos de trabajo, pues en la medida en que la mano de obra se encarece, más empeño ponen los empresarios en reemplazarla con medios mecánicos, con maquinas que, por otra parte, sólo pueden ser dirigidas y atendidas por obreros de cierto bienestar y cultura. Esta es una de las faces de lo que se llama la economía de los altos salarios. Donde un proletariado abyecto trabaja de cualquier modo y por cualquier cosa, no se adoptan las máquinas, ni siquiera en las condiciones y los trabajos que más parecerían exigir su empleo. Recuerdo lo que vi en el puerto de Castries, de la Isla Santa Lucía, estación carbonera inglesa, muy bien tenida, donde se supondrían aplicados a la carga y descarga todos los inventos de la mecánica. Cuando el buque hubo atracado, no funcionaron guinches a vapor, que no había, sino una turba de negros, mujeres en su mayor parte, que formando un apretado cordón desde las pilas de carbón hasta las carboneras del buque, desfilaron durante horas llevando los canastos sobre la cabeza con la regularidad de la correa sin fin que conduce los baldes de un elevador. ¿Para qué máquinas si se disponía de esa gente harapienta y descalza, que día o noche hacía, cantando, el penoso y sucio trabajo, muy contenta de ganar así algunos peniques? ¿Por qué en los inmensos rebaños del Plata se emplean poco las máquinas de esquilar? Porque estas han sido inventadas para los esquiladores australianos que cobran de 4,26 a 4,87 $ oro por esquilar cien ovejas, y, aunque trabajan por pieza, saben limitar su jornada a 8 horas; mientras que los esquiladores argentinos no han sabido siquiera exigir un aumento del salario por pieza proporcional al aumento de la lana desde que han mejorado las razas: el tamaño de los animales ha crecido, los pliegues de su piel dan más lana a los estancieros y más trabajo a los esquiladores, pero éstos, que trabajan por día de 12 a 14 horas, no reciben por esquilar cien ovejas más de cuatro a cinco pesos papel moneda depreciado, es decir, 2.20 $ oro, en el mejor de los casos. Sólo con una clase obrera celosa de su mejoramiento es posible la generalización de los procedimientos adelantados de trabajo. Luchando por las 8 horas y la limitación del peso de las bolsas, los hombres que hoy mueven los cereales en los embarcaderos argentinos propenden al más pronto establecimiento de los elevadores, que han de abolir y reemplazar el sistema bárbaro y caro de envasar los granos en sacos.
Segunda parte de la nota
La centralización industrial
Al promover el empleo y el perfeccionamiento de las máquinas y dejar fuera de combate los establecimientos atrasados, que sacan todas sus ganancias de la explotación sin tasa y sin control y pierden, por lo tanto, toda posibilidad de existencia bajo las leyes reglamentarias del trabajo; al obligar a los empresarios a buscar en la mejor organización de los procesos industriales la mayor economía del costo de producción, la clase trabajadora secunda la tendencia del capitalismo a la centralización, al crecimiento de la unidad industrial, al triunfo de los establecimientos grandes sobre los pequeños. Las construcciones industriales y las máquinas se agigantan, cada uno de esos nuevos organismos ocupa centenas y miles de obreros, y la división del trabajo se extiende en proporción. El obrero es y tiene la conciencia de ser un minúsculo eslabón de una cadena inmensa, y ve que la eficacia de su labor está precisamente en esa vasta cooperación, realizable sólo mediante tan poderosos elementos técnicos. Y hacia otros campos de aplicación del trabajo humano, en el comercio, en los transportes descúbrese la misma perspectiva. Para el trabajador aléjase cada vez más la posibilidad de ser propietario particular de sus medios de trabajo.
La anarquía capitalista
Y si dentro de cada uno de esos poderosos organismos reinan el orden y el método, en las relaciones de ellos entre sí, en la economía nacional y mundial vemos una ruinosa anarquía. La competencia entre las empresas y de las naciones entre sí toma formas destructivas de la riqueza y contrarias a toda idea de sana administración. En aras del privilegio local y de la especulación, los bienes naturales y el trabajo humano se desperdician a montones. Y cuando a la desastrosa competencia de los irresponsables 'capitanes de la industria', que muchas veces lo son simplemente porque disponen del dinero, sucede el monopolio del sindicato, cesa el desperdicio, pero se acentúa el despojo.
El monopolio
Operando en grandísima escala, parando los establecimientos menos productivos para imprimir tanta mayor fuerza a los mejores, enviando los productos a su destino desde la fábrica más próxima, lo que reduce en mucho los gastos de transporte, dando un vastísimo campo de acción a los talentos administrativos, ahorrando gastos de publicidad y de viajantes, los 'trusts' reducen al mínimo el costo de producción. Pero si, por medios lícitos o ilícitos, buscan y consiguen el monopolio, no es para contentarse con las ganancias del más fuerte en la competencia, sino para pesar sobre los consumidores, elevando muy por encima del costo de producción los precios de los artículos que los sindicatos producen; sobre los productores de las materias primas, deprimiendo los precios de las que los sindicatos consumen; sobre los inventores, pagándoles mal o robándoles sus inventos. En descuento anticipado de tan extraordinarias ganancias, los hombres de presa financieros que organizan los sindicatos exageran enormemente el capital de éstos, lo aguan, como se dice en el argot de la especulación, seguros de sacar de alguna parte dividendos para ese capital ficticio. Una tonelada de registro del 'trust' de la navegación oceánica recientemente formado representa así un capital de 250$ oro, mientras que la excelente línea Cunard sólo vale 75 $, y la gran compañía Hamburguesa-Americana, 57,50 $ oro por tonelada de registro. No es extraño, pues, que una buena parte de las acciones ordinarias y aun de las acciones preferidas de ciertos sindicatos se den en cambio, no de dinero ni de bienes raíces o muebles, sino de 'buena voluntad' o de 'buena voluntad, etc.', según declaración de sus propios directores, y es de suponer cuánto apreciarán los 'trusts' la buena voluntad de los legisladores y funcionarios, que por medio de leyes y concesiones tanto pueden hacer prosperar sus negocios. La moralidad interna de esas empresas colosales, en que unos pocos hombres manejan casi en secreto cientos de millones de pesos, no es mejor que su moralidad externa. Los directores, que informan a los accionistas como les conviene y pueden fraguar a su gusto los balances y dividendos, especulan en los títulos del sindicato que administran, juego oculto en que llegan a provocar huelgas para amenazar las ganancias del sindicato y deprimir el valor de sus títulos, que adquieren entonces a bajo precio. Tras la asociación y el monopolio, reaparece así en sus peores formas la lucha de capitales, como siempre, aniquiladora de los pequeños.
Por su mismo desarrollo, la propiedad privada de los medios de producción se reduce al absurdo. Ella separa más y más a los trabajadores de la posesión de los medios de trabajo. Ella no es capaz de dirigir las fuerzas productivas sin tropiezos ni cataclismos, y mucho menos de realizar el bien de la comunidad tan amplió y completo como hoy podemos concebirlo.
La socialización de los medios de trabajo
Para su propia emancipación, y para dar al esfuerzo de los hombres la mayor eficacia por el consenso y la armonía, el pueblo trabajador asigna, pues, a la lucha de clase en que está empeñado un objetivo último e ideal: la socialización de los medios de producción y de cambio, su paso de la propiedad privada a la propiedad colectiva, única manera de que los trabajadores vuelvan a ser dueños de los elementos de trabajo, y de que haya igualdad y justicia en la economía social.
La necesidad del progreso técnico y la aspiración de los trabajadores a la independencia económica conducen paralelamente al Socialismo. El obrero de un gran molino moderno o de una gran destilería no puede pensar en independizarse estableciendo, una tahona o un pequeño alambique, ni los empleados de un ferrocarril aspirar a tener, cada uno, un carruaje o un carro para competir con la vía férrea. Lo que esos obreros piensan, o deben pensar, para ser libres, es hacerse dueños del molino, de la destilería, del ferrocarril. Y la dependencia recíproca de las diversas ramas de la producción, así como el espíritu de solidaridad, tan activo ya en las filas trabajadoras, hacen que la evolución de la propiedad de los medios de producción, todavía privada e inadaptada a la forma ya colectiva de la producción, se conciba como la substitución de los propietarios particulares, parasitarios y explotadores, por la comunidad laboriosa entera, para instituir una gran república cooperativa, donde, ejercitando todos en el trabajo sus más altas aptitudes, cada uno disponga del producto de su trabajo.
Para ser fundada y fecunda, esta hipótesis del colectivismo futuro no necesita ser detallada. Sus bases técnicas están ya en gran parte constituidas, faltando sólo que la producción rural adquiera un grado de organización y eficiencia comparable al de la producción industrial y el comercio. Mucho queda en cambio por aprender acerca de las relaciones económicas de los hombres, que han de conciliar la cooperación con la libertad individual, el completo desarrollo y aprovechamiento de las aptitudes de cada uno con la igualdad. La estadística acumula materiales inmensos para el estudio objetivo de los salarios, que contribuirá a resolver el problema de la retribución de las diferentes clases de trabajo. La experiencia de los 'trusts', que monopolizan más o menos ciertos ramos de la producción, prueba, por otra parte, que la competencia capitalista está lejos de ser necesaria para la eficiencia de la dirección técnica. Preguntados los sindicatos norteamericanos, en una reciente investigación oficial, si han notado en la dirección de sus establecimientos alguna falla de cuidado imputable al monopolio y la seguridad de las ganancias, 21 declaran no haber tenido deficiencia alguna y 7 afirman haber conseguido una eficiencia mayor. El jefe de cada uno de los establecimientos pertenecientes a un sindicato tiene la obligación de llevar prolijos apuntes sobre el costo de producción en la fábrica que regentea, para la frecuente comparación de todos los establecimientos entre sí. De esa manera, sin que haya entre éstos competencia mercantil alguna, reina la más vigorosa competencia en la fabricación, competencia mucho más instructiva que la de establecimientos independientes entre sí, pues dentro del 'trust' se conoce exactamente el costo de producción y se puede medir el grado exacto de eficiencia de cada uno.
La expropiación
¿Cómo se realizará la sociedad basada en la propiedad colectiva? La idea, muy simple y muy popular, de una revolución que expropie a los capitalistas no resuelve absolutamente el problema.
Grandes revoluciones de la Historia han sido ante todo confiscaciones de propiedad, y, podríase ciertamente tratar a muchos potentados de hoy como la Reforma protestante trató a la iglesia y la Revolución Francesa al clero y a la nobleza. Pero ahora se anhela una transformación social de mucha mayor trascendencia, imposible de realizar por edictos ni golpes de mano. Al proclamar, pues, su intención de expropiar a los que monopolizan los medios de producción, el pueblo obrero afirma simplemente, en la forma más enérgica, su derecho a la vida. Mientras haya elementos de trabajo y hombres que quieran vivir, ni los códigos ni la constitución podrán impedírselo.
De la coerción a la libertad
La dificultad no estaría en abolir el derecho legal de los actuales propietarios, sino en establecer firmemente la propiedad social, y ésta tiene que basarse en la capacidad de todos para la cooperación libre y consciente.
Marx dice que 'al capital nada cuestan las fuerzas productivas resultantes de la cooperación y de la división del trabajo', a las cuales llama 'fuerzas naturales del trabajo social'. Si hacemos abstracción, agrega, del desgaste y ,consumo de aceite y carbón, las máquinas obran sin costo, exactamente como las fuerzas naturales existentes sin la intervención del trabajo humano. Esta asimilación de las fuerzas técnicas y sociales a las fuerzas naturales es otro de los artificios de que se sirve Marx para demostrar la explotación del trabajador por el capital mediante las simples leyes del valor. Pero no es más que un artificio, como el del trabajo-mercancía. Si muchos obreros distintos construyen las diversas piezas de una máquina, y otros las unen y articulan, y otros ponen en movimiento esa máquina, junto con muchas otras, iguales o diferentes, que se reúnen en una fábrica, y ésta y otros establecimientos industriales y agrícolas se encargan de suplir recíprocamente sus necesidades, no es en virtud de fuerzas naturales, sino de fuerzas sociales e históricas, de la dirección coercitiva que ejerce la clase capitalista en la producción y el cambio. El problema es hacer pasar a manos del pueblo entero esa función de dirección que hoy monopoliza la clase privilegiada propietaria, pues de ella salen o en ella aspiran necesariamente a entrar todos los jefes de la industria.
Y el pueblo, disciplinado por la producción en grande escala, está preparándose en la cooperación libre y la acción política para un orden social en que las relaciones de los hombres en el trabajo sean comprendidas, voluntarias y equitativas.
Las sociedades por acciones
Aunque muchos han creído y creen todavía en la concentración de la riqueza, la estadística de las cajas de ahorros y del impuesto sobre la renta muestra que el número de personas que algo poseen aumenta en los países adelantados y prósperos más rápidamente que la población, hecho que lejos de amenguar la corriente revolucionaria, es un nuevo factor de evolución de la sociedad actual. No son, en efecto los nuevos pequeños capitalistas de la psicología rutinaria y estrecha del campesino aislado en su parcela o del pequeño tendero que no renuncia a su comercio caro y miserable. En un medio social moderno, los nuevos poseedores comprenden la necesidad de la asociación y sus capitales están representados por acciones de sociedades anónimas. A propósito de los trusts, hemos visto el riesgo que corren estos pequeños capitales de ser escamoteados por los grandes, riesgo que los trabajadores accionistas previenen en parte haciendo valer su, voz y voto en las asambleas, que a todos permiten intervenir en el manejo indirecto de los negocios.
Las cooperativas
Mucho más característica de la nueva mentalidad obrera es la asociación de los proletarios en cooperativas de producción y consumo, que proveen ventajosamente a los asociados, dan buenas condiciones de trabajo a los obreros que emplean y contribuyen eficacísimamente a mejorar la técnica sin buscar ganancias extraordinarias para nadie. Estas asociaciones, que reúnen ya en Europa algunos millones de hombres, cuyas pequeñas cuotas reunidas suman ingentes capitales, están completamente libres de la interesada tutela del gran capital y son la elocuente expresión de un nuevo grado de conciencia de la clase proletaria; ya no es la simple conciencia de ser explotado, sino la conciencia constructiva necesaria para dejar de serlo; ya no se trata de la huelga, simple acuerdo de los obreros para no hacer, sino, del acuerdo para hacer, y para hacer técnica, económica y moralmente bien.
Creciente complejidad de la vida económica
La moderna vida económica es y se hace tan extensa y compleja, que la simple asociación libre, gremial o cooperativa, es cada vez menos capaz de abarcarla y dominarla. A medida que la técnica se perfecciona, los hombres entran en relaciones económicas nuevas, que se imponen a cada uno como una necesidad para compensar la imperfección, proporcionalmente cada vez mayor, de su dominio de la técnica. La grande industria, muy lejos de haber desgarrado, como incidentalmente dice Marx, 'el velo que ocultaba a los hombres su propio proceso social de producción', ha extendido y obscurecido ese velo. Los 'misterios' de los oficios de la Edad Media no abarcaban sino una pequeña parte de la producción, destinada, sobre todo, a satisfacer ciertas necesidades y gustos de la clase alta. Para la masa del pueblo eran entonces completamente claros los procesos de producción, como lo son aún para los pueblos bárbaros. Dentro de la comunidad de familia o de la aldea, producíase todo lo necesario, más lo que se debía entregar como tributo al señor. El campesino molía y panificaba su grano, hilaba y tejía sus fibras, fabricaba sus propios utensilios y herramientas, era su propio albañil, carpintero y herrero. ¿Qué sabe, en cambio, de todo esto, un agricultor moderno de las llanuras argentinas, que siembra y cosecha para el mundo y toma de la tienda del pueblo próximo desde las máquinas conque trabaja, hechas en Norte América, las telas inglesas de algodón de Georgia o de Egipto, el arroz de la India, el azúcar de Alemania o de Tucumán, el café del Brasil y el vino de Mendoza o de Italia, hasta el pan hecho, no, por supuesto, de su trigo, sino de un trigo cualquiera, tipo Bahía Blanca o tipo Rosario? Y más restringida aún, con relación a sus necesidades, es la capacidad técnica del hombre de la ciudad, donde el trabajo se divide y los consumos y gustos se diversifican más que en el campo. Para el hombre moderno la técnica sólo es asequible bajo la forma de principios científicos, generales y abstractos, como las relaciones de los hombres en la producción social, relaciones económicas que no dependen ya simplemente del gremio ni de la cooperación, sino de la acción política.
Difusión necesaria de la conciencia política
De ahí la necesidad de la difusión de la conciencia política en la sociedad moderna, y su consecuencia, el sufragio universal. A los nuevos modos de producción corresponden nuevas relaciones políticas. Así como sin la abolición de los privilegios de la nobleza, sin la fiscalización del gobierno por una cámara burguesa, sin la independencia americana, no hubiera alcanzado el mundo el progreso de los dos últimos siglos, así tampoco es concebible el desarrollo regular de un país moderno, de gran agricultura, grande industria y gran proletariado, sin el ejercicio efectivo del sufragio universal. Por eso los gobiernos realmente modernos ven en la educación común una de las funciones esenciales del Estado.
El Socialismo resulta de la extensión de la conciencia política del pueblo y tiende a ampliarla y profundizarla aún más; es causa y efecto del sufragio universal, su razón de ser, lo que le da fuerza y eficacia; llama a todos a la acción política y a todos da luces para la obra política consciente.
Para el Socialismo, el Estado ya no aparece como un simple agente de opresión al servicio de la clase privilegiada, modo de ver que sólo se sostiene y propaga entre los pueblos peor gobernados, con mayoría de trabajadores analfabetos, sin aptitudes para el sufragio universal, sembrando en ellos un saludable escepticismo por las maquinaciones políticas de la clase dominante y defendiéndolos al mismo tiempo de caer en las redes electorales de falsos predicadores de nuevas doctrinas, que harían de proletarios irritados e inconscientes su presa más fácil.
La conquista del poder político
La clase trabajadora de los países más cultos ve en el Estado un poder coordinador y regulador de las relaciones de los hombres en la producción cuya importancia se acrece a medida que los procesos técnicos se concentran y sistematizan y que el pueblo obrero es llamado a influir mediante el sufragio universal. Cuando esta influencia sea preponderante, el Estado habrá perdido su función de policía y de gobierno para desarrollar al máximum, en bien de la comunidad, su función de administración. El socialismo conduce, pues, al pueblo obrero a la conquista del poder político como condición esencial de su emancipación económica, a apoderarse de la fuerza del Estado para moderar la explotación capitalista hasta abolirla por completo.
La fórmula es grande, su objetivo, remoto; pero jamás un movimiento político ha prescindido tanto de las formas para atenerse a la substancia como el movimiento socialista actual.
Contra la centralización en manos gubernamentales ineptas
El Partido Socialista Obrero cuenta con el poder político para socializar los medios de producción, pero acoge con mucha reserva los proyectos de inmediata nacionalización o municipalización de los trabajos y servicios colectivos. Es cierto que el correo, monopolizado por el Estado, sirve en todas partes más o menos bien; que Alemania prospera bajo el régimen de los ferrocarriles del Estado; que en Europa ya se han hecho muy felices aplicaciones de colectivismo municipal. Los partidos obreros, sin embargo, saben lo que se puede esperar de administradores privilegiados o que amparan el privilegio, y no quieren centralizar la dirección del trabajo en el Estado o el municipio sino en tanto que éstos hayan pasado a manos del pueblo trabajador, prefiriendo la gestión privada de los negocios a su manejo por gobiernos corrompidos e ineptos. Aunque creyéramos tanto como Proudhon en los milagros del crédito, ¿qué esperar de un banco habilitador de la nación argentina, que empezó por habilitarse él mismo a expensas del pueblo, con una emisión de papel moneda depreciado?
Un control político indispensable
En la política distingue el pueblo obrero las diferentes corrientes en que se divide la clase gobernante, y apoya aquellas que propulsan la causa obrera, que es la del pueblo en general, ejerciendo así desde ya un control indispensable en las sociedades modernas.
A la falta de esa intervención autónoma y consciente del pueblo trabajador, débese la decadencia política de Inglaterra y los Estados Unidos, países donde el proletariado no se ha constituido todavía como partido de clase y son relativamente pocos y de escasa influencia los convencidos del Socialismo. En Norte América el partido platista, con el apoyo de la Federación Americana del Trabajo, ha podido reunir millones de votos en favor de una manipulación monetaria que hubiera envilecido el peso y deprimido los salarios, en ventaja de los malos deudores y de los malos empresarios. Gracias a la oposición del gran capital, no se ha realizado semejante aberración, que en un país más culto no hubiera adquirido importancia ni siquiera como amenaza; por ejemplo, en Alemania, dónde la Democracia Social ha contribuido a desbaratar las maniobras bimetalistas de los agrarios. La misma desorientación de la política norteamericana se evidencia en la absurda guerra llevada contra los trusts en nombre de la libre competencia. Sin comprender el alto sentido histórico de esa centralización ni sacar de ella una teoría social ancha y fecunda, pueblo y gobiernos pierden su tiempo en crear contra los monopolios vanas restricciones legales, al mismo tiempo que los favorecen con derechos de aduana casi prohibitivos, y que la Corte Suprema anula, por desigual, el impuesto sobre la renta. Y en la Gran Bretaña triunfa todavía el imperialismo, que ha conducido a la cruel y ruinosa guerra de Sud Africa, sacrificando la vida del pueblo a los apetitos del capital.
El internacionalismo
Contra el orgullo y el gusto por la prepotencia nacional, verdadero provincialismo, en que tantas veces escolla todavía la política de los pueblos, no hay defensa más segura que el Socialismo, que de la competencia, capitalista internacional deduce la solidaridad obrera cosmopolita, que quiere para el comercio mundial la mayor libertad, no en honor del librecambio abstracto, que tan mal disimula intereses capitalistas particulares, sino para mejorar la situación del pueblo.
El buen nacionalismo
Y no sólo así el Socialismo, se manifiesta como buen nacionalismo; él facilita la asimilación de la población inmigrada, en lugar de dejarla constituirse como una nueva clase de metecos, y al defender a la población obrera contra las exacciones del capital, la pone especialmente en guardia contra las más pesadas, que son, en general, las del capital ausentista y extranjero. Y levantando y educando a las masas, aumenta su poder militar, y las hace capaces de conservar y desarrollar, aun bajo la dominación extranjera, lo bueno y vital de la nacionalidad, puntos de vista recomendables a los patriotas de buena fe para dar un contenido real a su patriotismo. Hay hombres sinceros, apegados a la tradición y los símbolos, para quienes nada es tan precioso como su bandera y su nombre nacional. Que ellos se convenzan de que sólo un pueblo trabajador despierto y celoso de la equidad económica es capaz de defender su independencia política. Los siervos, sumisos a los señores del país, se someten sin resistencia al dominador extranjero. Tomen el ejemplo de los imperialistas ingleses, para quienes 'tres piezas y una cocina por familia son el mínimum necesario para criar una mediana raza imperial'. ¡Cuánto más necesarias serán para un pueblo sano y fuerte que quiera y sepa defender su libertad!
Orden y progreso
Tan grande es la necesidad del Socialismo y tan benéfica su influencia en la vida de los pueblos modernos, que este movimiento proletario gravita ya en un doble sentido sobre las ideas de la clase dominante, haciéndole relegar al segundo plano las cuestiones de forma política, abriendo sus ojos a las verdaderas y urgentes necesidades públicas del momento e inclinándola a satisfacer en el gobierno las reclamaciones del pueblo. Y, por otra parte, arrebatándole algunos de sus hijos, de los más inteligentes y sinceros, que sacrifican con orgullo la importancia exterior de su persona a la difusión y el triunfo de sus ideas; al incorporarse a las filas obreras en el terreno político, ellos les llevan su contingente de luces, y, por la misma independencia de su conducta, libran al proletariado de prejuicios de clase.
En este doble sentido, proclamar la lucha de clases es negarla, es disipar la amenaza de una catastrófica revolución social, y reemplazarla con la perspectiva de una sabia y progresiva evolución.
La política más avanzada
El Socialismo es así el advenimiento de la ciencia a la política, la política más avanzada, no por lo que prevé o lo que promete, sino por lo que hace. En política, como en todas las cosas, el método se juzga por los resultados, más que por las intenciones e hipótesis. Si la política más avanzada fuera la que promete más, nada tan avanzado como las delicias que todas las religiones presagian a sus fieles. Si fuera la que pretende ver más adelante en el tiempo, lo más avanzado sería proyectar instituciones o costumbres para cuando el planeta esté más frío. El Partido Socialista es el más avanzado porque es el que ve más clara y completamente las cosas sociales como suceden hoy, y su método el más avanzado porque es el que hoy más eleva demográfica, técnica, económica y políticamente al pueblo.
El nuevo desarrollo mental
Y en el orden mental, ya hemos visto que el Socialismo es para las masas trabajadoras la compensación del trabajo parcelario. Nada hace pensar que retroceda alguna vez la división del trabajo. Al contrario, es de suponer que en la más libre cooperación los hombres estrecharán aún más el campo de la actividad técnica de cada uno, para hacerla más productiva y abreviar para todos el tiempo de trabajo necesario. Hasta las más altas profesiones se especializan, así como los trabajos de investigación, a medida que en los observatorios y laboratorios, los métodos gráficos de cálculo y de representación, la estadística, la bibliografía científica, se acercan al trabajo manual y del cual adquieren al mismo tiempo la seguridad y la eficiencia. Así también ellos mutilan o desarrollan de modo muy desigual la mente de los hombres que se les dedican por completo. Para muchos distinguidos médicos, el mundo perdería todo interés si dejara de haber enfermos y algunos astrónomos de hoy día, que, a diferencia de Galileo, no construyen sus telescopios, desdeñan tal vez las artes prácticas, sin pensar que las necesidades de la agricultura y la navegación indujeron por primera vez a los hombres a observar el cielo.
Para el progreso intelectual de la humanidad es, pues, de día en día más importante la política, ese campo en que todos los hombres son llamados a completar su desarrollo mental.
La ley de las leyes
En la lucha que a todos nos imponen los problemas sociales, complétanse las ideas generales que sacamos de la técnica, aprendemos a ver en la evolución social un proceso tan regular como la cristalización de un mineral o el desarrollo de una planta, y en la política un arte tan metódico como el de forjar el hierro, o el de mejorar una raza. Así se confirma y ensancha la idea embrionaria de orden y de ley que adquirimos en los otros actos de la vida; así se arraiga en la inteligencia, como un axioma, la idea de la regularidad universal de los fenómenos, la ley de las leyes, que desaloja y suplanta los viejos conceptos religiosos del mundo, y que si los desaloja y suplanta, es por y en tanto que difiere fundamentalmente de ellos. No llega, en efecto, a nosotros por el camino fácil y humillante de la revelación, como ley absoluta, inmutable, perfecta, en la cual no pensemos sino para someternos: no es la obscuridad que hace marchar al ciego con cuidado, de miedo de golpearse. Todo lo contrario. La adquirimos en ruda y constante lucha; viviendo, conocemos los dichos, aprendemos a preverlos, impedirlos y ocasionarlos. Y siempre encontramos nuevos hechos, cuyas leyes determinamos. Lejos de ser absoluta, nuestra idea de ley es enteramente relativa y humana, está siempre en vías de desarrollo, no podemos pensar que deje de estarlo, y cada uno de sus pasos, cada una de sus conquistas, no es para nosotros una ligadura más ni una nueva maldición, sino una manifestación de fuerza, un gaje de libertad y una promesa de triunfo.
En lugar de religión
Con el Socialismo, la religión pierde, pues, todo asidero en la mente del pueblo, desnudez de misticismo que aleja el parentesco entre las sectas comunistas de la historia y el socialismo moderno. Así como en sus pasadas luchas, el pueblo adoptó casi siempre una herejía, un nuevo modo de ver en religión, más libre y verdadero, el Socialismo prescinde por completo de la religión, aunque tolera, por supuesto, todas las creencias que no pretendan imponerse. El camino del pueblo hacia su emancipación está iluminado por la ciencia, a la cual acusan de bancarrota los retrógrados, en el mismo momento histórico en que ella afirma su propia universalidad y se exalta en su definitivo triunfo. El Socialismo es la apoteosis de la ciencia. Puesto el que pueblo piensa y se mueve, pueden los sabios abstraerse en el cultivo de las más atrevidas teorías, aunque parezcan un sarcasmo comparadas con la actualidad, seguros de que la humanidad sabrá resolver los problemas de civilización que ellos hayan planteado.
La religión ha perdido, por otra parte, todo valor en el desarrollo progresivo de los pueblos, y ya no disimula su papel de baluarte del privilegio. Para gobiernos y pueblos inteligentes, la iglesia es un agente de embrutecimiento.
Aplicar el bálsamo religioso a los males colectivos, es declararlos sin remedio. Hasta el protestantismo, con toda su superioridad sobre la iglesia romana, es hoy una rémora. ¿No vemos a los boers, incapaces de fundar una moderna nacionalidad, hacer todavía la guerra en nombre de la Biblia? ¿No vemos estancarse la vida política de Inglaterra? ¿No vemos al pueblo norteamericano, plagado de sectas, impotente en manos de los sindicatos? ¿No será porque cree en la misa presbiteriana que reza en su propia iglesia el rey del petróleo, señor Rockefeller? ¿No será porque admira demasiado la piedad del señor Schwab, jefe del 'trust' del acero, que ha mandado construir una catedral para agradecer al dios de los católicos su reciente sanación?.
El problema moral
Y ¿para qué una moral religiosa? El pueblo sabe que tiene que trabajar, y esto le basta para ser bueno. Para los proletarios, explotados, altruistas sin quererlo y aun sin saberlo, otra imperativa regla moral es de todo punto superflua; lo que necesitan es un egoísmo de clase, luchar por su propia elevación colectiva, lo mejor que pueden hacer por sí mismos y por la Humanidad. Aun el Socialismo es para ellos un nuevo trabajo, más que un nuevo ideal.
Son los privilegiados, los pudientes, quienes deben ver en las nuevas doctrinas un ideal moral. El Socialismo no los invita a una renunciación estéril y destructiva, sino a dedicar al bien de todos las ventajas de su posición social: el propietario, como guardián inteligente y fiel de la parte de la fortuna pública que le ha tocado regentear; el empresario, haciendo más productivo el trabajo, y viendo con buenos ojos que los trabajadores quieran sacar ventaja de ese aumento; el consumidor, prefiriendo los artículos producidos en condiciones humanas de trabajo; el ciudadano, distrayéndose de la tarea de acumular dinero, en el perfecto cumplimiento de sus funciones políticas; el gobernante, realizando obra efectiva de solidaridad social; todos, afirmando su autonomía dentro de la familia, del partido, de la clase, cuando éstos opongan prejuicios a sus humanas aspiraciones y sanos afectos. Y sin buscar la recompensa de la gratitud ni del honor, felices en su alto egoísmo, sea éste o no altruismo para los demás.
Así entendido, el Socialismo, más que una teoría histórica, una hipótesis económica y una doctrina política, es un modo de sentir, pensar y obrar que vigoriza y embellece la vida de los individuos como la de los pueblos.
JUAN B. JUSTO Y LA CUESTION NACIONAL (IV Y ULTIMA PARTE)
POLEMICA ENTRE ENRIQUE FERRI Y JUAN B. JUSTO
(Fecha publicación:23/2/2005)

El 26 de octubre de 1908, el diputado socialista italiano Enrique Ferri dio una conferencia sobre el socialismo en el teatro Victoria, de Buenos Aires. Emitió en ella juicios acerca del Partido Socialista en la República Argentina, que fueron refutados en el mismo acto por J. B. Justo. Después, esa controversia se amplió en los escritos siguientes, editados en diciembre de 1909, por el Comité Ejecutivo del Partido Socialista, y reeditados en 1915 por la Librería de La Vanguardia.

'Antes de venir a la Argentina yo conocía, a grandes rasgos, al Partido Socialista de aquí, por haberme hablado de él mi amigo Ugarte en París, durante el congreso socialista internacional, y porque el doctor Palacios me había mandado a Italia cartas y después discursos parlamentarios.

Llegado a Buenos Aires, viniéronme a saludar varios socialistas (a quienes había ya escrito que no venía aquí para dar conferencias socialistas, porque me parecía que, después de 15 años de sacrificios dados al Partido y al proletariado en Italia y en Europa, tenía el derecho de proveer a las necesidades de mi familia).

Yo los acogí fraternalmente, y al doctor Justo y al doctor Palacios dije abiertamente mi pensamiento sobre el Partido Socialista Argentino que está conforme con el de otros socialistas de Europa, miembros del 'Bureau Socialiste International', el cual se ha ocupado de este punto, modificando el criterio de votación en los congresos internacionales, siendo, absurdo que el Partido Socialista de la Argentina tuviera igualdad de votos con el partido, por ejemplo, de Alemania.

Y por eso se introdujo el criterio del voto proporcional. El doctor Justo me dijo que mi opinión le parecía equivocada. Yo le contesté que observaría bien los hechos, en estos tres meses, y después confirmaría o modificaría mi opinión.

No tuve más el placer de verme con el doctor Justo en las varias veces que me encontré con socialistas argentinos en el hotel y en las oficinas de 'La Vanguardia'.

Los socialistas me pidieron una conferencia a total beneficio de 'La Vanguardia', a la que accedí de todo corazón. Y así di la conferencia en el teatro Victoria, en la cual yo terminé con mis observaciones sobre el Partido Socialista en la Argentina, porque los hechos me habían confirmado en mi convicción.

Que estas opiniones mías no gusten ahora a los socialistas argentinos (pero no a todos, porque sé que alguno de ellos, y de los más conocidos, es también de mi misma opinión), me disgusta también a mí.

Pero eso no podía impedirme decir todo mi pensamiento, porque los métodos jesuíticos no pueden ser los de un hombre moderno.

Y yo pienso que los socialistas en la Argentina cumplen obra no sólo simpática y admirable por su coraje y su honradez política, sino también útil al país, porque constituyen el único partido que tenga un programa de cosas y de ideas y no de personas. Y esto dije también en el teatro Victoria.

Pero pienso (y esto es el 'abecé' de la sociología y del socialismo científico), que el Partido Socialista es, o debe ser, el producto natural del país en donde se forma.

Aquí, en cambio, me parece que el Partido Socialista es importado por los socialistas de Europa que inmigran a la Argentina, e imitado por los argentinos al traducir los libros y folletos socialistas de Europa.

Pero las condiciones económico-sociales de la Argentina, que se encuentra en la fase agropecuaria (aunque técnica), son tales, que hubieran evidentemente impedido a Carlos Marx escribir aquí 'El Capital', que él ha destilado con su genio del industrialismo inglés.

El 'proletariado' es un producto de la máquina a vapor. Y sólo con el proletariado nace el partido Socialista, que es la fase evolutiva del primitivo Partido Obrero.

Así en Italia, las provincias meridionales, que están en la fase agropecuaria, tienen un Partido Socialista debilísimo, mientras que las provincias septentrionales, que están en la fase industrial, han pasado del 'proletariado obrero', al 'partido socialista' que es allí muy fuerte. Así podría decir, en Europa, de la Suiza, etc.

Y el ejemplo de la Nueva Zelanda, que el doctor Justo recordó en el teatro Victoria, confirma, esta observación elemental. Allí no existe industrialismo mecánico, en el sentido real de la palabra, y allí existe un partido obrero, que hasta ha llegado al gobierno, pero no existe un partido socialista.

Pero, se dirá, en la Argentina existe un Partido Socialista. ¿Cómo entonces negar su razón de ser?

He respondido ya en el teatro Victoria al doctor Justo con la doctrina de la 'suplencia cerebral', según la cual algunas circunvoluciones cerebrales substituyen en el trabajo psíquico las específicas circunvoluciones enfermas o desaparecidas, como para el lenguaje, la circunvolución de Broca, y puedo añadir ahora otra comparación, menos científica, pero más popular.

Alguna vez suelo pedir en el restaurant un guiso de 'liebre'. Y como en Europa las liebres son raras y caras, los mozos traen en lugar del guiso de liebre uno de conejo. Ahora bien, a mí no me desagrada el conejo, pero me desagrada que el mozo crea que soy tan 'tonto' como para pasarlo por 'liebre'. Y entonces llamo al mozo y le digo: Usted dice que esto es guiso de liebre, pero le advierto que yo sé bien que esto no es sino guiso de conejo; lo como lo mismo con gusto, solamente deseo que sepa usted que yo sé lo que como.

Y bien; lo mismo sucede con el Partido Socialista Argentino. Se llama 'partido socialista', pero no es sino un 'partido obrero' - en su programa económico (8 horas, salarios altos, huelgas, trabajo de las mujeres y de los niños), - y es un 'partido radical' (en el sentido europeo de la palabra) en su programa político.

Los radicales argentinos forman un partido del... mundo de la luna. Tienen un programa negativo (la abstención de la lucha política) y uno positivo (la revolución... con relativo militarismo), y por eso falta aquí un partido radical positivo como existe en Francia (Clemenceau) y en Italia (Sacchi).

Los socialistas argentinos cumplen la función específica de este partido radical que falta.

Hacen obra simpática y útil, y por eso, como dije en el Victoria, han merecido justamente las simpatías públicas.

Pero esto si es bello y meritorio, ¡no es socialismo!

Partido y doctrina socialista sin propiedad colectiva es un absurdo. Y me maravilló muchísimo oír en el Victoria de labios del doctor Justo que esto de la propiedad colectiva es un dogma no inseparable, de la doctrina socialista.

Ahora bien: yo pienso - y esto es la parte siempre viva del marxismo - que sin propiedad colectiva no hay doctrina socialista.

Sin propiedad colectiva habrá... un guiso de conejo, o también de gato, pero no ciertamente un guiso de liebre!

Cuando un país tiene todavía 'tierras públicas' por individualizar, y por eso no está todavía en la fase industrial, es absurdo decir que aquí pueda existir un partido socialista que debe estar compuesto de proletariado (industrial y agrícola).

Aquí existe la agricultura técnica. Pero los medieros o pequeños propietarios no son socialistas. Pueden serlo los braceros ('peones'); pero éstos son en gran parte inconscientes o 'golondrinas', que es imposible moral y materialmente organizar en un partido socialista.

Y los muchos obreros industriales que viven en Buenos Aires, no bastan para cambiar el carácter de la condición económica de la República Argentina, que está en la fase agropecuaria. Ellos son en realidad trade-unionistas... que son bien distintos de los socialistas.

Son éstas mis ideas sobre el Partido Socialista Argentino, fruto de observaciones positivas y serenas.

Y lo he dicho y lo escribo con agrado mientras dentro de una hora deberé tomar el vapor, porque para un hombre que tiene conciencia socialista, el primer deber es el de decir la verdad, (o lo que a él le parezca la verdad, porque ningún hombre es infalible), decir la verdad siempre, sobre todo, para todos, contra todos.

Los socialistas argentinos sienten ahora el gusto amargo de mis observaciones, pero después se persuadirán, porque los hechos son más fuertes que los prejuicios o que las ilusiones.

En cuanto a mí, estoy habituado en toda mi vida a pensar y a decir cosas que chocan con los hábitos mentales de adversarios y amigos.

Pero estoy también acostumbrado a ver que el tiempo ha venido muchas veces a darme la razón.'

Enrique Ferri

Respuesta del Dr. Juan B. Justo
El profesor Ferri y el Partido Socialista Argentino

Cinco horas después de desembarcar en Buenos Aires, el profesor Ferri, espontáneamente, sin que le planteáramos la cuestión, nos decía que el socialismo en este país es una 'flor artificial'. Asombrados de un juicio semejante, lanzado de improviso entre una consulta al empresario de su gira y una entrevista con el redactor de un diario oficial, dijimos al profesor Ferri que tal era la opinión de la burguesía criolla, pero que en él sentaba mejor reservarla para cuando hubiera conocido algo el país y nuestro partido. Ferri se puso entonces de pie, y nos dijo solemnemente: 'Hablo como sociólogo, como hombre de ciencia'.

Pasaron tres meses, durante los cuales el sociólogo, buscó el aplauso de la prensa prica, admiró el lujo de Buenos Aires, fue recibido por lo más granado de la oligarquía y la más alta burocracia, oyó de los labios de un ministro el relato de la revuelta que lo había llevado al gobierno, cerró los ojos ante el insensato fraude electoral dirigido por sus amables huéspedes el presidente de la república y el jefe de policía, recibió el homenaje de universidades parásitas, anduvo mucho en ferrocarril, dio en todas partes conferencias miscelánicas, ganó dinero y evitó en lo posible todo contacto con el pueblo. Y después de esa vertiginosa gira, que ha puesto a prueba su simpática voz y su gran talento verbal, el profesar Ferri ha confirmado su sentencia de la primera hora: el socialismo argentino no, tiene razón de ser.

Para un observador imparcial y sobrio de juicio, este país ofrece el cuadro singular de una sociedad moderna, íntimamente vinculada al mercado universal, y cuya vida política está en manos de partidos políticos sin equivalentes ni afines en la política de ningún otro país moderno. Agrupaciones efímeras, sin programa ni, principios, ni más objetivo que el triunfo personal del momento, los partidos de la política criolla, pasada la frontera, carecen de todo sentido. Pregúntese en la Asunción qué es un 'autonomista' argentino, y será tan difícil obtener una respuesta como nos sería darla si nos preguntaran qué es un 'colorado' paraguayo. Basta a veces pasar de una provincia a otra para que esas denominaciones ficticias pierdan todo significado. ¿Qué es en Corrientes un 'conservador' de Buenos Aires? ¿Qué es en Buenas Aires un 'liberal' correntino? Frente a ese caos de facciones y camarillas, cuya única palabra de orden y único vínculo interno es el nombre del condottiere que las guía al asalto de los puestos públicos, ha aparecido y se desarrolla el Partido Socialista, que, sin excluir a nadie de su seno, se presenta ante todo como la organización política de la clase más numerosa de la población, la de los trabajadores asalariados. Representa una corriente de opinión extendida por el mundo entero civilizado; está en relación regular con los partidos afines extranjeros; sus costumbres son las de la democracia moderna; tiene centros organizados en los principales puntos del país; es la única agrupación política de vida progresiva y permanente, que sostiene un programa, celebra grandes asambleas y vota, despreciando, por igual la inercia de la mayoría de los electores y las malas artes del, gobierno. Es, en una palabra, para el observador sobrio e imparcial, el único partido que existe. Pues para el profesor Ferri, inconmovible en su preconcepto, es el único que no tiene razón de ser. Así, aquel famoso profesor de medicina, al encontrar sano y bueno a un paciente cuya muerte próxima había pronosticado, le dijo con aplomo académico: ¡Usted está muerto para la ciencia!

En lugar de admirar en nuestro desarrollo la fecundidad de la idea socialista, capaz de inspirar al pueblo una acción buena e inteligente bajo todos los climas y en condiciones históricas relativamente distintas, en lugar de ampliar su propio concepto del Socialismo bajo la influencia de lo que aquí pensamos y hacemos, el profesor Ferri, con una ciencia de pacotilla, viene a decirnos: aquí no hay gran proletariado industrial, luego no puede haber Socialismo.

Efectivamente, no tenemos una industria como la de Inglaterra, donde escribió Marx 'El Capital'; pero el último capítulo de este libro, titulado 'La teoría moderna de la colonización' expone y prevé con exactitud admirable lo que hace la clase gobernante para crear rápidamente un proletariado en países como éste.

No traen para eso los gobiernos de los países coloniales máquinas a vapor. Aunque lo diga el profesor Ferri, el proletariado no es un producto de ésta. Apareció y se desarrolló en Europa varios siglos antes de que se generalizara el motor inventado por Watt, y alimentó de brazos en el siglo 17 la manufactura capitalista, y después las fábricas movidas por la fuerza hidráulica. El proletariado resultó de la disolución de la sociedad feudal, de la clausura de los conventos por la reforma religiosa, del desalojo de los campesinos por la transformación del dominio feudal de la tierra en propiedad privada estricta de los señores, por la usurpación de las tierras comunales, por la venta de los bienes de la iglesia. Como relación política y jurídica de coerción, la de proletario y burgués fue en su principio obra del despojo violento, de leyes inicuas, no del progreso técnico. La máquina a vapor ha venido después a acelerar en el siglo 19 la mecanización de la industria toda y la desaparición del antiguo artesanado, a acercar y confundir a los pueblos revolucionando los transportes, a impulsar el aumento de la productividad del trabajo.

Y al expandirse el capital en el siglo pasado, junto con la población europea, a vastas tierras vírgenes despobladas, se planteó para la clase gobernante un problema nuevo: ¿cómo crear en las colonias la clase de trabajadores asalariados necesaria para la explotación capitalista? ¿Cómo improvisar un proletariado donde la abundancia de tierras libres y abiertas al cultivo permite a cada recién llegado convertirse en un productor autónomo? Se había visto a un capitalista desembarcar en Australia con un cargamento de proletarios europeos y un capital en provisiones y útiles de trabajo, inclusive varias máquinas a vapor, y quedarse al día siguiente sólo con su 'capital', sin la ayuda siquiera de un sirviente.

El problema se resolvió teórica y prácticamente con lo que sus autores llamaron la 'colonización sistemática', y que ha sido realmente la implantación sistemática en estos países de la sociedad capitalista, la colonización capitalista sistemática. Consiste en impedir a los trabajadores el acceso inmediato a las tierras libres, declarándolas de propiedad del estado, y asignándoles un precio bastante alto para que los trabajadores no puedan desde luego pagarlo. Necesita entonces el productor manual trabajar como asalariado, por lo menos el tiempo preciso para ahorrar el precio arbitrariamente fijado a la tierra, especie de rescate que paga para redimirse de su situación de proletario. Y con el dinero así obtenido, el estado se encarga de buscarle reemplazante, fomentando la inmigración, el arribo de nuevos brazos serviles. En las colonias latinoamericanas la clase trabajadora, formada en gran parte por mestizos e indígenas, fue desde un principio excluida de la propiedad del suelo, adjudicado a los señores en grandes mercedes reales. Y desde que el progreso técnico-económico del mundo ha empezado a repercutir también aquí, la clase gobernante practica instintivamente, sin teoría alguna, sin más guía que sus apetitos de lucro inmediato y fácil la colonización capitalista sistemática. Con circunstancias agravantes, porque no solo acapara la propiedad del suelo todavía sin cultivo, y, por cuenta del estado, provee de brazos a los empresarios, sino que, para intensificar la explotación del trabajador, recurre a procedimientos medioevales, como el envilecimiento de la moneda, y a un sistema de impuestos sólo comparable con la gabela y la capitación de la antigua Francia.

De esta manera se ha formado en este país una clase proletaria, numerosa relativamente a la población, que trabaja en la producción agropecuaria, en gran parte mecanizada; en los veintitantos mil kilómetros de vías férreas; en el movimiento de carga de los puertos, de los más activos del mundo; en la construcción de las nacientes ciudades; en los frigoríficos, en las bodegas, en los talleres, en las fábricas. Y a esa masa proletaria se agrega cada año de 1/5 a 1/4 de millón de inmigrantes.

Como muy exactamente dice el profesor Ferri, los peones de este país son en su mayor parte inconscientes. ¿Serán mejor tratados por eso? ¿Están por eso más cerca de hacerse propietarios? ¿No es la inconciencia de los peones un motivo más para que los trabajadores conscientes redoblen la agitación? ¿Sería más normal y más rápida la evolución histórica de este país, si dejáramos crecer el proletariado sumido en la superstición de la propiedad y de la autoridad?

Nos habla el profesor Ferri de los peones 'golondrinas'. Y ese mismo ejército proletario de reserva, que cada año cruza los mares para trabajar en los miles de trilladoras a vapor que funcionan cada verano en este país, ¿no es la mejor prueba de que la agricultura argentina es a tal punto capitalista y está en tal grado vinculada a la economía mundial, que ya no puede engendrar las ideas políticas de los viejos pueblos de campesinos propietarios? Nos habla el profesor Ferri de que hay todavía aquí 'tierras públicas a individualizar'. ¿Se ha preguntado cómo se hace esa individualización? ¿Ha encontrado aquí algún pioneer, como los que, armados de un hacha y un arado, se han posesionado del suelo norteamericano, para hacer cada uno su hogar y su chacra, no sólo reconocidos, sino favorecidos por la ley en su propiedad?

Nos asegura que los medieros y los pequeños propietarios, tan escasos estos últimos entre nosotros, no son socialistas. ¿Lo serán más los millones de pequeños propietarios europeos, partidarios, desde luego, de los derechos de aduana sobre los granos y las carnes de América, derechos que el partido obrero quiere abolir? Si la situación agraria ofrece dificultades a la doctrina socialista, ellas son indudablemente mayores en Europa que aquí.

¿Qué quiere decir el profesor Ferri cuando objeta al socialismo argentino que estamos aún en 'la fase agropecuaria?' ¿Acaso que la agricultura va a desaparecer para que advenga lo que el llama socialismo? ¿0 que la sociedad comunista europea, ya próxima a establecerse, tratará, mano a mano con el presidente Figueroa Alcorta, como jefe de esta oligarquía de terratenientes, el cambio de los granos, las carnes, las lanas, y los cueros argentinos por los productos de la industria de aquella cooperativa continental?

Toda la exposición de Ferri está impregnada de un dogmatismo estrecho, que le ha impedido comprender las objeciones más fundamentales, si no es que las ha entendido mal por no conocer la lengua. Yo no he dicho que la propiedad colectiva sea un dogma separable de la doctrina socialista. Yo también pienso que sin la propiedad colectiva es decir, sin la hipótesis de la futura propiedad colectiva no hay doctrina socialista. Pero esa hipótesis, tan fundada y tan simpática, no es fecunda sino en cuanto nos conduce a prepararnos para la propiedad colectiva, a irrealizar desde ya el colectivismo posible, capacitando a la clase trabajadora para la cooperación libre y la acción política. Y éste es el método socialista, tan separable de la doctrina y tan superior a ella en trascendencia histórica como la técnica y la experimentación modernas respecto de la teoría del éter.

Por eso la parte más viva del marxismo no es la hipótesis de la futura propiedad colectiva, sino la práctica de la lucha de clases, moderna y actual. Ferri cree lo contrario, y de ahí su distinción trivial entre partido obrero y partido socialista, cuando hace sesenta años, en su inmortal manifiesto comunista, Marx y Engels decían ya lo siguiente: '¿En qué relación están los comunistas para con los proletarios en general? Los comunistas no son un partido especial frente a los otros partidos obreros. No tienen interés alguno distinto de los intereses del proletariado en general. No establecen ningún principio especial según el cual quieran modelar el movimiento proletario. Los comunistas se distinguen de los otros partidos proletarios sólo en que, por una parte, en las distintas luchas nacionales de los proletarios, proclaman y hacen valer los intereses del proletariado entero, independientes de la nacionalidad, y por otra, en que representan siempre el interés del movimiento entero en las diferentes etapas de la lucha entre proletariado y burguesía. Los comunistas son, pues, prácticamente la parte más decidida y propulsiva de los partidos obreros de todos los países; antes que la restante masa del proletariado, tienen la visión teórica de las condiciones, la marcha y los resultados generales del movimiento proletario'.

Hablé de Nueva Zelandia en el teatro Victoria para mostrar que la idea de la propiedad colectiva encuentra aplicación en ese país, en el proceso mismo de la 'individualización' de las tierras públicas. Se las entrega al dominio privado con limitaciones de tiempo y con beneficio para el estado del incremento de su valor. Ferri dice que no hay en aquel país un partido socialista, sino un partido obrero. En realidad, el partido neozelandés, cuya gran obra social van a estudiar de todas partes, y Metin ha descrito como 'el socialismo sin doctrina', se llama partido progresista (Progressive Party), y cuenta indudablemente con la gran mayoría del voto obrero. Es en Australia donde hay un partido llamado obrero (Labor Party), que ha llegado ya alguna vez al gobierno, y propicia la misma política agraria, de tal manera las teorías modernas sobre la propiedad se imponen en la política práctica de esos países coloniales, donde los creadores de toda una legislación nueva no hablan para nada de socialismo. Hacen socialismo, pero no se llaman socialistas, y Ferri dice por esto que no lo son. Nosotros queremos hacer socialismo, y nos titulamos socialistas, y Ferri dice que no debemos llamarnos así.

Nos explicamos que el profesor Ferri esté ajeno a lo que sucede en países tan distantes en todo sentido del suyo, en los cuales asistimos a la formación de clases enteras de nuevos propietarios que, porque son nuevos, están tocados por el espíritu socialista, y, dígalo o no la ley escrita, saben que su derecho de propiedad es condicional, relativo, prescriptible.

Pero la incapacidad, tal vez momentánea, del profesor Ferri para el método socialista, vale decir, para la obra socialista, se evidencia cuando él afirma que el alza de los salarios conseguida por la acción gremial se acompaña de una elevación de los precios, error propagado por los apologistas del capital para desorientar la acción obrera, y desautorizado por la estadística del último siglo, tanto para Europa como para América. 'La Vanguardia' del lº de Mayo de 1906 publicó un diagrama norteamericano, de fuente oficial, que mostraba cómo el alza de los salarios y el acortamiento de la jornada han coincidido en las últimas décadas con la baja de los precios. Otros gráficos expuestos en la sección de Economía Social de la Exposición de París de 1900, como resumen de las investigaciones de todo el siglo XIX, indican que durante éste el costo de la vida subió de 45 a 55, mientras que los salarios en dinero subieron de 45 a 105, es decir, que casi se duplicaron los salarios reales.

Habla el profesor Ferri con una ligereza estupenda de nuestro programa mínimo. Encuentra que nuestras aspiraciones del momento, las ocho horas, etc., son muy poca cosa. Le contestaremos con las palabras de Carlos Marx en el discurso inaugural de la Internacional: 'Y por eso la ley de las diez horas fue no sólo un gran éxito práctico: fue el triunfo de un principio'.

No sabemos si es por las circunstancias peculiares de su viaje a Sud América, pero el profesor Ferri parece mirar al Socialismo como una promesa, como una creencia, y, por otra parte, como una fórmula, como un teorema.

Para nosotros, el Socialismo es la acción en bien del pueblo trabajador, ante todo la acción del mismo pueblo trabajador en su propio bien, y, para no equivocarse, en su bien mensurable. Chocan entre sí las doctrinas y las escuelas, y aun dentro del Partido Socialista Internacional hay opiniones tan distintas como la de Ferri y la nuestra. Contar, pues, en el haber del pueblo un rótulo de partido, sería tan expuesta a error como contar sus esperanzas.

Se ha de medir el resultado de la acción socialista, no por el número de los que se titulan tales, sino por la elevación material, intelectual y moral del pueblo, determinada por esa acción y registrada por la estadística. Y en este movimiento histórico, que sujeta a un contralor tan severo la realización de sus fines positivos, intervienen, junto con las necesidades fisiológicas del pueblo, los más altos ideales.

El conferenciante que ha hablado en Buenos Aires 'de Jesús al Socialismo' ante un auditorio mundano, si ha visto en Jesús el hombre y no el dios, si ha presentado el Socialismo como una nueva psicología colectiva, y no como una nueva Ciudad del Sol, debería ser el primero en comprender la propagación de los nuevos ideales a estos países.

No nos basta la declaración de los derechos del hombre, hecha por los revolucionarios burgueses del siglo XVIII. También aquí aquella pomposa fórmula nos resulta rancia y vana. En nuestra evolución técnico-económica nacional, la tahena y las corporaciones cerradas de gremio han tenido menos papel que en la de Europa. Nunca llegará tal vez la mayor parte de nuestro suelo a estar dividido, como el de Francia, en fracciones de menos de 40 hectáreas. Así también es infinitamente probable que en nuestra evolución política no haya lugar para el partido radical a la francoitaliana que nos receta el señor Ferri.

Si todavía no lo viéramos en este mismo país, el cuadro de los grandes pueblos modernos, con la centralización industrial, la acumulación de inmensas riquezas en pocas manos, los monopolios, las crisis y la lucha de clases, nos señalaría nuestro propio porvenir. Y los ideales no se adoptan por temporada, como alquilamos una casa, previendo el plazo en que vamos a desocuparla. Necesariamente, se apoderan de nosotros los más universales, los más eternos que somos capaces de sentir. He aquí, pues, el ideal socialista propagándose entre nosotros, obreros numerosos que roban horas al sueño y sacrifican sus recursos precarios a la emancipación de su clase; mujeres que abandonan el confesionario para acudir a la conferencia o al mitin; hombres de ciencia que encuentran en la obra social, humilde y obscura, un campo incomparable de estudio y experimentación; artistas que buscan su inspiración en el drama inmenso de la vida del pueblo; algún patrón tal vez que aspira a hacer de sus obreros sus discípulos y asociados; algún propietario que hace de sus privilegios un bien social; todo un partido que acusa y amenaza a los explotadores y prepotentes! ¿No encuentra a todo esto explicación o disculpa el profesor Ferri, siquiera en nuestra 'latinidad'? Explíquese el retardo y la lentitud del desarrollo del Partido Socialista en Inglaterra, donde Marx escribió 'El Capital', y comprenderá entonces mejor la precocidad del Partido Socialista en este país, donde 'no hubiera podido escribirlo'.

Ha sido tan grande el estupor causado en algunos excelentes compañeros por las palabras de Ferri sobre el socialismo argentino, que consideran su viaje a estas tierras como una desgracia. Aparte de alguna ligera mortificación de amor propio de partido, no encuentro en su visita sino ventajas. Desde luego, la de haberlo conocido personalmente. Al ver de cerca a este eminente miembro del Partido Socialista, tiene que haberse fortificado nuestra convicción de que lo más firme y genuino del Socialismo está en la conciencia y la capacidad de la masa del pueblo. Hay hombres de grandes hechos y de grandes ideas; pero con harta frecuencia la admiración por su obra degenera en una superstición por sus personas o por sus fórmulas. Difícil se hace entonces distinguir entre la grande acción y el gesto artificioso, entre la idea grande y el sofisma pedantesco. Sólo están a cubierto de esa superstición y de este engaño los hombres estimulados a la acción constructiva por un sentimiento intenso.

Ferri cree haber desautorizado el Socialismo en este país. Lo habrá robustecido, si reconocemos las medias verdades contenidas en sus temerarias afirmaciones.

Dice que desempeñamos la función de un partido radical a la europea; pongamos entonces mayor empeño en llevar a su madurez de juicio a los radicales doctrinarios que haya en el país; hagámosles sentir y comprender que su puesto está en nuestras filas.

Presenta como un obstáculo al Socialismo la actual economía agrícola argentina; dediquemos, pues, mayor esfuerzo a la política agraria, que ha de acelerar la evolución técnico-económica del país, y también su evolución política, enrolando en nuestro partido a los trabajadores del campo.

Nos excomulga Ferri, por fin, en nombre de la doctrina. Sea ello para nosotros una inmunización más contra la tendencia anquilosante de la doctrina: Clasifiquemos los hechos conocidos, escudriñemos lo que nos auguran, cultivemos la teoría que ha de iluminar nuestra marcha hacia el porvenir. Pero esa doctrina, obra nuestra, no la dejemos cristalizarse en boca de los charlatanes y de los epígonos, para que no se sobreponga a nosotros. Infundámosle siempre nueva vida, preñándola constantemente de hechos nuevos, haciéndola, recibir en su seno todas las nuevas realidades, para que no degenere en un nuevo evangelio. ¡Que al prolongarse y extenderse nuestro movimiento y adquirir nuevas modalidades, se ensanche y enriquezca nuestra doctrina; que crezca eternamente, a diferencia de los credos, momificados apenas dados a luz! Y con todo eso nuestro partido será más grande, más fuerte, más socialista,


JUAN B. JUSTO EN 1910
EL SOCIALISMO ARGENTINO
(Fecha publicación:08/03/2003)

Este trabajo, escrito a principios de 1910 a pedido del diario 'La Nación', que lo destinaba a su suplemento del Centenario, no pudo ser publicado en esa forma, pues, declarado el estado de sitio el 14 de Mayo, prohibióse a la prensa toda noticia o comentario sobre el movimiento obrero. En la noche de ese mismo día hordas que gritaban ¡Viva el Presidente! ¡Viva la Policía! asaltaron y destruyeron la imprenta del Partido Socialista, nuevo contratiempo que nos ha impedido imprimir antes este folleto. Al darlo ahora a la publicidad, no lo ampliamos, seguros de que el lector, bajo la fresca impresión de los sucesos del año, sabrá completar o enmendar nuestros juicios. Buenos Aires. Diciembre de 1910. Juan B. Justo.
Primera parte de la nota
La extensión de los cultivos fue rápida, sin embargo, y mientras en 1872 los productos agrícolas sólo formaban el 0,4 % de la exportación, en 1888 alcanzaban ya al 16,3 %, aumento que después se ha acelerado aún más.
La inmigración, que en 1873 había pasado de 76.000 personas, bajó en 1874 a causa de la guerra civil, y más aun en el año siguiente al volverse al agio del oro, para no remontar a las anteriores cifras y superarlas hasta después de federalizada la ciudad de Buenos Aires y de restablecido, siquiera momentáneamente, un régimen monetario normal.
Habían terminado entonces las tradicionales cuestiones de política interna que dividieran a la oligarquía nacional. Y la conquista definitiva del desierto, la extensión de los ferrocarriles, el incremento de la agricultura, la multiplicación de los centros urbanos, el rápido crecimiento de las ciudades, los progresos de la educación común y la aparición en la industria y el comercio de grandes empresas, crearon en este país las condiciones de desarrollo de una clase trabajadora moderna.
Hacia 1885 habían ya entrado al país un millón de inmigrantes europeos, de distintas nacionalidades y lenguas, hombres disciplinados en el trabajo, de costumbres regulares, con aspiraciones a una vida mejor. Algunos de ellos se elevaban a la categoría de empresarios; pero eran muchos más los que permanecían como asalariados y desalojaban a los trabajadores menos aptos del país, al mismo tiempo que levantaban a un nivel superior a los elementos viables del proletariado criollo.
Habían cesado para éste las cargas de la milicia, pero la acción deletérea que sobre él ejercía la política del país, acentuábase cada vez más. ¿Qué ideas podía sacar del palabrerío insubstancial de aquellas facciones oligárquicas, movidas por los apetitos más bajos? El voto impuesto por el patrón, tal vez extranjero, la complicidad más o menos pasiva en el fraude electoral, los halagos del alcohol, del juego y de la venalidad, eran para el inconsciente trabajador argentino los gajes del triste privilegio de su ciudadanía.
Y así como en la época de las continuas convulsiones internas, el trabajo manual del inmigrado era el más regular y seguro, pues no se requerían sus brazos para la guerra, en la época más tranquila que le sucedía, la cabeza del obrero extranjero era la más despejada y activa en la elaboración popular de ideas políticas, libre como estaba de los abyectos atractivos y torpes sugestiones de la política criolla.
Habían traído también los extranjeros, junto con su energía técnico-económica, su educación societaria, gracias a la cual el socorro mutuo, apenas conocido por la antigua población del país, pronto se generalizó entre la población inmigrada; y los que provenían de los países más adelantados, llegaban en gran parte provistos de ideas sociales nuevas y hechos a costumbres políticas superiores. Desde mediados del siglo habíase extendido e intensificado en Europa la contienda entre asalariados y capitalistas, la moderna lucha de clases, asumiendo en cada país formas peculiares, en todos tendiente, sin embargo, al incremento de la capacidad política del proletariado. Florecían en la Gran Bretaña el gremialismo, obrero y la cooperación libre, y hacían valer los trabajadores su voto en su propio bien colectivo, sin intentar aún darse una organización electoral separada. En Francia bullía el espíritu popular revolucionario y chocaban entre sí las escuelas renovadoras en su camino hacia la unidad. Italia y España, menos avanzadas en la evolución histórica y en instrucción popular, ofrecían en sus masas miserables campo propicio a la degeneración mística y violenta de las nuevas doctrinas. En Alemania, con su gran cultura y su pujante desarrollo industrial, el socialismo se difundía rápidamente en la clase obrera, sobresaliendo por la profundidad de su teoría y la firmeza de su organización. Las proscripciones que habían seguido a la Comuna de París, así como la tiránica ley antisocialista que rigió en Alemania de 1878 a 1890, hicieron que los nuevos ideales históricos llegaran a este país encarnados en algunos de sus representantes activos.
El 1º de enero de 1882 fundóse en Buenos Aires, por alemanes, el club 'Vorwaerts', con el objeto declarado de 'cooperar a la realización de los principios y fines del socialismo'. Fue el primer núcleo organizado de agitación, y desde 1886, año en que tuvo un local, lo puso a disposición de los obreros en los pocos y pequeños conflictos con que se iniciaba ya en este país la lucha entre el trabajo y el capital. Al cumplirse el centenario de la Revolución Francesa, no faltó en Buenos Aires un manifiesto en castellano que explicara al pueblo trabajador el significado de aquel gran acontecimiento. Y como el congreso internacional de París de 1889 resolviera establecer la fiesta obrera del lº de Mayo, ésta fue celebrada en Buenos Aires, desde 1890, en su primer año. Reunidos ese día como tres mil trabajadores en el Prado Español, resolvióse constituir una federación, la cual quedó formada dos meses después, como un pequeño conglomerado de grupos doctrinarios y gremiales, tres de cuyas secciones estaban respectivamente en Rosario, Santa Fe y Mendoza. En diciembre de ese mismo año apareció el semanario 'El Obrero', primer heraldo de la lucha de la clase proletaria argentina por el mejoramiento de su situación, y de la 'participación enérgica que tiene que tomar en la política del país'.
Era aquél un movimiento realmente extranjero. En sus reuniones públicas alternaban los discursos en español, italiano, francés y alemán; sus comités solían titularse 'internacionales', y en ellos tratábase de dar representación a las diversas lenguas y nacionalidades. El estilo mismo de 'El Obrero' denunciaba el origen tudesco del ingeniero Ave-Lallemant y de los obreros que lo redactaban. Mas no era por eso exótica aquella agitación tendiente a mejorar las condiciones de vida de los trabajadores del país, acerca de las cuales presentaba respetuosas peticiones a las autoridades argentinas; no era exótica aquella incipiente organización obrera, ocupada de palpitantes cuestiones locales, que en sus fiestas y solemnidades no usaba bandera alguna extranjera, y propagaba activamente la naturalización. Aquellas primeras manifestaciones de conciencia histórica del pueblo trabajador del país tuvieron que nacer de su parte más educada e inteligente, de los que más sentían el contraste entre nuestros progresos en la producción y el estancamiento de nuestras ideas y costumbres en otros campos de actividad. Y, como nos habían traído más perfectos procedimientos de trabajo y mejores semillas, traíannos también los europeos gérmenes de una nueva y vigorosa política.
La necesidad de la intervención de los inmigrados en la vida pública del país era ya tan fundamental, que hacia la misma época fundóse el Centro Político Extranjero, con asiento en Buenos Aires y ramificaciones en algunas provincias. Formado sobre todo por pequeños capitalistas de la ciudad y del campo, tuvo algunas sanas iniciativas, pero no la coherencia ni el entusiasmo necesarios para llevarlas adelante, ni la amplitud de conceptos que le hubieran permitido servir de núcleo a un nuevo partido argentino.
A los rutinarios y misoneístas que encontraban exótica nuestra naciente agitación obrera, porque no comprendían ni conocían el carácter mundial del movimiento proletario, pudo ella parecerles también prematura. Pero, ¿no se organizaban y apercibían a la lucha desde mediados del siglo los obreros de las pequeñas ciudades coloniales de Australia? En aquel país, tan semejante al nuestro, ¿no estaban ya en la liza hasta los esquiladores contra la clase patronal? ¿No estaba atrasadísimo nuestro movimiento obrero, como las demás manifestaciones de nuestra vida colectiva, respecto del de los Estados Unidos, donde desde 1835 las huelgas eran frecuentes y en 1886 paralizaban el trabajo de medio millón de hombres?
Y aquellos países coloniales de lengua inglesa, con los que siempre es tan fructuoso compararnos, estaban gobernados de modo muy diferente del nuestro. Durante la grandiosa guerra que dio la libertad civil a los negros de los Estados del Sud, el peso papel norteamericano había llegado a representar no más de 35 centavos oro; y al volver el país a la normalidad y a su rápido progreso, en pocos años estuvo el oro a la par, a pesar de las maniobras de los inflacionistas, a las cuales supo el presidente Grant oponer su veto.
La oligarquía argentina, en plena paz, encontraba pretextos en el progreso mismo del país, que se hacía a pesar suyo, para producir de 1884 a 1891 una nueva y profunda depreciación del papel moneda, cuyas graves consecuencias se habían de prolongar mucho más. Sucediéronse en ese tiempo las emisiones de papel, algunas de ellas clandestinas, para el despilfarro y la especulación de las camarillas gobernantes, hasta determinar la bancarrota de los bancos oficiales y llevar el oro a 450. La última fue la de 50 millones, en 1891, para fundar con valores tan mal habidos el actual Banco de la Nación.
La clase trabajadora fue la más duramente azotada por la honda crisis que siguió a aquel desbarajuste monetario. Habíanse gastado recientemente por millones los dineros públicos en pasajes marítimos gratuitos que trajeron al país centenares de miles de inmigrantes, no muy seleccionados por las empresas de transporte que hacían su negocio sobre todo en el sur de Europa. Al sobrevenir la crisis que siguió de inmediato a aquella época de latrocinios y locuras, quedaron sin trabajo numerosos brazos. En 1891 dejaron el país 82.000 emigrantes, excediendo esa cifra en casi 30.000 a la de la inmigración. La clase trabajadora, cuyos ahorros se habían desvanecido al fundirse los establecimientos públicos de crédito, veíase reducida a una vida cada día más estrecha por el creciente desequilibrio entre los salarios nominales y los precios.
No obstante las dificultades de la lucha en tales circunstancias, hubo ya en 1891 unas ocho huelgas de obreros albañiles, carpinteros, tipógrafos, sombrereros y ferroviarios, siendo la más importante de ellas la de los talleres de Sola, en que 1150 operarios interrumpieron su trabajo para exigir de la empresa del ferrocarril del Sur el cumplimiento de lo pactado respecto de la desvalorización del papel moneda. Y la agitación se propagaba, los gremios proletarios tendían cada vez más a organizarse, las huelgas fueron más numerosas en 1892. Ya entonces puso de manifiesto la clase gobernante argentina su poca preparación para afrontar los nuevos conflictos que se planteaban. En 1892, un paro de cigarreros dio ocasión la policía de Buenos Aires para encarcelar 70 trabajadores. Ese mismo año fue prohibida en Buenos Aires y Santa Fe la reunión pública en local cerrado que preparaban los socialistas para el lº de Mayo, se suprimió en la cámara de diputados la comisión nombrada el año anterior para estudiar las peticiones obreras sobre leyes protectoras del trabajo, y al ser presentada al concejo deliberante una petición de la federación obrera para que se creara en Buenos Aires una bolsa de trabajo, la solicitud no fue siquiera recibida, so pretexto de que debía ser dirigida al intendente y que sus pliegos no llevaban estampillas municipales. Simultáneamente hacia su aparición pública el anarquismo con su exaltación de buena fe, su violencia y sus procedimientos equívocos, para oponerse a toda organización seria de la clase obrera y predicar en su seno el más absoluto desprecio por la ley. La utópica y destructiva doctrina tenía ya sus periódicos, y en agosto de 1892 'La Prensa', con singular complacencia, anunciaba la aparición de un folleto titulado 'Libera Iniciativa', colección de recetas para fabricar bombas, la noticia de cuya aparición fue recibida entre los elementos obreros conscientes con la debida reserva.
La situación precaria hecha a los obreros por la misma crisis no les permitió consolidar sus primeros órganos de agitación. Aquellas agrupaciones y periódicos fueron de vida efímera. Pera estaba dado el primer impulso para un movimiento que tenía su razón de ser en los caracteres fundamentales de la sociedad argentina, y pronto se reanudó la agitación. Apenas terminado el estado de sitio que siguió a las revueltas de 1893, bajo la fresca impresión de aquel escandaloso episodio de la política criolla en que dos ejércitos distintos y enemigos, pero igualmente 'revolucionarios', se disputaban los despojos del corrompido gobierno de La Plata, apareció 'La Vanguardia', periódico socialista científico, defensor de la clase trabajadora. En su programa trazaba a grandes rasgos el desarrollo capitalista del país, cuya política era 'la alternativa del pillaje y de la plutocracia', señalaba la neta existencia de clases, diciendo: 'Ya están, de un lado, la Avenida Alvear, y, del otro, un inmenso barrio de conventillos', y se anunciaba como órgano del proletariado inteligente y sensato, que venía a fomentar la acción política del elemento trabajador argentino y extranjero, y a promover todas las reformas tendientes a mejorar la situación de la clase proletaria. 'Esperamos' - agregaba - 'iniciar una agitación durable y definitiva'.
El propósito se ha cumplido. 'La Vanguardia', redactada principalmente por argentinos, apareció en abril de 1894; en julio se inauguraba en Buenos Aires el primer local socialista sostenido por hombres del idioma del país, con lo que tomó nuevo impulso la agitación gremial, en septiembre se presentó al concejo deliberante un proyecto sobre las ocho horas para los trabajadores municipales, proyecto, como sus fundamentos, de fuente socialista, que fue muy combatido por 'La Nación' y 'El Diario'. El concejo se apresuro a mandarlo al archivo, lo que no impidió que en octubre miles de trabajadores hicieran una manifestación pública por las 8 horas, primer gran mitin obrero en las calles de Buenos Aires. Hubo también de hacerse ese año un mitin obrero contra los impuestos indirectos, a propósito del cual 'La Prensa' condenó 'la conducta de los socialistas que trata, de mezclar la clase obrera en asuntos municipales y políticos.'
Un año más tarde 'La Prensa' publicaba una extensa exposición, genuina y auténtica, sobre la razón de ser del movimiento obrero en el país, acerca del cual los diarios más importantes daban ya regularmente noticias. Al constituirse en 1895 el primer comité ejecutivo del Partido Socialista, se resolvió que sus miembros fueran todos ciudadanos, nativos o por naturalización. Ese comité dirigió la participación socialista en las elecciones de 1896 en la capital, y organizó el primer congreso del partido, en el cual se establecieron sus principios y se formuló su programa de reivindicaciones inmediatas. Figuraban entre éstas la abolición de los impuestos que encarecen la vida del pueblo, la supresión de todo fomento de la inmigración con los dineros públicos, la reglamentación legal del trabajo, la extinción gradual del papel moneda y todo lo que condujera a hacer que un peso simbolizara un valor mayor y más estable, la representación de las minorías y una más fácil naturalización. En su declaración de principios, decía el nuevo partido que 'en la República Argentina, a pesar de la gran extensión de tierra inexplotada, la apropiación individual de todo el suelo del país ha establecido de lleno las condiciones de la sociedad capitalista', 'agravadas por la ineptitud y la rapacidad de la clase rica, y por la ignorancia del pueblo.'
No es del caso estudiar en detalle la obra de la nueva organización durante los últimos quince años. Bástenos recordar la agitación contra las infames leyes de conchabos que regían en las provincias del norte, movimiento apoyado muy eficazmente por 'La Nación', y que triunfó; las manifestaciones del 1º de Mayo, la primera de las cuales hecha públicamente en las calles fue en 1897; la manifestación de desocupados de ese mismo año; el mitin y la petición con 10.000 firmas para que en el último proyecto de reforma de la constitución se incluyeran la independencia del Estado respecto de todas las iglesias y sectas, las ocho horas para los trabajadores del Estado, y la naturalización de los extranjeros por la simple inscripción en los registros cívicos; el manifiesto del grupo socialista del parlamento italiano, exhortando á los italianos en la Argentina a naturalizarse; los congresos anuales o bienales del partido, celebrados ya en la capital, ya en otros puntos como La Plata, Rosario y Junín; la propaganda contra la ley monetaria de 1889; las manifestaciones en favor de la paz con Chile y en apoyo del tratado que dio término a las disidencias con ese país; la petición presentada en 1891 con miles de firmas para que la naturalización pudiera obtenerse ante los jueces de paz; el mitin de desocupados de ese mismo año, en que se pidió la creación de un departamento del trabajo; la asamblea popular de protesta contra la actitud del gobierno y la ley de residencia, al terminar el estado de sitio de fines de 1902, aplicado entonces por primera vez contra el movimiento obrero; el triunfo del candidato socialista doctor Alfredo L. Palacios, en la elección de 1904, hecha por circunscripciones; su brillante y eficaz actuación parlamentaria, de la cual han resultado principalmente el impuesto a las herencias para fines de educación común, la ley de descanso dominical, y la reglamentación del trabajo de las mujeres y los niños; la transformación del semanario socialista en diario en septiembre de 1905; la actividad electoral obrera en 1908, cuando el voto socialista sólo pudo ser vencido en la capital por el voto venal y las malas artes del gobierno; las huelgas generales de 1904 y 1909, apoyada la primera e iniciada la segunda por el Partido Socialista, grandes movimientos de la clase trabajadora en son de protesta contra actos de la autoridad.
Tanta actividad en el terreno accidentado y azaroso de la lucha gremial y política no ha impedido que simultáneamente hayan nacido y desarrolládose en el mundo obrero argentino instituciones de orden económico y educativo. El socorro mutuo y la cooperación libre para proveerse de artículos de consumo y de habitación se extienden, sobre bases muy firmes. Los centros de estudio y escuelas libres se multiplican; no hay en Buenos Aires conferencias científicas populares más concurridas que las celebradas en los locales obreros. Las bibliotecas obreras se cuentan por docenas, y reúnen libros por millares. La literatura socialista y obrera escrita o traducida en el país es ya nutrida.
Es de notar en este país la difusión de la doctrina y la fraseología anarquistas, suficientemente vivaces en Buenos Aires para sostener un diario.
Diferentes circunstancias lo explican. Desde luego, la escasísima instrucción y la poca o ninguna educación societaria de muchos de los trabajadores, venidos en gran parte de los países donde más florece el anarquismo. Su desarrollo mental les basta para sentirse oprimidos, pero no para defenderse de los dogmas que les prometen a breve plazo la emancipación universal. Al dar a sus fórmulas un valor absoluto, son tan inteligentes como los personajes que en sus lucubraciones oficiales presentan las instituciones argentinas como 'la última expresión de la ciencia política'. La literatura hiperbólica y sentimental, lo mejor que produce la política criolla, estraga también el gusto de los trabajadores, predisponiéndolos en buen número para la frase pura y simple, sin significado concreto alguno. Y el fraude y la violencia entronizados en la política del país, los odios y envidias personales que mueven a las facciones de la oligarquía, su desprecio por la ley, la ignorancia y el descuido de la clase alta en cosas que al pueblo trabajador le importan de veras, explican demasiado la existencia de sectas obreras predicadoras del odio de clase y de la violencia. Tan emparentados están la política criolla y el anarquismo, que en éste han buscado apoyo más de una vez los peores caciques de aquélla; y de los más elocuentes propagandistas de la bomba el gobierno ha sacado varios altos funcionarios, que, a juzgar por su estabilidad y rápido ascenso, deben haber resultado excelentes.
Ha contribuido el anarquismo a desorganizar en este país el movimiento gremial, y sembrando el escepticismo político en las masas, ha alejado de la organización socialista a elementos obreros sugestionables e inconscientes. Ha contribuido también, sin embargo, a despertar y difundir en la clase trabajadora ese sentimiento de solidaridad colectiva, cuyas manifestaciones han sido tan grandes en los últimos tiempos, y ha iniciado las primeras tentativas de huelga general.
La lucha de tendencias en el seno del movimiento obrero ha determinado también la disociación de actividades cuyo desarrollo sería menos libre y completo de haber quedado confundidas como en un principio.
La organización gremial, la política y la económica de la clase trabajadora se hacen ahora por separado, si bien siempre vinculadas por la comunidad de sentimientos e ideas. Cada entidad procede con perfecta autonomía, y puede alcanzar su eficacia máxima. Nos alejamos así de las fórmulas simples, de las doctrinas esquemáticas, y vamos desarrollando un método popular de acción histórica, tan vasto y complejo como lo exijan las circunstancias. El problema del socialismo no es en este país, ni en otro alguno, poner en práctica un plan concluido y perfecto de organización social, como lo suponen todavía los que quisieran ver siempre al pueblo perdido en las nubes del ensueño, absorto ante los mirajes del porvenir, como quieren creerlo también los perezosos y cobardes para la acción histórica necesaria, que se plantean la cuestión en falso a fin de disculpar su incapacidad de resolverla. Aquí y en todas partes, el socialismo es este problema infinitamente más vulgar, y, por eso mismo, más trascendental: dadas las condiciones actuales del país, ¿cuáles son las formas de actividad individual y colectiva que han de elevar el desarrollo físico e intelectual de la masa de la población? Y la clase trabajadora está resolviéndolo al disciplinarse en las distintas formas de acción que elevan su bienestar mensurable: el gremialismo proletario, la política, la cooperación libre.
Con la diferenciación de esas funciones, la política socialista se libra de la preocupación conservadora que pudiera embargar en ciertos momentos a las cooperativas, y de los prejuicios de clase que estrechan eventualmente el horizonte de los gremios, y puede sistematizar su acción con más inteligencia y decisión. La política socialista argentina busca sus aspiraciones de fuera del país en los pueblos adelantados y técnico-económicamente, más semejantes al nuestro, aunque no lo sean por la raza, ni por la lengua. Comienza a distinguir entre las formas de propiedad y de privilegio a los fines del impuesto, y a ver en la propiedad del suelo el privilegio por excelencia. El partido obrero argentino tiene presentes a los hombres empleados en los principales ramos de la producción, los trabajadores del campo, todavía sin asomos de organización, y se traza un programa de acción política agraria. Ha iniciado ya su propaganda para hacer pensar a los peones de las pampas en lo que se hace en Australia; se propone hacerles desear una contribución directa progresiva que acelere la división de los latifundios. Quiere proyectar poderosos focos de luz sobre campiñas que hasta ahora sólo han visto la lumbre mortecina y pestilente del candil. El cambio es grande, mas no sin precedentes en esta tierra.
¿Vamos a persistir en la política de hoz y de tahona, que deja inculta e improductiva, la inteligencia de la mayor parte del pueblo, cuando vemos a la gran maquinaria agrícola enseñorearse de la vastísima llanura y arrancarle óptimas cosechas?
¿Ha progresado en la misma medida el criterio de los gobernantes argentinos para afrontar los problemas sociales? No podemos, desgraciadamente, afirmarlo. Su táctica preferida ha sido hasta ahora la de ignorarlos, cerrando los ojos y tapándose los oídos ante las más urgentes y claras demandas. En 1894 se negó la personería jurídica a la sociedad de obreros yeseros porque, a juicio del procurador de la nación, sus estatutos eran 'contrarios al interés general'. En 1895 la Policía encarceló a 80 socialistas, pretextando un pequeño desorden provocado, quién sabe por quién, en una de sus reuniones. Ese mismo año se fraguó el primer complot terrorista por la policía, que anuncia haber descubierto y evitado un terrible atentado en vías de ejecución. Empezaba a hablarse de las leyes de excepción contra los agitadores, y el censo nacional de 1895, refiriéndose al socialismo, lo presentaba 'como una mancha en el sol de nuestros progresos'.
Los golpes del sable policial no eran los únicos que descargaba un gobierno, así inspirado sobre las espaldas del pueblo. Elaborábase al mismo tiempo el complicado sistema de impuestos internos que han encarecido la vida del trabajador, y so color de proteccionismo o por simple voracidad del fisco, se elevaban también los derechos de aduana sobre todos los artículos importados que la clase trabajadora necesita para vivir; y cuando el papel moneda tendió firmemente a simbolizar más valor, con el consiguiente descenso de los precios a papel, se puso, el mayor empeño en detener la baja del oro, fijando finalmente el agio en 127,27 por ciento, mediante la ley monetaria actual a fin de impedir el alza automática de los salarios. Y tres años después, cuando los peones de barraca y del Mercado Central de Frutos, en demanda de más altos salarios, se declaraban en huelga, apoyados por los carreros y estibadores, decretóse el estado de sitio para sofocar el movimiento, se dictó la ley en virtud de la cual el gobierno argentino puede, sin formación de causa, penar a cualquier extranjero con el destierro, y, mediante la complacencia de jueces serviles, pusiéronse trabas policiales a la naturalización, medidas arbitrarias con que se declara defender 'la riqueza pública', como si hubiera riqueza más pública que la diariamente distribuída en forma de salarios, política obtusa y retrógrada, máxime en un país nuevo, despoblado y escaso de ciudadanos.
En desagravio tal vez de esa drástica intromisión del gobierno en los conflictos entre el capital y el trabajo, el ministro J. V. González, principal responsable de aquélla, preparó para el año 1904 un proyecto de 'ley de trabajo', que abarcaba todos los principales puntos reglamentados por la ley en los países cultos. Aquel voluminoso trabajo, presentado cuando ya la influencia de su autor, por acercarse a su término la presidencia Roca, decaía en el congreso, quedó por su propio peso en lo más hondo de alguna carpeta de comisión, no motivó ningún debate, nunca fue estudiado en serio, y puede considerársele como una mera recopilación y contribución académica sobre la legislación social. Puede creerse; que al presentar todo un código del trabajo al parlamento de un país donde jamás se había dictado ley alguna sobre la materia, el señor González no se propuso tanto hacer obra de legislador como aumentar los lauros bajo los cuales ya se incubaba su presidencia de la universidad de La Plata.
Inició su gobierno el presidente Quintana con algunas palabras favorables a las reivindicaciones obreras. Pero al aplicar la ley del descanso dominical, encargó de reglamentarla a, una comisión de patrones y funcionarios que han desvirtuado en gran parte su acción. Así también, al establecerse el flamante Departamento Nacional del Trabajo, se le dio una dirección y organización burocráticas, del todo inadecuadas a los fines propios de esa institución; y al dictarse la ley sobre el trabajo de mujeres y niños, se ha encomendado la vigilancia de su cumplimiento a la policía y a funcionarios dispersos en varias reparticiones, donde están acostumbrados a no hacer nada, dejando la aplicación de esa ley prácticamente sin más contralor que el voluntario de algunos animosos obreros. Pero no son cuestiones de esta índole las que preocupan al gobierno del doctor Figueroa Alcorta, cuyo desdén por las reivindicaciones del pueblo trabajador ha conducido a graves y dolorosos sucesos, frescos aún en la memoria de todos.
Como resultado de las nuevas costumbres e ideas propagadas entre los trabajadores del país, vemos la mejor adaptación del productor manual extranjero a nuestro medio, y la adaptación cada vez más completa de nuestro medio al trabajador extranjero, doble movimiento que nos acerca a los países cultos.
La organización obrera, al desarrollarse se ha argentinizado, y ejerce cada día más sobre el inmigrante esa función de asimilación que ya se le ha reconocido en Norte América. Los periódicos revolucionarios de lengua extranjera han desaparecido, y apenas quedan grupos políticos segregados por la nacionalidad de origen o por el idioma. Desde su arribo, el inmigrante suele ser invitado a entrar en su gremio, y allí lo que se habla, lo que se escribe, lo que se imprime, es bien o mal dicho y redactado en nuestra lengua. No izan en sus fiestas las nuevas sociedades obreras de socorros mutuos bandera extranjera. Y son tan fuertes los nuevos caracteres que al incorporarse nuevos elementos adquiere el pueblo argentino, que ya las agitaciones obreras del litoral han repercutido tierra adentro; en Córdoba se ha visto una huelga general, y la idea de organizarse para resistir a la explotación capitalista ha prendido en los obreros de los ingenios de Tucumán.
Al cumplir nuestro primer siglo de independencia, la clase trabajadora argentina muestra su salud y su fuerza en sus aspiraciones y conquistas. Ha reducido la duración general de la jornada en las ciudades a 8 ó 10 horas; ha conseguido en los últimos años que sus salarios nominales suban más que los precios, a excepción del precio del suelo; sus sociedades gremiales más fuertes han impuesto a los patrones cierta responsabilidad por los accidentes del trabajo; han elevado el respeto por el trabajador y su derecho, de asociarse; bajo la presión del pueblo obrero, se han dictado, siquiera 'pro formula', algunas leyes protectoras del productor manual y de su prole; en las ciudades, la clase trabajadora viste mejor, aunque son muchos todavía los hombres que van sin camisa y usan un pañuelo en lugar de cuello; la habitación, estrecha y carísima, es motivo de las más justificadas quejas; fuera de su propia organización de lucha, la creciente cultura del pueblo se revela en su mayor respeto por la mujer, en la propaganda obrera contra el alcohol, en la aparición y florecimiento de una prensa barata, y en embrionarias tentativas de creación artística.
Y lejos de acallarse las protestas contra la esclavitud y la miseria, la clase asalariada eleva cada día sus reclamaciones más alto, empeñada en emanciparse de la sujeción al capital. A noventa y cinco años del principio de la guerra de los gauchos contra los señores de la ciudad, vemos de nuevo animada la historia argentina por la lucha de clases. ¡Pero cuán diferentes las condiciones de la lucha hace un siglo y hoy!
Ahora entra primero en acción el pueblo obrero de las ciudades, constituido, y vigorizado por elementos étnicos nuevos; la clase social de más progresivo movimiento demográfico y que, lejos de apegarse a la rutina, aspiran el orden técnico-económico a un infinito adelanto; la de espíritu menos gregario, y cuyos individuos más conservan su personalidad dentro de la asociación; clase que desarrolla sus aptitudes para la cooperación libre; que sin repudiar ninguna noble ambición puesta a su servicio, sabrá hacer usa de los ambiciosos vulgares con poco, riesgo de ser sugestionada por ellos; pueblo que lejos de querer aislarse se siente íntimamente vinculado a los otros pueblos por los lazos del comercio y del afecto; multitud refractaria a la superchería religiosa; gente que abriga un ideal positivo, sano, terrenal, el de una sociedad humana de plena libertad y cumplida justicia, basada en la propiedad colectiva de los medios de producción. Estos se concentran en unidades industriales y comerciales cada vez más grandes, cuyo valor asciende a sumas de difícil representación. ¿No concuerda, pues, el ideal socialista con ese modo de ver vulgar que basa la independencia personal de un hombre en la posesión de sus medios de trabajo? ¿Sería más sensato que cada empleado ferroviario aspirara a ser un Harriman, y cada productor manual quisiera acumular las riquezas de un trust?
Auguremos, pues, de la nueva lucha social la aceleración de nuestro retardado desarrollo histórico. Será un proceso progresivo, constructivo, cuyos rigores ha de atenuar todo lo que la clase gobernante haga de verdadera solidaridad humana, consciente y activa, todo lo que en su obra ponga de inteligencia, de previsión.

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