Restos
humanos en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata
TROFEOS
DE GUERRA
Muchos
fueron saqueados de cementerios indígenas. Otros corresponden
a víctimas de la "Campaña al Desierto" o fueron
asesinados por expediciones organizadas desde el propio Museo. Algunos
estuvieron cautivos, fueron vejados y murieron en el edificio del Bosque
platense. Más de un siglo después siguen allí,
expuestos al público o a los investigadores, en lugar de volver
a su tierra. Poco a poco surgen voces críticas que reclaman una
reparación hacia las víctimas del primer genocidio cometido
por el Estado nacional.
Por
Daniel Badenes
"La
diferencia entre este museo y la ESMA es que acá quedó
todo registrado", provoca el fotógrafo y estudioso de culturas
indígenas Xavier Kriscautzky desde el subsuelo del monumental
edificio construido en el Bosque a poco de la fundación de La
Plata. La comparación con el prototipo de los campos de concentración
que la última dictadura cosechó por centenares suena arriesgada,
aunque tiene asidero. En ese mismo sitio restringido al público
del prestigioso Museo de Ciencias Naturales, en cuyos pasillos se respira
el aire nauseabundo de los ineficaces desagües cloacales, estuvieron
cautivos aborígenes capturados durante la conquista de aquello
que Julio Argentino Roca llamaba "el desierto", en la operación
militar que significó el primer genocidio perpetrado por el Estado
argentino.
Aún yacen ahí, entre cajones de madera arrumbados en sucios
depósitos, los restos de caciques reclamados por sus comunidades
de origen, entre unas diez mil "piezas" humanas que el museo
platense cuenta entre su patrimonio. "Así como hay colecciones
de mariposas y langostas, aquí se coleccionó gente",
afirma Kriscautzky, profesional del Departamento de Fotografía
Científica del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas
y Técnicas (CONICET).
"Tienen una deuda con todos nosotros que es histórica, moral,
espiritual", acusa Victorina Melipan Antieko, cacique de una comunidad
mapuche-tehuelche de Villa Elisa que recibe el nombre "callvu-shotel".
Significa "flecha azul", que es el color sagrado. "Antiguamente,
nuestros mayores usaban la flecha como herramienta para cazar, para
subsistir. Luego la usaron como un arma de guerra, para la defensa.
Hoy por hoy consideramos que nuestra flecha azul es el pensamiento",
dice Victorina, que hace una década corroboró su pertenencia
a una familia de lonkos de Costa de Lepá (Chubut), que la dio
en adopción "como tantos otros de padres de familias numerosas
y muy pobres, en un invierno bravísimo donde murieron miles de
chiquitos aborígenes. A mi me tocó sobrevivir y eso es
un privilegio". Convencida de haber encontrado su misión,
"determinada por nuestros antes", la nieta del cacique Zenón
Antieko tomó la palabra para oponerse a la exhibición
de restos humanos en el Museo y reclamar su restitución a los
lugares de origen, como han pedido otras comunidades indígenas.
"Hoy tenemos que levantar la voz. Aquellos que fueron traídos
no tenían voz. No tenían un derecho que los asista para
decir que no estaban de acuerdo. En ese momento, si reclamabas, te mataban.
Eras un indio". 120 años después, ese pasado oscuro
del museo fundado por Francisco Moreno empieza a ser conocido y cuestionado.
Beneficio
de inventario
"Si algo tiene de bueno este conflicto, es que no hay que andar
buscando debajo de la alfombra absolutamente nada. Todo está
publicado, hay documentos públicos", advierte con razón
el antropólogo y documentalista Cristian Jure: los catálogos
de la Sección Antropología de principios del siglo XX
son una escalofriante confesión de partes. Un número,
un nombre, la forma de muerte.
Esqueleto 1769, "Petizo", toba, Resistencia (Chaco), fusilado
en 1886 por orden del coronel Obligado, Colección Spegazzini.
Esqueleto 1786, "Michel", indio araucano (masculino), Corpen
Aiken (territorio de Santa Cruz), muerto en 1888 por expedición
del Museo.
Esqueleto 1837, "Sam Slick", asesinado en Rawson, Chubut.
Desenterrado por el doctor F. P. Moreno, viaje 1876-1877.
El inventario publicado en 1910 llega al número 5581 e incluye
esqueletos, cráneos, cueros cabelludos, cerebros, mascarillas
mortuorias, huesos sueltos, cadáveres disecados. "Un gran
cúmulo tiene como origen las colecciones fundadoras. Moreno era
un coleccionista de cráneos: a los 20 años tiene 300 en
un museíto en su casa, a los 23 tiene 700, y cuando inaugura
el Museo de La Plata ya tiene una colección de 1000 cráneos",
cuenta Fernando Pepe, partícipe de un grupo de estudiantes que
promueve la restitución a las comunidades.
Además de los recogidos en expediciones del propio Museo, buena
parte de los restos que llegaron a La Plata fueron inscriptos como donaciones.
Lo interesante es indagar quiénes fueron sus donantes. Unas trescientas
calaveras, por ejemplo, llegaron de la mano de Estanislao Severo Zeballos.
"Se le dice ´doctor Zeballos´, pero lo de doctor es
por abogado. Fue el ideólogo, el apoyo intelectual, quien justifica
la campaña del desierto", precisa Jure, actual coordinador
de la Unidad de Medios Audiovisuales del Museo. Zeballos fue quien redactó
La conquista de 15.000 leguas, por encargo del general Roca, que negociaba
el financiamiento de su ofensiva: "como vuestra excelencia lo deseaba,
para que pudiera ser leído por los miembros del Congreso",
escribió al entregarlo, en 1878. "La Barbarie está
maldita y no quedarán en el desierto ni los despojos de sus muertos",
informó unos años después. "¿Qué
interés científico puede haber tenido un tipo así...?",
se pregunta Jure: "esa es la razón principal por la cual
los indígenas consideran que esos cráneos fueron tomados
como trofeos de guerra".
Los restos recibidos en el edificio del Bosque platense que se inauguró
en 1885 provenían del avance militar sobre el Sur y Chaco. En
algunos casos se trata de aborígenes que fueron asesinados, y
los propios catálogos lo explicitan. Otros fueron extraídos
de cementerios: "Moreno era especialista en saquear cementerios
indígenas de Pampa y Patagonia", califica Pepe.
Así, el Museo de La Plata no era sólo un lugar de ciencia.
Era, ante todo, una institución política, con el objetivo
de forjar un imaginario social en sintonía con las necesidades
del Estado nacional en formación. "El problema político
era fundamentar que la Patagonia era Argentina. Por eso las primeras
colecciones fundadoras del Museo y los indígenas que son expuestos
son todos de la Patagonia", explica Pepe.
En 1890 Moreno se jactaba de haber formado "la serie antropológica
patagónica más importante que existe", una colección
que iba "desde el hombre testigo de la época glacial hasta
el indio últimamente vencido". Más aún: "tenemos
ya en el Museo representantes vivos de las razas más inferiores
(...) Estos indígenas se ocupan de construir su material de caza,
pesca y uso doméstico mostrándonos los procedimientos
empleados para vencer en la lucha por la existencia en los rudos tiempos
del comienzo de la sociabilidad humana".
Para los vencidos no había otra opción que el sometimiento.
Miles fueron prisioneros en el Tigre o en la Isla Martín García,
masacrados por la tortura, las balas, el hambre o epidemias desconocidas.
Otros, obligados a realizar tareas militares, o explotados en cañaverales
del Norte. Parecía no regir la abolición de la esclavitud
sancionada en 1813. Las familias de la elite elegían sirvientas
entre las mujeres y sacaban chicos de los brazos de sus madres para
regalarlos. Y Francisco Moreno, bondadoso, "rescataba" a algunos
para convertirlos en los objetos más atractivos de su Museo.
Cautiverio
platense
Cuando en 1879 el cacique Inacayal recibió a Moreno en Tecka,
cerca del Lago Nahuel Huapi, no imaginaba que su vida terminaría
como prisionero en el Museo de La Plata, conviviendo con restos de sus
allegados expuestos en una vitrina.
Junto a Foyel, Inacayal fue uno de los lugartenientes de Sayhueque,
el "Señor del País de las Manzanas". En un principio
mantuvo tratos cordiales con exploradores que recorrieron la Patagonia,
incluido Moreno. La situación cambió hacia 1884 cuando
el Estado argentino, decidido a "conquistar el desierto",
arrinconó a los pueblos indígenas. En octubre el grupo
encabezado por Inacayal y Foyel fue atacado. Treinta murieron y los
demás terminaron prisioneros. Según el Centro Mapuche
Tehuelche de Chubut, que hace 15 años inició un reclamo
por los restos de Inacayal, una vez allí fueron disgregados:
"los niños regalados a distintas familias porteñas,
las mujeres destinadas a trabajar como domésticas y los hombres
enviados a la isla Martín García a picar adoquines para
las calles de las ciudades".
En 1886 Moreno gestionó un nuevo sitio para los caciques: el
Museo de La Plata. Las intenciones de ese traslado están en tela
de juicio. "Si uno agarra los documentos escritos de Moreno es
una ayuda humanitaria", puntualiza la actual directora del Museo,
Silvia Ametrano: "Sería muy fácil emitir un juicio
de valor pero es un tema muy complejo. Habría que investigar
cuál fue el destino de los indígenas que quedaron en los
lugares de confinamiento". Para Fernando Pepe, en cambio, no hay
dudas: "Inacayal y su gente fueron traídos no porque Moreno
se apiade, como dice la literatura cientificista, sino que tenían
un destino fijo: la exposición y el descarne".
"Yo no puedo creer en su buen corazón y su buena esencia",
recalca la lonka Victorina Melipan: "Fueron prisioneros. Estuvieron
en su propia tierra privados de su libertad, de su propia esencia, de
su cosmovisión, de su cultura, de su modo de vida. Fueron separados
de sus hijos, entregados como mano de obra barata". Cristian Jure
introduce una reflexión interesante al reparar en la cercanía
al poder del entonces director del Museo: "Moreno tenía
la capacidad de sacarlos de Martín García, como pasó,
y volverlos a su tierra".
"Es lamentable el exhibicionismo que hizo en el Museo con los pueblos
originarios", condena el escritor Osvaldo Bayer, que ubica a Moreno
en su lista de personajes nefastos de la época roquista. Las
"exhibiciones vivientes" tenían escasos fundamentos
científicos y mucho atractivo como espectáculo. "También
se llevaban grupos aborígenes a Europa para mostrarlos",
agrega Kriscautzky: "se los puso ante el pasaje del público
como si fuera un jardín zoológico".
Las
muertes
Por las gestiones de Moreno fueron recluidos en el edificio del Bosque
platense el cacique Inacayal y su mujer, Tafá (una alacaluf originaria
de Tierra del Fuego; se presume que perteneció al grupo de Inacayal)
y Foyel junto a su mujer y su hija Margarita, entre otros. "Eran
una docena aproximadamente", estima Ametrano: "No todos murieron
aquí; muchos regresaron a sus tierras".
Efectivamente, Foyel pudo regresar a la Patagonia y, a cambio de reivindicarse
como argentino, se le "cedieron" algunas tierras que el Estado
consideraba "fiscales".
Inacayal, en cambio, se negó a resignar su identidad y siguió
en cautiverio. Fue fotografiado, estudiado, utilizado como sirviente
y expuesto a los curiosos nacionales y extranjeros. "Cuentan que
cada tanto se enojaba y decía ´ustedes huincas, matan a
mi gente, me traen acá, quiero volver a mi tierra´",
ilustra el arqueólogo Gustavo Politis. Por su parte, Pepe recuerda
un escrito sobre la psicología de Inacayal, realizado en esa
época por un empleado del Museo: "dice que nunca habla,
sólo cuando está borracho, que duerme todo el día
y es propenso a la pelea. Eso demuestra un malestar: no era una estancia
pacífica o placentera". Cita además que "hay
cartas de Moreno de la época en las que dice que les bajó
la ración de comida y aún así no quieren trabajar.
Eso es una tortura. Ellos venían del sur, acostumbrados a comer
una clase de comida, y pasan a comer sopa y a mitad de ración".
La seguidilla de muertes ocurridas en 1887 deja un manto de dudas sobre
lo ocurrido con el grupo de Inacayal. El 21 de septiembre murió
Margarita. El 2 de octubre, la mujer de Inacayal. El 10, la mayor del
grupo, Tafá. Varios diarios se hicieron eco de los fallecimientos.
El Eco de Córdoba, asociado a grupos católicos, acusó
a Moreno de "caballero de la noche". Un periódico porteño,
L´Operaio Italiano, lo cuestionó por no respetar las disposiciones
municipales acerca del tratamiento que debía darse a los muertos.
Fernando Pepe cree que pudieron haber sido envenenados y da una pista:
sus expresiones faciales, reproducidas en las mascarillas mortuorias
que conserva el Museo, "son impresionantes; tienen rasgos de sufrimiento
y dolor, los dientes apretados".
Inacayal vivió un año más y sobre su final se han
escrito relatos grandilocuentes, originados en cierto ritual que habría
hecho antes de morir, quitándose los "ropajes cristianos".
Si de algún modo supo anticiparse a su muerte, lo arrojaron por
las escaleras al desnudarse o se suicidó ante el tormento de
ver expuestos los huesos de su propia gente, es objeto de disputas irresolubles.
Pero todos coinciden en que murió el 24 de septiembre de 1888
y de inmediato su esqueleto descarnado, su cerebro y su cabello fueron
incorporados a la macabra colección de los "últimamente
vencidos".
De
época y algo más
"Es un tema muy difícil", advierte otra vez Ametrano
a la hora de juzgar a los hombres de "ciencia" que saquearon
cementerios y tuvieron indígenas cautivos en el Museo. "Con
los parámetros éticos y morales que he construido junto
con la sociedad actual, y analizando la historia, por supuesto que creo
que no hubiera sido deseable tener colecciones de restos humanos generadas
de esa manera", dice y enfatiza la "evolución cultural"
de su apreciación: "Era una práctica habitual de
la ciencia en el mundo, enmarcada en la gran desesperación por
entender el origen del hombre. Estoy haciendo un análisis, no
un juicio. No justifico lo que pasó. No sé si lo entiendo.
Lo ubico históricamente".
Jure admite que era una práctica habitual, pero aclara: "Era
la forma de hacer ciencia: la forma colonialista de hacer ciencia".
Por su parte, Kriscautzky se crispa ante el argumento que diluye todo
en una usanza de la época: "Yo pregunto si los indios pensaban
igual. Quiero saber qué pensaban los anarquistas en la Patagonia,
para la misma época. Y si todos los científicos pensaban
igual. En realidad, es producto del pensamiento de una clase dominante.
La ciencia en este Museo dependía de la ideología de esa
clase dominante".
Pero no había en aquellos tiempos, ni siquiera entre sectores
de la elite, una visión unánime sobre el trato a los indígenas.
"Mientras Roca hablaba de los salvajes o los bárbaros, San
Martín decía siempre ´nuestros paisanos los indios´",
distingue Bayer.
Por su parte, Politis recuerda que "Alsina era partidario de una
posición defensiva, no agresiva hacia los sectores indígenas,
para que se asimilaran progresivamente a la sociedad criolla. En cambio,
Roca y la generación del ochenta promovían una política
agresiva, de exterminio". Ministro de guerra entre 1868 y 1874,
Adolfo Alsina pretendió lograr acuerdos de paz, afirmando que
su plan era "contra el desierto para poblarlo y no contra los indios
para destruirlos". Según Roca, en cambio, había que
"ir directamente a buscar al indio en su guarida, para someterlo
o expulsarlo", según su mensaje al Congreso de 1878.
Tampoco la conducción del Museo gozaba de una aceptación
indiscutida: "Cuando mueren, los descarnan y pasan a formar parte
de colecciones, en los diarios hay voces críticas. Y si la prensa
de la época cuestiona, tan común no era", infiere
Jure.
El escritor español Federico Rahola visitó La Plata en
1903 y plasmó en el papel la "honda impresión"
que le produjo la exposición de cráneos, "hablándonos
de la capacidad intelectual y de las condiciones étnicas de los
hombres que hasta ayer defendieron su suelo nativo del invasor, reducidos
a mera curiosidad arqueológica. Los despojos de los indios que
murieron en las luchas libradas para la conquista del desierto por los
generales Roca y Villegas, los cementerios que conservaban los restos
de sus antepasados en la proximidad de sus tolderías, están
agrupados y clasificados en vitrinas, dándose el caso insólito
de un pueblo sacrificado en aras de la civilización, desposeído
de su suelo, cuyos restos han servido luego para formar colecciones
de un museo zoológico. Vivo todavía el recuerdo de la
lucha, los sabios estudian ya fríamente aquellos cráneos
cual si fuesen de una raza prehistórica".
Poco
a poco
El Museo tuvo cautivos a indígenas vivos hasta septiembre de
1894, cuando murió el joven yamana Maish Kenzis, que lleva más
de un siglo en una vitrina. No obstante, el paso del tiempo también
produjo cambios en las exhibiciones. Ya en 1927, cuando aún se
exponían en una vidriera central cien esqueletos de originarios,
se habló de un "panteón" de "héroes
autóctonos que defendieron el suelo patrio de la pampa",
según la Guía del Museo redactada por Luis María
Torres. "Ya hay un cambio de actitud. Los restos seguían
en exhibición masivamente, pero se los considera próceres
de la patria, que habían luchado contra el enemigo gringo. No
queda claro a qué enemigo se refiere, pero hay un cambio de visión
sobre los caciques indígenas", interpreta Silvia Ametrano.
Sin embargo, Inacayal y su grupo estaban fuera de ese altar de la patria.
Otro cambio institucional importante se produjo en los años 40,
cuando la exhibición dejó de ser masiva, si bien el botín
humano de las campañas al desierto siguió en el Museo
hasta nuestros días. Al cierre de esta edición, el Museo
aún mostraba el esqueleto de Maish Kenzis en su sala de Antropología
Física y a una momia de Tiahuanaco, entre algunos otros restos.
"Exposición no es solamente cuando vos lo mostrás
al público al que le estás cobrando", relativiza
la mapuche Victorina Melipan, sublevada: "Está expuesto
a todos los investigadores, cuando tiene que estar con su pueblo. Está
expuesto al que lo mira todos los días y lo clasifica arriba
de una mesa".
Los reclamos de restitución se hicieron públicos en los
´70, en varias partes del mundo. Las comunidades de América
del Norte y Australia marcaron el rumbo inicial. "Lo avanzado del
tema depende de realidades locales", explica Ametrano: "Estados
Unidos, donde las identidades culturales de las comunidades indígenas
se han preservado mucho más, fue más rápido".
En nuestro país, los únicos dos restos devueltos a sus
tierras salieron del Museo fundado por Moreno. Además, retornó
a Tenerife una momia guanche que estaba en Necochea.
El primer pedido a la institución platense, que no prosperó,
fue de un historiador que pretendía trasladar los jefes aborígenes
a Trenque Lauquen. Recién en 1988 apareció un reclamo
indígena por esa deuda histórica: el Centro Indio Mapuche
Tehuelche de Chubut pidió la devolución de Inacayal. Así
se abrió un debate donde, a un siglo de la muerte del cacique,
primó entre los académicos la idea de "defender el
patrimonio" de la institución. Hasta el Consejo Superior,
órgano máximo de la Universidad, denegó la petición.
Pero la publicidad del tema derivó en el impulso a una ley para
forzar su retorno. Recién en abril de 1994 los restos de Inacayal
fueron trasladados al valle de Tecka, en medio de actos protocolares,
rituales indígenas y discursos políticos en cada parada.
Ese mismo año, la reforma constitucional introdujo un gesto significativo
al reconocer la "preexistencia étnica y cultural de los
pueblos indígenas", lo que promovió una nueva legislación.
A fines de 2001, el Congreso estableció que "los restos
mortales de aborígenes, cualquiera fuera su característica
étnica, que formen parte de museos y/o colecciones públicas
o privadas, deberán ser puestos a disposición de los pueblos
indígenas y/o comunidades de pertenencia que lo reclamen".
La norma, que aún no se reglamentó pero es una referencia
fuerte para las demandas, evitaría el trámite de sancionar
leyes individuales para cada caso, como ocurrió hasta ahora.
Fue un año clave para los partidarios de las restituciones. El
22 de junio, también por obligación, la institución
del Bosque restituyó los restos de Panquitruz Güor (Mariano
Rosas, ver recuadro) a la localidad pampeana de Leuvucó. Mientras
le rendían homenaje, con su cráneo envuelto por la bandera
del pueblo ranquel, una representante del Consejo de Lonkos advirtió:
"la verdadera lucha no se termina, porque los demás hermanos
que quedan acá pronto van a ser recuperados para que todos puedan
descansar en paz".
La
vergüenza
En ese clima reparador, algunos estudiantes de antropología se
fijaron un desafío: lograr que el Museo tome la iniciativa y
retorne los "trofeos de guerra" a sus tierras, anticipándose
a los reclamos. "Pedimos permiso y empezamos revisando el inventario
de Antropología Biológica. Buscábamos a la mujer
de Inacayal y la gente que vino con él", relata Fernando
Pepe, miembro del Centro de Estudiantes: "No nos imaginábamos
que una de las primeras piezas que íbamos a encontrar sería
el cuero cabelludo de Inacayal. Pensábamos que estaba restituido".
Todos lo pensaban.
"Si en 1994 te dicen que se restituyeron los restos, ¿cómo
ahora puede aparecer el cabello de un lonko, que es algo sagrado para
nosotros, y su cerebro disecado mantenido en formol?", se exaspera
Victorina Melipan: "Violaron algo sagrado: la palabra y el espíritu
de confianza de los pueblos. A partir de ahora podemos suponer que aquellos
huesos no pertenecían a esa persona".
Pepe no cree eso, pero sí que "es posible que aún
haya en La Plata restos del esqueleto de Inacayal y otras partes blandas
que no hayamos encontrado. No hay un inventario de cuando se hizo la
restitución. Yo creo que no está completo".
Para la directora del Museo, el incidente es una suerte de error administrativo.
"Es una consecuencia de museos tan grandes y viejos como el nuestro.
En el 94 no se sabía que estaba", asegura. "Por eso
la ley federal de Estados Unidos que obliga a la restitución
de restos, dio cinco años a todas las instituciones con colecciones
de restos humanos para hacer un riguroso reinventariado, y recién
después de ese período comenzar las restituciones".
Ametrano afirma que hay una decisión en ese sentido y se está
trabajando en el reordenamiento de las "piezas". Pepe desconfía
de que haya real interés en la institución: "Nuestro
grupo somos todos estudiantes. No tenemos ningún graduado, ningún
doctorado. Hay profesores y licenciados que podrían trabajar
en el tema, pero nadie se anima para no perder su trabajo".
Mientras tanto, el Museo ya recibió pedidos por los restos de
Chipitruz, Indio Brujo, Gherenal y Calfucurá. Este último,
acaso por su relevancia, tiene cuatro reclamantes, en cuya conciliación
trabaja el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas.
Entre los miles de restos humanos "coleccionados" en La Plata
hay alrededor de treinta con datos identificatorios -nombres, fechas,
tribus-, incluyendo tobas, tehuelches, araucanos, un mataco, un ona,
la india alacaluf y un yamana; estos dos últimos, muertos en
la época más sombría del Museo, cuyas heridas aún
no cierran.
Volver
a ser tierra
"Nos deben respeto. Muchos de ellos han hecho sus tesis y todo
lo demás a costa de la sangre y la memoria de nuestros antepasados.
Queremos que se devuelvan a la brevedad todos los restos de aborígenes
que están en el museo. Que se restituyan a los descendientes,
a sus comunidades de origen o a las regiones donde estuvieron asentados",
presiona la cacique desde Villa Elisa, decidida a intervenir en la discusión
que empieza a abrirse: "también exigimos que se restituya
el 50% de todo lo recaudado por la exhibición de los nuestros".
Lejos de eso, el debate académico aún tiene posiciones
encontradas, y el Museo avanza lento en sus gestos de reparación
histórica.
"Sería un perjuicio para el Museo si se hace un despoblamiento
masivo de estos cuerpos. A través de ellos podemos comprobar
cómo eran las costumbres y modos de vida de otras culturas. Además,
la principal función del museo es educar a través de la
observación", declaró tiempo atrás al diario
Hoy Héctor Pucciarelli, jefe de la división de Antropología
Biológica.
"Cuando hicieron la sala de Etnografía, la iban a llamar
Encuentro de Culturas", evoca y cuestiona Kriscautzky: "En
realidad es una cultura que está exhibiendo a otras. Aquí
no hubo otras culturas opinando sobre cómo exponer sus ideas.
Sólo se buscó que la sala quede lo más linda posible
mostrando hachitas, flechitas... Al no participar las culturas vivientes
en cómo contar su propia historia, para mí sigue siendo
una falta de respeto".
A fines de 2003, miembros de una comunidad boliviana de Tiahuanaco hicieron
una ceremonia en la ciudad que iba a concluir en las escalinatas del
viejo edificio del Bosque. "Había gente que venía
de Bolivia. No conocían el museo. Cuando llegaron ahí
decidieron entrar, fuera de todo lo previsto", recuerda Cristian
Jure, que los acompañaba con su cámara en el hombro.
Otra vez el Museo de los vencedores recibía a los vencidos, pero
esta vez tenían voz y más libertad. Angustiada, una mujer
se colocó una mano en el pecho y no la movió de ahí
en toda la ceremonia. Casi todos, en silencio, caminaron dando vueltas
en torno al vidrio que aprisiona a la momia de un antepasado. Al rato,
uno de ellos improvisó unas palabras demoledoras: "Para
nosotros es un gran dolor. Es una gran tristeza que en el siglo XXI,
en esta sociedad moderna, llamada una nación civilizada, todavía
no haya respeto a nuestras raíces... Cualquier ser viviente,
en cualquier punto del planeta, tiene derecho de descansar en el lugar
que nació".
Jallalla se titula el video que guardó ese momento, y sirvió
para sensibilizar a quienes decidieron no exhibir restos humanos en
Tres Arroyos (ver recuadro). Jure, su responsable, destaca la importancia
de estos reclamos en la reconstrucción de identidades: "muchos
descendientes que no se reconocían como tales empezaron a identificarse
como indígenas a partir de los reclamos de restitución".
No es poco para una Nación que durante décadas silenció
parte de su historia y "eliminó a los indios hasta de los
censos", como escribió Ricardo Rojas en 1940.
"No pueden seguir atrapados ahí. Somos tierra, tienen que
volver a su tierra. Merecen respeto quienes murieron dejando la sangre
en este suelo, que es su suelo, donde fueron sometidos", insiste
Victorina Melipan, evocando los orígenes de estos territorios:
"Nos tendrían que restituir la tierra. No la van a restituir.
Entonces por lo menos que nos restituyan la identidad de nuestros mayores,
con el mismo respeto que fueron repatriados los restos de San Martín
y de Rosas".
"Hay una reivindicación histórica y un uso magnífico
del conflicto", aprueba Jure: "El gran reclamo siempre de
las comunidades indígenas es el territorio. Reclamar los restos,
más allá de toda la legitimidad del reclamo como tal,
implica decir: tráiganlo acá, porque el lugar donde lo
van a enterrar es nuestro".
El
genocidio
La política del Estado argentino hacia los aborígenes
en el último cuarto del siglo XIX es una gran lección
sobre eufemismos. Se llamó desierto al territorio ajeno, excavación
científica a las profanaciones de tumbas y campaña a un
verdadero genocidio.
Julio Argentino Roca fue el máximo responsable de la conquista
del Sur, en lo que llamó campañas del desierto, ofensivas
político-militares sobre territorios pampeanos y patagónicos
que se desarrollaron entre 1878 y 1885. Para organizar la Argentina,
pensaba, había que "concluir con los indios".
"El éxito más brillante acaba de coronar esta expedición
dejando así libres para siempre del dominio del indio esos vastísimos
territorios que se presentan ahora llenos de deslumbradoras promesas
al inmigrante y al capital extranjero", anunció con orgullo
al congreso al concluir su plan, por cuyo "éxito" ascendió
de Ministro de Guerra a Presidente durante dos mandatos. Entre los militares
e ideólogos de esa conquista, el triunfo también se retribuía
con grandes tierras, colecciones de objetos de valor y cráneos
tomados como botín de guerra, además de los beneficios
del trabajo esclavo de los vencidos.
Los "indios" que no aceptaban subordinarse eran aniquilados,
mientras que los "amigos" eran deportados y recluidos en reservas
miserables.
"Estos son los primeros desaparecidos de la Argentina: Inacayal,
su gente y los 20.000 muertos en el genocidio de las campañas
al Sur y al Chaco", sostiene Fernando Pepe. Por eso siente "una
continuidad" entre los homenajes a los desaparecidos y "el
rescate de la memoria de estas cosas escondidas u olvidadas dentro del
Museo".
No es el único que plantea una analogía entre aquel entonces
y la última dictadura. Kriscautzky identifica la ESMA con el
Museo de La Plata, en alusión al cautiverio de indígenas
en tiempos de Moreno. Gustavo Politis tiende a creer en cierto objetivo
de "darles condiciones de vida un poco mejores", aunque admite:
"No se podían ir de acá. Estaban presos. Es como
decir: salieron de Mansión Seré y los metieron en un penal".
El
templo del morbo
"Si quieren lucrar que lucren con otra cosa. Ya eso hora de que
piensen con esa cabeza que tienen y tantos doctorados, que inventen
un nuevo sistema para museos. Pero no más con huesos humanos",
reclama con dureza Victorina Melipan Antieko.
Las discusiones sobre ese tipo de exhibición, paralelas a los
reclamos de restitución, también tomaron fuerza en los
últimos años.
El reclamo de mayor repercusión apareció hace un año,
cuando La Nación y luego otros diarios nacionales difundieron
la intención del Museo de Arqueología de Alta Montaña
de exponer a todo público unos ajuares y las momias de tres chicos
incas sacrificados hace cinco siglos, que fueron hallados en 1999 en
la cima del volcán Llullaillaco (Salta). "La verdad es que
estamos obligados a mostrar las momias. Constantemente recibimos notas
de gente que nos lo pide", justificó en aquel entonces el
director del Museo salteño.
"La exhibición de las momias sigue un criterio de kiosco:
la antropofagia es muy rentable. Eso no es para la educación
o el conocimiento, sino para la entrada. Y se da como natural que el
Museo cobre entrada", objeta Kriscautzky y habla del caso platense:
"La gente viene a ver las momias. Entonces se las muestra como
un atractivo, un objeto de curiosidad. Algunas no tienen más
edad que la de tatarabuelos de funcionarios que están en el Museo,
y corresponden a culturas que están vivas en el país".
En el Museo de La Plata, la imprevista visita de la comunidad boliviana
en 2003 fue clave, aunque la momia de Tiahuanaco sigue en exposición
aún hoy. "Nos hacen un daño terrible, irreparable,
es un daño muy grande. Dicen investigar, pero no tienen conocimiento
desde los pueblos originarios sino desde la cultura occidental",
cuestionó quien tomó la palabra para reclamar.
Las imágenes grabadas ese día por Cristian Jure se plasmaron
en un audiovisual que circuló en ámbitos académicos.
Dos años después, Politis recurrió a ellas en "Tumbas
sin tiempo", el video que decidieron exhibir en el Museo de Tres
Arroyos en la sala donde iban a estar y no están los restos humanos
del sitio Arroyo Seco 2. La decisión acuerda con una tendencia
mundial. Otra institución local que decidió quitar esas
"colecciones" de sus salas fue el Museo Etnográfico
de Buenos Aires.
"En la exhibición que tenemos ahora, no sé si con
éxito, se intenta mostrar las prácticas y la actitud ante
la muerte, que es un tema que se puede seguir tratando", cree Ametrano,
la directora de la institución platense, que aún no satisfizo
los reclamos explícitos de no-exhibición que recibió.
Aclara que "no hay ninguna ley que prohíba la exhibición
de restos humanos", si bien reconoce la proliferación de
códigos de ética. El Comité Internacional de Museos
de la UNESCO, por ejemplo, sugiere trabajar a partir del permiso de
las partes. "Que la comunidad de pertenencia del resto humano manifieste
su consentimiento para la exhibición de restos humanos",
explica Ametrano: "Es un esfuerzo que va a haber que desarrollar.
No será muy fácil de construir porque no todas las comunidades
indígenas en nuestro país están tan organizadas".
Un
rostro del abuso
"La pequeña Damiana, abandonada en el transcurso de esa
escena de carnicería, fue de inmediato apañada y conducida
a Sandoa donde hoy es educada por los matadores de los suyos",
relató Charles de la Hitte, allegado al antropólogo Herman
Ten Kate, que trabajó en el Museo de La Plata a fines del siglo
XIX. Se refería a una bebé, cuyo verdadero nombre desconocía,
capturada tras un feroz ataque a un campamento de indios Guayaquíes
(según el nombre, también, colocado por los conquistadores).
Tiempo más tarde, Ten Kate tomaba sus medidas y la fotografiaba
para compararla con un modelo de referencia: las niñas germánicas
de la época. Poco afecto recibió la niña bautizada
como Damiana por sus apropiadores, entre fotos humillantes y castigos.
En 1900 fue llevada a San Vicente para trabajar como sirvienta en la
casa del director fundador del Hospital de Melchor Romero. Pero Alejandro
Korn terminó internándola, primero en su propio nosocomio
y luego en una "casa de corrección", alarmado por su
conducta.
En un artículo publicado en la revista del Museo de La Plata,
que reproducía su foto desnuda, Robert Lehmann-Nitsche afirmaba
que "la libido sexual se manifestó de una manera tan alarmante
que toda educación y todo amonestamiento por parte de la familia,
resultó ineficaz", un indicio del trato que pudo haber recibido
al pasar de mano en mano. "No podría decir que hubo un abuso
de acceso carnal, pero Damiana fue víctima de un abuso sexual.
Eso es innegable al ver las fotografías que le toman a una niña
desnuda", interpreta Fernando Pepe.
Aquella ignominia no terminó ni cuando murió, atacada
por la tisis. Los científicos locales le cortaron la cabeza y
la enviaron a la Sociedad Antropológica de Berlín. "El
cráneo ha sido abierto en mi ausencia y el corte del serrucho
llegó demasiado bajo", se quejaba Lehmann-Nitsche, el científico
importado por el perito Moreno que regresaría a Alemania hacia
1930, después de 33 años como jefe de la Sección
Antropología del museo platense.
Un
cacique sin paz
El ranquel Paghitruz Güor se crió a orillas de la laguna
Leuvucó, en el nordeste de La Pampa. Tenía nueve años
cuando fue secuestrado junto a otros chicos indígenas por una
tropa que lo entregó a Juan Manuel de Rosas. Al saber que era
hijo de un cacique y pertenecía a la prestigiosa "dinastía
de los zorros", éste "le hizo bautizar, sirviéndole
de padrino, le puso Mariano en la pila, le dio su apellido y le mandó
con los otros de peón a su estancia del Pino", según
Lucio V. Mansilla, sobrino de Rosas, que relató parte de su historia
en la novela Una excursión a los indios ranqueles.
Con los huincas, "Mariano Rosas" aprendió español
y la tarea de las faenas rurales. Hasta que en 1840, después
de seis años, ansió volver al monte y huyó.
Una vez en Leuvucó recibió de su padrino animales, prendas,
objetos de valor y una invitación para visitarlo. Pero Mariano,
que decidió conservar ese nombre, no quiso abandonar su tierra,
ni siquiera cuando su tribu quedó diezmada por la viruela. En
1858 asumió la conducción de la confederación ranquelina.
Negoció tratados de paz y, cuando fue necesario, lideró
la resistencia contra el ataque de "los blancos".
Enfermó y murió en agosto 1877, un año antes de
que Roca lanzara la ofensiva militar que arrasó con su comunidad.
En 1879 el coronel Eduardo Racedo halló tu tumba y lo desenterró
para comerciarlo en Berlín, aunque terminó en manos de
Estanislao Zeballos. Así, los restos robados en Leuvucó
fueron "trofeos de guerra" que permanecieron durante más
de un siglo en La Plata, hasta que el Museo tuvo la obligación
de restituirlos en 2001.
Además de evocar parte de la historia de Mariano Rosas, el libro
de Mansilla, publicado por entregas en 1870, fue un aporte relevante
a la literatura argentina y evidencia que había otras formas
de ver al "indio" en su época, sin presentarlo como
un ser inferior, salvaje y ajeno a la condición humana.
El
héroe que la derecha nos legó
"Destacadas personalidades se vieron atraídas por la visión
abarcadora del fundador de La Plata, entre ellos, un joven autodidacta
de veinticinco años, Francisco Pascasio Moreno (...) Este hombre
ejemplar y científico por vocación, enterado de las intenciones
del gobierno provincial de crear un museo de ciencias naturales dona
su colección privada reunida durante diez años...".
Así presenta al primer director del Museo el sitio web de la
Municipalidad de La Plata. Y comúnmente se desconoce la trayectoria
de este personaje, mitificado en los relatos más públicos,
cuyo apellido y condición de perito se asocian a uno de los glaciares
más bellos del país.
"Para mí el perito Moreno es un ser sin ética. Era
muy racista", objeta el escritor Osvaldo Bayer, obstinado en su
militancia por quitar del centro porteño el gran monumento a
Roca y reemplazar los nombres de calles y ciudades que homenajean a
los responsables del genocidio del siglo XIX. El autor de La Patagonia
Rebelde menciona que el fundador del Museo platense afirmaba que los
mapuches tenían "cara de sapo", y no se cansa de relatar
la ocasión en que fue invitado al Museo Perito Moreno de Bariloche
y cuestionó, a partir de sus propias frases, la figura del prócer.
"Me interrumpió la directora del Museo para decirme: ´señor
Bayer, usted se olvida que eran los tiempos de Darwin, que señalaba
que el hombre desciende del mono´. Le agradecí infinitamente
la lección que me acababa de dar y dije: ´Ahora comprendo
todo. El hombre desciende del mono y los mapuches del sapo´. Hubo
una gran risotada y nunca más me invitaron".
Acomodaticio en los espacios de poder, traicionero explorador del sur
argentino, coleccionista de cráneos, desertor de una misión
pública, propagandista de su propia figura: los motes que Moreno
recibe en los relatos no oficiales distan mucho del prócer intachable
que presentan las estatuas.
Por si fuera poco, antes de morir completó su currículum
participando de la fundación de la Liga Patriótica, una
organización de extrema derecha que combatió a grupos
obreros que luchaban por reivindicaciones como la jornada laboral de
ocho horas. Fue precisamente Manuel Carlés, el líder de
ese grupo, quien promovió a héroe nacional la figura de
Moreno, centrada en su rol como perito, por el que señaló
los límites entre Argentina y Chile.
Bayer no ve razones para glorificar a "un hombre que puso fronteras
entre dos países iguales que no tenían fronteras, cuando
debimos haber conformado los Estados Unidos de Latinoamérica,
como quería Bolívar. Esas fronteras se pusieron de común
acuerdo para dar importancia a los dos ejércitos. Así
comenzaron las grandes compras de armas a dos grandes fábricas
alemanas, que fueron grandes negociados".
¿El Museo de Moreno?
Al fundar el Museo de La Plata, Francisco Moreno había logrado
su designación como director vitalicio. Sin embargo, se alejó
de la institución cuando ésta pasó a la órbita
de la Universidad, nacionalizada en 1906. Para entonces, hacía
tiempo que su presencia allí era bastante escasa.
Desde entonces transcurrió un siglo y en el Museo hubo nuevas
caras, se sucedieron otras etapas y estilos de conducción, fue
guardada en depósitos la mayoría de los restos humanos
acaparados en el siglo XIX y comenzó a revisarse críticamente
la historia de la institución.
Para Ametrano, "el Museo de hoy no es el museo de Moreno. Y bastante
malo sería que lo fuera: significaría que acá no
pasó nada. Pero la cultura evolucionó, la ciencia produjo
nuevos conocimientos, y estamos trabajando duramente en renovar la presentación
de los paradigmas científicos en la función educativa
que tiene el Museo". Fernando Pepe disiente: "Muchos de los
integrantes de la casa se sienten custodios del legado de Moreno. Sus
rastros están en todo el Museo. Todo lo que es fundacional se
conserva".
Hoy por hoy, el busto de su fundador recibe a los visitantes en el hall
central del Museo, la "Sala Moreno" es una de las más
preciadas y mucho se sostiene con los aportes de una fundación
privada que lleva su nombre y protege su mito.
Héctor Fasano consagró el relato que lo hizo prócer
con una biografía titulada "Perito Francisco Pascasio Moreno.
Un héroe civil". El libro se presentó en mayo de
2002, cuando al cumplirse 150 años de su nacimiento, el Museo
platense y la Fundación Moreno le rindieron "merecidos homenajes"
a este hombre "autodidacta, humanista, explorador, legislador,
educador" cuyo "legado principal fue el amor y la generosidad
que caracterizaron todos los actos de su vida", como aún
reza el sitio web de la institución académica (http://www.fcnym.unlp.edu.ar/museo/moreno.html).
Modos
de ver
En mayo pasado Xavier Kriscautzky presentó en unas jornadas realizadas
en la Biblioteca Nacional un impactante audiovisual surgido de la exploración
de su propia área de trabajo, el archivo fotográfico del
Museo de Ciencias Naturales. Titulado "Desmemoria de La Esperanza,
1906-2006", contrapone imágenes de un ingenio tucumano en
dos momentos separados por un siglo. Las primeras, tomadas sin consentimiento
y recuperadas en el húmedo subsuelo de la institución
platense, dan cuenta de la mirada que algunos científicos locales
tenían sobre los aborígenes a comienzos del siglo XX.
Las segundas, producidas por el propio Kriscautzky, denuncian la pobreza
de los descendientes de aquellos y los olvidos respecto a sus orígenes.
El trabajo fue elogiado por el Ministro de Educación de la Nación,
Daniel Filmus, que decidió financiar un libro para que esas imágenes
se conozcan en ámbitos educativos.
"Hay que mirar cada rostro de los aborígenes del pasado
para darse cuenta las condiciones en que estaban, el estado extremo
de sometimiento. Lo que quiero mostrar en el audiovisual es cómo
una mirada diferente requiere un marco de complicidad para que alguien
pose para una fotografía. Ellos toman la decisión: quiero
ser protagonista, quiero que alguien se entere lo que nos está
pasando. Y no mostrarlo como un elemento exótico", explica
el realizador.
Kriscautzky exploró el archivo del Museo, repleto de fotografías
con indígenas signados por el sometimiento: "Hay muchísimos
desnudos. El científico que hacía desnudar a los indios
en la fotografía no lo hacía por una necesidad de la antropometría,
que se basaba en estudiar las medidas del cráneo y rasgos faciales.
Lo hacía para hacer su trabajo más atractivo a la vista
al espectador. O sea que los desnudaba sólo por el hecho de generar
un marco erótico en las imágenes, cuando al mismo tiempo
en Europa se había prohibido la venta de fotografía pornográfica".
Fuente:
La Pulseada. Revista de Interes general
http://www.lapulseada.com.ar/43/43_museo.html
