Variedades Tintas

Malbec

La uva emblemática de la Argentina. Durante muchos años el Malbec fue conocido en nuestras tierras como “la uva francesa”, ya que su origen se confundía entre las variedades que importaron los inmigrantes europeos. Aunque no se conoce ciertamente el origen de su nombre, hoy el mundo está comenzando a asociar los vinos argentinos con la expresión de este cepaje rojo de gran personalidad. En las primeras décadas del siglo llegaron a implantarse en nuestro país más de 50 mil hectáreas de Malbec; hoy existen en Argentina más de 16 mil hectáreas (14.300 están en Mendoza): es el cepaje tinto más extendido.

Para comparar basta señalar que en Chile, los viñedos de Malbec abarcan una superficie que ronda las 6.000 hectáreas, Francia tiene 5.300 hectáreas implantadas con esta variedad conocida allá también como Cot y Auxerroir y que se cultiva en la zona de Cahors; y en California, se destinan al Malbec unas 45 hectáreas. En su color se destaca el rojo intenso, los matices violáceos, negros y azulados. Para reconocerlo por sus aromas habrá que recordar el olor de las ciruelas muy maduras o de las mermeladas de mora o guinda.

Si es un vino maduro, aparecerán las notas de carnes ahumadas, cuero y pasas de uva. En la boca, el vino se expresará en todo su esplendor; si es joven, apenas una agradable aspereza impresionará el paladar; si ya tiene algunos años, será un vino de gran complejidad. Otras pistas para reconocer un Malbec: es un tinto generoso, equilibrado y apasionado a la vez, decididamente nuestro y para el mundo. Es tiempo de descubrirlo y comprobarlo personalmente.

Cabernet Sauvignon:

Conocida como “La reina de las variedades Tintas”, es iIndomable, apasionado, fascinante. Buenas palabras para describir al Cabernet Sauvignon, un vino con el encanto de lo salvaje. Este cepaje de origen francés quedó en la historia como el “salvaje de las cavernas”. Hoy, es un soberano cosmopolita, extendido en todo el mundo vitivinícola. Supo adaptarse a diferentes suelos, climas y culturas. Se deja modelar por las manos de viñateros de diversas razas y lenguas. En Argentina, ocupa más 12 mil hectáreas de las tierras bendecidas con vid. Mendoza tiene el mayor patrimonio de esta uva (9.108 hectáreas) y le sigue San Juan con 585 hectáreas.

El resto se reparte en los paisajes de Río Negro, La Rioja y Salta. En la copa, este vino explica los secretos de su éxito. Una tinta roja, profunda y provocadora sale al encuentro de las miradas. Los terruños serán cómplices en la creación del color y algunos permitirán la magia del rubí hecho vino. Su reputación de salvaje es evidente en la primera inspiración. Los aromas exóticos caracterizan al Cabernet Sauvignon y quizás el primero que descubrimos nos recuerda al pimiento verde. Este aroma es primario, es decir que viene grabado en la uva y llega al vino entrelazado de otros tantos ganados en el intenso camino de la elaboración: aceitunas, pimienta negra, frutas rojas maduras como la guinda, dulce de frutillas, mermelada de ciruelas, tal vez aromas a tabaco o chocolate, si es que ha pasado por la barrica.

Cada aroma tiene una razón. Será por el sol que supo madurar bien las uvas y volverlas dulces y amables, será la madera del roble en su silenciosa alianza con el vino. Los taninos del Cabernet Sauvignon tienen gran personalidad, su presencia es acosadora, es un vino robusto, que quiere dejar su impronta, quedar en la memoria. Es uno de los tintos con más experiencia para la crianza.

Cabernet Franc:

Es una variedad un tanto más rústica que la anterior, pero es muy útil en cortes, brindando intensidad y color a sus acompañantes. También tiene aromas a pimienta, frambuesa y violetas.

Bonarda:

Entre las variedades fundadoras de nuestra vitivinicultura, la Bonarda es una de las tintas más extendidas en el país. Afortunadamente, está experimentando un merecido redescubrimiento. Por muchos años, esta uva se destinó sólo a vinos de consumo doméstico y cortes y no se caracterizó por una imagen de alta calidad. Sin embargo, este cepaje está ganando terreno en mercados internacionales como varietal y también en armonía con otros cepajes.

Así, junto a la nobleza de su raíz, el trabajo en el viñedo, una adecuada técnica en bodega y la capacidad de asombro a su favor, la Bonarda comienza a plantarse entre los grandes cepajes argentinos. Los que han apostado a esta uva conocen sus cualidades: es generosa en color, atractiva en matices y se precia de lucir una paleta de exuberantes rojos, violetas y negros. Las frutillas, las mermeladas de frutas rojas son los primeros aromas que se recuerdan al girar una copa de Bonarda y, con atención, también aparece una nota de moras. En la boca, no conoce de mezquindades: se presenta con dulzura, se expande y se advierten esos robustos taninos maduros que tan bien han sido cuidados desde el viñedo.

Tempranillo:

El Tempranillo es un símbolo de España y su nombre se debe a que es una de la variedades que madura más tempranamente. Junto con variedades como Graciana (que aporta acidez), Garnacha (que le dará alcohol) y Masuelo (que le otorga taninos), el Tempranillo integra el corte de los vinos más prestigiosos de la región española de Rioja. En Argentina se afincó en el siglo XVI y desde entonces se destinó a los vinos de consumo doméstico.

Hace varios años, las bodegas argentinas han redescubierto el potencial de esta variedad que incluso ha ganado importantes medallas en los concursos más prestigiosos del mundo. Hoy existen en el país cerca de 4.400 hectáreas de este cepaje tinto y, para placer de los consumidores, la oferta es cada vez más diversa. En Mendoza, se concentran más de 4.200 hectáreas. Sus taninos robustos son uno de los principales atractivos del Tempranillo.

Esto se traduce en un vino que impresiona agradablemente la boca. Sus aromas son los de las frutas rojas maduras, las mermeladas y los toques especiados, similares a la pimienta. Es un tinto de gran estructura y esto permite una excelente convivencia con el roble para lograr un vino de guarda. Si es así, se apreciarán notas de chocolate y vainilla que lo vuelven sumamente encantador. Sus matices púrpuras y el caudal de taninos de su notable cuerpo permiten confiar en un alentador futuro para los Tempranillos argentinos.

Merlot:

Es uno de los cepajes típicos de la zona francesa del Pomerol, de gran estirpe europea cuya personalidad delinea los grandes vinos rojos de Burdeos. En Argentina se da tanto en zonas cálidas como en regiones más frías. En las primeras, adquiere un notable carácter frutado aunque posiblemente no lleguen a ser vinos muy longevos. En las regiones más frías y altas, como el Valle de Uco mendocino o los viñedos patagónicos, expresa una mayor tipicidad. Su color es rojo rubí bastante intenso y con característico sabor a uvas muy maduras y pasas de uvas, alcohólico, aromático, con acidez tendiendo a baja.

Pinot Noir:

Oriundo de la Borgoña. Extendido en casi todas las zonas del mundo, a pesar de que su adaptación no es fácil. Prefiere los suelos no excesivamente fértiles y húmedos, climas templados y no excesivamente cálidos y buenas exposiciones al sol. Produce vinos de mediana intensidad, de mediana concentración tánica. Su marcado carácter frutal también desafía la capacidad de descripción de las palabras.

Cerezas, fresas, grosellas, violetas, vainilla, especias, regaliz, pueden captarse entre sus aromas. En el paladar, consistencia a la vez completa, suave y alcohólica. El cuerpo va unido a la suavidad. Vinificado en blanco es junto con el Chardonnay y el Pinot Meunier, base del Champagne. La crianza en roble le aporta marcadas expresiones de vainilla, tabaco y cuero.

Sangiovese:

Es la variedad clave del vino italiano más internacional: el Chianti, y uno de los cepajes de orígenes más antiguos. Es curiosa la etimología de su nombre: “sanguis jovis”, que quiere decir “sangre de Júpiter”. En general, esta variedad tinta luce un tono rojo púrpura que evoluciona bastante rápidamente hacia el anaranjado; con aromas muy variables (rosas, té seco o aromas que recuerdan al petróleo), pero casi siempre impregnados por un matiz terroso.

Aunque pueden obtenerse vinos un poco rústicos, se caracterizan también por su elevada acidez, graduación media y no ofrecer una resistencia demasiado buena a la oxidación. Son vinos concentrados, de sabor alquitranado y puede recordar al regaliz. La variedad está presente en casi toda la Italia. Fuera de Europa, las experiencias más interesantes de aclimatación se han dado en California. En general, los elaboradores parecen estar de acuerdo sobre la conveniencia de someter a la Sangiovese a una pequeña crianza en barrica vieja para cautivar su carácter vivaz y brillante.

Syrah:

Es la tercera variedad tinta de un triunvirato de fama en el que comparte honores con la Cabernet Sauvignon y la Pinot Noir. Aunque más escasos en número, sus mejores vinos se sitúan a la misma altura que los grandes Borgoñas y Burdeos. En el mapa, dos lugares clave para esta cepa que raramente va acompañada de otras variedades: el sello de la tradición en la zona norte del valle del Ródano (Francia) y la versión del Nuevo Mundo en tierras australianas.

En ambas se escribe con el sello de unos tintos opulentos, vigorosos, con cuerpo, gran cantidad de taninos y materias colorantes, un característico aroma a violeta y especias como el clavo de olor, y ligeros toques ahumados, así como una gran capacidad de envejecimiento. Los elegantes Syrah van desde los sabores especiados, minerales y ahumados, al púrpura oscuro y aroma a violeta de los ejemplares jóvenes. El origen de la cepa podría estar en la ciudad persa de Schiraz, en el actual Irán, o bien en Siracusa (Sicilia) por las sinonimias Sirac, Syra, Sirah y Syrac.