18/10/2006
La
masacre de los Pilagá
Fotografías
y texto
de Sebastián Hacher
Visto en Prensa de
Frente
"Nos rodearon los gendarmes y nos tenían apuntados. Decían ‘a estos perros
lo vamos a matar’. Había muchos muertos y no sabíamos qué hacer para que no
vengan los cuervos a comerlos.”

Era una noticia
vieja. En Octubre de 1947, cientos de aborígenes Pilagá que marchaban con
grandes retratos de Perón y Evita fueron atacados con ametralladoras por la
gendarmería. Hubo más 500 muertos y 200 desaparecidos, pero los hechos salieron
a la luz recién en el 2005, a partir de una demanda de la Federación Pilagá
contra el estado nacional. Esa historia escueta, contada en lenguaje legal,
me obsesionó. Intenté ir a Formosa en Enero, pero desistí: me advirtieron
a tiempo que el calor del verano reduce la actividad de los formoseños al
mínimo y convierte al visitante en materia prima de chicharrón. Recién en
Septiembre, tuve la oportunidad de ir a conocer a los sobrevivientes de la
masacre. Tomé un micro hasta Corrientes, paré para dormir un rato, después
tomé otro, y otro más, y luego de 24 horas, el sábado por la mañana llegué
hasta Las Lomitas, provincia de Formosa, el centro urbano más cercano a las
comunidades Pilagá.
Y aquí estoy. Las Lomitas es un pueblo de 10.000 habitantes, sin cines ni
lugares para comprar libros. Durante la semana, además de dos cibercafés que
abren hasta la madrugada, la única diversión urbana es un pequeño casino electrónico
donde siempre hay bicicletas jornaleras estacionadas. El lugar parece maldito.
“Ahí”, me advierte la dueña del único bar que encuentro, “entrás con todo
el sueldo y salís sin una moneda”. Yo, por las dudas, trato de ni pasar por
la puerta. Porque si en otros pueblos suelo entregarme a los video juegos,
aquí la necesidad de quemar neuronas ociosas puede resultar mucho más cara
que ser humillado en el counter strike por un niño de doce años. El problema,
la tentación, es que en mi primer día allí tengo poco y nada que hacer. Llegué
casi de improviso, y todos mis contactos están de viaje, enfermos o con otras
ocupaciones más importantes que recibir a un porteño.
El domingo por la tarde, por fin, llego hasta una comunidad Pilagá. Me lleva
Cesar, un criollo que trabaja en el proyecto de asesoría jurídica para indígena.
Desde hace dos días Cesar tiene gripe, pero ante mi insistencia se levanta
de la cama y vamos hasta Ayo La Bomba, a tres kilómetros del pueblo y a dos
de donde comenzó la masacre. Al volver a la zona, varios de los sobrevivientes
se instalaron en esos campos, y hoy Ayo la Bomba es una comunidad con más
de 200 habitantes, un templo, un centro comunitario y una escuela que quiere
ser bilingüe.
Allí también hay un traductor: Juan Luis Arce. Como es domingo, el lugar para
encontrarlo es el templo. Casi todos los Pilagá son evangelistas, y la iglesia
es el edificio más grande de la comunidad, un salón de ladrillo sin revocar
y por ahora sin techo. Cerca del mediodía todavía hay poca gente. Un niño
va a buscar a Juan Luis, y mientras tanto yo converso con su padre, el pastor
Antonio Arce. Hoy Antonio viste una camisa Yves Saint Laurent, pero mañana
lo voy a encontrar volviendo del monte con medio carpincho al hombro, bañado
en tierra y sudor. Al igual que muchos de los Pilagá de su edad, Antonio se
crió entre la marisca -así llaman aquí a la caza y recolección- y el trabajo
en los ingenios azucareros de Salta, a cientos de kilómetros de su lugar de
origen.
Juan Luis no tarda en llegar. Tiene 22 años y me mira con desconfianza. Más
tarde sabré que está acostumbrado a tratar con criollos, y que por eso acumuló
motivos para mantener distancia. Antes fue agente de salud de su comunidad,
luego se fue a trabajar en una panchería del Gran Buenos Aires, y volvió a
sus pagos para formar parte de la asesoría jurídica indígena. Ahora, cuando
hay un juicio donde intervienen indígenas, Juan Luis está ahí para traducir
y ayudar a sus paisanos.
A primera vista, me recuerda a los jóvenes Mapuche que conocí en el sur. Son
nuevos referentes comunitarios que, además de sentir orgullo de su sangre,
ponen distancia del hombre blanco y sus valores. Por eso no me sorprendo cuando
me pide el teléfono celular, y chequea que yo sea quién digo ser. En el monte,
por suerte, también hay señal.
La primera entrevista es con Melitón Domínguez, un testigo que al momento
de la masacre tenía poco más de 10 años. Ahora, con más de 70, descansa en
una silla mecedora a la sombra de un árbol. A su alrededor varios niños comen
un guiso, pero lo interrumpen y se esconden ni bien nos ven llegar. Melitón
se para, nos saluda, acomoda unas banquetas para que no sentemaos y vuelve
a su mecedora. Juan Luis le habla en su lengua: supongo que le explica para
qué estamos ahí. Melitón, en cambio, responde en castellano. Dice que llegamos
en mal momento: justito que estaba por empezar a comer. Si se pasa la hora
del almuerzo, se queja, se olvida del hambre, y si no tiene hambre a veces
se queda un día entero sin probar bocado. Le pregunto si prefiere que volvamos
más tarde. No quiero, le digo, ser recordado como el porteño que no lo dejó
alimentarse. Se ríe y dice que no, que ya está. Respira profundo y, sin otro
preámbulo, empieza contar su historia. No hace falta que hagamos preguntas:
Melitón bucea en su memoria y entrecierra los ojos para encontrar palabras.
" Yo trabajaba en la gendarmería. Un finado que era porteño, un sargento
ayudante que nos quería mucho, nos dice chiquitos, avísenle a su mamá porque
mañana como a las 7 de la tarde le van a atacar. Nosotros vinimos, le contamos
a nuestra madre y le dijimos que teníamos que ir ahí. No hijo, decía ella,
le van a matar si van ahí. Y nosotros nos quedamos, porque teníamos que respetar
a nuestra madre. Esa tarde, como a las siete y algo, ahí sobre el puente que
están haciendo ahora, en esos algarrobos pusieron las ametralladoras y empezaron
a los tiros. La gente escapaba para los montes. Un cuñado nuestro nos dijo
“agáchense y pongan la cabeza en un árbol grande”. Tenemos que respetar, y
ahí nos agachamos y pusimos la cabeza en un palo, que palo será, no se, pero
ahí pasamos la noche. Después escapamos hasta la entrada de Campo de Cielo.
En un lugar donde llegamos cayó un pájaro y un viejo que entendía, dijo que
el pájaro era como un teléfono, que le traía mensajes. Magayi se llamaba el
viejito, era un rengo. El viejito nos dijo ‘prepárense, que ya nos encontró
la huella la gendarmería”. Ahora ya no hay más gente que sepa hacer esas cosas.
Nos escondimos al costado del camino y pasaron los camiones de gendarmería.
Los gendarmes cantaban el nombre del Cacique General Pablito, porque lo querían
encontrar para matarlo…"
Cada Pilagá que entrevisto habla de los Ingenios. Lo hacen con desgano, como
quien conversa de cosas demasiado asumidas. Melitón, por ejemplo, nos muestra
su violín de lata y crin de caballo, en el que ejecuta melodías con las que
supo entretener a sus compañeros durante la zafra. Fueron tantas, me dice,
que ya perdió la cuenta de los años que pasó cortando caña y ganando terreno
de monte para el patrón.
La industria azucarera de la zona se nutrió de la mano de obra indígena, lo
mismo que la minería en Bolivia y en Perú. Viajar cientos de kilómetros en
tren, caminar largas jornadas y trabajar en las peores condiciones es parte
de la rutina Pilagá del último siglo. “Nos llevaban”, me explica Melitón,
“porque decían que no somos flojos como otras razas”. También me cuenta que
fue a trabajar desde los 15 años, y que al principio lo hacía a cambio de
“ropa, comida y poquita plata, porque qué iba a saber uno cuánto le tenían
que pagar”, y que dejó de hacerlo por viejo, pero sobre todo porque en los
90’ los ingenios se achicaron y compraron máquinas.
El que no dice nada es Pedro Palavecino. Ese Pilagá alto y flaco, de mandíbula
ancha, me clava sus ojos claros y se queda en silencio. Ni su edad quiere
decirme. Pasan unos segundos, esboza una sonrisa irónica y me explica que
ya no confía ni en su sombra, y que para entrevistarlo a él tengo que ir con
los abogados de la causa. Y no los que son del pueblo, aclara, sino los que
están en Chaco. Le digo que bueno, que para otra vez será. “Yo estoy quemado”,
me responde, “ya no tengo filo, mi amor”. Me río de su ocurrencia, pero tengo
el mismo temor que al llegar a Las Lomitas: no poder saltar por sobre mi propia
cultura para entender su historia.
Después del fracaso, volvemos hasta el templo y Juan Luis se declara con dolor
de estómago. Le propongo que descansemos un poco, pero al rato le digo que
mejor no, que si quiere sigamos mañana. El se va, y yo me siento a esperar
que comience el culto. Hay poca gente, así que aprovecho para jugar con mi
cámara y los niños. Es algo que nunca falla: me acerco a un grupo, les saco
una foto y se las muestro. Los pibes se alborotan. La operación se vuelve
a repetir varias veces. Mientras hago fotos, intentan enseñarme su idioma:
ellos dominan el Pilagá y el castellano con naturalidad. A mi me parece imposible.
Cada tanto, trato que alguna imagen salga buena, pero me doy cuenta de que
todas son la típica foto del norte que se muestra en Buenos Aires: el chico
de cara redonda y flequillo, con el rostro embarrado y sonrisa tierna. Desespero
un poco. No quiero colaborar con ese estereotipo falso, lastimero. Los porteños
algún día tendrán que entender que cuando uno juega en la tierra, se embarra,
y que eso no significa más que lo que significa: que se jugó en la tierra.
Ajeno a la polémica, uno de los chicos posa haciendo un gesto extraño con
la mano. ¿Y eso?. Soy el hombre araña, me dice. Entonces todos se acomodan
para la foto con esa pose.
De fondo a nuestro juego, la música anuncia el principio del culto. El templo
sin techo está adornado con globos de varios colores. Más tarde habrá un cumpleaños
de quince. Por ahora, medio centenar de personas entonan canciones religiosas
bajo los rayos del sol. Se canta cumbia y polca paraguaya, al compás de órganos
electrónicos y un bombo criollo. Saco algunas fotos. La tarde siguiente, cuando
se las muestre a Juan Luis, sabré que ese abuelo de corbata amarilla y la
señora del fondo son sobrevivientes de la masacre. Pero ese día no me entero
de más nada: al tercer tema me vuelvo al hotel.
Lunes por la mañana. Me encuentro con Bartolo Fernandez en Las Lomitas. Bartolo
es representante de la Federación Pilagá y está por viajar a un encuentro
de comunicadores en Formosa. Tenemos una breve charla, pero enseguida llega
más gente: Santiago y Benjamín, que vienen de lejos y van a la misma reunión
que Bartolo. Uno de ellos ceba tereré -mate con agua fría- pero a mí no me
convida. En algún momento, el ambiente se pone espeso y todos hacen silencio.
Trato de pensar que es un silencio natural, que nadie está incómodo, pero
el sonido nunca llega. Pienso cómo podría escribir esa situación: decir, por
ejemplo, que pasó un ángel, cebó una ronda para todos, y a mí me dejó afuera.
Por suerte, suena mi teléfono: me salva la campana. Es Juan Luis, y dice que
podemos seguir con el recorrido por su comunidad. Le cuento la novedad a Bartolo
y también se ofrece a llevarnos a la suya por la tarde. De repente, parece
que todo va a salir bien.
Una hora después, nos encontramos con Juan Luis y caminamos un kilómetro por
una calle de tierra hasta llegar al riacho que todos llaman Madrejón. Aquí,
me dice, empezó la masacre. Todavía no había ni monte ni camino. Tampoco estaban
el puente de quebracho por el que cruzamos, ni los carteles de propiedad privada
que hace unos meses plantaron los gendarmes. Era todo pampa, y apenas si existían
los algarrobos, esos árboles centenarios que algunos ancianos Pilagá llaman
sobrevivientes y principales testigos de su historia.
En los alrededores, apenas hay dos o tres casas con paredes de barro y techos
de chapa. Uno de esos ranchos es el de Juan Córdoba, que volvió a esas tierras
hace menos de un año. Su vuelta no es un hecho más: ese hombre corpulento,
de rostro curtido pero tierno, es el hijo de Luciano, uno de los personajes
claves para entender esta historia.
Luciano fue el líder de un movimiento religioso que entusiasmó a los pueblos
originarios de la zona y alimentó los resquemores de los blancos. “Cuando
no existía la ciudad grande en Lomitas”, narra Juan Córdoba, “había seis casas
nada más, y estaban los gendarmes. Todos estaban en contra de la creencia
de dios. Por eso mi papá, Luciano, lo observaba ocultamente”. Esa creencia
comenzó en 1942, cuando Luciano viajó en tren hasta Formosa y después hasta
Chaco. Allí se encontró con John Lagar, un misionero pentecostal oriundo de
Norteamérica. Lagar se hizo conocido en la zona por bautizar indígenas. Se
dice que más de 10.000 Tobas, Wichis y Pilagá recibieron su bendición, y que
a varios de ellos les entregó biblias para ser vendidas en sus lugares de
origen.
Luciano no sabía hablar y mucho menos leer castellano, pero volvió a Las Lomitas
con una de esas biblias bajo el brazo. “Empezaron a evangelizar y se instalaron
acá, en la orilla del Madrejón”, explica su hijo. “En vez de hacer una iglesia,
levantaron un montículo de tierra, una corona”. Desde allí, Luciano dirigía
ceremonias en lengua Pilagá, que comenzaban antes del amanecer y terminaban
por la noche. “Cuando veían el lucero de la mañana”, dice Juan Córboda, “empezaban
a orar, a hacer bulla, a cantar, a gritar”.
En los testimonios que recopiló el antropólogo Pablo Wright, se sostiene que
en 1946 Luciano tuvo una la revelación: la Biblia le habló. Otras versiones
señalan que Luciano “se fue en una chalana por el Río Pilcomayo hasta cruzar
el gran agua que rodea la tierra, allí murió y se fue al primer cielo”. De
allí, volvió convertido, y su pueblo lo llamó dios, el dios Luciano.
Quienes lo conocieron, lo describen como un “hombre alto, grandote, muy serio,
que no era charlatán, que observaba mucho”. Algunos hablan de que tenía “poder
de sanidad”, al estilo evangelista actual, y otros le atribuyen características
propias de un shamán, lo que los Pilagá llaman pi’ogonaq. “Sanaba enfermos
de distintas clases” apunta su hijo, “y venía gente de otras comunidades,
y se quedaban a vivir acá. Entonces él dejó del ir al ingenio, porque la gente
lo entretenía y la traía ayuda”. En su prédica, Luciano tomó algunos elementos
de la moral evangélica: no fumar, no tomar, no robar, y las mezcló con ceremonias
propias de los Pilagá. Era una época intermedia, un pasaje lento entre las
viejas tradiciones indígenas y las creencias introducidas por el hombre blanco.
Pero la gendarmería no lo entendía así. Del lado de los criollos el malestar
no era sólo por miedo a lo desconocido. Los indígenas eran mano de obra barata
para la zafra, y los movimientos religiosos, incluso los evangelistas, eran
vistos en toda la región como una amenaza. Cualquier acción colectiva tenía
que ser sofocada.
Caminamos por el monte. Juan Luis me cuenta de su experiencia como agente
sanitario. Las enfermeras, me dice, discriminan mucho a los indígenas. Varias
veces escuchó que alguna le decía “pata sucia” a sus paisanos. Que se bañen
ellas en invierno con agua fría, respondía Juan Luis, que siempre está dispuesto
a defender a los suyos. Porque él es, me dicen, “de los duros de la nueva
generación”. Para demostrarlo, en el brazo tiene tres cicatrices de quemadura
de cigarrillo, la prueba que algunos adolescentes Pilagá se infligen como
prueba de su valor. En algún momento, esos jóvenes se organizaban para que
los criollos no entrasen a la comunidad a molestar o robar animales.
Mientras conversamos, llegamos a la casa de Santiago Cabrera. Pero él no está:
se fue a buscar leña, y recién al tiempo de dar vueltas por ahí lo vemos bajar
del monte con una carretilla cargada de quebracho. Cada diez metros se para,
suelta la carretilla, se escupe las manos y vuelve a levantarla. Cuando lo
alcanzamos, noto que es muy viejo: hace rato, me dice Juan Luis, que pasó
los 80. A simple vista, uno podría pensar que es uno de esos músicos cubanos
que parecen inmortales. Tal vez me engañe la sonrisa gigante, o la camisa
prendida por un solo botón que le queda tan canchera. Pero su historia no
tiene nada que ver con la música.
Santiago Cabrera volvió a Las Lomitas apenas terminó la masacre. Aquel hombre
flaco, por entonces sin arrugas en el rostro, venía de pasar una temporada
en los ingenios de Salta, allí donde aprendió a “aguantar el hambre comiendo
lo dulce de la caña”. Al bajar del tren, un gendarme le apuntó con un arma,
y le preguntó si era Pilagá. Santiago no supo qué decir. Después, cuando llegó
hasta el Madrejón, se dio cuenta que había pasado algo terrible. Su testimonio
será la base, seis décadas después, para que los abogados escriban la presentación
judicial. “Con las primeras luces del alba”, dirá el escrito, “la imagen es
dantesca. Más de 300 cadáveres yacen. Los heridos son rematados. Niños de
corta edad, desnudos, caminan o gatean, sucios…envueltos en llanto”.
Muchos de esos muertos eran trabajadores que volvieron de los Ingenios antes
que Santiago . En un diario de la época citado por Wright, se narra la situación
de 150 aborígenes que caminaron desde El Tabacal, provincia de Salta hasta
Las Lomitas, luego de ser despedidos del Ingenio San Martín. Los Pilagá habían
sido convocados para trabajar por seis pesos el día, pero al llegar al lugar
les dijeron que cobrarían menos de la mitad. Intentaron reclamar y a la mayoría
los despidieron sin piedad. La salvación de Santiago Cabrera, lo que le permitió
ser testigo, fue llegar a Las Lomitas después que sus compañeros.
En el idioma de los Pilagá, la comunidad Kilómetro 14 tiene otro nombre. Juan
Luis me lo repite tres, cuatro veces, hasta que intuyo que su paciencia roza
el límite. Me resigno a llamarla así, por su ubicación en el mapa. Son las
cinco de la tarde y el sol quema con furia. Yo tengo puesto un gorro de explorador,
una remera de fútbol y pantalones anchos. Es ropa fresca y holgada, ideal
para sacar fotos con comodidad, pero parece que no es suficiente contra el
calor. Me siento un habitante del Polo en el Caribe: todo lo que haga mi afiebrado
cuerpo puede ser motivo de risa, y con razón.
Por estar más alejado del pueblo, el monte aquí se conserva mejor y el clima
parece un poco más fresco. En la entrada del Kilómetro 14 nos reciben Julio
Quiroga y Norma Navarrete, ambos sobrevivientes de la masacre. Con nosotros
vienen Bartolo Fernández, Juan Luis, Santiago y Benjamín, los dos que no me
convidaron tereré esta mañana. Pronto, voy a descubrir que ese gesto fue pura
timidez.
Le explicamos a los ancianos que hacemos en la zona, y enseguida se arma una
ronda a la que se suman otros miembros de la comunidad. Julio Quiroga avisa
que para contarnos todo lo que pasó tendríamos que quedarnos dos o tres días,
pero que va a intentar darnos una idea. Y que nos va a hablar en su idioma,
porque está cansado y el Pilagá es mucho más fácil. Juan Luis y Santiago me
dicen que está todo bien, que entre los dos pueden traducir. El diálogo que
comienza es desordenado. Los ancianos hablan, se interrumpen y a veces lo
siguen haciendo mientras Juan Luis y Santiago traducen al castellano. En otros
tramos, conversamos entre nosotros y no llegamos a entender las cosas que
los ancianos explican. Lo que sigue, entonces, es un rompecabezas armado con
fragmentos de varias voces mezcladas en una pequeña babel en el monte formoseño.
La toldería de los Pilagá crecía al ritmo de los milagros de Luciano, pero
las plegarias no alcanzaban para llenar los estómagos. Lo único que se multiplicaba
a orillas del Madrejón eran bocas que alimentar, y la llegada de los desplazados
del Ingenio San Martín había agudizado el problema.
Se pidió ayuda. Primero comida en el pueblo, a veces casa por casa, y cuando
ya no fue suficiente apelaron al gobierno nacional. Desde Buenos Aires enviaron
tres vagones con alimentos, medicina y ropas, pero el tren quedó varado en
la ciudad de Formosa. A Las Lomitas llegó, diez días después, un solo vagón
cargado de harina con gorgojos, grasa derretida y galletas verdes. La intoxicación
fue una peste. Los gendarmes dirán luego que se trató de una indigestión masiva
“por comer demasiado”. Para los Pilagá, fue un intento de envenenarlos: aún
hoy, si se les pregunta, muchos de ellos sostienen que la comida “estaba maldecida
por un cura, para que nos debilitemos”.
El temor crecía de uno y otro lado del Madrejón. En el pueblo la gendarmería
emitía bandos y repartía armas entre los civiles. En la toldería de los Pilagá,
los ritos y las canciones se multiplicaban: dios nos protegerá de todo, decía
Luciano, incluso del hambre y las balas.
Cuando el Sargento Ayudante Salazar dió su versión de la masacre, escribió
que los Pilagá “dejaban oír sus músicas y tambores, metiendo aun más miedo
con sus rostros pintados en franca actitud agresiva”. En la misma publicación,
Salazar dirá que “en realidad, estos indios eran salvajes, como animales”.
Su compañero, el suboficial Perloff, sostendrá que “llamaba la atención la
cantidad de indios Pilagá reunidos, procedentes indudablemente de distintos
lugares, pintarrajeados y danzando, como lo hacen según su estilo, momentos
previos a la pelea”.
El gobierno nacional volvió a intervenir. Esta vez, pedían que el cacique
Paulino Navarro, conocido como Pablito, viajase a Buenos Aires para una entrevista
con Perón. Pablito era un hombre joven, con un aro en cada oreja y una cualidad
lo distinguía: podía hablar y leer castellano.
“Pero nunca falta un sueño”, se queja Bartolo Fernandez. Lo dice con bronca,
con resignación, como para hacerme entender lo que muchos creen: que fue el
sueño de una anciana el que terminó de torcer la historia en contra de los
Pilagá. Se llamaba Aurora, y se lo narró al cacique Pablito en forma de premonición.
“No te vayas Pablito”, le advirtió, “porque mi visión es que cuando ustedes
vayan a Buenos Aires, antes de llegar te van a matar”. Pablito no supo cómo
reaccionar. Cuando un comandante de la gendarmería fue a su toldería y le
entregó la ropa para viajar, el cacique se vistió de criollo y pidió que lo
dejasen sólo con Juanita, su mujer, Al rato salió y le dijo al gendarme que
no pensaba ir a ningún lado. El rostro del mensajero se transformó. Le dijo
“vos no te vas, pero sabé bien que les vamos a dar caramelos”. Nadie sabe
por qué, pero así llamaban a las balas en la zona.
Julio Quiroga lo supo enseguida. Tenía casi 15 años, y limpiaba la cocina
de la Gendarmería. La mañana de la masacre, llegó al trabajo y se encontró
con un hallazgo: los gendarmes habían confiscado todo lo que los Pilagá podían
usar para defenderse. “Habían escopetas, machetes, hachas y biblias”, recuerda,
“tenían tres cajonadas con las cosas que le habían sacado a la gente”. La
suerte ya estaba echada. “El patrón dijo que me iba a preparar un bolso con
mercadería para que me fuera. Me dijeron que a las 6 me tenía que ir, pero
cuando llegué cerca del Madrejón ya estaban los gendarmes cuerpo a tierra”.
Cincuenta años después, el suboficial Perloff dará su versión de esos instantes
previos en una revista de la gendarmería. Allí escribirá que “…el cacique
Pablito pidió hablar con el Jefe (del escuadrón), por lo que concerté una
entrevista a campo abierto. Los indios, ubicados detrás de un madrejón, nos
enfrentaban a su vez, hallándonos con dos ametralladoras pesadas, apuntando
hacia arriba. Entre los aborígenes (más de 1.000) se notaba la existencia
de gran cantidad de mujeres y niños, quienes portando grandes retratos de
Perón y Evita avanzaban desplegados en dirección nuestra”.
A las 5 de la tarde, recuerda Julio Quiroga, “empezaron a tirarnos, y escapamos,
uno para cada lado, algunos para Pampa del Indio, otros para Campo del Cielo”.
La matanza no terminará en esa tierra regada de cadáveres. Los Pilagá serán
perseguidos durante varias semanas y cientos de kilómetros a la redonda. El
Sargento Salazar, el único gendarme herido durante la masacre, escribirá años
más tarde que, luego del fuego de las ametralladoras, “el grueso de la unidad,
acompañado por algunos civiles, penetró en el bosque abriéndose en abanico”.
El objetivo era que no quedasen testigos.
Pero quedaron. El cacique Pablito vagó por el monte junto a cien indígenas
desesperados y se refugió en Paraguay. El dios Luciano, que para salvar su
vida se escondió en un pozo, fue rescatado por sus seguidores y se instaló
en Laguna Pato. Allí continuó con su prédica, pero a los pocos años murió.
Según su hijo, Luciano se enfermó de miedo y tristeza. Gran parte de los sobrevivientes
quedaron marcados. Como explica Bartolo Fernandez, “muchas personas no querían
volver para esta zona, porque tenían miedo que los vuelvan a matar. Los ancianos
a veces dicen dos palabras, dicen tres palabras largas y lloran. Ya no es
como antes”.
Los diarios de la época hablaron de “levantamiento indígena”. El diario el
Intransigente del 12 de Octubre de 1947, decía que “la sublevación obedecería
a una prédica infiltrada entre los aborígenes haciéndoles ver las posibilidades
de mejoramiento a que tendrían derecho como nativos y dueños de la tierra
que habitan…”. Aunque diez días más tarde, en el mismo diario, tuvieron que
reconocer que “no resultan tan ciertas las versiones que los indios hubiesen
asesinado. Se los persiguió y se los sigue persiguiendo. En cuanto a los muertos,
nada se sabe en forma oficial porque después de la masacre fueron quemados
los cadáveres”. La gendarmería, en cambio, publicó un trabajo sobre el tema
a principios de los 90 , al que tituló“el último alzamiento indígena”.
Hoy el pueblo Pilagá es considerado en extinción: en toda la región chaqueña
no quedan más de 5000 . Lo que parece no haber cambiado es la adhesión a la
figura de Perón. Cada vez que intenté indagar sobre que responsabilidad tenía
el entonces presidente en la masacre, las respuestas fueron evasivas. Al final,
Juan Córdoba me explicó que opinaban del General. “Creemos”, me dijo, “que
era un hombre muy honesto, que ayudaba a los pobres, y que nos enroló y nos
dio los documentos”.
Norma Navarrete está sentada sobre un pequeño tronco, casi al ras del suelo.
Cuando el relato de los otros ancianos está por terminar, ella se levanta
y mira al centro de la ronda. Yo quiero hablar, dice, y sus palabras se clavan
en la atmósfera caliente del atardecer. Voy a hablar, repite, pero quiero
que me den tiempo para hacerlo, por lo menos dos o tres días. No hay tiempo,
le decimos: yo me voy por la mañana y no se cuándo podré volver. Entonces
hablo ahora, contesta. Santiago, el del tereré, se ofrece para traducir. Norma
habla como si cantara. Es una mujer sabia en sus tristezas, y nadie se anima
a interrumpirla.
“Era de noche y tiraron bengalas para iluminar y saber donde estábamos. Eso
pasó porque buscábamos un dios. Nosotros fuimos a un lugar que se llama Pampa
del Indio. Escapamos ahí. En ese época yo era joven y soltera. Yo llevaba
la mercadería y mi mamá el agua. Veníamos escapando, por ahí nos escondíamos,
corríamos, llorábamos. Nos fuimos a meter en un estero, durante el día estábamos
en una cueva para que no nos vieran los gendarmes. Primero yo llevaba mercadería
y mi madre llevaba agua, pero después de algunos días se acabó y pasábamos
hambre. Mi abuelo tenía un amuleto de hueso para tener garra, fuerza, para
que no te caigas o te demores. Me metía unos chuzazos con eso, muy fuerte,
cosa que el hueso del animal penetre en la carne, para que no me duerma, y
así lograba escapar día a día, hora a hora. Así llegamos hasta Campo del Cielo.
En ese mismo lugar nos rodearon. Y no sé como no nos mataron. Había gente
que levantaba nervios, que se preguntaba que iba a pasar con ellos. Nos rodearon
los gendarmes y nos tenían apuntados. Decían ‘a estos perros lo vamos a matar’.
Había muchos muertos y no sabíamos qué hacer para que no vengan los cuervos
a comerlos.”
La voz de Norma es una montaña al borde del derrumbe. Cuando termina de hablar,
ya es de noche y apenas nos vemos las caras. Santiago, el del tereré, está
conmocionado: apenas puede emitir sonido. Nos quedamos en silencio, pero no
es el silencio incómodo de esta mañana: es uno suave, lleno de murmullos y
roto de a ratos por la voz de los ancianos que conversan sobre sus recuerdos,
como si nosotros ya no estuviésemos allí.
Citas de Diarios y testimonios recopilados por Pablo Wright: Crónicas del
Dios Luciano: Un Culto Sincrético de los Toba y Pilagá del Chaco argentino.
P. Wright y Patricia Vuoto. Religiones Latinoamericanas 2 Julio 1991- SN 0188-4050.