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UN
MUNDO MEJOR
Parado
sobre el pedestal de lo que fue una ilustre y marmórea figura,
hace tiempo removida, el anciano repetía hasta el cansancio:
Voy
a construir un Mundo Mejor, para las generaciones futuras, cimentado
básicamente en la Poesía y en el Amor; amor a Dios,
a la Libertad, a la Naturaleza y a la Familia
Su
porte enjuto, cubierto totalmente por un perramus descolorido, un
chambergo gardeliano y zapatos de charol, contrastaba con el entorno
armado de floridos maceteros, árboles verdeando por la adelantada
primavera, niños correteando en sus juegos y pájaros
sobrevolando el sector; llamaba poderosamente la atención
de las inquietas señoras que volvían del mercado y
de los hombres que muy serios transitaban por el lugar, tratando
de cumplir con las diligencias cotidianas.
Algunas
de éstas personas miraban asombrados, puesto que no es común
ver este tipo de situaciones; otros sonreían apenas pensando
que el viejo, que aparentaba tener unos bien largos ochenta años,
desvariaba por la edad y algunas señoras apuraban el paso
creyendo que debería estar rematadamente loco y por lo tanto
podría llegar a ser peligroso.
Transcurrieron
varias horas, siempre del mismo modo, el anciano siempre subido
al duro pedestal, con el brazo derecho estirado hacia delante, el
dedo índice extendido como apuntando al cielo y la mano izquierda
con todos los dedos abiertos sobre el centro de su pecho; y en una
actitud de como si estuviera arengando a una multitud, repetía
sin cansancio:
Voy
a construir un Mundo Mejor, para las generaciones futuras, cimentado
básicamente en la Poesía y en el Amor; amor a Dios,
a la Libertad, a la Naturaleza y a la Familia
La
sirena de un patrullero se dejó escuchar claramente entre
el movido tráfico de aquel mediodía; detuvo la marcha
junto a la acera de la plaza y bajaron de él dos uniformados
policías los que se acercaron lentamente a la estatua humana.
El
cabo que era acompañado por un agente, habló con respetuosos,
medidos y serenos términos:
--
Señor... Va a tener que acompañarnos mientras
observaba fijamente al anciano.
Este
giró lentamente su brazo derecho, miró al cabo, luego
al agente y extendió los brazos como pidiendo ayuda para
poder bajar.
Los
servidores públicos lo sostuvieron de ambos lados hasta depositarlo
sobre el mullido césped, luego lentamente se dirigieron hacia
el lugar en que se había estacionado el patrullero; el cabo
pensaba, mientras tanto, que si había necesitado tanta ayuda
para descender del pedestal, cómo se las había arreglado
para encaramarse, dado lo avanzado de la edad que demostraba tener
este curioso orador de la vía publica.
Parecía
no tener explicación válida, pero él no estaba
para averiguar esas cosas, con trasladar al viejo hasta la seccional,
su tarea en este procedimiento habría concluido.
Momentos
más tarde se encontraba, este extraño personaje, instalado
en la oficina de averiguación de antecedentes de la dependencia
policial, sentado muy quieto pero erguido, con la mirada un poco
perdida y en silencio total.
De
pronto aparece el oficial sumariante e inquiere al personal de servicio
que allí se encontraba:
--
¿Quién lo trajo?... ¿Qué hizo?
--
Nosotros dijo el cabo, señalando con la cabeza a su
compañero Estaba en la plaza... repitiendo no sé
qué... que iba a construir no sé qué cosa...
te lo dejo, hasta luego y ambos se retiraron sin más
trámites.
El
oficial se sentó detrás del escritorio, colocó
un formulario en la máquina de escribir y se aprestó
a cumplir el rutinario trabajo que tantas veces había repetido
en sus veinticinco años de trayectoria en la fuerza policial.
Miró
al anciano y lanzó la primera pregunta de rigor:
--
Señor, ¿Cuál es su domicilio? --
El
anciano casi sin moverse, pero con un gesto de hidalguía
le respondió:
--
El mundo entero --
Se
sorprendió un tanto el sumariante, pero había visto
tantos delirantes desde su puesto laboral, por lo tanto continuó
con el interrogatorio preguntando:
--
Veamos, señor, ¿Qué edad tiene? --
--
La suficiente como para apreciar que el mundo está casi perdido
-- respondió con firmeza el viejo.
El
oficial luego de esta respuesta, hace que escribe en la máquina,
pero mirando más detenidamente a su indagado le suelta otra
pregunta:
--
¿Su profesión?... Por favor --
--
¡Poeta! fue la vehemente respuesta.
--
Y dígame... ¿Cuál es su nombre? -- dijo el
policía, ya realmente sorprendido.
--
Julio Jorge Faraoni -- responde sin vacilar lo que impresiona al
oficial, puesto que lo hace con una total normalidad, pero con un
brillo especial en los ojos que sólo tienen los locos y los
inteligentes.
El
sumariante con un montón de dudas y bastante impactado, le
hace la pregunta que rondaba en el aire desde que el cabo le insinuó
que este personaje decía que estaba por hacer algo muy importante:
--
Bien, bien... ¿Y qué es lo que está por construir?
-- la respuesta no se hizo esperar:
Voy a construir un Mundo Mejor para las generaciones futuras,
cimentado básicamente en la Poesía y en el Amor; amor
a Dios, a la Libertad, a la Naturaleza y a la Familia
El
policía apoya sus dos manos sobre la máquina, lo mira
fijamente pero con un hondo respeto y una indisimulada ternura,
y le dice:
--
¡Adelante!... ¡Adelante, noble señor!... el universo
entero es de los soñadores como usted -- y señalando
la puerta de salida agrega -- ¡Adelante el camino está
libre!... ¡Salga y construya ese Mundo Mejor que tanto anhelamos
nosotros... y que tanto necesitamos para nuestros hijos... y para
nuestros nietos!... --
JULIO
JORGE FARAONI
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