LOS TÍTERES

A mi querida maestra de sexto grado

Aún es costumbre en las escuelas primarias entretener a los más pequeños con esa fiesta de la alegría que es una función del famoso teatro de títeres; también en los cumpleaños familiares, para los menores de la casa, se suele contratar a quien con todo acierto sabe dar estos menudos espectáculos, para deleite del agasajado y de sus afectuosos invitados; lo he visto en los cumpleaños de mis queridos nietos.

Me viene a la memoria esos días de la primaria que bajo la supervisión de la atenta maestra confeccionábamos esos pequeños muñecos a puro trapo, cartón, papel crepé, a veces papel glacé, y recuerdo que para las cabecitas conseguíamos algún mate que ya no se usaba en casa, y con pintura le dibujábamos los ojos, la boca, las pestañas, la nariz... y era lindo porque no había que esmerarse mucho, cuando más desparejo nos salían, más grotescos parecían y en eso estaba la gracia, crear seres burlescos que estaban destinados a lograr la risa tierna de quienes serían los animosos espectadores.

Y quienes eran estos espectadores; los más pequeños, los de primero inferior y los de primero superior, que se sentaban cómodamente frente al escenario donde se movían, brincaban, hablaban, gritaban, cantaban y bailaban aquellas marionetas que ellos, como bien dice el poeta, miraban absortos... y reían cuando se peleaban o se extasiaban cuando se besaban tiernamente, mientras que nosotros los de quinto o sexto nos esmerábamos para hacer reír a unos pequeños que en definitiva sólo tenían unos pocos años menos.

Creo que era un acto de sublime solidaridad con aquellos infantes que por lo general molestaban por todos lados, en la entrada, en la galería, en el patio, interrumpiendo con su endeble presencia nuestro bravos juegos de alumnos mayores, como el vigilante-ladrón, el rango y midas, el balero o el yo-yo; o cruzándose justo al buen tiro de una figurita en la arrimada ganadora contra la pared; o cortando el tiro de una quema o un hoyo jugando a la bolita, que se tornaba por su culpa en la obligación de tener que “garpar” por haber fallado.

Toda esta serie de inconvenientes se olvidaban siempre cuando les dábamos la función de títeres, porque esas inocentes caritas, embrujadas por los arabescos que le hacíamos hacer a los fabricados muñecos, nos hacía reflexionar de que nosotros también habíamos pasado por primero, y alguien también se había esforzado por hacernos reír... o al menos sonreír.

La gran diferencia entre unos y otros no pasaba de cuatro o cinco años; vive por mi barrio uno de esos chicos que se reían con nuestras piruetas titiritescas, y calculo que si yo tengo sesenta y ocho, él tendrá sesenta y dos o sesenta y tres... está tan viejo como yo... tiene las mismas canas que yo... camina lento como yo... ¡no hay diferencias ahora!, pero siempre que lo veo creo advertir en él un gesto de alegría en su rostro, tal vez es muy feliz con lo que la vida le ha deparado... pero se me ocurre pensar que todavía tiene grabada en su mente la gracia que le hacían aquellos fantoches con los que con mis compañeros de sexto y la supervisión de una maravillosa maestra, confeccionábamos para dar: ¡La función!


JULIO JORGE FARAONI

Del libro titulado “Paisaje de Tango”