Pasos, bandas, nazarenos, imágenes, velas y cirios, saetas, …, son conceptos y elementos que asociamos indisolublemente a la Semana Santa, con imágenes que nos vienen a la mente de las ciudades españolas más iconoclastas en estas lides, como es el caso de, por ejemplo, Granada y Sevilla, sin olvidarnos de la sobriedad de la Semana Santa castellana, del colorido de las semanas santas marineras y, por supuesto, sin olvidarnos también de las celebraciones pascuales más pintorescas y llenas de significado y pasión, como es el caso de “Los Empalaos” de Valverde de la Vera, en Extremadura.

No cabe duda de que una de las celebraciones que más identifica a España en el calendario sacro es la Semana Santa, una celebración que, como no podía ser de otra forma, en una España Católica, Apostólica y Romana como lo era la de los Reyes Católicos, se exportó a los nuevos territorios descubiertos en 1492 al otro lado del Atlántico, dando lugar a un delicioso sincretismo (la combinación por parte de los nativos americanos de la imaginería católica con la local) que llena de colorido y singularidad la Semana Santa que se celebra en cada rincón de Hispanoamérica.

Así, la Semana Santa también fue convirtiéndose en Hispanoamérica (así como en otros países de clara influencia colonial española, como es el caso de Filipinas), junto a la Navidad, en el acontecimiento más importante del calendario religioso por aquellas tierras, con celebraciones que, en ocasiones, superan en devoción y majestuosidad a la Semana Santa española. Magníficas alfombras de flores, procesiones multitudinarias que nacen del verdadero fervor popular, imágenes religiosas que denotan un claro mestizaje cultural, ritos y cultos cuyo origen y significado nunca queda bien claro y que se pierden en la noche de los tiempos, readaptándose a la realidad de cada momento histórico para mostrarse ante nosotros complacientes para unos y enigmáticos para otros; todo un corolario de sincretismo que nos devuelve escenas y postales de una plasticidad deliciosa.

Desde Perú a Argentina, pasando por Chile, llegando a Venezuela y aterrizando en México, la Semana Santa en Hispanoamérica se nos muestra en un esplendor que va más allá de la plasticidad que suele acompañar a esta celebración, esplendor al que acompañan, además, el fervor religioso que adopta múltiples expresiones en todo y cada uno de los rincones de Hispanoamérica, adaptándose a las peculiaridades históricas de cada país y, aún más, de cada región e, incluso, localidad. La quema de chamiza y las andas decoradas con cera de la Semana Santa ayacuchana en Perú, la majestuosidad criolla de la Semana Santa limeña, la llamada “Quema de Judas” o la “Semana Zángana” en Venezuela, e, incluso, la Virgen de la Esperanza Macarena de Miami, así como “The Live Way of the Cross” de Chicago (una representación de la pasión de Cristo representada por la comunidad mexicana en aquella ciudad), son sólo algunos ejemplos de lo que indicamos, mostrándonos todo un Continente de mestizaje religioso y cultural que es legado de la presencia española en Latinoamérica, legado que, como se dice, ha sido “corregido y aumentado” con las peculiaridades y personalidad propias de los pueblos del otro lado del Atlántico.

Mientras que en España la Semana Santa ha ido convirtiéndose en un lugar común que, progresivamente, ha ido cayendo en un vaciamiento de su significado, centrándose sólo su celebración en resaltar la plasticidad de la misma como un reclamo turístico más en la mayoría de los casos, en Hispanoamérica la Semana Santa se ha visto enriquecida por la reconversión de tradiciones precolombinas que han sido readaptadas a la nueva religión traída por los conquistadores, siendo uno de los casos más significativos el de “La Pasión de Jesucristo en Iztapalapa” en México, así como los cristos de caña de maíz de michoacán, también en México, por no hablar de la “La Procesión de Los Cristos” en Izalco (El Salvador), una procesión que reúne a cofradías indígenas de la antigua tribu de los Izalcos.

Se dice, y probablemente sea cierto, que cuando los conquistadores y los misioneros llevaron la religión Católica al nuevo Continente, los indígenas y nativos se adaptaron rápidamente a las nuevas creencias, aunque, en realidad, adorando a unas nuevas divinidades que ellos seguían identificando con las de sus ancestros. Así, se produce una aceptación de la imaginería Católica por la similitud de algunas historias bíblicas con algunas de la mitología propia de incas o aztecas, por ejemplo, sustituyéndose un Dios mitológico por aquí por un Santo por allá, o incorporando a una Última Cena un delicioso cuy en lugar de un pan. Progresivamente, se va produciendo un mestizaje en el que se confunden las nuevas con las viejas creencias, en el que una Virgen blanca se convierte en una Virgen morena o un Cristo crucificado en un moreno “Señor de los Milagros”, un mestizaje que se traslada a las nuevas iglesias y catedrales en las que vidrieras y frescos se ven enriquecidos por personajes de la mitología local representando escenas bíblicas.

Y, como no podía ser de otra forma, todo este mestizaje cultural y religioso se traslada a uno de los iconos más significativos de la cultura que se ha ido forjando durante siglos en torno a la Semana Santa: la cocina. Efectivamente, el potaje de Semana Santa español, los canutillos de crema, los buñuelos de bacalao, se ven sustituidos al otro lado del Atlántico por platos típicos que mezclan lo mejor de la cocina tradicional española y latinoamericana para dar lugar a recetas que llenan de sabor y color la Semana Santa de allende los mares con toques indígenas, criollos y españoles, como es el caso de las habichuelas con dulce de la República Dominicana, las empanadas de chiverre de Costa Rica o los anticuchos de pescado peruanos, elementos gastronómicos que enriquecen aún más la ya de por si colorida Semana Santa en Hispanoamérica.

Si viajar por Latinoamérica es ya de por si un ejercicio especialmente enriquecedor, mediante el cual redescubrimos nuestros orígenes y nuestra cultura, hacerlo durante la Semana Santa supone una experiencia única que nos hace recuperar el fervor popular que, en algunos aspectos, ya se perdió en la Semana Santa española, fervor popular que, desde la modestia en los recursos económicos, nos muestra un pueblo entregado que nos abre sus puertas ofreciéndonos lo mejor de si mismo, mostrándonos estampas, en ocasiones surrealistas (como ya apuntara García Márquez), y que no son otra cosa que el reflejo del mosaico multicolor que es América Latina y la riqueza cultural y social que deviene del mestizaje.

El Viacrucis de Iztapalapa, el Cristo Resucitado de Ayacucho, las procesiones de Sonsonate y Cojutepeque en El Salvador, las alfombras multicolores de Tarma, las procesiones del del Cristo de Medinacelli y de la Virgen de la Esperanza Macarena de Miami, son buenos pretextos para conocer a fondo la cultura y tradiciones de Hispanoamérica, sus gentes, sus costumbres, su gastronomía, su música, sus danzas, cómo sienten y cómo viven nuestros hermanos del otro lado del Atlántico, lo que nos permitirá derribar tópicos y acercarnos a un Continente en el que reencontrarnos a nosotros mismos sin necesidad de quemar las naves del retorno.